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La poesía de Agustín Acosta

Tropos, 29 de febrero de 2012

 

Su poesía posee una singularidad indudable, y es una de las más significativas del siglo xx en Cuba. Su obra ha conocido períodos de auge y olvido, según la marea de los intereses literarios y extraliterarios, que tanto vapulean nuestro patrimonio lírico; pero siempre se salva, y reaparece incólume y victoriosa, en la justa medida de su hermosura y grandeza. Quien entra en su creación con honradez y simpatía se asombra del número de poemas de alta perfección que alcanzó a realizar, y de la nobleza y música de su estilo, que conservó hasta los finales de su prolongada existencia creadora. Otros llevaron a mejor cota muchos de sus temas, o adensaron y cristalizaron con mayor éxito sus exploraciones, pero lo que la poesía cubana de la primera mitad del siglo le debe aún está por esclarecer y reconocer con la debida justicia. Para ello se necesita una crítica que genere sus métodos analíticos a partir de sus propios objetos a valorar, y que no acarree tanta posición apriorística desde los predios estéticos e ideológicos que le son ajenos, o aplique acercamientos que fueron elaborados para entender y justipreciar piezas creadas en otros contextos y sensibilidades. Aún no sabemos qué hacer con la justicia dentro de lo poético estricto. Agustín Acosta nos ha dejado una obra que debe ser revisitada, por su incuestionable belleza interior y su extraordinaria factura artística.

Roberto Manzano

Agustín Acosta (Matanzas, 12. 11. 1886-Miami, EE. UU., 11. 3. 1979). Uno de los grandes poetas del siglo xx cubano. Sus principales libros de poesía publicados son, entre otros: Ala, Jesús Montero, La Habana, 1915; segunda edición, Ediciones de la Organización Nacional de Bibliotecas Ambulantes y Populares, La Habana, 1958; Hermanita, Imprenta El Siglo xx, La Habana, 1923; La zafra. Poema de combate, Minerva, La Habana, 1926; Los camellos distantes, Imprenta de Molina y Cía, La Habana, 1936; Últimos instantes, La Verónica, La Habana, 1941; Las islas desoladas, Imprenta F. Verdugo, La Habana, 1943; Caminos de hierro, Ágora, La Habana, 1963; El Apóstol y su isla, Academia Nacional de Ciencias de México y Asociación de Escritores Americanos, Estados Unidos, 1975 (edición artesanal sin sello y sin fecha); Trigo de luna, Editora Horizonte de América, Santo Domingo (edición artesanal sin fecha).


A LA BANDERA CUBANA


Gallarda, hermosa, triunfal,
tras de múltiples afrentas,
de la patria representas
el romántico ideal…!
Cuando agitas tu cendal
—sueño eterno de Martí—,
tal emoción siento en mí,
que indago al celeste velo
si en ti se prolonga el cielo
o el cielo surge de ti…!



LAS CARRETAS EN LA NOCHE


Mientras lentamente los bueyes caminan,
las viejas carretas rechinan... rechinan...

Lentas van formando largas teorías
por las guardarrayas y las serventías...

Vadean arroyos, cruzan las montañas
llevando el futuro de Cuba en las cañas...

Van hacia el coloso de hierro cercano:
van hacia el ingenio norteamericano…

Y como quejándose cuando a él se avecinan,
las viejas carretas rechinan... rechinan...

Espectral cortejo de incierta fortuna,
bajo el resplandor de caña de la luna...!

Dando tropezones, a oscuras, avanza
el fantasmagórico convoy de esperanza.

La yunta guiadora de la cuerda tira,
mientras el guajiro canta su guajira.

Ovillo de amores que se desarrolla
en la melancólica décima criolla:

Hoy no saliste al portal
cuando a caballo pasé:
guajira: no sé por  qué
te estás portando muy mal...

Y al son de estos versos rechinan inquietas
con su dulce carga las viejas carretas...

En el verde platanal
hoy vi una sombra correr:
mucho tendrá que temer
quien te me quiera robar,
que ya yo tengo un altar
para hacerte mi mujer.

