La investigación sobre la interpretación. Lo hecho y lo por hacer: El mediador oral en entredicho (I)
Si al oficio de mediador lingüístico entre individuos o grupos humanos de distintos hablares1 no se le reconoce como el quehacer más antiguo del mundo, al menos se disputa el lugar con honores con aquel que lo ocupe por decisión de los árbitros.
En cambio, a juzgar por la cantidad de opiniones vertidas históricamente a favor y en contra de su legitimidad y valores, sí parece ser uno de los más controvertidos menesteres y asombra las veces que se ha definido o intentado definir. Sobre la mediación lingüística, todos —entendidos o profanos— se han sentido en el deber de opinar; quizás porque, en el fondo, los seres pensantes somos comunicadores y traducimos e interpretamos constantemente, de mil y una maneras, la realidad que nos circunda. Todos sabemos de esa avalancha de criterios que no parece hallar tregua y hemos padecido.
Hoy, en pleno siglo de la comunicación, he decidido encabezar este texto con una afirmación de clara intención incitativa y apelatoria: «El mediador en entredicho». Un título provocador —eso pretendo: que pique y sacuda, dada esa deformación profesional que aqueja a los traductores e intérpretes—. Según el Diccionario de la Real Academia, el calificativo alude a «la duda que pesa sobre el honor, la virtud, calidad o veracidad de alguien o algo». Es evidente que, como el otro, este antiguo oficio cojea del mismo pie.
Valga este comentario inicial para entrar en calor.
Aquí, sin embargo, no voy a definir, una vez más, la interpretación, que ya sabemos de qué se trata. Tampoco voy a evocar su historia como sucesión de fechas, nombres, hitos o tendencias, desde los príncipes de la Elefantina, pasando por Marina y Felipillo en el Nuevo Mundo, el proceso de Nüremberg y la Sociedad de las Naciones, hasta nuestros días.2 Sí señalaré muy brevemente, en cambio, la conveniencia de distinguirla de la traducción, no solo por aquello que las diferencia en la práctica, sino, sobre todo, por el fundamento que las calza. La diferencia más importante de la que se desgaja cualquier investigación seria sobre una u otra vertiente de la comunicación, sin dudas estriba en que la traducción trabaja sobre enunciados escritos, esto es, sobre lo ya dicho, y por lo tanto, su quehacer se mueve en el ámbito de la utilización de la lengua fijada en un texto ya estático; mientras que la interpretación lo hace con magnitudes orales, es decir, tiene que vérselas con la lengua en proceso de enunciación, durante su puesta en funcionamiento, en un hecho de habla, lo que le confiere al quehacer un carácter eminentemente dinámico. Pero hay más: El intérprete no solo asiste al acto de habla, sino que lo asume y encadena un proceso generador sobre otro proceso generador anterior y ajeno al suyo. Y todos sabemos cuán huérfana de profundización y cuán plagada de ambigüedades está la investigación sobre el fenómeno del habla, desde Saussure hasta nuestros días.
Seguimos adelante, pues, descartando, por defecto, aquellos aspectos de cierta manera relacionados con la investigación en materia de interpretación —que tampoco tocaremos aquí—. No voy a referirme pues a la pesquisa a la que se obliga el intérprete, ante cada nuevo tema en el que habrá de adentrarse para intervenir como mediador, en una conferencia o de cara al saber en general, para mantenerse vigente en las temáticas más variadas y en las culturas de partida y de llegada, como parte de su oferta profesional. Esa investigación —nunca se insistirá bastante— forma parte indisoluble de su perfil profesional y habrá de incorporarla permanentemente a su quehacer, con el mismo apremio que el conocimiento de sus lenguas de trabajo.
Entonces, ¿de qué voy a hablar aquí? Pues de un tema que se suele tocar poco. Intentaré trazar un marco general que lo encuadre y señalar sus rasgos más sobresalientes, tanto fundacionales como actuales. Empezaré por delinear sus objetivos y repasar lo que se ha hecho y lo que está por hacerse en relación con la formación de una línea de pensamiento profunda y sistemática que:
Respiro hondo y despacio.
¿Qué cabe esperar de la investigación sobre la interpretación?
Sobre todo, una mejor comprensión del fenómeno, con miras a optimizar su aplicación práctica en la formación, en el campo de la investigación aplicada. En muy escasos trabajos se habla de investigación de base o fundamental.
¿Cuándo y cómo surge?
