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Un lago, una visión y el tiempo

Alberto Marrero, 09 de febrero de 2012

Para quienes siguen con regularidad la actual narrativa cubana, Gina Picart (La Habana, 1956) resultará, sin duda, una escritora singular y atractiva por más de una razón. Yo escojo lo poético de su prosa, sus historias que entrelazan épocas a través de un cuidadoso entramado narrativo, el intenso dramatismo, la vastedad de un discurso donde subyacen la reflexión filosófica y ética, el mito, y la trasgresión de eso que llamamos el tiempo. Dueña de una amplia cultura y una habilidad impresionante para fabular, se mueve en diferentes escenarios y tradiciones, como indicándonos que, a pesar de las diferencias nacionales y los sistemas políticos y económicos por los que ha transitado la humanidad, el hombre siempre ha tenido conflictos, dolores, preocupaciones, dilemas y obsesiones semejantes. Todavía hoy, en medio de la más alucinante modernidad, seguimos haciéndonos las mismas preguntas de siglos atrás. Por supuesto que han surgido nuevas interrogantes que no tenían, digamos, los hombres de la Edad Media, pero otras, muy antiguas, se mantienen vivas, tal vez porque jamás hallaremos las respuestas adecuadas.

Mientras analizaba el cuento que en esta ocasión propongo a los lectores, recordé una frase de J.L. Borges: “En literatura la realidad es lo imaginado”. Un personaje que con su imaginación se crea vidas y las usurpa, aunque para ello tenga que matar, y salta de época en época con el poder de su mente, y es cruel, lujurioso, reflexivo, nostálgico, irresoluto, un ser sufriente acosado por el hastío, la rutina, la culpa, la decepción —entre muchas emociones  más—, es el centro de esta excitante historia, cuyo desenlace nos deja atónitos. Mirando a través de una ventana el protagonista ve un lago, siempre un lago. El simbolismo de un lago es disímil en cada cultura. Opto por la significación de paraíso ilusorio, palacio de los dioses o, tal vez, el ojo de la tierra. Conjeturo que, al construir este relato, Gina jugó con esas y otras posibilidades; de ahí, tal vez, su perspicaz reiteración del lago en boca de su personaje. No comentaré los pormenores del texto, como suelo hacer con mayor o menor acierto en este espacio. Me limito a plasmar algunas de las múltiples resonancias que me ha provocado este relato, capaz de suscitar el interés desde la primera oración y mantenerlo hasta el final.

La obra de Gina abarca varios títulos significativos, tanto en cuento como en novela y ensayo. Menciono La poza del Ángel, Premio David de Ciencia Ficción, 1990;  Malevolgia (novela), Letras Cubanas, 2006; El reino de la noche (cuento), Ediciones Unión, 2008 y Oil on canvas, Premio Alejo Carpentier de cuento del 2007.

 Sin más, invito a disfrutar “Hortus conclusus”, rara pieza de la cuentística cubana, e intento estimular en los lectores un acercamiento reflexivo, y no solo estético, a la obra de esta relevante escritora.                     



 
Hortus conclusus 

 



                                                                                                                                                                                                                    Toda huída es ilusión
                                                                                                                                                                                                                  Hildegarde von Bingen
                                                                                                                                                                                                                          Hortus Deliciarum



Hace frío. El cielo está gris como lienzo de plomo y el viento trae ese olor de las aguas estancadas del lago, emulsionado con la respiración del fango que crece en sus orillas denso como nata, y con la dulce podredumbre de los cisnes troceados por el cordaje de las embarcaciones. Sobre el cristal de mi ventana la lluvia traza riachos que corren hacia el sur, y al contemplarlos, pienso que simbolizan todas las rutas posibles de una vida, todos esos destinos que nunca recorremos, porque la vida humana es como el carril de un tren: cuando sueltas el vagón en una línea es casi imposible desviarlo hacia otra. Me  pregunto si la existencia no será como un golpe de dados; nunca he podido definir si es el más puro azar o alguna ley desconocida lo que obliga a los hombres a elegir uno solo entre todos sus destinos posibles.

