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La Gaceta de Cuba, tríada con nombre de mujer

Fernando Padilla González, 27 de marzo de 2012

Motivo de regocijo es para los lectores de la Mayor de las Antillas el medio siglo de existencia de La Gaceta de Cuba. Fundada en abril de 1962 por nuestro poeta nacional, Nicolás Guillén, la publicación en su más reciente entrega ha querido tributar el reconocimiento y el respeto que el pueblo le profesa a tres grandes glorias de la escena cubana.

Ocho décadas de fructífera vida y 56 de una trayectoria artística encomiable otorgan a Verónica Lynn el goce de mirar serena y sosegadamente hacia el pasado, con el íntimo y grato deleite del deber cumplido y el talento y la honestidad practicados a manos llenas.

“Verónica Lynn: clase magistral de una actriz afortunada”, es la visión impresa del arte con que esta mujer se desdobla ante su entrevistador. En apenas unos minutos y a la espera de la respuesta precisa, su mente evoca idos tiempos, a la vez que el rostro se le ilumina.

De esta manera, aflora la artista consagrada ante los medios televisivo y cinematográfico, o la joven segura de sí misma que aspiraba con denuedo la consolidación de una carrera en las tablas, y qué decir de la profesora y su labor de magisterio, formadora de varias generaciones de actores y actrices de la escena nacional.

“Dialogar con Verónica Lynn es mostrar respeto a su trayectoria, a su leyenda de personalidad rigurosa y disciplinada. Pero también es mirar el álbum de su recuerdos, en el que se mezcla todo lo mencionado con el perfil de su nunca olvidado esposo, Pedro Álvarez, y las anécdotas que ante las cámaras, en el camerino, o en el diálogo vivo con el público, la descubren siempre atenta a los detalles de su quehacer, en pos de otros empeños que la sigan destacando entre nosotros como uno de los nombres imprescindibles de la cultura cubana”.

En tanto, “Eslinda Núñez: Mucho más que un rostro bello” indaga en la afabilidad y sencillez de quien Alejo Carpentier definiera como una actriz de exquisita presencia escénica. Otros han tratado de capturar su halo misterioso, es el caso de Miguel Barnet, quien reparó en “esos ojos que han bastado para desnudarla. Ellos son el don más preciado de su admirable fotogenia, que la provee, a su vez, de una ductilidad sabiamente aprovechada por la cámara”.

Y es que esta mujer, a quien se le otorgó en 2011 el Premio Nacional de Cine, segunda actriz en alcanzarlo, posee la dicha infinita de haber interpretado los más disímiles personajes concebidos para la televisión, el teatro y la filmografía nacional.

“La trascendencia de la obra está fuera de la previsión personal. Supera toda expectativa. De ahí el valor que le concede a un buen guión, un buen personaje, o incluso alguno que pueda enriquecer. Su participación en El viajero inmóvil ilustra esa necesidad constante de sugestión, que le puede inducir lo mismo un teatro vernáculo, una obra experimental o algo tan elevado como el mundo místico de Tomas Piard. El reto, el deseo de que cada día sea diferente, supone una de sus premisas de vida”.

La tríada con nombre de mujer que propone La Gaceta de Cuba se completa en la evocación de la excepcional Adria Santana, recientemente desaparecida. Confiesa Abelardo Estorino en “Adria, mi fetiche”: Después de esparcir las cenizas de la actriz y amiga en el patio de la Sala Llauradó, un acto que convocó a todos los representantes del mundo artístico de la ciudad, solo nos quedarán sus actuaciones en el cine o la televisión y el recuerdo constante que dejará en todos sus amigos y familiares.

“Nunca volveremos a verla en un escenario, medio que según sus declaraciones prefería, donde era capaz de conmover a una sala completa, hacer que los ojos de los espectadores se llenaran de lágrimas o hacerlos llorar de risa con su sentido del humor. Esta es una dolorosa pérdida, no solo de la actriz, sino de la amiga con que siempre se podía contar, llena de energía y dulzura y una honestidad que la hacía capaz de defender sus opiniones cuando estaba segura que tenía la razón”.

A la lírica contemporánea y al Premio de Poesía que auspicia la propia publicación, La Gaceta de Cuba, está dedicado “(Des) articulaciones. Una década de poesía cubana a través de un premio”. De manera paralela, al estudio que realizara Saúl Yurkievich con la producción poética latinoamericana presentada al Premio Casa de las Américas durante el decenio 1960 a 1970, se desarrolla este trabajo que sondea los derroteros de la poesía cubana en la última década.

Es de resaltar en este número, el pequeño dossier que se le dedica a la vida y obra del artista manzanillero, Julio Girona. Su entrañable vinculación con la revista, desde la óptica del colaborador ocasional o del fiel lector; las visiones sobre la concepción de la vida y del ser humano en Julio, reflejadas por su propia hija; los rostros y los cuerpos de mujer que llevan su indiscutible sello creativo, así como algunos de los poemas escritos por Girona, son apreciables en los artículos: “Subiendo por La Rampa”, “La clase de pintura” y “Las mujeres de Julio Girona”.

De muy acertada se puede calificar la selección del cuento “Dolce Vita”, de la autoría de Eduardo Heras León. El relato, con profundo matiz introspectivo, ahonda en la sicología de un anciano que respira y vive la nostalgia de tiempos pasados. A cada paso añora los olores, el cromatismo, los modales y la arquitectura que caracterizaron a los años que ya no volverán. A ello se suma, la obra plástica del habanero Pedro Álvarez, que ilustra no pocas páginas de la publicación.

Precisamente, a este artista capitalino, egresado de la Academia de San Alejandro, se reservan los pliegos centrales de La Gaceta de Cuba. “No sería exagerado afirmar que en su conjunto, la obra de Pedro Álvarez —en especial la serie Havana Dollarscape— queda como una de las observaciones más agudas, desde el arte, a los procesos de dominación, dependencia y resistencia que tienen lugar desde el siglo XIX y hasta hoy en la historia de Cuba, ante culturas y poderes foráneos de variada guisa”.

No solo las mujeres y su obra tienen merecido espacio en la publicación. Caballeros del arte y la cultura cubana encuentran su sitio en las páginas de la revista. En esta ocasión, se descubre a un “Pedro de Oraá, inédito”, franqueado por las interrogantes de sus interlocutores. Le antecede, “Oscar Hurtado: el último vampiro”, texto que rememora la figura de quien a su regreso, en agosto de 1960, publicara en Lunes de Revolución el ensayo “¿Cómo mirar la pintura moderna?”. También, para cerrar una tríada, el reconocido y laureado bailarín cubano Carlos Acosta afirma en entrevista: “Ahora es mi tiempo de dar”.