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El modus operandi de Reynaldo Duret

Alberto Marrero, 28 de febrero de 2012

El cuento que publicamos hoy en Fabulaciones, se titula «Modus Operandi», y su autor es el poeta, narrador y médico psiquiatra, Reynaldo Duret Sotomayor (Santiago de Cuba, 1958). El texto recibió el Premio Abdala del 2011 de cuento, en el XI Certamen Literario que convoca la Unión Árabe de Cuba. Como miembro del jurado, pude apreciar su calidad y con placer levanté la mano para que se premiara el trabajo de este singular médico-escritor.

En conversación con Reynaldo el día de la premiación, recordé un libro suyo evaluado por mí en otro concurso de mayor rango y que no fue premiado en aquella oportunidad, aunque no pasó inadvertido para el resto de los miembros del jurado. Conocí, además, que el volumen en cuestión ya se encontraba en proceso editorial, después de una rigurosa reescritura. Lo felicité y le pedí que me enviase el cuento ganador para publicarlo en nuestro espacio. 

Lo que más me llamó la atención en «Modus Operandi», fue la ambigüedad con que está construido, esa manera de afirmar y negar a la vez, donde el lector se hace cómplice del relato y debe elegir. Lo esencial está cuidadosamente velado. Nada es definitivo, absoluto, gratuito. El narrador- personaje (una cubana que se niega a convertirse en un remedo de la astuta Sherezada), cuenta la historia de su matrimonio con un árabe y las numerosas contradicciones provocadas por la pugna entre culturas e idiosincrasias diferentes. Con citas del Corán, va tejiendo la narración, matizada con un sentido del humor tan típico en los cubanos y cubanas, al tiempo que expone su evidente malestar ante las prohibiciones y costumbres que debe acatar por ser mujer de un hombre árabe apegado al Islamismo. Y no se trata de una reflexión crítica, ni mucho menos un ataque a esta religión (algo muy frecuente hoy en los medios de comunicación dominados por el Imperio y en Hollywood, ya sabemos con qué tenebrosos objetivos), sino de una exploración en la existencia humana, en su diversidad, en los múltiples sinsabores y paradojas con que tropezamos en nuestra brevísima vida y de los cuales salimos, a veces victoriosos y otras derrotados, frustrados o simplemente resignados.

El cuento de Reynaldo cautiva por la limpieza del lenguaje y su capacidad de asociación. Sin grandes alardes técnicos logra una atmósfera, un tono apropiado, un ambiente de hechizo que apresa al lector y lo estimula a llegar hasta el final.  Muchos se preguntarán qué estaba escrito en el cartel que la mujer colgó en el frente de su casa y cuál era la naturaleza del servicio que solicitaba desesperadamente. El eterno dilema de atracción–repulsión parece ser la corriente subterránea que atraviesa, de lado a lado, este excelente relato de Reynaldo Duret, cuya obra ya exhibe una notable calidad en libros como Nunca te enamores los días de lluvia (Ediciones Extramuros, 2007), La noche de los miedos (Ediciones Santiago, 2011) y Catálogo de la locura, que verá la luz en el presente año.

 

MODUS OPERANDI
                                     
                      

La costumbre constituye la guía fundamental de la vida humana
David Hume

 




Me niego a ser Scherezada, esa infeliz que tuvo que inventar durante mil y una noches un relato para que el rey Schahriam no le cortase la cabeza. Las cubanas somos distintas. Por eso me llené de valor y puse el cartel en la puerta de la casa, en este horario que él no está.

Toda mujer tiene un período de hastío en que se vuelve enemiga de cuanto la rodea. Estoy ahora en esa etapa. Lo que en mi caso, solo me preocupan mi marido, y yo. Ni Dios puede quitar los deseos locos que me entran en estos días de suicidarme o asesinar a alguien. ¿Qué podría hacer él? Dios es machista, invulnerable, soberbio y caprichoso. Por ahorrarle desgracias a su género construyó al primer hombre de un costado de Eva, a quien hizo imprudente y corruptora, dotando a Adán de una ingenuidad y candidez poco creíbles. Así que de Dios no puedo esperar ni al menos que me ponga a diez años de mí, o que me ayude a permutarme a otra mujer menos neurótica y traumatizada.
Perdóname, Dios mío, pero estoy hablando con justicia. Hoy no cociné. No limpié la casa. No me lavé las partes que me debo lavar. Hiedo a odio. Estoy vacía como una shopping en enero. Soy un NO gigantesco hasta dar aprensión.

