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Francisco Díaz Solar: La traducción es un arte de decisiones

Rodolfo Alpízar Castillo, 23 de febrero de 2012

Francisco Díaz Solar es traductor, integrante de la Sección de Traducción Literaria de la Asociación de Escritores de la UNEAC y uno de los miembros más respetados en la gran familia del gremio.

Francisco, en cierto momento de tu intervención en el XI Simposio de Traducción Literaria, afirmaste algo que me gustó mucho: «La traducción es un arte de decisiones.» ¿Podrías indicar, brevemente, por qué opinas así?

Es un arte porque cada traducción es singular e irrepetible y puede dar lugar a un producto artístico, es decir, a un texto caracterizado por su literariedad. Los muchos intentos fallidos no invalidan mi afirmación, lo mismo sucede cuando se escriben los llamados originales. Y el traductor está tomando decisiones, desde que elige su texto —cuando puede elegirlo— hasta que decide darlo por terminado. Decisiones formales, como cuando la alternativa es traducir en prosa o en verso, rimar o no; decisiones de estilo, como actualizar el lenguaje o inventarse un lenguaje arcaizante; la famosa decisión estratégica de en qué lugar situarse entre la traducción muy libre y la muy ceñida al original; y claro, las decisiones puntuales que se refieren a la palabra misma. Todo esto se demuestra empíricamente con la célebre prueba en la cual se entrega un texto breve a muchos traductores y se obtienen resultados muy diferentes.

Ahora me gustaría que hablaras un poco de ti. Para empezar: ¿Por qué y cuándo empezaste a traducir? ¿Has sido también intérprete, o siempre has sido traductor «de mesa»?

La traducción siempre me llamó la atención. Fue mi primer trabajo —solo he ejercido otros dos: librero y vendedor ambulante—. He sido intérprete ocasionalmente, pero carezco de condiciones indispensables para esa profesión: mente rápida, oído fino, buena pronunciación y entonación, además de fluidez idiomática. Me enorgullezco de haber sido principalmente traductor «de mesa». Y sigo, hasta que la decrepitud o la muerte me detengan.

¿Y por qué la lengua alemana? ¿Alguna historia al respecto, o simple casualidad?

Antes de aprender alemán, me parecía que esta lengua encierra particulares tesoros de conocimiento. Ahora no me parece, estoy seguro de ello, y muy satisfecho de mi decisión. También he traducido del inglés, que fue por muchos años mi principal lengua de lectura, y del francés, donde he sido un atrevido con suerte.

Muchos traductores literarios, y me incluyo entre ellos, evitan traducir poesía. Sin embargo, por lo que conozco de tu obra, se me hace evidente que sientes inclinación hacia la traducción poética. ¿Es así? Infiero, además, que tienes una obra poética escondida por algún lugar, ¿me equivoco? ¿Podremos conocerla algún día?

Soy poeta y lector de poesía. Eso lo explica en parte. Me hubiera gustado traducir novelas importantes, pero no tengo conexiones en el mundo editorial español. Quizás sea mejor así, porque soy muy productivo, pero de modo intermitente, por rachas. Soy, más bien, un pequeño huracán o una serie de ráfagas. Y, paradójicamente, la traducción de poesía tiene ventajas prácticas: es más fácil conseguir los derechos de autor, y, además, elaborar antologías es un trabajo fascinante porque puedes hacer descubrimientos. Yo estoy orgulloso de haber hecho traducir al español a Inge Müller, una poeta que muchos alemanes desconocen. También tengo una relación con los poetas, sobre todo con los del siglo XX y XXI —que me interesan más, aunque he traducido autores del barroco y el romanticismo—, diferente a la que consigo con los novelistas. La obra poética suele ser más breve, se deja abarcar mejor, en el sentido de comprender y en el de abrazar.

En cuanto a mi obra poética, tengo un libro de poemas publicado por ediciones Unión, se llama Lupa del tiempo. También algunos poemas en revistas de México y Alemania. Y muchos poemas engavetados, o, más bien, encarpetados en la computadora. En Unión me trataron muy bien Jesús David Curbelo y Roberto Manzano, dos grandes poetas; en Letras Cubanas, a pesar de haber trabajado 25 años en el Instituto Cubano del Libro, la persona que estaba a cargo de la redacción de poesía me hizo sentir tan mal que casi soy alérgico a los editores cubanos.

Y en cuanto a tus ideas sobre la traducción, ¿has pensado plasmarlas en libro?, ¿has trabajado en ese sentido alguna vez?

He escrito un montón de ponencias sobre la traducción. Desde 1987 ando en eso. En los primeros eventos que se celebraron desde 1989 me premiaron varias veces. Pienso en un libro, pero muchos de mis trabajos no me complacen. Solo en los últimos años he podido conseguir la información necesaria. Sí, a lo mejor me da por terminar un libro. Pero tendría que empezar a lidiar con los editores. Ufffff.

¿Puedes adelantarnos algo sobre los planes en que estás inmerso en este momento?

Estoy terminando un proyecto que me apasiona. Una antología de textos de poetas austriacos sobre poéticas contemporáneas, en la cual dialogo con los autores. Después va una selección de textos sobre Kafka, con detallitos nuevos que me reservo. Y avanzo poco a poco en la obra de William Carlos Williams, vista y presentada a mi manera. Y y y y…

¿Principales satisfacciones e insatisfacciones que te ha reportado la profesión?

La mayor satisfacción ha sido actuar en un documental para la televisión austriaca, Deutsch Sein Kunstsprach, en el que también fui asesor. El tema es la supuesta intraducibilidad del poeta austriaco Ernst Jandl, uno de los grandes poetas europeos posteriores a 1945, un autor que me ha acompañado durante muchos años. Además, recibí el Premio Rodríguez Feo. Y hay las satisfacciones de cada día: cuando voy avanzando; sobre todo, cuando queda bien algo que parecía difícil: No tiene que ser en un gran poema, puede ser también una simple palabra en un texto cualquiera.

Para concluir, una pregunta retórica, pero que no podría faltar: La traducción literaria, ¿es un acto de creación?

Sí, por mucho que les joda a nuestros numerosos, ignorantes y, a veces, poderosos detractores. A más de los argumentos que te expuse, quien quiera comprobarlo, si tiene un mínimo de oído y sensibilidad, que lea Sones de la lira inglesa, de Gabriel Zéndegui. O la versión de las Elegías de Duino, de Rilke, que hizo José María Valverde.

¿Se nos quedó algo en el tintero?

Me faltó decir algo sobre insatisfacciones que me pueda haber reportado la profesión. No se me ocurre ninguna. La posición injusta e incorrectamente subordinada que tiene —no solo en Cuba— no es culpa suya.

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