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Fosforera Bill y otros cuentos, de Haydee Sardiña

Alberto Marrero, 26 de marzo de 2012

Fosforera Bill y otros cuentos, de la escritora Haydee Sardiña de la Paz (La Habana, 1966) resultó ganador del Premio Hermanos Loynaz de Narrativa en el año 2010. Un libro conmovedor por más de una razón, entre las que menciono un lenguaje preciso, orgánico y en no pocas ocasiones poético, cuyas historias  absorben al lector desde las primeras frases, y lo conducen a finales que se desbordan hacia múltiples interpretaciones, que sin excepción satisfacen al lector más exigente. Nada gratuito, ni cabos sueltos. Tampoco sensiblerías baratas o trucos de diletante. Las historias que Haydee narra son la imaginación convertida en la realidad del texto. Una realidad que podrá parecer dura, en oportunidades brutal, fantasmagórica, onírica. Sus personajes son trágicos, inteligentes, bebedores empedernidos, frustrados, suicidas, decepcionados, pícaros y a la vez sentimentales.

Aquí hallarán un músico buscavidas que es poeta, un boxeador y un periodista también poetas, putas desesperadas que suspiran con los poetas, una especie de bruja benévola que alivia penas, que vive en el cementerio chino y tiene un discurso poético; todos perfectamente verosímiles dentro de la realidad creada por la autora. Sin excepción, se muestran abrumados, no por la tristeza sino por la falta de alegría de vivir, según piensa, por ejemplo, el boxeador después de recibir una humillante paliza que lo pone al borde de perder la pelea. Todos tienen experiencias traumáticas que los colocan en el límite, situaciones donde se preguntan qué es lo único que les queda por hacer, si es que algo todavía pueden hacer. Y no es pesimismo banal lo que se respira en estos cuentos de Haydee, sino un examen de la existencia, lo mismo en La Habana que en New York. El hombre en medio de sus conflictos, con sus eternas paradojas a cuesta, víctima o victimario, ángel o bestia, casi siempre solitario a pesar de la convivencia en sociedad, incomprendido por los otros, inseguro él mismo de lo qué es o de lo que pretende ser.

La literatura es el mapa de nuestro desencanto, de nuestros errores, dudas, o fulguraciones. Ninguna ciencia puede develar el genoma del alma. Nada se acerca más al laberinto que llevamos dentro. La subjetividad humana solo pude vislumbrarse a través del microscopio de la literatura.  Si me disgrego un tanto, no es por la vanidad de teorizar ni nada por el estilo, sino porque la lectura de este pequeño cuaderno de Haydee Sardiña me agitó la sangre, como escribió Rimbaud. 

Si después de lo que he dicho añado que los cuentos me parecen técnicamente irreprochables, tal vez alguien dirá que eso ya no importa tanto si la escritora logra cautivar y desencadenar un alud de ideas y sensaciones como las que he descrito. Y tendría razón. Hay otro elemento que me gustaría señalar, y es el sentido lúdico y ambiguo de los textos. Una ambigüedad que se deja acariciar como un gato, que percibimos en cada imagen, en cada episodio. Cuando lean el cuento titulado «Querido gato», se darán cuenta de lo que afirmo. Llamo la atención, además, sobre el cuento «Fosforera Hill», cuyo título Haydee tomó para el libro, tal vez porque es uno de los más contundentes y el que resume o contiene, de alguna forma, las demás historias. Aunque suene a frase hecha, me quedé con deseos de continuar leyendo una prosa que no cansa, ni aburre, ni lastima, ni purifica, ni pretende decirlo todo, porque todo es un concepto que nunca podremos alcanzar.

Los invito a leer este puñado de historias de Haydee Sardiña, una narradora perspicaz, inteligente, audaz, con oficio y mucho, muchísimo por decir en futuras entregas que enriquecerán nuestra literatura.