Para filosofar, el mejor escenario es una tarde de invierno y un viento fragoroso que perturba a los pájaros, si además se dispone de una habitación que no será invadida, y de un tiempo infinito, porque yo estoy completamente solo. Y también de una vela, pues me considero un pensador de vela. Hay cierta diferencia entre los pensadores de lámpara y de vela. Los primeros trabajan resolviendo problemas, mientras los segundos hacen preguntas que nunca se proponen responder. Nacieron hijos del misterio (Bachelard dixit).

¿Soy yo, en verdad, uno de ellos?

Tendido, contemplo el lago a través de mi ventana, y mientras mis ojos se desplazan sobre su blancura, presumo que mi ambigua condición me deja libre para elegir mis posibilidades, como si se tratara de barajas. Una de ellas consistiría, simplemente, en disfrutar mi estancia en esta habitación con la certeza de que nadie me molestará. No hay mucha gente que no tenga motivos para ser víctima de sus semejantes, mientras que yo solo dispongo de estos metros cuadrados, la tormenta y la visión del lago como un espejo inmenso que refleja el vacío. ¿Quién ambicionaría tan magros dones? Gozaré todo el tiempo que quiera de esta tranquilidad perfecta, porque no hay límites. Yo soy el dueño de mis días.

En verdad es bien poco…

Si quisiera, yo podría salir ahora mismo y cambiar todo eso, pero al hacerlo estaría renunciando a mi juego de sucedidos posibles y tendría que aceptar la imantación de un camino perenne, mientras que aquí dentro yo soy mi único demiurgo. Desde que habito este rincón ya me he inventado muchas vidas: he sido un hombre de las cavernas inmolado a los ídolos, un guerrero medieval profanador de templos, un bon vivant salvado de un trasatlántico que sucumbió ensartado por un iceberg, una niña y su padre... —esa existencia bifurcada fue mi experimento más ambicioso—, y en este pasatiempo he recorrido todas las épocas y todas las naciones.

En mi fantasía más reciente deambulo por una ciudad en medio de la noche. Hay miles de columnas y las calles son largas y desiertas. Al doblar una esquina encuentro a un hombre bien vestido. Nos saludamos, él con efusividad y yo disimulando que no lo reconozco. Me invita a ese mítico bar que existe en todas partes, y allí, sentados a una mesa discreta, ante una copa de vino (yo) y un café a la crema (él), conversamos de nuestros tiempos en la Universidad, recordamos a gente que nunca conocí, y él me notifica  sobre los fallecidos y los que han alcanzado la celebridad o el poder del dinero. Mi amigo se llama Fabrizio y dice ser hijo único de un millonario principesco, dueño de una villa con caballerizas al pie de un volcán extinto. Su pedigrí se me antoja un exceso de glamour y comienzo a odiarlo. Él no sospecha que tramo su perdición, así, solo por el gusto de verlo perdido, y esa inocencia suya que me lo entrega tan desvalido estimula mi juego hasta el paroxismo. El imbécil me pertenece todo entero, es mío, puedo hacer con él lo que yo quiera.