Comienza a hacerse sentir en el período que media entre las dos guerras mundiales y se instaura a partir de la década de los cuarenta del siglo que acabamos de dejar atrás. Tiene un origen eurocéntrico. Salida de la práctica más que de la observación y del análisis de hechos y rasgos con una óptica científica, fue avanzando a golpes de intuición, por así decir, personalizada en individuos de fuerte impronta profesional que dieron nombre y escuela a sus propuestas, a menudo contendientes, en Ginebra, París, la Sociedad de Naciones, Bruselas, Georgetown, Alemania, Austria, Rusia, Japón, Trieste. Esa circunstancia no favoreció el marcaje de los circuitos de progresión, ni el trazado de los grandes ejes exploratorios resultantes de un trabajo interdisciplinario; de suerte que trajo aparejada una falta de integración en una adquisición global y, por consiguiente, de evolución de los resultados parciales. El conjunto de tesis de grado, artículos, conferencias, capillas, influencias que generaron esos comienzos, tampoco propició una evolución verdadera de la reflexión, ni constituye un corpus investigativo real que permita conocer la dinámica del proceso e identificar sus posibilidades evolutivas.
¿A quiénes va dirigida?
Se trata de una investigación que atañe y beneficia a una población reducida de personas, toda vez que la comunidad de profesionales de la interpretación constituye, en todas partes del mundo, un grupo relativamente minoritario y selectivo. Aunque, actualmente, los trabajos involucran a otros actores de la situación comunicativa: al beneficiario o usuario directo de la mediación, que constituye un segmento mucho más amplio, y al contratista o empleador de los servicios, lo cual ha abierto considerablemente las posibilidades y el alcance de tal investigación.
A estos factores se añaden otros, que inciden restrictivamente sobre el terreno, como son:
Asimismo, desde sus comienzos, este pensamiento razonado, que no llega a ser teórico ni alcanza validez científica, aparece ligado a la interpretación llamada «de conferencias» (simultánea, consecutiva, susurrada, de enlace), como prestación de un servicio comunicativo que satisface una necesidad social, con una demanda determinada por el mercado, previsible y cuantificable, una función dialógica que no excluye relaciones de preeminencia o poder. Por ejemplo, con gran esfuerzo y una gran presión sobre las casas editoriales, podría lograrse que se reconozcan y publiquen, con difusión limitada, obras escritas en las llamadas lenguas minoritarias, como el papiamento, el náhualt o el finés; pero no se presente usted en una conferencia internacional hablando solo una de esas lenguas, porque sencillamente los idiomas de trabajo están preestablecidos en función de la demanda mayoritaria, con carácter taxativo para los demás. De manera que las leyes del mercado operan fuerte y restrictivamente, y la investigación, por supuesto, se adapta a esas leyes.
¿Cuáles fueron sus grandes líneas temáticas?
Si analizamos la orientación seguida por la investigación en materia de interpretación, vemos dos tendencias fundamentales:
Los pioneros de la investigación, por así decir, centraron su atención en el primer tema, o sea, comenzaron estudiando el proceso, allá por el decenio de los 60. Esta corriente pre-científica fue liderada, sobre todo, por psicólogos, sociolingüistas, psicolingüistas, neurofisiólogos, cuya especialización nada tenía que ver, por lo general, con la profesión de intérprete. Por las propias características del proceso, era evidente —y ya lo he señalado— que el estudio de las operaciones automáticas y no automáticas del cerebro humano que intervienen en la interpretación pertenecía a —y se lo disputaban— varias disciplinas, de manera que a sus especialistas se debieron los primeros textos exploratorios y, por ende, de carácter empírico sobre la interpretación.
Oleron y Nampon (1964) trataron de medir la distancia temporal que supuestamente debe transcurrir entre el momento en que se formula el discurso original y el momento en que lo restituye el intérprete, e intentaron estudiar también la repetitividad de ciertos errores de traducción; Treisman (1965) midió la rapidez en la restitución del inglés al francés, y viceversa, de intérpretes bilingües; Goldman-Eisler (1967) señaló que las pausas ocupaban un 30% del tiempo total del discurso; Gerver (1969) y Chernov (1969) se preocuparon por establecer un rango máximo de 100 a 120 palabras por minuto como el límite cuantitativo de información a restituir; y Stenzl, Barik, Pinter y Kade, por su parte, atendieron a otros aspectos del proceso.
Notas:
1- Paso por alto solo aquí, en esta observación puntual, la distinción entre lo oral y lo escrito, que es de rigor a medida en que nos vamos adentrando en el ámbito de este tipo de mediación.
2- Para ello, ver Jesús Baigorri Jalón: La interpretación de conferencias: el nacimiento de una profesión. De París a Nüremberg, Ed. Comares, Col. Interlingua 14, Granada, 2000 (346 pp.), llamado a convertirse —lo es ya— en un clásico del tema.