Querido gato
A Rufus se le ocurrió el negocio de los carteles el mismo día que su mujer lo dejó. Fue un martes. Rufus salió para su trabajo y al regresar encontró la casa vacía. Había una nota de despedida encima del viejo radio en la meseta de cocina. Después de varias lecturas Rufus comprendió que ella lo dejaba por incapaz y muerto de hambre, dicho con otras palabras. Como indemnización  por el tiempo perdido, se había llevado los muebles de la sala, las cazuelas, los vasos de cristal, las fotos de la boda, la cama y el aparato de televisión.

El radio de la cocina lo había dejado porque llevaba más de 10 años sin funcionar. Rufus se preguntó en qué tiempo había preparado la mudada y se puso a registrar los closets a ver qué quedaba. Encontró una vieja màquina de escribir y un paquete de hojas.

Colocó la máquina encima de la mesa y le puso papel. Empezó a probar las teclas. Recordó un ejercicio de mecanografía de los que le había enseñado su madre cuando él tenía 9 años.

qwert, qwert, qwert, ASDFG, ASDFG, ASDFG, ASDFG

Le sorprendió acordarse y ser capaz de hacerlo tan bien. Intentó otro ejercicio pero no recordaba bien la secuencia de letras. Tecleó añsldfjgh, añsldfjgh, añsldfjgh, y se quedó mirándolo. No se veía bien. Intentó una variante:

añsldkfjgh, añsldkfjgh, añsldkfjgh, añsldkfjgh, añsldkfjgh, añsldkfjgh

Esa  estaba bien.

Fue a la cocina y se sirvió un trago de ron. Podría ser buen mecanógrafo, se dijo. Podría buscarse algún dinero mecanografiando tesis de grado, libros o cualquier cosa. Solo necesitaba poner un cartel en la ventana anunciando el servicio y esperar a que los clientes llegaran. Mejor preparaba varios carteles y los pegaba en sitios concurridos, pensó. En las paradas de la guaguas o en las casas que alquilan cuartos por tres horas a las parejas que no tienen donde meterse para templar. Así se iría entrenando.

Quitó la hoja en la que había estado practicando y colocó una nueva. Se quedó pensando qué poner en el cartel y qué tarifa cobrar. No tenía ni idea de cuánto podría cobrar. Se asomó al balcón. Desde allí arriba veía varios anuncios malhechos, con faltas de ortografía y escritos en papeles sucios. Pensó que también podría dedicarse a escribir anuncios en cartulina con buena letra y sin errores. Además de  mecanografía, su madre le había enseñado caligrafía. Lo había hecho practicar según el método Palmer durante treinta minutos cada noche desde los nueve hasta los diecisiete años.

Recordó lo primero que había copiado en esos días. Era un cuento de un escritor ruso que había estado prohibido por un tiempo. El cuento no tenía nada de especial pero la madre se emocionaba al leerlo. Ella se lo dictaba y Rufus tenía que copiarlo unas veces a mano y otras a máquina, en un tiempo determinado. Era la historia de un hombre que tenía dos gatos. Un gato era afectuoso y el otro arisco. El gato arisco lo había arañado una vez en la cara y le había hecho una herida muy fea. A pesar de eso, el hombre no quiso botarlo. La herida se infectó y hubo que amputar al hombre la mitad de la cara. Su esposa y sus hijos tenían miedo del gato, y también del hombre, y por eso se habían ido de la casa y hasta del vecindario. De todos modos el hombre conservó el gato. A los dos gatos. Una noche los gatos tuvieron una pelea por un poco de pescado y el gato arisco arrancó un ojo al gato afectuoso. El gato afectuoso se fue de la casa y también del vecindario. El gato arisco se quedó. El hombre le preparaba comida y todo lo demás. Nunca quiso que se fuera, aunque el gato lo atacaba con frecuencia. Sus manos estaban llenas de cicatrices y se había contagiado una bacteria propia de los gatos. Con el tiempo perdió el pelo y las uñas. Nadie lo visitaba. Era un hombre solo con su gato.