Y lo hago. Cuando abandonamos el bar lo invito a navegar por el lago, le anuncio que quiero mostrarle el sitio exacto que prefieren los cisnes para hacerse decapitar. Lo saco de la ciudad y lo llevo hasta allí alimentándole la esperanza de encontrar algún cuerpecito emplumado, en una pose grotesca pero bella, capaz de provocarle sensaciones que hace tiempo no siente o no ha sentido jamás. Se cree cuanto le digo, igual que si estuviera hipnotizado. Lo guío a unos arbustos y, aprovechándome de la soledad y lo recoleto del rincón que he elegido, le aplasto el cráneo con una piedra; luego robo sus documentos y lanzo el cuerpo al agua con los bolsillos rellenos de lastre. Después, como los dos somos muy parecidos, asumo su identidad y me instalo en su villa haciéndome querer de su familia. Fabrizio está casado con una rubia de cabellos color de salmuera y esa mirada ausente capaz de confundir en la distancia el salto de las focas con un vuelo de ángeles. Ella sale a cabalgar con botas altas, pantalón de amazona y una ancha blusa blanca con mangas de bullón abierta sobre el escote, donde se mece como al descuido un diminuto crucifijo. Yo me embosco entre los árboles y en un recodo del camino salgo a su encuentro, la asusto y la obligo a desmontar para violarla sobre la hierba sin desnudarla del todo, y enloquezco ante el contraste entre su piel tan nívea y el marrón oscuro de sus botas. Es posible que Fabrizio jamás la haya hecho gozar con tanta intensidad. Ella nota el contraste y sospecha que hay algo raro en mí, pero guarda silencio para que no la priven de un placer que su marido torpe nunca le dio, y así vamos viviendo, trabados en un nudo de preguntas que nunca deshacemos, instilando una dosis mayor de afrodisia en ese juego del ser-no ser que abre la espita de la imaginación a una marea de sensaciones inquietantes. Ella se llama Justine o Clea, o tal vez Brenda. Quizá tengamos hijos, o ya los habrá tenido con Fabrizio, pero serían míos, porque he dejado de existir como yo mismo y ahora soy Fabrizio, ni más ni menos ni más arriba ni más abajo… Un día mi padre —el padre de Fabrizio— muere, o yo mismo le mato cuando empieza a acosarme la impaciencia por apoderarme de la fortuna familiar, y entonces me convierto en el señor de todo. Y humillo a mi altiva esposa aristocrática revolcándome con otras mujeres, y hasta con criadas sucias... Pero esa vida robada, pese a sus indudables atractivos, se hace monótona cuando me veo siempre encerrado en la villa, haciendo el amor a la viuda y a mis viles amantes, galopando adormecido sobre mis purasangre, rodeado de sirvientes y deudos serviles, discutiendo con administradores tramposos, comprando nuevas y costosas escopetas para mis cacerías, y engordando camino a la vejez… No, la vida enquistada del falso Fabrizio nunca sería buena para mí, porque además de un pensador de vela soy un hombre de acción.

Pero… ¿lo he sido siempre...?

No sé. Estoy repleto de preguntas.

A veces me aburro en esta habitación, tendido sobre mi cama dura, con la vista perdida en el lago. He llegado a añorar unos instantes de compañía, y hasta me alegra con su presencia la anciana que viene cada día para limpiar este refugio. Ella prende varillas de incienso y cambia las flores mustias en las jarras de cobre por ramilletes de flores frescas, pero al colocar los ramos nuevos los deja siempre en una posición que me impide ver la pared detrás de mi cabeza, y eso me incomoda: presiento que esas flores ocultan un detalle aterrador, y ansío conocerlo. Cuando la vieja se aparta, ya están los ramos recién colocados haciendo de cortina. Luego ella abrillanta el suelo y pule los mármoles, aunque no hace falta, porque aquí dentro nunca se filtra el polvo. De vez en cuando interrumpe sus quehaceres, mira por la ventana hacia el lago, y contempla a los turistas que se agitan en las márgenes como figuras diminutas de recortería.

