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La poesía de Adalberto Hechavarría Alonso

Tropos, 23 de febrero de 2012

La poesía de Adalberto Hechavarría Alonso es una evidencia de la riqueza aún desconocida que contiene nuestra poesía. La eclosión de la creación lírica cubana en los últimos cincuenta años permanece sin conocerse a fondo y, por ende, sin jerarquizarse convenientemente. Los receptores solo tienen, en muchos casos, dominio de lo que se ha impuesto por el escándalo o los ruidos legitimadores, o por encontrarse visibles en las áreas de oportunidad. Los críticos e investigadores del futuro tienen una tarea engorrosa, pero grata para los amantes de la justicia. Tendrán que ir a las fuentes, libro a libro, poema a poema, buscar debajo de la hojarasca, para dar con las piezas válidas, ajenas al litigio de las tendencias, o sepultadas como consecuencia de estos mismos litigios, literarios y extraliterarios. Allí, en ese momento reivindicado, darán con la poesía de Adalberto Hechavarría Alonso, que ha escrito lo suyo en silencio y fuera de todo pugilato. Sus mejores piezas revelan lo que puede lograrse en la expresión del mundo interior con el uso de instrumentos personales aprehendidos en todas partes, sobre todo en los predios de lo sedimentado por los siglos.

Roberto Manzano

Adalberto Hechavarría Alonso (Omaja, Las Tunas, 1956). Poeta. Licenciado en Español y Literatura. Ha obtenido varios premios en Cuba y el extranjero. Poemas suyos han sido publicados en diez antologías. Colabora con revistas literarias de Cuba, España, Estados Unidos, Argentina y Venezuela. Entre otros, ha publicado los siguientes poemarios: Sobre la Isla, Las Tunas, 1983; Herencia de la lumbre, Editorial Sanlope, 1992, Es sábado en tu nombre, Internacional Writers and Artists Asociation, Ohio, 1996, A trino limpio, Editorial Sanlope, 1997, Antología cósmica, Frente de Afirmación Hispanista A. C., México, 1999; Polvo temporal, Editorial Sanlope, 2001, Alucinado, Editorial Sanlope, 2003, y Los arrecifes de la espera, Editorial Sanlope, 2006.



SONETO


Anegado de paz pruebo la suerte
en el más absoluto desconcierto
y entre tanto lirismo descubierto
no me acuerdo siquiera de la muerte.

Este oficio de escriba me convierte
en artesano a corazón abierto.
La blanquísima arena del desierto
en mis ojos la soledad me vierte.

Y en medio de la luz esta mañana
persigo la esperanza con arcana
ilusión de llegar a la belleza.

Le copio los contornos al espacio
y el horizonte —llama de topacio—
por mi pecho en nostalgias se desgrana.



VIRGEN LLORA LEYENDO MIS POEMAS


Mi esposa va sintiendo cómo el llanto
le nubla la mirada, y neblinosa
la página de lumbre dolorosa
estremece las ramas del quebranto.

Sus ojos cada letra saborean
y sienten el temblor de soterrada
pena, como una oculta puñalada
a posibles errantes que las lean.

Mi esposa que desanda vericuetos
líricos por mis huellas, en sonetos
de soledad antigua y de quimera.

Parece que la sílaba sonora
penetra por su alma indagadora
llevando el corazón como bandera.



PARADA A CONTRALUZ ANTE LA PUERTA


Parada a contraluz ante la puerta
exhibes maliciosa tu pecado
y en un estremecer disimulado
un cómplice secreto se concerta.

Hormigueante inquietud, que se despierta
del transparente encaje iluminado
y llega palpitante a mi costado,
tentativa sensual, velada oferta.

Así, frágil tu cuerpo se delata
con sus líneas perfectas que la bata
más que cubrir ofrece a mi reojo;

y la plática fluye indiferente
al grito de la carne persistente
descubierto en las llamas del sonrojo.



DONDE SE PIDE EXPLICACIÓN DE LA MUERTE A DON FRANCISCO DE QUEVEDO Y VILLEGAS


Tú lo sabes, Francisco de Quevedo
—como nadie maestro en tal materia—,
que perderse de vista causa miedo
y la Muerte es peor que la miseria.