En bruscos vaivenes se agachan, se empinan...
Las viejas carretas... rechinan... rechinan...

Las ruedas enormes, pesadas, se atascan...
Los bueyes se lamen los morros y mascan...

Jura el carretero, maldice, blasfema,
y cada palabra es un anatema...

Detiénese el tardo cortejo a ayudar
a quien paso libre tiene que dejar.

Aquí de las piedras que calcen las ruedas,
los troncos robados a las arboledas...

El esfuerzo inútil y la imprecación...
La frase soez y la maldición...

Oh guajiro... y mientras a gritos maldices,
los bueyes se lamen las anchas narices...!

Al fin sobre firme terreno ha rodado
el carro de caña de azúcar cargado.

Y de otra carreta sale una canción
que exorciza el eco de la maldición:

Yo nunca podré aspirar
a darte un beso de amor:
tú conoces mi dolor
y no lo quieres calmar.

Y al son de estos versos rechinan inquietas
las tardas, las viejas carretas...

Te vas al pueblo a bailar
y no te acuerdas de mí;
de mí que me quedo aquí
y que como buen poeta
te dedico esta cuarteta
que he sacado para ti.

En bruscos vaivenes se agachan, se empinan…
Las viejas carretas... rechinan... rechinan...

El ingenio anuncia cambio de faena
con un prolongado toque de sirena.

Y a través de sombras fantásticas brilla
como gigantesca lámpara amarilla,

soplando cautivos vapores rugientes
hacia los irónicos astros esplendentes.

Por las guardarrayas y las serventías
forman las carretas largas teorías...

Vadean arroyos... cruzan las montañas
llevando la suerte de Cuba en las cañas...

Van hacia el coloso de hierro cercano:
van hacia el ingenio norteamericano,

y como quejándose cuando a él se avecinan,
cargadas, pesadas, repletas,

¡con cuántas cubanas razones rechinan
las viejas carretas...!



MI CAMISA


Esta camisa blanca que mi madre ha zurcido,
tan llena del aroma íntimo de mi casa,
tiene una santidad cuyo oculto sentido
ni envejece ni pasa...!

Yo podré ser mañana un hombre potentado,
sin soberbias ridículas y sin turbios sonrojos.
A estos días de ahora llamaré mi pasado,
y una lágrima triste caerá de mis ojos.

Mi pasado! Oh qué dulce me será todo esto!
En el viejo horizonte ya mi sol se habrá puesto,
y yo despreciaré honores y fortuna...

Acaso esté de sedas riquísimas vestido;
mas como esta camisa que mi madre ha zurcido,
no me pondré ninguna...!



POEMA II


Abandonada a su dolor un día
en que la sombra la envolvió en su velo,
me dijo el corazón que ella vendría
en el milagro espiritual de un vuelo.

Abrí los pabellones solitarios;
iluminé los vastos corredores;
quemé la mirra de los incensarios
y el frío mármol alfombré de flores...

Llegó, cansada de volar... Yo dije:
—Alma, mujer, inspiradora: rige
mi vida entera para siempre. Arde

como la mirra el corazón que inmolo...
Amor no llega demasiado tarde
a quien se siente demasiado solo...!



DUDA


Noche primaveral. En la infinita
ventura de la noche, tu mirada,
con una inquieta turbación de cita,
vagó por la penumbra desolada.

Y en la penumbra desolada y bella,
con solemne belleza misteriosa,
alba rosa de luz, se abrió una estrella,
la estrella del amor, maravillosa...

Entre la estrella y tú se perfilaba
un hilo de amorosa simpatía
que de dudas mi espíritu llenaba,

pues viendo el hilo aquel yo no sabía
si era un fulgor de estrella... que bajaba,
o un rayo de tus ojos... que subía...!



SENSACIÓN ESPÍRITA


—Oíste? Será el viento... pero yo lo he sentido...
El viento no se queja tan hondamente...
 —Cierra
la puerta... ¿oíste? El viento no suspira. Un gemido
que parece salir del fondo de la tierra!

El gato ha puesto rígidas sus orejas... Atento
su oído, tal parece que quiere oír lo arcano...
—Escucha... no es el viento... ¡yo sé que no es el viento!
¿Quién hace estremecer las cuerdas de tu piano...?