 Al principio a mi también me interesaban los turistas, pero me bastó observarlos un poco para entender que siempre hacen las mismas cosas y repiten sus gestos como si fueran muchos actores actuando todos el mismo papel. La gente no percibe que la compulsión de viajar y conocer otros lugares nace de una profunda insatisfacción consigo mismos y con sus vidas, de un tremendo conflicto de identidad muy solapado. Pocas personas llegan a descubrir que lo padecen, y piensan que se van de vacaciones para descansar del estrés del trabajo y renovar sus células marchitas por la rutina cotidiana, pero se engañan, y si me equivoco, ¿por qué casi todos los turistas, cuando llegan al lugar que han elegido, lo primero que hacen, o harán en algún momento mientras estén allí, es comprarse ropa de nativos, joyas de nativos, comer comida de nativos, vivir en casas de nativos, tener sexo con gente nativa y bailar con nativos bailes nativos? Me dan risa esos obesos norteamericanos jubilados cuando se enfundan en los vestidos tradicionales de la aldea, y luego brincan tomados de las manos, y saltan sobre las puntas de sus patas alrededor de las hogueras; o los pequeños japoneses disparando sus cámaras sobre sus objetivos como si fueran antiaéreas; o los rusos enormes que trazan con sus brazos círculos en el aire, en un intento por abarcar todo el espacio que quisieran llevar consigo a sus ciudades, repletas todavía de esos horribles módulos del tiempo de los Soviet. Muchos de ellos siguen viviendo en esos repugnantes edificios y no consiguen resignarse. Ellos ven a través de sus ventanas la pared de concreto del vecino; quién sabe qué me dieran para que me hiciera a un lado y les permitiera recostarse junto a mí a contemplar el lago, con sus aguas remansadas que se rizan cuando sopla la brisa naranja y tersa de los crepúsculos. Tal vez esos rusos hastiados pagarían mucho dinero porque alguna paloma extraviada les dejara caer en sus patios un ramillete de algas del lago, húmedas y olorosas a frescura, enredadas como cabellos de Gorgona sobre el dorso de una mano; porque esos ramitos de plantas acuáticas evocan una cabellera de mujer recién salida del baño, con la piel aún fría del agua… Aspiro el aroma que despiden las algas volanderas y esas brisas que resbalan sobre el paisaje. Yo puedo oler cualquier fragancia y cualquier hedor a pesar del cristal que me aísla del mundo. Es privilegio de quienes llevan mucho tiempo tendidos. Pero los turistas no perciben nada. Ellos caminan demasiado y no practican la quietud.

En la margen opuesta del lago se levanta la iglesia. Sus sillares de piedra son del siglo IX y la arquitectura data del siglo X. El fuego la ha devorado varias veces y otras tantas la han reconstruido. Desde mi sitio del reposo alcanzo a ver sus torres que la niebla adelgaza como agujas en el horizonte. Yo estuve allí hace tiempo. No recuerdo las circunstancias, porque mi memoria se ha deteriorado con mi largo encierro —esta separación del mundo que me ha sido impuesta por fuerzas contra las que no puedo rebelarme—, pero me veo a mí mismo paseando entre las tumbas de los antiguos caballeros enfundados en sus armaduras. Al pasar junto a ellos acaricio sus cuerpos de piedra, sus brazos de piedra que sujetan las espadas imponentes, la espesura de sus barbas de piedra, sus serenas mejillas de piedra, y sus ojos de piedra que parecen insultar a Dios por haberlos privado del vigor de antaño, cuando degollaban sarracenos en un campo donde los gritos de los caídos se elevaban como pájaros graznando todos los nombres de la Muerte. Recuerdo la penumbra silenciosa de esos claustros invadidos por el perfume de las madreselvas y los rosales cultivados en loor de la Virgen, y esa fragancia tenue, mezcla de musgo y salitre, que brota de las pilas de agua bendita. Veo a las religiosas hacer el tránsito mudo a la capilla donde cantaban himnos al Glorificado. Vuelvo a sentir el eco de sus pisadas en los corredores, y alcanzo a ver un cuerpo palpitante envuelto en hábitos oscuros, que huye de mí mientras reza con fervor un rosario de azabaches… Veo un rayo de sol que atraviesa un vitral y tiñe la capilla con un halo encarnado. Pero tal vez no sea el sol, sino una lengua de fuego... O  una oleada de sangre…

No sé qué diera por recordar…

Mientras duermo tengo sueños, y al despertar siento hambre. ¡Ah, qué deseos de probar mi plato preferido!: un buen trozo de carne cubierto de salsa de caracoles con espárragos grandes, brillantes, verdes como esmeraldas, rellenos de queso y cebolla, gratinados, esponjosos, con cierto regusto a sangre detrás de las especias. Extraño el vino, pero sé que no debo probarlo, y mientras la sed abrasa mis labios  no puedo evitar ser asediado por visiones de la sidra espumosa con olor a manzanas maduras, del vino blanco en su copa traslúcida junto a las incitantes rojeces del caviar, aunque el sabor más cercano a mi lengua es todavía el de los caldos de enfermo, hirvientes, exudando vapor de champiñones, patatas y puerros. ¡Ah, la comida! ¡Los deliciosos alimentos terrestres…!

