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Poesía de… Roberto Méndez

Lauros, 30 de marzo de 2012

La obra de Roberto Méndez tiene motivos góticos que, a la manera de impresiones románicas sobre papiro, acumula saberes en la concepción de figuraciones donde la voz del poeta es baluarte que reconquista el pasado quebradizo.

Su libro Viendo acabado tanto reino fuerte1 (Premio Nicolás Guillén 2001) es una preclara constatación de sucesos epocales, decantados misterios e imaginación creativa, cuya referencialidad devuelve un mundo de sabiduría y promueve el acto diferente de concebir lo poético.

Ofrecemos algunos de esos versos en que diálogo, interpretación, convergencia de un ayer y un presente intertextualizado, se nos regala en la búsqueda continua de la verdad del poeta.
                                                                                                                              Osmán Avilés

***

FLAUTISTA EN EL VALLE DE LAS ROSAS

Di si eres real como esa música, muchacha,
si puedes vivir como el Valle de las Rosas
      un instante,
la fragilidad puede ser un premio cuando se
      es bello
y los aires que de ti nacen
anuncian otras vidas mas no serenan
la ansiedad de saber si también yo existo.
Mucho falta para el amanecer y los otros no escuchan,
sal de la ciudad, ve donde arces y nogales
forman el mejor teatro para ti,
el rumor de los pastores será tu coro en la lejanía,
canta entonces la eternidad de la flauta,
yo estaré también allí, en las ramas o en el viento,
tal vez en el polvo que la melodía arremolina,
aplaudiré sabiendo que el día de las rosas
vale por muchas vidas
y que más lejos de esta luz
sólo podremos unir las manos en silencio.

DIÁLOGO EN LA OSCURIDAD

No dialogarás con esa figura interpuesta en la
        sombra,
no interrogarás al cuerpo o a la levedad ansiada
       de la nieve,
la poesía puede ser sólo un rumor entre las hojas,
un juego del viento que no conmueve la madera;
al amanecer los sabios fueron a la montaña,
buscaban frutos raros, flores prendidas a
       la memoria como al hielo,
allá conocieron del canto que los hizo eternos, pero
       regresaron
y ahora los caminos se bifurcan,
donde hubo un palacio está una extensión baldía,
en la oscuridad o en el sueño alguien está
        llamándote,
eres un perseguido en la noche afilada de
        los Médicis,
un viejo poeta leyendo en su jardín las profecías
mientras el Támesis arrastra la historia de
        los decapitados,
tal vez no estuviste en Bagdad pero el mendigo
que duerme su vida ante las puertas del Califa
tiene tu rostro. Intenta borrar toda pregunta:
no has visto cazar un ciervo
pero subiste en la primavera de Berlín una torre
circular, inmensa, y en cada peldaño
los relieves contaban una historia tuya.
Para cambiar el amanecer basta la broma de un
       hombre solo,
mas los desconocidos no pueden componer
       un discurso
ni hacer de la poesía sino sílabas que fluyen;
en la montaña hay un pabellón vacío
donde las tortugas figuran la sucesión
       de los meses,
el diálogo ha concluido, pero un fruto, una corola
       olvidada,
allí te aguardan, ése no es todavía el fin:
poeta, mendigo, heresiarca, no hagas del poema
el espejo o la razón de tus horas,
el Paraíso sólo existe mientras no es revelado,
es la superficie blanca donde aún no aciertas con
       las destrucciones,
no converses, no esclarezcas, no fabules,
el insecto en la pared conoce mejor que tú la
       sucesión de los días.


ACECHOS A LA HILANDERA

                                                                                                                              —Velázquez—

Sabe la hilandera joven cuánto hay que devanar para que una hebra venza el murmullo, el tono acechante de quien contempla su labor desde algún sitio. Ella puede dibujar en su tapiz cuantas imágenes el mundo ofrece, todo lo que la luz arroja en la puerta misma de la estancia; van y vienen los dedos, fijan una porción de lana, regodeándose en estirarla como si fuera el diámetro del orbe, entre cantos almacena el hilo que alguna vez entrará en el asedio de Troya o en la prueba de Aracné —historias de ayer, de mañana, de quién sabe. No la distrae el parlotear de la vieja ni los curiosos que por un instante quieren saber cómo, cuándo concluirá trabajo tan imperioso. Van y vienen los brazos fuertes de la muchacha, desafiando al día con el girar de esa rueda, poco importa si también ella entrará en el tapiz, si de su pugna vengan metamorfosis sin cuento; alza los hombros, junta un tanto apenas las cejas, mas quien todo lo ve está, qué lástima, a sus espaldas y sólo sorprende su afán, su intenso devanar para arrojar otra madeja a la razón que, con ojos de lechuza, veda por un instante su caprichosa función de primavera.


