Poesía de Hilarión Cabrisas
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La poesía de Hilarión Cabrisas alcanzó una gran popularidad en su tiempo. Tenía el secreto de la comunicación con el gran público, que consiste en manejar vivamente la poética del sentimiento, dotar de ritmo y musicalidad las piezas y establecer asociaciones que no constituyan insólitos arcos voltaicos, sino que se muevan dentro de las expectativas transferentes de los consumidores. Ya no existe el poeta, y tampoco existe su público, pero algunas piezas de su producción siguen vivas a través de la reproducción escrita: continúan comunicando vivamente, y en cuanto se leen se les respira la elocuencia y el dominio con que se plasmó un mundo interior. Hay, es indudable, eficacia artística, y autenticidad humana en lo expresado. Merecen ser conservadas y trasegadas, para bien de los lectores desprejuiciados. Aquí recogemos tres textos suyos —aparte de que se puedan sumar otros, de igual categoría— de gran dignidad artística. Sobre los autores de origen neorromántico, que optaron por dialogar con un público concreto dentro de determinadas coordenadas estéticas, ha caído el manto de plomo que les arrojaron sus adversarios de la vida literaria o los desdeñosos del olimpismo expresivo. En todos los huertos hay que escoger, pues nunca los frutos poseen idéntica redondez y luminosidad. Y en la vida social, si se quieren ensanchar los anillos receptivos de la poesía, hay una ecología que ha de cuidarse, para bien de todos los productores y todos los consumidores. Hilarión Cabrisas es un clásico de uno de los anillos mágicos de nuestra poesía total.
Roberto Manzano
Hilarión Cabrisas (La Habana, 1883-Íd., 1939). Fue miembro de la Academia Nacional de Artes y Letras, del Círculo de Bellas Artes, de la Asociación de Escritores Americanos y de la Asociación de la Prensa. Algunos de sus libros son: Breviario de mi vida inútil, versos, 1932, prólogo por Jesús Masdeu, Carasa, La Habana, 1932; La caja de Pandora, poesía, Editorial Hermes, La Habana, 1939; Sed de infinito, poesía, «Palabras de gratitud» por Antonio Iraizoz, Editorial Hermes, La Habana, 1939 y La sombra de Eros, poesía, Editorial Hermes, La Habana, 1939.
¡Y ESTE VAGAR TAN LENTO...!
¡Y este vagar tan lento por todos los caminos
con el fardo de penas adosado a la espalda!
Noche en el alma y noche en los ojos cansinos:
¡noche adentro y afuera...! Ni una verde esmeralda
de esperanza en la sombra; ni un grupo de asesinos
que esperen en la sombra mi paso; allá en la falda
del monte, ralo y seco, no hay pájaros ni trinos...
¡Yo voy por mi corona de espinas por guirnalda!
—¡Ecce homo!— una voz grita, sin voz, allá en la sombra.
Y aquella voz histérica, sin nombrarme, me nombra;
y se crispan de angustia mis nervios sensitivos...
Y ambulando, ambulando por caminos desiertos
no sé si soy un vivo que vaga entre los muertos
o si es que soy un muerto que vaga entre los vivos...!
EL ENIGMA SUPREMO
¡Y pensar que tenemos que morir! ¡Y pensar
que toda carne, toda, buena o mala, es arcilla!
Pensar que nuestro cuerpo no es sino una semilla
que no se sabe en qué surco se irá a enterrar.
Pensar en que tenemos por fin que descansar,
y pensar que la estrella que en lontananza brilla
no es luminoso y santo faro de maravilla;
que el cielo no es azul, ni que es verde la mar...!
Y la Muerte, que acecha soslayada en la sombra,
el hombre, por cobarde, si la ve no la nombra,
porque vive muriendo en su afán de vivir;
y se agita en su cárcel pretendiendo ser fuerte
contra el fatal enigma supremo de la muerte
que le advierte implacable: —¡Tenemos que morir...!
LOS INMORTALES
"La ola"
La ola es amarga. Su inquietud perenne
es lo que la hace fuerte y poderosa;
y cuando ruge, su temblor solemne
es ira desatada y tumultuosa.
Pero es trágicamente bella. Suma
el poder ciego de las tempestades,
y corona sus crueles veleidades
con un inmaculado airón de espuma.
Es salobre y tenaz, como la vida
del que sabe llevar en las entrañas
la voluntad frenética escondida.
Y apenas rompe en el peñón sus sañas
se levanta de nuevo embravecida
en su líquido azul hecho montañas.
"La nube"
Pérfida, aventurera, simboliza
lo efímero y voluble en la existencia:
humo, polvo, suspiro, onda o esencia,
el domo inmenso de los cielos riza.
Fosca, densa, sombría, tormentosa,
con un presagio de huracán violento
cabalga a lomos de su amante el viento
o extiende su ala lóbrega y reposa.
De pronto se repliega, se estremece;
hay un roce magnético y florece
en un zig-zag el rayo de su seno.
Y por su vientre roto en dos mitades
brotan las furias de las tempestades,
mana la lluvia y se desgaja el trueno.
"El viento"
Suelta la crin en un hirsuto alarde,
pleno el pulmón de su impalpable impulso,
desatado, frenético, convulso,
siembra a su paso un pánico cobarde.
Silba un lamento en los copudos troncos
y una amenaza entre las oquedades;
y sobre el mar, el campo y las ciudades
monologa al cruzar sus himnos roncos.
Coge la nube loca y la mutila;
rompe la piel del mar y la levanta
y en el picacho más enhiesto oscila;
extiende su ala negra y se agiganta.
Súbito cierra la pujante axila
y se hunde en el misterio de la Atlanta.
"La montaña"
...¡Y la montaña allí! Ni nube, ni ola,
ni viento su serenidad exalta
ni turba su reposo; muda y sola,
nada la inquieta ni sobresalta.
Ha visto declinar muchos ocasos
y sonreír auroras florecientes,
y ha saludado líricos Pegasos
de los Orientes y los Occidentes.
Atalaya de siglos, su mirada
vio los Dioses en hombres convertirse
y a las hombres en cosa inanimada.
Y al no poder del suelo desasirse
sufre, como Proteo, encadenada,
el ansia eterna de sobrevivirse...!