Está aumentando el frío. Pronto va a nevar y me alegro, porque la superficie del lago se cuajará de relumbres azules y parecerá un espejo sobre el que se deslizan los patinadores. Llegarán las muchachas luciendo faldas de terciopelo púrpura con ribetes de marta cibelina, girando majestuosas sobre sus botas blancas; el viento boleará los brevísimos trajes desnudando a la vista las glorias de una carne que se expone a la caricia impúdica del cierzo. Y a la noche estaré besando en sueños muslos de muchacha como estos de las patinadoras, mientras exploro sus úvulas turgentes que se abren a la presión de mis dedos cual pasionarias temblorosas; y se torna mi mano zarpa que oprime músculos firmes y al mismo tiempo suaves, y me aferro con gula, como si fueran tetas de nodriza. ¡Ah, las muchachas, las suculentas patinadoras…! Surge en mi memoria la imagen de una niña de trenzas rubias, una de esas niñitas esbeltas que semejan pequeñas filigranas, y me veo patinando junto a ella, o veo a un hombre desconocido patinar junto a mí, que entonces soy la niña; y unas veces soy el padre que besa, y otras veces la niña besada. Sé que tengo confundidos los recuerdos, pero esos jirones de ayer no me obedecen, y escapan dispersos, obedientes al conjuro de una magia que se filtra en la naciente luz del lago, y crean formas en mi cabeza que se desvanecen tras una vívida, pero fugaz fibrilación.

 ¡La luz…! Algunas noches el lago se transforma en una especie de caldera de brujas, donde las escamas de dragón y los pelos del Diablo emiten un chisporroteo incandescente. He visto invadir mi espacio una legión de luces que saltan en la penumbra como miles de ojitos fulgurantes, y corren con rapidez por las paredes, sobre mi cuerpo y entre las jarras florecidas. Si yo creyera en íncubos y súcubos o en fuegos fatuos, diría que los ahogados del lago se cuelan cada noche en esta habitación y bailan una danza macabra que termina con la primera sonrisa del sol. He visto a las misteriosas bolitas de luz danzar sobre los muslos de las patinadoras, y he querido atraparlas olvidando la distancia que separa las aguas de este antro donde vivo a la espera de algo que nunca llega. Creo que no podría soportar sin morir la visión de una de esas bolitas radiantes, erguida como llama de vela sobre la punta de un jubiloso clítoris de patinadora. ¡Ah, que no escape, que no huya de mí tanta belleza!

 El deseo que no puedo consumar viene siempre acompañado por la nostalgia del humo. He fumado mucho. Ya no puedo hacerlo, pero la incitación no me abandona, y la memoria de mis mucosas me traiciona sin cesar devolviéndome varias veces al día el cálido sabor del alquitrán, la exquisita acidez nicotínica. A veces hace aquí tanto frío que los vapores empañan el cristal y la visión del lago se borra bajo humaredas falsas. ¡Ah, el inefable sabor de los cigarros que yo solía fumar con tanto estilo en aquellos salones repletos de damas elegantes...! Es curioso cómo aflora en mis recuerdos una ciudad iluminada en medio de la noche, rutilando como un puñado de diamantes bajo los ventanales de un salón donde, fumando, espero a una mujer de sándalo dorado. No consigo identificar la ciudad. ¿Es París, Brujas, Roma…? Solo percibo bajo la opalescencia de la luna los contornos de una legión de estatuas que bordean el lago, y una iglesia, una cripta, y cientos de ventanas fulgurantes que compiten con el brillo de los astros, mientras un viento plateado y frío confunde en una única sustancia copos de nieve y aves mutiladas. De lejos llegan acordes de una música que tampoco logro identificar. ¡Ah, como me gustaría poder bailar un vals enfundada en un vestido largo que crujiera como un puñado de estalactitas rotas! Bella, deslumbrante, con escote profundo. Sé que lo he hecho, pero la imagen no es alegre, porque se mezcla en mis recuerdos con un monte de hielo de albura mortal, y una masa de agua que irrumpe desde otra dimensión volcando las mesas y las copas repletas de espuma salobre. Y se lleva mi vals y mi cuerpo, se lleva mi risa, mi vida toda al fondo del océano.

