Un «periodista costumbrista-humorista» llamado Mongo P.
Cuenta la leyenda que un buen día llegó a uno de nuestros órganos de prensa un caminante con su primer artículo humorístico y éste gustó mucho a la redacción. Cuando le confirmaron que iban a publicarlo, le solicitaron su seudónimo literario. Entonces el peregrino pidió que saliera publicado con su nombre y apellidos verdaderos.
En la publicación le sugirieron, sonrientes, que era mejor llamarse de una forma más corta, tal cual cuadraría a un «vacilador» de costumbres. El redactor del trabajo propuso entonces:
—Bueno, chico, voy a ponerme «Mongo».
—Pero…«Mongo» —le objetaron— ¡«Mongo»! ¿Así solito?
Y cuentan que para dar salida a aquel nudito intelectual, los miró con ojillos pícaros, y sonriente les propuso:
— ¡Pues ponle «Mongo P»!
No falta, sin embargo, quien afirma que tal seudónimo fue sugerencia de su buen amigo el gallego Posada, dibujante e «ilustre ilustrador».
Cuando se le preguntaba porqué «Mongo P. solía decir: «Ese seudónimo surgió porque Ramón Guerra era muy serio para un humorista».
Haya sido de una u otra forma, quedó como «Mongo P» para la historia de las letras cubanas el nombre literario de Ramón Florencio Guerra Pérez.
Desarrollo precoz y expansivo
Nació en 1919 en San Antonio de los Baños y murió en nuestra capital en 2009. Comienza a colaborar, a la edad de 14 años, en diversas publicaciones. Incansable en su quehacer periodístico y literario, por donde quiera que pasó dejó su impronta, así lo hizo en publicaciones locales y provinciales de Pinar del Río. En 1953 funda la revista Artemisa en el municipio de igual nombre. En 1962 lo vemos en la agencia Prensa Latina y al año siguiente en la revista Mar y Pesca. Colaboró además en la revista Opina y en la española Industrias Pesqueras. También dejó su huella en la radio, en las emisoras Radio Progreso, Radio Taíno, Radio Ariguanabo y Radio Artemisa.
En 1964 penetra de lleno en el campo del humor en el suplemento El Sable de Juventud Rebelde y en el semanario Palante, ya como Mongo P.
Sus secciones más relevantes fueron En pocas palabras y Brochazos, en la revista Bohemia. Más de 700 artículos costumbristas avalan su prestigio.
Logró publicar San Antonio en mi, La Habana de Mongo P., Costumbrismos cubanos y Guillén en la Bodeguita.
En la Bodeguita del Medio
La calle Empedrado, una de las primeras de la Villa de San Cristóbal de La Habana, tomó su nombre precisamente por haber sido pavimentada, o mejor, enchinarrada (con chinas pelonas); cantos rodados aún existentes y sobre los que caminamos, usados como lastre en los galeones españoles y que los descargaban en la orilla de la bahía habanera para luego regresar cargados de riquezas a la Península. Pues bien, en esta pintoresca calle, a pocos metros de la Catedral se abrió, en la primera parte del siglo XX una bodega con cantina, que por no estar situada en una esquina —tal cual era la técnica de mercadeo de comerciantes en víveres y licores para aprovechar la clientela de cuatro cuadras— fue llamada muy acertadamente «La Bodeguita del Medio». Solían asistir a la misma, jóvenes que irrumpían en el arte y la cultura, que ya despuntaban como lo que serían más tarde: connotados intelectuales cubanos. Entre esos jóvenes se encontraba Mongo P., con lo cual se ganó el derecho de ser uno de sus fundadores.
Martinez (los hombres que trascienden a su época suelen ser conocidos sólo por sus nombres o apellidos), propietario y pionero de los «cuentapropistas», observó que aquellos tertulianos pasaban largo tiempo esperando el resultado de sus publicaciones, que, como pan caliente salían de una imprenta cercana, e ideó situar unas pocas mesas donde ofrecer comidas criollas, que podían incluir arroz blanco, frijoles negros, yuca con mojo, lechón adobado y cocido en sus distintas variantes, y plátanos «a puñetazos», alias «tachinos», porque, como hubiera dicho Mongo P.: «el buen yantar, gallo, siempre menea las neuronas».
En tal ámbito cultural, amistoso y bohemio, tuvo Mongo P. posibilidades de confraternizar con Nicolás Guillén, Carlos Puebla, Ñico Saquito, el pintor Víctor Manuel y otros muchos.