El cortinaje mueve su encaje. Se dijera
que un ojo astral atisba detrás de la vidriera...
¿Por qué tus ojos brillan siniestros y espantados?

¿Por qué con ambas manos la cara te cubriste?
¿Por qué están tus cabellos negros alborotados?
¿Oíste...? No es el viento... Alguien solloza... ¿Oíste...?



HERMANITA

Frente al mar, ¿cuál es tu secreto?
A. A.

I

Silencio! Frente al mar ella medita.
Presume que está sola, y no está sola:
mi pensamiento, que acudió a la cita,
la envuelve en ilusión como una ola.

Silencio, oh corazón! Ella no sabe
que la contemplas con arrobamiento,
y que mi instinto audaz de hombre y de ave
burla la furia del mar y del viento.

Silencio, oh corazón! Ella medita...
En su frente un ensueño resucita
y en un airón de gracia se enarbola.

Dejadla meditar! Feliz quien fíe
su ensueño al océano! Ella sonríe...
Presume que está sola... y no está sola...!

II

No está solo quien goza un pensamiento
o quien sufre un dolor. Ella lo ignora,
y la seducen en su arrobamiento
los tintes del paisaje y de la hora.

Blancos perros de lana enloquecidos,
llega en tropel la espuma hasta su planta,
interponiendo en desmayados ruidos
a una voz que solloza otra que canta.

Canto y sollozo! Júbilos y penas
de los tritones y de las sirenas
en los verdes palacios submarinos...

Dejadla meditar junto a la playa
donde el silencio vesperal subraya
la música del mar y de los pinos.

III

Está de azul frente al azul. Excluye
de su diafanidad torpeza o bruma.
Al verla junto al mar se reconstruye
la fábula de Venus en la espuma.

Afrodita de oro! Tu vestido
—cielo, mar, ilusión— copia el encanto
del último lucero suspendido
en la noche, en el alma y en el canto.

Afrodita de oro que medita:
¿qué regresión romántica palpita
en tu parque interior donde ha callado
todo cuanto en la infancia treme o grita?

Mira cómo mi alma está a tu lado.
Afrodita de oro...! Mi Afrodita...!



EL NEGRO HORROR


Amigo, como antes, el verso sale puro.
Verso! —mi eterno amor!
Un poco más del alma... Un poco más oscuro…
Pero con más fervor.

Amigo, como antes... Sin aquella locura,
pero con más fervor:
siento «el horror de la literatura»,
que es el más negro horror...!



REGRESO


Todo tiene su hora, su minuto y su sino,
y es inútil torcer el amargo proceso.
Frente al miedo de todos los caminos oscuros,
ya yo estoy de regreso.

Ya conozco las ansias, el afán de Quijote;
la verdad de Solón a la euforia de Creso;
el encanto postizo de las noches de luna...
Ya yo estoy de regreso!

Ya conozco lo estéril del rencor y del odio,
la tristeza egoísta, el dolor sin receso,
el angosto snobismo de la gloria temprana...
Ya yo estoy de regreso!

Y mañana... quién sabe! Por caminos ocultos
vagaré, luz y sombra, malherido o ileso,
y no habiendo llegado a destino seguro,
estaré de regreso...!   