Cierro los ojos y alcanzo a ver el teclado de un piano, blanco como una dentadura de difunto, y unos dedos recorren las teclas produciendo el sonido inefable de esa música… ¿Cuál…? Sí, claro, es un concierto de Rashmaninov… pero… ¿es realmente eso lo que escucho…? ¡Como deforman esos acordes las nieblas pálidas del lago y las voces susurrantes de la luna! ¿No se escucha también a lo lejos el tañido melancólico de un arpa...? ¡Qué mundo fantasmagórico me atrapa, donde la esencia de las cosas se transforma como si obedeciera a alguna incesante ley de mutación que desconozco! Y esas manos enguantadas que tocan el piano, ¿son mías? Y ese instrumento de laca tan pulida, con su marca escrita sobre placa de oro, ¿por qué refleja un rostro de mujer? Siento ese piano como una parte de mi cuerpo, como una prolongación de mis dedos, carne de mi carne y sangre de mi sangre… ¿Acaso tengo yo manos de músico...?

No puedo recordar con claridad mi pasado. Mi vida se confunde en mi cabeza como un caleidoscopio de cristales de nieve, o una madeja extraviada en un laberinto. He perdido galaxias de memoria que no consigo recobrar, por más que me sumerjo cada día en el ejercicio de las recapitulaciones. Me he preguntado mil veces a cuál de los caminos que se abrieron frente a mí le seguí el rumbo. Mientras no pueda responderme a mí mismo, no sabré por qué el camino me ha traído hasta aquí, ni si estoy al final…

Sin embargo, tanta virginidad de mis neuronas me protege contra el remordimiento. Como no diviso con claridad mi vida, no veo mis errores y no sé de qué tendría que arrepentirme. Existo en una especie de limbo donde la ausencia de nociones del Mal borra la Culpa. No basta con pecar, se necesita tener conciencia de lo pecado para sentir dolor y, pensándolo bien, tampoco basta con ser conciente de haber pecado. Es necesario sentir la nostalgia del Bien, y saber que la posibilidad de haberlo obrado se fugó para siempre; sufrir la pérdida de una oportunidad irrecobrable y conocer exactamente la magnitud de lo perdido. La falta de todo eso equivale a un estado que se hermana con la santidad, pero yo no deseo la santidad, esa metáfora de muerte anticipada. Yo amo el esplendor de la vida, y nada me produce tanta congoja como ver empañada mi ventana por la escarcha, truncada mi visión del lago, de la iglesia, de las patinadoras, del hombre y de la niña, de una ciudad sin nombre al pie de los palacios, de las estatuas enlunadas, de unos salones con sus mujeres elegantes, un piano, una  música magna y el humo perfumado de un cigarro.

A veces, mientras duermo, sueño que me aprisiona un anillo de lanzas flamígeras. Alguien se acerca y abre mi pecho con un golpe de daga, y sus dedos retuercen mi corazón que aún late; y alguien más corta mi yugular y se bebe mi sangre; y detrás vienen otros que me arrancan el hígado mientras escucho gritos de victoria, y una mariposa huye del hueco en mi pecho donde mi corazón estuvo antes, como una joya en su hornacina oscura. Desde aquí veo un mar, y en su orilla se mece una balsa de troncos que se transforma en un drakar que se transforma en una urca que se transforma en el Titanic que se transforma en esta habitación. Y en todas esas embarcaciones voy, único tripulante, vestido con una falda roja orlada de marta cibelina, calzado con una bota negra y una blanca, luciendo trenzas y barba, arrancándole al piano melodías que hacen bailar a unas monjas de hábitos oscuros y clítoris que desprenden llamaradas de luz, y ellas patinan sobre otro lago helado que se adivina desde la orilla de este lago, como un juego de espejos que me hace llorar y me trastorna.