Conociste la vida y el denuedo
con que el hombre se ase a su costado.
¿En qué reino andarás con ese enredo
filosófico que nos has dejado?

¿Tiene punto final la trayectoria
del camino en el reino sin memoria?
Tú lo sabes, explica, ciervo arisco,

el enigma del polvo y la materia.
No te quedes callado, buen Francisco:
resbalar noche abajo es cosa seria.



EN LA PARED DEL GRITO

A Moisés Despaigne, in memoriam

Me sorprenden los gritos de Santiago,
el vecino que solitario muere
a pesar de la gente que lo quiere.
—Vino joven de Trinidad Tobago

navegando en un barco de amargura,
con un sueño de pobre vagabundo—.
Este viejo cansado, trotamundo,
llenó de soledad su piel oscura

y naufraga en los mares de la muerte.
Tal vez recuerde cómo se convierte
en espuma el cristal de su lejano

puerto, donde dejara la nativa
esperanza llorando, mientras iba
el adiós deshojándose en su mano.



SIN EXPLICARME NADA


Pasan las horas y no explican nada.
Ni le pregunto nada yo tampoco.
Vivo no más. Comprendo la callada
respuesta de los días poco a poco.

Estoy. Respiro luz. Una estocada
advierte los instantes que provoco
con la nostalgia antigua enraizada
en la palabra fértil que convoco.

Así carne de ocaso y madrugada
(o viceversa) mi futuro evoco
y temo ante el abismo de la Nada

cuando las flechas de la Muerte toco.
Pasan las horas y no explican nada.
Ni le pregunto nada yo tampoco.



TODOS LOS TRENES PASAN POR OMAJA


Todos los trenes pasan por Omaja
y yo desde el portal contemplo el humo
que ennegrece el azul como un brochazo
y se expande nervioso por el cielo.

Bajo la vieja luz de este domingo
me voy con el pitazo a los confines
y regreso a mi cuerpo por instantes
como un intermitente desamparo.

Alguien tal vez desde una ventanilla
prefiera mi sosiego y se quedara
en esta mecedora pensativo.

Mientras cruzo el umbral de la distancia
en un próximo tren que vendrá como
un ligero reptil sobre los rieles.



OCHOSI


Ochosi, abre las puertas, que no puedo
soportar en la noche los candados.
¡No me dejes morir! ¡Oh, desgraciados
los que sufren la cárcel! ¡Cuánto miedo

tengo a las rejas, cuando las cadenas
deslizan el chirriar por lo profundo
del calabozo, donde Segismundo
dijo a los hombres estas mismas penas!

Oh rejofobia: cómo duele y mata
la estrechez de tu hierro, puerta ingrata.
Me duele tanta soledad. No cabe

el dolor en mi voz y todavía
me tienes en lo oscuro. ¡Trae la llave
que quiero regresar de nuevo al día!



LA VUELTA


La montaña dibuja su radiante
tapiz sobre los campos de la infancia.
El silvestre jazmín con su fragancia
le saluda el olfato al visitante.

Del arroyo rumor itinerante
con el viento que viene de la estancia,
cristalino ademán, firme constancia
del agua que se aleja. El caminante

retorna a su raíz, en una cita
con el pasado: juventud marchita.
Por la ribera gris de algún misterio

callada se deshoja la tristeza.
Y la añoranza, que también regresa,
señala temerosa al cementerio.



LOS BUEYES


Cuando atardece vienen los boyeros
con sus yuntas de nombres enjoyados,
por el carril destejen de los sueños
sus voces con el fuete enarbolado.

El gris abre los ojos a lo lejos
y despacio se van de los sembrados
los dueños del sudor y del arado
seguidos por el pálido reflejo

de la luz que agoniza en la maleza.
Liberados del yugo. Por la presa
a beber horizontes, conducidos

por los boyeros, van entre cornadas
despaciosos, respiran sobre el agua
y quiebran el cristal enlunecido.