PAN

                                                                                                                                          —Dalí—

Sobre la mesa, su parda brevedad es una nube que humedece con su aliento los mimbres, el mantel remendado, la habitación rica de luz. El hervor del fermento rasga la corteza, organiza músicas sólo audibles para aquéllos en torno, atentos al canto más que a las porciones mínimas que el cuchillo separa sin premura.
Mensajeros lo dejaron allí esta mañana, era un regalo su gesto de ponerlo en la vieja cesta, el cubrir con un paño la esquina que comenzaba a desmoronarse, ¿venía de ellos o de la cáscara el resplandor que ganaba por oleadas o compaces la estancia? Sólo esto, ni advertencia ni ritual, apenas la despedida para los niños que comprendían desde sus sitios.
Para festejarlo abrimos las ventanas, vestimos las ropas de domingo, volvimos sobre lecturas que apenas recordábamos. Alguien se preguntó en la sombra: ¿vendrán mañana? no hubo respuesta porque repasábamos el polvillo que nos dejaba entre los dedos apenas tocarlo. El milagro era hoy, también la alabanza; al principio no le reconocimos, ahora, al dividirlo, comenzaba a arder nuestro interior, era la llama no el cuchillo que separaba y multiplicaba las porciones, y así hasta el crepúsculo, mientras repetíamos una y otra vez: Canta, lengua, del cuerpo glorioso el misterio...


PARA EL LUNES DE PASCUA

Sobre el borde arrugado de una hoja han escrito: yo lo amo, una hoja que la tarde iba a tragarse sin más sílabas, a esta hora un yo desconocido me ama. Voy por entre los danzantes de la plaza buscando a una mujer que no existe, reclamo un coche a las cuatro para visitar una sombra; en este lunes de Pascua podría sumergirme, contar huellas de musgo o avispas, entornar los ojos escuchando antiguas fanfarrias, en este lunes después de haber pasado por el agua y el fuego, tras prometer ser mejor en mis días restantes y si es posible en las noches, de suyo más delicadas, yo lo amo ha puesto en letras de molde no una mano tendida sino un dedo sobre el abismo y enciendo una vela, voy a errar con los otros, uno, dos giros, hasta que me den un lugar o un manotazo, si perdiera la memoria, si llegara a los sitios comunes y dijera: soy distinto, no he nacido, denme una flor para visitar a ese pequeño muerto, nadie me creería, los griegos tenían fe en lo bueno y en lo bello, hoy sólo premian bajo un farol las máscaras. Separo a los danzantes, esa mujer se ha ido, no vas a alcanzarla, aplasta dulcemente la última avispa contra el musgo: yo lo amo se hace un andén lloviznado, un caballo lentísimo, un tranvía lleno de fantasmas. En este lunes de Pascua podría creerlo, mas sucedió el sábado con un abismo, con un candil y he prometido olvidar, ser mejor, olvidar, olvidar, como el papel, ser devorado...

FUEGO Y HUMEDAD EN LA ANUNCIACIÓN DE FRA ANGELICO

¿Quién ha traspasado un pájaro sobre el corazón
       de la nube?
Señala al que puso fuego y humedad divididos en
       su centro,
es el mismo que administra la luz en los banquetes,
es el que interrumpe los diálogos con una ráfaga
      de amor o miedo
antes de poner en su interior una lengua o una
      espiga,
aquél no nombrado porque las líneas, los tintes
      todos
son apenas un tímido haz en torno suyo,
imagen intocable, negación perfecta, soplo
inflamado en su descenso como un ave sobre todo
      nombre.
El pintor lo sabe, de rodillas, no intenta definir
      el instante
sino fabula en su fervor imaginando sitios, ropajes,
      gestos
reiterados como la oración de los simples,
allí un lirio puede ser afirmación de la pureza
pero también el espejo que se abre a la profundidad
      del mundo,
un manto, la castidad resguardada
y así mismo el arca de plenitud o la casa áurea
donde toda alabanza es tautológica.
Cuando el ángel anuncia, cuando prueba su condición
poniendo blanco sobre blanco
y su dedo hace caer las vidrieras imaginarias
para dejar sólo en pie el arco airoso, el fundamento
       del tiempo,
¿dónde se esconden las ofrendas, las llamas
       de purificación,
el agua que va a tornarse vino en las bodas?,
¿y el silencio hecho contemplación?,
¿y el sueño que desplaza a la muerte en lo intocado?
Todo eso, lo posible y aún lo que está oculto
        en la esencia,
brilla en el anuncio y también en el Hágase
        de quien responde
o salido de ambos habita el resplandor en torno
traducido como fuente, bosquecillo, asombro
        de paseantes.
Abierta su ventana a la hora tercia,
Fra Angelico muele las tierras de todo el mundo,
derrama sobre ellas la inocencia del huevo,
los colores serán siempre inexactos,
harto cálidos o fríos para demostrar lo que importa:
la otra dimensión, el sentido que se oculta
en los objetos hasta hoy simplísimos
pero ya abrazados por la extrañeza ascendente,
sólo aquí pueden equipararse una perla y un grano
       de mostaza,
una medida de levadura, una red, la flor de harina,
       el tesoro.
Desesperado por un paisaje que rebasa sus manos,
Fra Angelico cierra su ventana hacia la hora sexta,
entonces la oración lo envuelve en su rumor
y todo se hace claro para los pinceles en reposo.