El origen de toda esta tragedia se llama Alí Kader.  Lo he amado y venerado todos estos años. Respeto sus costumbres al máximo. Allah lo sabe. Envolverme en estos vestidos y cubrirme el rostro bajo el calor del trópico, de tal modo que en el barrio quizás exclamen a mi paso: «Ahí va el rollo de tela».

He terminado de colocar el letrero en la puerta y espero que alguien acuda a mi solicitud. También hago un alegato contra sus manías, tradiciones, y belleza irracionalmente perfecta. Si al menos me hubiese dado cuenta a lo que me exponía cuando lo conocí en la URSS, mientras estudiábamos, ahora no sufriera este fastidio, que es mucho decir, ni hubiese escrito el anuncio, aunque quizás no es que sea celoso, sino que todo radique en las costumbres del Islam.

Los años que vivimos en su país no podía relacionarme con otros hombres que no fueran de su familia. Tenía que ser acompañada por él para salir de casa. Llegó a empalagarme el kabsah, arroz elaborado con carnero y de sabor picante, luego del cual era casi obligatorio tomar el café con cardamomo, fruta también picante que me ponía roja y caliente como la hornilla de un fogón.  Es posible que tengáis aversión a lo que os es ventajoso y que os guste lo que os es dañoso.


La comida se toma únicamente con los dedos de la mano derecha. El pan puede partirse con la izquierda, pero se lleva a la boca con la derecha. El horario de ingerir alimentos es a las dos de la tarde. No puedes decir ni una palabra al comer, solo después. Tuve que olvidar la carne de puerco,  Os está prohibido comer los animales muertos, la sangre, la carne de cerdo y todo animal sobre el cual se haya invocado otro nombre distinto del de Dios; esas bachatas entre amigos, con los que bebía cerveza, Os está permitido comer y beber hasta el mo-mento en que podáis distinguir un hilo blanco de un hilo negro, me divertía escuchando canciones de Los Beatles, Rolling Stone y tantos otros; sin olvidar juegos, diversiones, Te interrogarán sobre el vino y el juego. Diles: el mal supera a las ventajas que procuran;  libertades que no podía gozar en su pueblo, saludar con besos, apretones y manotazos afectivos. En Arabia el saludo es tan económico que cabe en una cajita de fósforos. As-salaamu’ alaykum (la paz sea contigo), expresan los hombres y solo se dan la mano derecha, al tiempo que llevan la mano izquierda al hombro derecho de la otra persona y le besan ambas mejillas, según el grado de intimidad y rango social. Pero con la mujer es distinto. Debe quedar estática. Se le presenta con un simple Sabah al- Khair (buenos días), Masah al-Khair (buenas noches). o simplemente Marhaba (hola).

El amor por Alí neutralizaba todas esas vicisitudes. Mis amigas decían que lo quería porque la moda en Cuba era enamorarse de los extranjeros, pero en mi caso no era así. Todo surgió sin querer proponérmelo. No medió interés de ninguna especie. Lejos de su familia, Alí era distinto: amable, cariñoso, parlanchín. Al darme cuenta ya estaba metida con él «hasta home». «La gran guerra patria» fue después del casorio: enfrentar sus costumbres árabes, los toldos que me hicieron lucir desde mi arribo a su aldea, que me daban apariencia de tienda de campaña. Los cánticos y oraciones, la forma increíble de conversar: Mujeres solo con mujeres, en espacios privados. Los hombres solo con los hombres, en iguales espacios. Sin embargo, el amor me ocultó toda aquella amalgama de hábitos y cánones.

La boda fue espléndida. Alí me dio una dote con la que compré el ajuar, los anillos, cosas para nuestro hogar y la vida en común. El barrio estaba tan colorido que recordaba un carnaval cubano, lleno de fogatas en hileras,  flores, música, y cuanto adorno pareció exclusivo. Ubicaron abundantes mesas en las calles donde servir a los asistentes las cuatro vacas y seis carneros sacrificados, y saciar cada apetito por los quince días que duró la fiesta.