MANSA LA LUZ


Mansa la luz se tiende en la mirada
cuando atardece el mundo y el ocaso
descorre su negror como un regazo
que la noche ofreciera enamorada.

Se filtra silenciosa en la enramada,
temblando se desnuda en el pedazo
que el día le ha dejado: último trazo
al tímido cristal de la cañada.

Con áurea sutileza se desliza
dorando los caminos polvorientos.
Dispersa los cabellos de la brisa

y lentamente muere mientras fluye.
Sobre el tapiz de hilos cenicientos
como una mancha de oro se diluye.



NEGAR LA LUZ


Noche, ven como siempre tras el día
y deshoja la luz en mi ventana.
No le temas al tiempo, que mañana
volverás como siempre. Todavía

pedacitos de bruma se reparten
por los sitios ocultos de la casa.
No toques a la puerta, empuja y pasa,
que te espero sin miedo. Los que parten

de la vida se pierden en tu fondo.
Esperando mi turno, no respondo
a la sombra que eterna me convida

y me niega la luz. Mi casa es bella
cada vez que le pones una estrella
que ilumina la noche de mi vida.



SIGNOS


Ha llovido. Silencio. Nada pasa digno
de la atención de los presentes.
Los retoños alargan sus cabezas
y el sol levanta tímido su vuelo.

La brisa matutina se convierte
en un soplo fugaz inofensivo.
El tren de los minutos se desliza
sin ruido. Recomienza otro poema.

¿Y qué ojos de otra edad, qué mente
clara recibirá el mensaje, la metáfora,
el embruje hedonista de mis dedos?

Un eco de mi ser se multiplica
en cada signo que define el canto.
Ya soy en el escrito una presencia.



TE ENGAÑAS, SOLEDAD, NO NECESITO


Te engañas, soledad, no necesito
tu cómplice presencia masoquista.
Ni pretendo implorar nueva conquista
para un vuelo de asombro y de infinito.

Ella está sin estar. Es casi un mito
en la fugacidad eternizada
por mi ser. Su frescura de alborada
conmigo permanece. Te repito:

ni la sombra tenaz de estar ausente
ha podido, soledad doliente,
borrar su compañía.

No acrisolo
ni la esperanza de la solitud,
pues ella me ha infundido la virtud
de no sentirme nunca triste y solo.



VEN, PARA VERTE A PLENO MEDIODÍA


Ven, para verte a pleno mediodía,
ahora que la luz es más intensa
y puedo descubrir cada detalle
de tu piel de geranio en primavera.

Quiero andar los ocultos esplendores
de tus mejillas donde la dulzura
es un signo inefable que persigue
la clara lucidez de la caricia.

Cada roce secreto, cada rayo
de luz será un sendero hacia el augurio
que atesoran tus labios diligentes.

Ven, que ansiosa la luz busca resquicios
donde ocultar la sed que me regalas
con soñadora faz de siempreviva.



CONJETURAS


¿Qué será de la lumbre que el azoro
incendia en el mañana de mí mismo,
donde tal vez aguarda el pesimismo
para embestirme con su cuerno de oro?

¿Qué será de la sombra donde lloro
este mañana con temblor de sismo?
¿Acaso el resplandor del optimismo
que de la juventud nazco y afloro

me llenará de luz, si la tristeza
penetra por mis ojos apagados?
¿Cantaré con pasión a la belleza

que defiende los sueños ya cantados?
¿Tendré la pequeñez de la grandeza
que tienen los poetas olvidados?



TESTAMENTO


Les dejo la experiencia de lo sido
en este mundo donde la nobleza
marcha con la humildad y la pobreza
a donde pocos la han reconocido.

Les dejo el irrespeto del olvido,
el no temer la muerte cuando venga
y todo cuanto júbilo contenga
para vencer el tiempo entristecido.

Les dejo la pasión por el destello
del sol en los trigales si amanece,
el imantado enigma de lo bello,

esta inconformidad con el ahora,
la desnudez del alma bienhechora
y el vuelo al infinito que anochece.