Poder de observación
Una de las principales competencias de nuestro Mongo P., era su capacidad de detectar aquellos detalles que quizás pasaran inadvertidos para muchos y que cuando él los ponía en blanco y negro nos asombraba y se nos escapaba una exclamación de asombro: «!Oye, Pancho, así mismito es, se la devoró Mongo!» Los párrafos que siguen, redactados por Mongo P., confirman lo anteriormente dicho.
Entonces nos dimos por vencidos y proyectamos la conversación para hablar sobre las peculiaridades de «la confronta» (el ómnibus que circula de madrugada). Y recorrimos un largo trecho analizando y riéndonos de las características sui géneris, como es que más de un 90% de los choferes que escogen esas horas de labor son hombres maduros o viejos ya en edad de retiro (muy raro, casi inexistente, que un hombre joven escoja ese trabajo de madrugada).
Otra peculiaridad es la «marchentería» fija. Casi siempre esos viajeros de las dos, tres o cuatro de la madrugada son los mismos. Hombres y mujeres que por la especifidad de su trabajo lo hacen entre la medianoche y la mañana. Y se establece una singular relación humana chofer-viajero. Cuando Paco, Juan o Teresa no están en la parada, el chofer detiene el carro y toca el claxon avisándoles.
—Parece que al hombrín no le sonó el despertador —expresa riendo mientras hace sonar de nuevo el «fotuto».
El chofer le sabe el nombre y la ocupación a todos los «marchantes». Los viajeros le saben el nombre ¡y hasta los días de descanso del chofer! y hasta los males y padecimientos entre unos y otros. Tremenda relación humana, repetimos. ¿Es o no verdad eso? Además, la «confronta» casi nunca falla.
Cubanismos intercalados
Dentro de su correcta redacción periodística, acostumbra Mongo P. intercalar, con singular puntería, aquellos vocablos del habla popular cubana, tanto en sus frases narrativas o descriptivas como en las que corresponden a los parlamentos de sus personajes, casi siempre tomados estos de la vida real. Ahí les va, queridos lectores, algunos ejemplos que confirman lo antes dicho.
Y nosotros «cachando»… «¡la confronta!» ¡Dígame usted! ¿De dónde habrá salido eso?
Porque la confrontación no es más que “el careo entre dos o más personas” y confrontar es «carear, cotejar, y estar o ponerse enfrente» ¿estamos?
¿Y dónde está el careo o el cotejo de una guagua, candela?
El compañero se mostró amable y locuaz hablándonos de la «confronta», pero sobre el origen del nombre nos dejó en la clásica posición del bateador ante el tercer «estrai» cantado: con la carabina al hombro.
—Ah, yo no sé, mi hermano. Desde que yo era «chamita» vengo oyendo eso, pero de ahí pa´lante ni hablar.
¿Y qué me dice de los curdas, compay?
¡Esos sí que se las saben todas, compadre! El curda le mete hasta que está al llegar la «confronta» ¡Difícil que se pase! Si pierde la confronta queda en la página tres… ¡Por porfiao! ¡Ya tú sabes!
Motes zoológicos
En cierta ocasión una joven escribió a la sección Brochazos, de Mongo P., quejándose de lo escurridizo que le parecía su novio. Así le dijo:
—Es que yo creo que mi novio es medio «zorrito»… y quiero que se sienta aludido cuando usted desarrolle este tema. ¿Me comprende?
Y nuestro humorista aprovechó el «pie» para extenderse en el tema y demostrar cómo usamos los nombres de animales para ejemplificar la conducta de algunos especimenes del homo sapiens. Nos dice al respecto:
Cuando un semejante es resbaladizo, esquivante o difícil de apresar en concreciones, decimos que es una anguila. Y es cierto. Porque mientras más tratamos de apretar a ese teleósteo, más se nos resbala. Parece tener baba de quimbombó en su alargada estructura.
Y si un tipo es genéricamente «tolete», analfayuca o chícharo céfalo, lo motejamos como un topo. ¡Es más bruto que un topo!, expresamos ante la congénita tupición de sus «filtros» (y es que ese rechoncho insectívoro tiene unos ojitos tan diminutos, que no le funciona bien la «luz larga» y se mueve muy torpemente). Ello parece motivar la mermante «comparancia».
A los tipos venenosos y genuflexos, chicharrones y reptantes, les decimos que son ¡unas víboras! ¡Al kilo la signación tortuosa! ¿Verdad?
Corre como un lince, nada como un «peje», ingrato como un gato, fiel como un perro, canta como los ruiseñores, ríe como una hiena, más feo que una lechuza, gordo como un sapo, flaca como una lagartija, manso como un buey, fuerte como un toro, brinca como un chivo, etc., etc.
Y así escribía nuestro Mongo P., quien se definía a si mismo como: «periodista costumbrista-humorista». ¡Y tenías razón! ¿Verdad mi social?.