Entrada la noche llegó el momento del rito coital. Me llevó en sus brazos a la habitación, saturada de flores y aromas. La cama estaba vestida con unas sábanas tan blancas y brillosas que parecían alumbrar. Me colocó en el lecho con gesto suave y fue despojándome de la ropa interior. Lejos de lo que yo esperaba, hizo lo suyo sin un beso siquiera, luego de lo cual recogió el pañuelo blanco que había colocado en mi entrepierna, manchado con la sangre del adiós a mi virginidad, y bajó a la sala para mostrarlo a todos  Desde arriba escuché aplausos, felicitaciones, carcajadas, voces dispersas.

Aquellos días deslumbrantes dieron paso a una cotidianeidad que fue tragándome.  Alí me enseñó a ser desconfiada, sumisa, a adorarlo y servirle como si en vez de hombre se tratase de un sura del Corán. No pude trabajar como filóloga, y me dediqué a escribir mis memorias, de las que hoy estoy relatando quizás el último capítulo. Amar a un extranjero lleva riesgos que nadie presupone. Vi explotar coches bombas, apedrear mujeres por impuras e infieles. Y me llené de pánico. Como quizás ellos se llenen de espanto ante una jinetera que se apretuje con dos tipos al mismo tiempo en un club de La Habana, o ante las sayas cortas y senos casi al aire bajo los topecitos que usan las adolescentes de hoy para pregonar sus cambios hormonales. Sin embargo, el amor me hacía regresar a la sensatez.

Cada cultura tiene sus ritos que hay que respetar, y algunos se parecen, pero otros son diametralmente opuestos y amenazantes a la supervivencia.

Cuando me dijo de venir a Cuba y establecernos aquí vi los cielos abiertos. En aquel momento sentía que mi amor hacia él se agotaba, y esto me conducía a sacar fuerzas a sorbitos de mi ánimo, como si el alma fuese una gasolinera. Recordé aquel versículo del Corán: Temed el día en que un alma no satisfaga a otra alma, en que ningún equivalente será aceptado de ella, en que ninguna in-tercesión servirá de nada, en que ellos (los infieles) no sean socorridos. No lo pensé dos veces. Era la posibilidad tan ansiada de volver a ser yo, de probar nuestra relación.

No me interesó saber de quién o qué estábamos huyendo, si había asesinado a alguien, o si finalmente accedió a complacerme un poco, obstinado de guerras musulmanas, o provocaciones familiares por haber desposado a una extranjera de un país tan liberal.

Quién iba a suponer que regresar a Cuba lo pondría psiquiátrico, lo arraigaría aún más a sus hábitos y creencias. La tentación de la idolatría es peor que la carnicería, le dije una mañana. Me observó alzando con arrogancia la cabeza y refutó mi expresión con otro versículo: Los infieles no cesarán de haceros la guerra mientras no os hayan hecho renunciar a vuestra religión, si pueden. 

Lo primero que hizo al estar aquí, fue prohibirles a mis hermanos que me visitaran durante su ausencia. Me obligó a eliminar los viejos amigos. Lucir como siempre las túnicas, que debía ponerme porque yo era musulmana, esposa de un musulmán, hija de la patria árabe, algo que realmente había aceptado desde un principio. Salía a trabajar y dejaba la reja exterior cerrada con candado, y se llevaba la llave. Jamás salir sola. Con él, a los mercados, a las shopping, al patio de la casa, tapizado de rejas hasta imitar un presidio. Si sonaba el teléfono sólo él podía contestar. Debía saber santo y seña del interlocutor. Se colocaba al pie de mí, a la escucha de todas las frases, que debía repetirle y explicar si no las entendía.

