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Nieves Xenes, la poetisa del amor imposible

Cira Romero, 08 de marzo de 2012

A lo largo de los siglos la pasión amorosa ha sido expresada por las mujeres de forma muy diversa. La poetisa cubana Nieves Xenes (1859-1915) tuvo una peculiar manera de hacerlo. A comienzos de la década del 80 de la centuria decimonovena, en las tertulias literarias que ofrecía en su casa, el doctor José María Céspedes, conoció a José Antonio Cortina (1853-1884), el más destacado orador del momento, miembro de la Junta Central del Partido Autonomista. Sintió por él un amor vehemente y, a la vez, ideal. La muerte del tribuno en el año mencionado, unido a la propia pureza de la vida de la escritora, provocó en ella un paroxismo que la condujo a refugiarse en su casa y dedicarse por entero al cuidado de su familia más cercana. No obstante, tuvo fuerzas para escribir, apenas conocido el fallecimiento de su amado, el poema titulado «¡Muerto!», con esta dedicatoria: «En la muerte de José Antonio Cortina», donde el amor pasional, cualquiera sabe por qué convencionalismos, cede para exponer las virtudes ciudadanas del amado. Selecciono dos fragmentos:

¡Muerto!... es verdad. La frente que se erguía
con viril energía,
por el fulgor del genio iluminada,
humillóse ante el fallo de la suerte,
y al golpe de la muerte
se hundió en la tumba exánime y helada.
[...]
¡Que no cubran las sombras del olvido
Su recuerdo querido;
Que cual puro raudal que no se agota
Caiga siempre amoroso nuestro llanto,
Como tribuno santo,
Sobre la triste tumba del patriota!

La poetisa no pudo ocultar su dolor, y en su único libro publicado, Poesías, aparecido poco después de su muerte, hay un poema que no aparece titulado, pues en su lugar aparece solamente una línea de puntos, donde dio, por fin, rienda a su dolor:

¡Me lo dijeron; y por un instante
apagóse la luz de mi razón,
helóseme la sangre, y su latido
detuvo el corazón.

¡Después, ruda, violenta, arrolladora,
destrozando mi alma, sin piedad,
se desató de mi dolor inmenso
la horrible tempestad.

¡Y exhalé gritos de agonía,
y con terrible angustia sollocé,
y de rodillas con las manos juntas,
la muerte demandé!
[...]
¡Y proseguí el camino de la vida!
por la suerte dejándome arrastrar,
cual náufrago infeliz que se abandona
a las olas del mar.

Sin dudas, fueron también para Cortina los versos de su poema «Retrato»:

Esculturales líneas dibujaban
su varonil y espléndida cabeza,
y unidas en su cuerpo se mostraban
la fuerza, la arrogancia y la belleza.
[...]
Bajo el bigote de ébano luciente
su boca, como flor en la mañana,
mostraba al entreabrirse sonriente
húmedas perlas entre frescas granas.
[...]
Por sublime ideal enardecido,
eran su culto el bien y la belleza,
y llevaba en su alma de elegido
de los héroes la insólita grandeza.

El alejamiento que se impuso  de la vida cultural no impidió que en 1910, al fundarse la Academia Nacional de Artes y Letras, fuera elegido miembro fundador, honor que aceptó bajo la condición,  consentida por dicha corporación, de no asistir nunca a las sesiones. Tan firme se mantuvo en su voluntad, anunciada  más de medio siglo atrás.

Nieves Xenes había nacido en Quivicán, actual provincia de Mayabeque. Su infancia transcurrió en el campo y solamente alcanzó la instrucción primaria. A los diecinueve años se trasladó a La Habana, donde se dio a conocer como poetisa en la señalada tertulia de José María de Céspedes y también en la que ofrecía en sus salones Nicolás Azcárate.  Tras su impuesto retiro, una de sus hermanas sustrajo de entre sus papeles el poema titulado «El poeta» y lo envió, para concursar, en los Juegos Florales de la Colla de Sant Mus, celebrados en el Teatro Tacón en noviembre de 1887. Obtuvo la Flor Natural, máximo galardón que se otorgaba, pero la poetisa no acudió a recibir el premio. Su soneto titulado «Julio», escogido por José Lezama Lima para ejemplificar, junto con otros, la labor de la escritora, en su importante Antología de la poesía cubana, mereció la medalla de oro otorgada por la revista Cuba y América. Ahora rinde tributo a su patria:

Ostenta el campo su verdor lucido,
de intenso azul el cielo se colora,
y el Sol vierte su luz deslumbradora
ardiente como el oro derretido.

Es un amante de pasión rendido
ante la hermosa Cuba a quien adora
que a su ávida caricia abrasadora
abandona su cuerpo enardecido.

Y en la languidez erótica postrada,
voluptuosa, gentil y enamorada,
a sus besos ofrece incitadores,

perfumados con lúbricos aromas,
ya los erectos senos de sus lomas,
ya los trémulos labios de sus flores.

En este poema deja sentir cierto aliento modernista la autora, que fue poetisa de transición entre el romanticismo y la escuela liderada por Rubén Darío. Pero no es un modernismo exótico, sino afincado en lo caribeño, asimilado en lo cromático del paisaje. Por lo general sus composiciones se presentan de una manera sencilla y, sobre todo, sincera y es en la vertiente amorosa donde su expresión alcanza los mejores momentos. Lezama Lima percibió en sus versos no revelar «un conocimiento de su instrumento poético» y señaló que sus lecturas debieron ser muy escasas, pues «las composiciones que dejó están plagadas de prosaísmos, a veces de incorrección». Poetisa de impulso natural, tumultuosa, se acerca más a los mejores momentos de nuestro romanticismo ya en declinación que a las novedades modernistas, que se asoma a sus versos desde lo sensorial.

Como otras poetisas de momento —Aurelia Castillo de González, Lola Rodríguez de Tió y Mercedes Matamoros— asentó en dos vertientes sus principales temas: el amor pasión, en algunas muestras de lo erótico y el amor  a Cuba, a su paisaje.

Nieves Xenes se definió a sí misma como «un alma apasionada por el ansia de goce enardecida», y es entonces cuando brotan sus mejores momentos, como en el titulado «Una confesión», que empieza y concluye con estas estrofas:

¡Padre, no puedo más! Mi amor refreno,
pero en la horrible lucha estoy vencida;
esta pasión se extinguirá en mi seno
con el último aliento de mi vida.
[...]
¡Ay, padre! En vuestra santa y dulce calma
rogad a Dios que evite mi caída,
porque este amor se extinguirá en mi alma
con el último aliento de mi vida!

No es difícil advertir que la poesía de Nieves  fue cabal expresión del amor perdido. Al paladear con detenimiento la figura masculina —creo no podía ser otra que la de José Manuel Cortina— es cuando su pluma se robustece y se encabrita para ofrecernos sus momentos de mayor plenitud.

Nieves Xenes, mujer estremecida por el dolor de la pérdida, forma parte de la galería de autoras cubanas que sufrieron por amor, como Gertrudis Gómez de Avellaneda, Mercedes Matamoros, Juana Borrero y María Luisa Milanés, entre otras muchas voces que desde el siglo XIX y los comienzos del XX le dieron fisonomía propia a nuestra poesía escrita por mujeres.

olga carballo dijo:  Otro comentario para este maravilloso artículo, gracias