LA CABALLISTA

                           —L’ ecuyére de Carlos Enríquez—

cuántas suertes ha desafiado la caballista
con esos pies que le obsequió el abismo
ni ángel ni hoja
viene saltando por el ojo de la pista
por la raíz del parque
ansiosa y feliz cuando a cada gesto suyo
corresponde un relámpago
ni danzarina ni demonio
la caballista entra al mundo
sujeta a la luz por nerviosos alambres
y se pliega fija      estalla
entre crines y grupas
parece sólo un arabesco en equilibrio
nada carnal     pues no es
hoja ni ángel
ni invención del alba
ah    si pudiéramos mirar más adentro
en la pupila del caballo triste
si guardáramos
la tibieza de sus orejas atenaceadas
qué espasmo arrebataríamos a la muerte
al sorprender entre fintas
ese acto de unir las rodillas con la noche
y reclamar el corazón    el agua    el grito
como si fuera poco
para un instante de estar y quién sabe
para un prodigio de ir       evaporar
y sin quererlo
ah    si pudiéramos hurgar
en el pecho embridado de la bestia
cuánto momento entonces roto
cuánta fusta sobre su sueño
atado por una eternidad
a esos pies que regaló el abismo
ahí viene    susurramos
rogando al mediodía que no nos mire
ella lo sabe y gira     se abre otra vez y estalla
nada pretende la caballista
sino deslizar entre sus rodillas el mundo
inconsciente     feliz
tal vez nos pida perdón ya muy lejos
dentro de otro relámpago.


                                            omnia sperat...

UN VIEJO CON SU VIOLÍN EN EL PARQUE
lleno de memorias     marcas de sombra
de luz viejísimas
entre su banco y el rostro dos pasos
entre su melodía y la blancura el césped
donde reposan las botas como una carcajada
toca él y los vallados se alejan respetuosos
frota el arco y la niebla retrocede
sólo los pies permanecen      sólo ellos
saben cuánto hay en común
entre un simple viejo y la tarde
podrá intentar el son     la mazurka      el villancico
de los signos que guardaba en el cartón azul
       desvaído
todos sirven para el instante
sólo un rostro dulcemente pegado en su valija
       le reclama
no parece de luto en sus vestidos negros
sacerdotal oficiante del invierno
un viejo con su violín anuncia la navidad
tal el frío     los rumores    los presentes
sin coros intenta muchas veces la melodía
que rebota sobre los tallos    la devuelven
gira en el césped    viene sobre su hombro
cordero del año que van acabando
ya en el extremo del banco    empujado
por algún pensamiento y la luz
el anciano esparce los trinos últimos
¿es Dios el viejo o la memoria?
¿o el rostro es Dios y él simplemente sirve     calla?
todo lo espera el viejo de su violín     el eco
tal vez de la tarde    tal vez ni siquiera sabe
quién es     por qué toca tan solitario en estos días
tierno como la bicicleta recostada en el almácigo
       de los niños
ajeno a otros y a sí un viejo con su violín
todo lo espera hasta el dulce terrón de olvido
que pasan masticando los hombres a su lado


***

Roberto Méndez (Camagüey, 1958). Poeta, ensayista, crítico de arte y narrador. Es Miembro correspondiente de la Academia Cubana de la Lengua, Licenciado en Sociología en la Universidad de La Habana y Doctor en Ciencias sobre Arte en el Instituto Superior de Arte de La Habana. Por su sistemática y fructífera labor como laico católico, fue nombrado por el papa Benedicto XVI como Consultor del Pontificio Consejo para la Cultura. Es además columnista de Cubaliteraria. Ha publicado, entre otros: Carta de relación (poesía) 1988, Manera de estar solo (poesía) 1989, Desayuno sobre la hierba con máscaras (poesía) 1991, El fuego en el festín de la sabiduría (ensayo) 1992, Cifra de la granada (ensayo) 1994, Conversación con el ciervo (poesía) 1994, Música de cámara para los delfines (poesía) 1995, Soledad en la plaza de la Vigía (poesía) 1995, Variaciones de Jeremías Sullivan (novela) 1999, Cuaderno de Aliosha (poesía) 2000, La dama y el escorpión (ensayo) 2000, Elogio de la noche (ensayo) 2002, Libro del invierno (poesía) 2002, José María Heredia, la utopía restituida (ensayo) 2003, Castillo interior (ensayo) 2003, Autorretrato con cardo (poesía) 2004, y Las especies del aire (poesía) 2005.

1 Roberto Méndez: Viendo acabado tanto reino fuerte. Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2001.