Hoy estoy saturada, ya lo dije al principio, pero me gusta a veces reiterarme en las cosas. No sé si sería mejor dominar esta etapa de fastidio donde estoy. Tratar de convencerme que ser esposa de un árabe no constituye error. Es difícil eliminar los patrones de tu comportamiento. Ser una mujer desprovista de temperamento y criterio. A veces me pregunto qué sería de mí sin Alí Kader, y me pierdo en un mundo sin respuestas. Soy una mujer árabe, me repito después, y coloco en mi cuerpo sayas, túnicas, mantas, ropones…, uno encima del otro hasta parecer el interior de un closet. Lo más raro de todo es que siento lástima por él. Lo veo indefenso, incapaz de poder modificar esos complejos patrones de su país. Complejos para mí, quise decir.

Con esa decisión de colocar el letrero en la puerta busco un modo de romper con las crisis de angustia que me entran desde hace algunos años. El primer indicio de rebeldía fue sacar una copia de la llave principal, con miles de artimañas. Mientras él trabaja salgo a ver la calle, miro las aceras y hogares de las escasas cuadras que me atrevo a recorrer. Los vecinos me saludan con una cortesía que parece amaestrada.

El sonido del timbre me hace dirigirme a la puerta. Abro la reja con la copia de la llave. Vengo por el anuncio del cartel, dice un negro. Ya estaba al quitarlo por el día de hoy. Lo invito a pasar. Inunda la sala con un tufo que parece traído de un bembé. Le muestro el pasillo que muere en el comedorcito. Me sigue con pasos lentos y se sienta frente a la mesa, sin que yo lo haya indicado. Comienzo a explicarle sin rodeos las causas del letrero. Detallo su apariencia. Alto, gruesos labios, una cicatriz en la mejilla izquierda, ojos saltones de mirada rara, a veces maliciosa al observarme (quizás me apetece a su antojo). Tiene la voz bronca y respira dando silbidos gordos, como si fuese asmático. Este es el hombre ideal, pienso. Inquiere por los honorarios, pero sigo apegada a sus manotas negras que imagino hechas por la genética de sus progenitores para matar a alguien, violar a una mujer, servir de mulo de carga o guardaespaldas, santiguar, dar masajes, remos, destruir paredes, construir un palacio encima de una loma, raptar… (Se me hace difícil elegir entre las tantas posibilidades de oficio que tienen estas manos). Es ancho de espaldas y viste pulóver de arabescos, pantalón de mezclilla desteñido por el uso, con pequeñas rajaduras en muslos y rodillas que exponen una piel gruesamente lampiña y brillosa. Usa zapatos mocasines cuyas puntas afiladas parecen haber sido hechas para defenderse de los enemigos. Mira el reloj Orient de vez en vez y escucha el modo en que quiero las cosas. Sonríe, al tiempo que extrae una tarjetica del bolsillo y la muestra, lleva un diagrama en la parte superior que no distingo bien si es un machete, un pene, o un palo de yagruma. Termino de exponer mis razones. Es árabe, sentencio. Noto enseguida el cambio. Se incorpora con brusquedad, colérico. ¡Árabe no, es tu marido!, ¿Qué tú te piensas?, expresa acalorado. Yo no me meto en eso. Mira, si a «mi blancota» na’ má que se le ocurre la idea que tú tienes... Me da la espalda y huye. ¡Oiga, me entendió mal!, grito, pero la solución a mis problemas ya dobla la esquina. Una vecina se acerca a mí, corriendo. ¡A tu marido le dio una «sirimba», está en el hospital!, exclama, y  lee el cartel con intriga.

Pongo en su boca las pastillas y le doy agua. Traga con repulsión. Cae en el lecho. Suspira. Lo beso y  me incorporo para hacer el almuerzo, bajísimo de sal, grasa, sazones. Tengo que alimentarlo como si fuese un niño. La mejor provisión es la piedad, murmura. O el amor, contradigo. Se inquieta cuando oscurece. El único modo que encuentro de aquietarlo es contándole historias. En ocasiones la interrumpo. Dejo una parte para la noche siguiente al ver que se queda dormido. Vuelvo a preguntarme qué sería de mí en su ausencia. Me duermo sin respuestas y con las mismas dudas. Despierto ansiosa antes del amanecer, trastornada por extrañas pesadillas donde me visita un hombre con cara de asesino. Paso los dedos por la frente de Alí. Pego la oreja a su pecho para oír cómo están los latidos. Abro las ventanas de par en par, la puerta de la casa, y coloco el cartel.
 

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