DATE


¡Corazón, qué alegría! La luz del sol colora
todo cuanto fue denso y oscuro en la borrasca,
tanto en el campo ornado de flores y renuevos
cuanto en las ya marchitas llanuras de las almas.
Mira los tiernos brotes. La música campestre
enreda melodías en torno a las montañas.
¿No escuchas? En los árboles despiertan mil violines;
maitines sorprendentes aran la madrugada,
y ya tan sólo queda un húmedo recuerdo
del fúnebre y espeso responso de las ranas.
¿De qué modo interpretas, corazón, esta música?   
La selva es una bóveda de basílica arcaica
donde mil sacerdotes invisibles ofician
en una misa inmensa de cuerpos y de almas.
¿Y no sientes el ansia de darte todo entero,
como si te asistiera la verdadera gracia?
¿Que a quién habrás de darte? —preguntas. Pues, a todo:
al sol que te da vida, al pájaro que canta,
a la noche que es madre de sombras y de estrellas,
al árbol que no quiere morir joven, y arraiga
en las piedras que antaño rodaron junto al río;
al río que te ofrece sus peces y su agua;
al hombre que se encorva sobre el arado lento;
al buey que te demanda perdón en la mirada;
a la casita triste sin árboles ni flores;
a las cañas que ondulan a los vientos que pasan;
al niño que descalzo corre sobre la tierra
y es como si estuviera pisoteando su infancia.
A todo, corazón, tienes que darte, a todo;
ofrecer lo que es tuyo, y quedarte sin nada.
Te está necesitando la noche, por ser noche;
por no saber si un día llegará a ser mañana.
Te están necesitando las plantas y los hombres,
el animal doméstico, la tierra, la alimaña.
La madurez del fruto te está pidiendo ayuda.
Todas las cosas, todas, te están pidiendo alma…
Tienes que darte, tienes que darte todo entero:
los corazones buenos no necesitan nada.
Date, pues, corazón, con la frescura alegre
de un manantial que goza en ofrecer su agua.
Todas las cosas viven, todas las cosas vibran.
Aun lo más negro emite destellos de esperanza.
Aunque tú no lo creas, todo cuanto tú adviertes
clama por la armonía noble de tu palabra.
Háblale al sol, al río, al árbol, a la luna.
¿No te hablas a ti mismo sin estar loco?
Habla a todo cuanto existe, montaña, piedra, nube,
camino que se pierde, incendio que se apaga,
humo que en barcas leves navega a lo infinito,
cuevas que son pequeñas noches de las montañas,
ríos que están urdiendo travesuras marinas,
hombres que están soñando imposibles estatuas...

Y verás cómo es dulce —¡oh, sí!— desposeerse
de todas esas cosas que en otros pechos faltan,
y nos hacen avaros, y egoístas, y mudos...
Y cuando te detengas a contemplar la dádiva,
verás que sólo damos aquello que nos sobra,
ya que sólo con ser un corazón nos basta.



EL RENO DE ASTAS ROJAS


La vela blanca, nívea, perdióse en la distancia.
El hombre gigantesco, incógnito avatar,
blandió mazas letales para un horrendo crimen...
El reno de astas rojas se ensombreció hacia el mar...

El reno de astas rojas siguió la vela blanca
y acometió el gigante: su cómplice era el mar.
Cegó un flechazo ígneo al reno de astas rojas.
Vertió su cofre inmenso la aurora boreal.

Voló el gigante bárbaro sobre la mar. La vela
dijo su adiós de nieve a la noche polar.
Sediento, vacilante de la invisible herida,
el reno de astas rojas se fue tragando el mar.



VOLVEREMOS A SER


Volveremos a ser, y no recordaremos
lo que fuimos. Los ojos verán la misma luz,
y dentro de las mismas tinieblas caeremos
nuevamente. La X tiene forma de cruz.

Y justo es que en la equis crucifiquemos cuanto
ha sido y ha de ser. ¿No es esto lo mejor?
Si en la otra vida —dicen— no se conoce el llanto,
será porque tampoco se conoce el amor.

Ser, y no recordar lo que antes fuimos,
es como no haber sido. Si todo lo que vimos
en otra vida, es esto que ahora los ojos ven,

confieso que muy poco tiene de encantador...
Y en la vida futura, ¿se ha de sentir también
este mismo dolor?



LARGO DE AÑOS


Largo de años, pero nunca viejo,
el alma libre de rencor o herida,
arácnido sutil tejo y destejo
historias y recuerdos de mi vida.

Torpezas y razones equilibro
y lo torcido el corazón enjunca
para soñar el esperado libro
que no se ordena ni se escribe nunca.

Así pude soñar hasta que un día
me enseñó una vulgar filosofía
que una terca ilusión nutre el fracaso.

Y por las rutas que el amor reserva
mi nave espiritual viaja en conserva
mediterráneamente hacia el ocaso.

(Miami, 1976)