Alberto Acosta Pérez: pieza clave de las letras insulares
¡Qué hermoso ha de ser dejar al morir reguero luminoso […]!
José Martí
No puedo —nada más lejos de la realidad ni de mi verdadera intención— ocultarles a los lectores de esta sección, que los días iniciales de año nuevo perturban mi espíritu.
En la primera semana del 2011, por ejemplo, la cultura y la prensa cubanas perdieron a la poetisa, escritora, periodista, historiadora, crítica e investigadora, Mercedes Santos Moray, 1 mientras que, el primero de enero del 2012, Tanatos (la muerte, en el vocabulario psicoanalítico ortodoxo), tronchó el ciclo vital del poeta, narrador, traductor y promotor cultural, Alberto Acosta Pérez (1957-2012), jefe del área de promoción en el Gran Teatro de La Habana (GTH) durante más de una década.
Función que desempeñara —con indiscutible profesionalidad— hasta su lamentable deceso, y que le facilitara el establecimiento de una estrecha relación laboral con los representantes de la prensa cultural cubana.
El objetivo de esta crónica no es solo evocar la memoria del laureado poeta y narrador capitalino, sino también del entrañable colega y amigo, con quien contrajera —en noviembre de 2006— una deuda de gratitud, que jamás olvidaré mientras me quede un hálito de vida.
En esa fecha, sesionaba en la capital cubana el XX Festival Internacional de Ballet de La Habana; contexto en el que se debía presentar mi libro La danza vista por un crítico teatral. Arte danzario y periodismo cultural.2
No obstante, la doctora Ivette Fuentes de la Paz, directora de Ediciones Vivarium, no había encontrado el local idóneo para realizar dicha actividad, incluida —por otra parte— en el programa cultural de esa magna cita con el arte de las puntas, que cada dos años tiene como sede los principales escenarios de la Ciudad de las Columnas.
Con la proverbial gentileza, caballerosidad y sensibilidad que configuraran la personalidad de un poeta de su estatura intelectual, humana y espiritual, le cedió la sala «Lecuona» del GTH a la editora de ese volumen, para que tuviera lugar la presentación correspondiente; y en consecuencia, se pudiese cumplir —al pie de la letra— el programa elaborado al efecto.
Ese noble gesto quedó registrado, con letras indelebles, tanto en mi memoria poética, como en el componente espiritual de mi inconsciente freudiano. Por consiguiente, nació y creció entre nosotros una sólida relación afectiva que su inesperado fallecimiento solo pudo interrumpir, pero no destruir, porque —según el vigente pensamiento martiano— constituye una falacia afirmar que la amistad sincera —y la nuestra lo era— acaba con la muerte.
Cuando —con relativa frecuencia— nos veíamos en el vetusto Coliseo de La Habana Vieja charlábamos acerca de temas divinos y humanos; en cierta ocasión, le pregunté: Alberto, ¿qué significa para ti incursionar en los géneros literarios en los que te mueves como «pez en el agua»?
El interpelado me contestó de inmediato: «La poesía y la narración, al menos para mí, devienen un espejo donde proyecto mis emociones, pensamientos, vivencias, sentimientos, frustraciones, necesidades intelectuales y espirituales, realizaciones […]». Aquí se detuvo un instante, para luego proseguir: «quiero aclararle que percibo la realización, en toda la extensión y vastedad del término, como la ‘dosis exacta’ de amor y pasión que uno pone en todo lo que hace y no como la obtención de premios o de estímulos materiales que podamos recibir en un momento de nuestra vida por lo que, al parecer, hemos hecho bien […] de acuerdo con el criterio de otros».
El finado intelectual cubano se destacaba —básicamente— por la delicadeza de su percepción poética y la entrega —sin condicionamientos ni concesiones— con que cultivara el verso y la prosa.
Acosta Pérez era ingeniero industrial y egresado de Promoción, Animación Sociocultural y de Gestión y de Políticas Culturales y Desarrollo; curso estudios de pre y posgrado en la mayor isla antillana y en la península ibérica.
Ediciones Unión, emblemático sello editorial de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), publicó Experiencias de amor correspondido (su último poemario), que fuera presentado en la Feria Internacional del Libro Cuba 2012.
Por otra parte, dio a la estampa los siguientes títulos: Como el cristal quemado (1988), Todos los días de este mundo (1990), Éramos tan puros (1992), Alabanza del sueño (1994), Monedas al aire (1996) y Música vaga (2002).
Obtuvo —entre otros reconocimientos— los premios: Internacional de Poesía Gerardo Diego (España, 1988), Pinos Nuevos (1996); de la Crítica Literaria (2002), y de Narrativa Breve Alberto Lista (Sevilla, 2006). Fue distinguido, además, con la Orden Miguel de Cervantes y Saavedra, de la Federación de las Sociedades Españolas de Cuba (2004), y la Distinción por la Cultura Nacional (2005).
Una parte de su obra poético-literaria fue divulgada en inglés, italiano, francés, portugués y rumano. O sea, los lectores y los críticos de Norteamérica y el Viejo Continente pudieron apreciar los valores estético-artísticos, literarios, éticos, humanos y espirituales que transmiten sus poemas y narraciones, ya que —no obstante los diferentes giros idiomáticos de que fueran objeto al ser traducidos del español a esas lenguas foráneas— conservaban su «pureza» original, cual agua cristalina que corre por los ríos subterráneos del alma humana, y que calmaba, pero no satisfacía, la inmensa sed de belleza que lo acompañara durante su corta, pero fructífera existencia terrenal.
La última vez que lo vi con vida, fue en el lobby del GTH, donde le solicité me concediera una entrevista para la prensa digital, pero con la sencillez y la humildad que lo caracterizaran, declinó mi invitación, pero —en modo alguno— con una negativa rotunda, sino con una franca sonrisa que me hizo albergar la esperanza de que un día —más temprano que tarde— accedería a mi petición. Desafortunadamente, esa fue una cuenta pendiente que ya nunca podré saldar…, y que le debía.
El dolor y la pena me embargaron cuando, por la prensa local, conocí la triste noticia relacionada con la partida definitiva al espacio infinito de Alberto Acosta Pérez como consecuencia de una súbita afección letal.
Duerme en paz, querido amigo, el martiano sueño de los justos, porque tu misión en la tierra está cumplida… con creces.
Notas
1.Dueñas Becerra, Jesús. Doctora Mercedes Santos Moray: sensible pérdida para la cultura y la prensa cubanas. www.cubaliteraria.cu (Homenajes).
2.Dueñas Becerra, Jesús. La danza vista por un crítico teatral. Arte danzario y periodismo cultural. La Habana: Ediciones Vivarium, 2006 (título incluido en la Biblioteca Virtual del Consejo Internacional de la Danza, CID-UNESCO, y presentado en el XX Festival Internacional de Ballet de La Habana).