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La poesía de Alfredo Ruiz Fleitas

Tropos, 22 de marzo de 2012

La poesía de Alfredo Ruiz Fleitas nace de la tierra misma, como un brote espontáneo que busca su respiración bajo el sol. Las palabras acuden a sus manos desde el follaje denso de la vida, tan cotidiana, como ya escribió Laforgue. Y al caer en sus palmas hacendosas y honradas se transfiguran para cantar lo que sucede, lo que no logra entenderse del todo, lo que establece en las venas el ardor de la existencia. Echa andar el fuego de la palabra, que va sonando por el aire de modo levantisco, y el poeta se siente devorado por cuanto dice. Las ensenadas de las rimas atorbellinan su pensamiento, y alcanzan en la marcha musical ciertas revelaciones relampagueantes, sombras que vienen de nuevo a cubrir los ojos. Es el arte primigenio de la poesía, el pugilato de Jacob en lo oscuro del sueño. Un impulso erótico ofrece sonido a la carne, y el espíritu grita en la tempestad. De todas estas sustancias y ademanes está hecha la poesía de Alfredo Ruiz Fleitas, quien en el Ariguanabo floreciente cuida, como el oficiante de un templo verde, el recuerdo evangélico de José Martí.

Roberto Manzano

Alfredo Ruiz Fleitas (La Habana, 1974). Poeta. Ha obtenido varios premios en décima y poesía infantil en encuentros-debates de talleres literarios municipales y provinciales, así como en décima escrita e ilustrada en Jornadas Cucalambeanas. Premio en concurso provincial Juan Cantalapiedra. Antologado en Yo soy de donde hay un río, selección de poetas ariguanabenses. Publica  con frecuencia en periódicos y sitios digitales. Trabaja en el Bosque Martiano del Ariguanabo.



EN GRITO DEL ESPÍRITU

Hay un sendero en mi voz
aferrándose al acero.
Arco tenso, prisionero
de un llanto senil y atroz.
Tengo un cristal para dos
corrientes que me circundan,
me liberan, me fecundan,
desvanecen el ocaso:
un pedestal marca el trazo
y los intentos se inundan.

Aliento estéril, se agota
el silencio de la tierra.
Mustia la tarde se aferra
a la herida que no brota.
Tengo en mi pecho una nota
de plegaria, de suspiro.
Crujen mis huesos, deliro
porque el sonido se esconde
y ahora me pregunto dónde
está el aire que respiro.

Viajo en un corcel de espuma
sobre un rostro que se funde
y la brisa me confunde
con las sombras de la bruma.
Logro que no me consuma
la borrasca, la embestida.
Se agota la sacudida
violenta de un pensamiento
y toco en el firmamento
los enigmas de la vida.



A PESAR DE LA SOMBRA…

La roca vuelve a sonar
en mi vientre acantilado.
El buitre me ha cercenado
la simiente del pomar.
Lanzo las bridas al mar
asido a la superficie,
y en la líquida planicie,
queriendo alcanzar la estrella,
me fulmina una centella
sin que la fe se me vicie.

Irrumpo en la grieta, inerme
se arroja mi desafío.
Tórnase huracán el río
sin que logre contenerme.
Descubro sin entenderme
que se penumbra mi aliento.
Clavo un mástil en el viento
para subir a la cumbre,
desvaneciendo la herrumbre
que me cuece a fuego lento.

Se bifurca la raíz
que brota desesperada
en mi garganta, enredada
con sabia de la matriz.
Sus astas van al tapiz
esmeralda del camino,
se alimentan con un fino
centelleo vegetal,
y un diluvio espiritual
torna el magenta en turquino.

Sondeo el fausto universo
de mi cauce conturbado.
En torrente desmembrado
encuentro un lenguaje terso.
Atisbo el frío reverso
de la mirada silente.
Abrazo absorto el poniente,
y lamo su ardiente llama,
mientras mi pupila brama
en la entraña incandescente.

Busco la lumbre en el lodo,
rompo la escarcha, camino,
mancho con vidrios el vino,
ardo en la esencia de un todo.
Remanso en níveo recodo
vierte mieles en mi lecho.
Un vendaval en mi pecho
hiere el candil de mi mano.
¡Crece presuroso un grano
en el camino deshecho!



MÁS QUE LA TEMPESTAD

Aventúrate en la furia de la mar implacable.
Yérguese tu mente cual encrespada ola
rebosante de júbilo
sedienta del candil
navega tras la aurora que yace
prisionera
del inmenso cristal
             disuélvete en el viento
                             que al mástil trunca
                                                            ATACA.



ANSIEDAD

Se confundió la espina
penetró en la quietud del alma efervescente
cercenó esperanzas
desgarró sueños
prometió entre dudas inciertos horizontes
con aliento de roca
cortó el fluido gris de su fuente fría
cerró la herida
               y se posó
                              serena
                                           en su furia.



CARNE Y SONIDO

Tocaste a mi puerta retorcida
al tiempo que ofrecía resistencia.
Un año más y fuiste sin clemencia
a remover el lodo de la herida.

Te vi entre espadas: cúspide, guarida,
llanura, magma, luz, efervescencia.
Traté de penetrar, probé tu esencia,
limpié tu alma compleja y conmovida.

Carne y sonido te das en ese instante
cuando tu aliento cuece y agiganta
las líneas del camino que fecundo.

Y aunque tu voz se sienta muy distante
una semilla brota en mi garganta
mientras descubro en tu pupila el mundo.