No sé cuál es la realidad…

He soñado otra vez la pesadilla enrarecida que atormenta mis noches. Pero amanece despacio y dulcemente como una bendición, y la estancia se llena de la lumbre del sol y los mármoles blancos refulgen. Ya se acercan los pasos de la anciana que purifica este recinto. Seguramente es sábado, pierdo a menudo la cuenta de los días. Ella entra, se coloca detrás de mi lecho y cambia las flores secas en su eterno ritual. Lleva cofia y delantal y un botón sobre el pecho con caracteres que no comprendo. Hago un esfuerzo mayor que otros días por descubrir, más allá de las flores, ese detalle que presiento tan amenazante. Ahora, ella se aparta para barrer el suelo. No logro ver su rostro desdibujado por la sombra, pero sus manos muestran un tinte amarillento y los pliegues del dorso semejan cera derretida sobre el palo del abrillantador. Cuando termina su tarea y se inclina para pulir los mármoles, logro divisar lo que tanto he buscado: detrás de mi cabeza cuelga una cruz de bronce en la pared manchada de verdín, culpa de la humedad de las flores, sin duda. ¿Por qué hay una cruz sobre la cabecera de mi cama? ¿Quién la ha puesto ahí? ¿Y por qué la sirvienta no la ha raspado nunca? Quiero asir a la vieja para que se voltee y responda a mis preguntas, pero no alcanzo su cuerpo. Ella me ignora, sigue empujando el abrillantador y cuando termina se marcha sin prisa. Y entonces percibo un chirrido de metal que se incrusta en mi oído y me corta el aliento: siempre creí que ella, al salir, cerraba a sus espaldas una puerta, pero este no es crujido de maderas, sino el chirrido de una reja.

¿Sellan con una reja mi agonía?

Decido seguirla para que me confiese lo que quiero saber. Sospecho que ella posee una respuesta a mis interrogantes, o por lo menos alguna de las claves perdidas. Me conformo con una sola.

Estoy muy asustado.

Hago un esfuerzo y me levanto, pero no es fácil echar a andar después de siglos en postura yacente. Mis piernas son de piedra. La espada cae sobre el mármol y el impacto se replica en mi cabeza como una cascada de luciérnagas. Avanzo penosamente hasta alcanzar la reja. La empujo y vuelve a chirriar. Ahora salgo a un estrecho corredor que se bifurca varias veces. Cuento mis pasos: diez…, nueve…, ocho…, siete…, seis…, cinco…, cuatro..., tres..., dos... Quien sabe, la Eternidad no es mensurable.

Llego a una puerta de metal labrado que tiene en su centro dos querubines.

 …uno...

La empujo y cede...

…cero...

Al principio solo hay un blanco fulgente que hiere mis pupilas hechas a la negrura, pero sigo avanzando. Cuando mis ojos se acostumbran y la tremenda claridad abre su vientre a las imágenes, empiezo a distinguir la orilla del lago a pocos metros de mí. Sobre el agua estancada flotan cisnes ahorcados por el cordaje de las embarcaciones. Los turistas me rodean, pero nadie me ve y continúan disparando sus flashes contra los cisnes blancos, pequeños muertos inexpertos que no conocen las naves de los hombres en toda su crueldad.

Puedo ver de cerca a los turistas y a las aves...., pero no están las patinadoras…

Un presentimiento me estremece…

Miro a lo lejos y distingo la ciudad de los palacios centelleantes. Miro hacia atrás y a unos metros de mí se levanta la iglesia, y en el atrio se yergue el mausoleo con su reja de alados querubines abierta ahora de par en par. Desde allí, la hilera de mis huellas me persigue sobre la nieve de intenso resplandor.

 

Elaine Vilar Madruga  , 2019-12-04
Elaine Vilar Madruga, 2019-11-22
Elaine Vilar Madruga, 2019-11-13
Alberto Marrero, 2016-08-15
Alberto Marrero  , 2016-07-04