Rufus no recordaba en qué terminaba la historia. Su madre siempre lloraba cuando se acercaba al final y él no podía entender sus palabras.  La madre dejaba el asunto por un par de semanas hasta que otra vez le pedía que lo copiara. Rufus llegó a conocer el cuento de memoria, con final incluido, a los diecisiete años. Luego se había esforzado para olvidarlo. Antes de morir, su madre le había pedido que copiara el cuento y lo pusiera con ella en la caja. Rufus le prometió que lo haría pero no fue así. Ese fue su primer paso en la vida adulta y la última vez que había tocado una máquina de escribir o usado la caligrafía Palmer.

Rufus observó nuevamente los anuncios desde la ventana. Uno de ellos decía:

Se vende:
Cuna de madera en buen estado.
Coche para bebé.
Corral desmontable.
2 paquetes de culeros desechables.
Rufus escribió:
¿Por qué va a dormir su hijo en una cuna de material sintético?
Un niño sano es aquel que crece en contacto con la naturaleza.
Compre cuna de madera “EN BUEN ESTADO”.
Para que su hijo crezca naturalmente.

Contempló satisfecho el cartel. La caligrafía elaborada le daba un toque distinguido y el texto había quedado sugerente. Hasta él se compraría una cama “EN BUEN ESTADO” si el precio fuera razonable. Volvió a colocar el papel en la máquina de escribir y añadió:

También ofertamos un coche para bebé, un corral desmontable y 2 paquetes de culeros desechables.

Debajo escribió a mano, con tinta roja y caligrafía Palmer:

“En buen estado”… Como la naturaleza.

En la esquina inferior derecha dibujó un bebé al estilo de los anuncios de compota de los años 50. Un bebé gordo y rozagante. Lo coloreó con un poco de mercurio diluido en agua y un pedacito de algodón. El bebé parecía una gran manzana.

Rufus se puso una camisa, se peinó  y bajó con el cartel recién terminado hasta donde vendían la cuna de madera. Estuvo un rato tocando a la puerta pero nadie abrió. Dio una vuelta por el lateral de la casa y se asomó disimuladamente  a una ventana. Había una muchacha sentada en un sillón. No es una muchacha, pensó Rufus, es una vieja con aspecto de muchacha. Tocó con los nudillos en la ventana y la muchacha con cara de vieja lo miró. Rufus le hizo señas de que abriera. Ella se levantó sin demasiado entusiasmo  y entreabrió la puerta. Rufus le pasó el cartel por la rendija.

-Gracias, dijo ella después de haberlo leído con calma, aquí no tenemos niños.

-No se trata de eso, dijo Rufus, ¿su esposo está?

-Yo vivo sola, dijo ella, y cerró un poco más la rendija.

Rufus contempló el cartel colgado en la ventana sucia y pensó que no parecía hecho por manos de mujer, ni siquiera por una mujer joven con cara de vieja. Le miró las manos. Eran jóvenes. Rufus se preguntó que edad tendría y le miró los pechos pero no pudo ver nada. Estaba muy delgada.

-Quiero regalarle el cartel, dijo entonces sin pensar, para que pueda vender la cuna.

-Ah, dijo la mujer, y sonrió. Su rostro adquirió una frescura inesperada. Rufus volvió a preguntarse qué edad tendría.

Ella abrió la puerta y le dijo que pasara. Le ofreció asiento en un sillón antiguo con un cojín muy turbio y olor a orine de gato. Rufus no pudo evitar pensar en la historia de su infancia pero no le quedó más remedio que sentarse. Ella se sentó en otro sillón idéntico y se puso a mirar el cartel.

-Está muy lindo, dijo, ¿lo vende?

-Se lo regalo, repitió Rufus, para  promocionarme. Quiero empezar un negocio de carteles y estoy haciendo algunos para promocionarme.

La mujer lo miró como si no entendiera y dirigió la vista un poco encima de la cabeza de Rufus como si buscara aprobación. Rufus miró y encontró los ojos verdes de un gato flaco y manchado que había venido a sentarse en el respaldo de su sillón. El gato tenía una mirada inteligente.

-Lo colgaré aquí, dijo ella y se levantó para engancharlo de un clavo que sobresalía en la pared izquierda de la sala.

-Pero… yo pensé que lo pondría en la ventana para que los vecinos lo vieran. Así podría conseguir algunos encargos.

-Ya entiendo, dijo ella con desaliento, y a Rufus le pareció joven y desamparada.

-Si quiere puede ponerlo en la sala, dijo, de todas formas pienso hacerle otro al zapatero y conseguiré clientes con él.

Ella pareció no oírlo. Estaba sentada con el cartel en la mano y la mirada perdida. Había cruzado las piernas y el vestido se le había subido bastante por encima de las rodillas. Rufus le miró los muslos. Le parecieron tan jóvenes como las manos.

-Así que vive sola, comentó.

La muchacha lo miró y su rostro volvió a tener cientos de años. Rufus quería levantarse para irse, pero la visión de los muslos lo había hipnotizado.

-Con mi gato, respondió ella. 

El gato puso una pata en el hombro de Rufus y empezó a lamerse. Despedía un olor fuerte  a animal sucio y le provocó náuseas.

Ella debió notarlo porque hizo un gesto y el gato saltó del sillón hasta el regazo de la mujer.

-Es un gato con corazón de perro, dijo, y se puso a acariciarlo enredando sus dedos en el pelo mugriento. El gato empezó a ronronear y Rufus empezó a excitarse.

Se pasó la lengua por los labios y trató de recordar cuánto tiempo hacía que nadie lo acariciaba. Seguramente era más agradable pasar la mano por el cuerpo flaco y maltrecho del gato que por su cabeza. Instintivamente se pasó la mano por el pelo y sintió los mechones enmarañados. Ella lo observaba. También se pasó la lengua por los labios y se movió en el sillón separando las piernas casi imperceptiblemente. Rufus tuvo una erección violenta. Ahora le resultaba imposible levantarse para irse y no se le ocurría nada que decir.

La casa estaba despintada y de las paredes colgaban cuadros en los que habían pegado páginas de revistas viejas. Había una foto antigua de una mujer muy hermosa en un colocado enmarcado en bronce. Rufus iba a preguntar si era su madre, cuando ella se levantó lanzando el gato al piso y dijo que iba a traerle limonada.  Se dirigió a la cocina mientras Rufus observaba su cuerpo a través del vestido gastado. El deseo se estaba haciendo insoportable. Se preguntó cómo podía sentir semejante deseo por una mujer con cara de vieja y olor a gato, pero la respuesta era tan obvia que dejó de pensar en ella. Tenía que ver con la cantidad de tiempo transcurrido desde la última vez que alguien lo tocara. 

El gato lo observaba desde el sillón de ella. ¿Qué estoy haciendo aquí?, se preguntó Rufus. Ni siquiera sirvo para esta mujer, dijo en voz alta y el gato lo miró como si estuviera de acuerdo. Rufus se levantó y caminó hasta la puerta. Desde allí gritó que no podía esperar la limonada y salió.

Cuando llegó a su apartamento, cerró con llave y se quedó dormido tirado en el piso. Lo despertaron los toques en la puerta. Era la muchacha. Ahora solo pensaba en ella como una muchacha porque no podía quitarse de la mente la imagen de sus muslos debajo del vestido. Traía una caja y un vaso de limonada.

Rufus puso la caja en la mesa y bebió la limonada con cierta aprensión. Cuídalo bien, dijo ella señalando la caja.

Rufus pensó que quizás su madre lo conocía mejor que nadie y por eso lo había hecho prepararse para la vida que le iba a tocar: una vida de hombre solitario. Al menos ahora él también tendría un gato.

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