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Juan Marinello (1898-1977): Oficio de pensar y escribir. Primera parte

Ana María Suárez Díaz, 01 de abril de 2012

Complace constatar que treinta y cinco años después de su muerte (marzo 27, 1977), Juan Marinello continúa siendo referencia obligada cuando se alude a los mayores cultores del ensayismo y la crítica cubanas del pasado siglo XX. A tal condición se refirieron públicamente, en actividades asociadas a la Feria Internacional del Libro de La Habana del presente año,  los destacados escritores e investigadores, Ambrosio Fornet  y Virgilio López Lemus.  

No hay duda, por tanto, de que continúa presente en el paradigma sociocultural  contemporáneo, como uno de los más representativos hombres públicos aun para el presente siglo en Cuba, lo que sin duda acreditan razones fundamentales: una vida activa y pública suficientemente prolongada —1923-1977—, y más de medio siglo vinculado a acontecimientos cruciales de las primeras siete décadas de vida republicana; ámbito además del proceso fundacional de la cultura moderna en la Isla, en cuya gestación participó creativamente desde diversos escenarios. Además, una relevante articulación entre su ser y hacer, importante componente de esa propia y nueva cultura también de hoy, en su más acabada praxis social; y no menos destacado por su exquisita y fina prosa literaria de acentuada ascendencia hispánica, que tempranamente lo colocó, por su letra y su dicho, entre los primeros ensayistas de su época. 

El ensayismo —literario, social y político— con el que Juan Marinello sentó cátedra mayor en la literatura cubana, es un género que cultiva desde la década de 1920, cuando estrena sus primeros acercamientos a problemáticas de la sociedad en que se desenvolvía cívicamente, incluido el estudio de la obra y el pensamiento martianos como parte del afán recuperador de la obra del Apóstol, que fue interés esencial para la intelectualidad joven de aquellos años. Su ensayo preliminar, “El poeta José Martí”, sirve de prólogo a una primera selección suya de la obra poética del Maestro, publicada en 1928 en la colección Libros cubanos, bajo la dirección de Fernando Ortiz.

La temprana preferencia de Juan Marinello por el ensayo se debió al  carácter esencialmente propositivo de este género: de opinión,  reflexión, y valor comunicativo de ideas y argumentaciones, que luego introduce en alguna medida en un tipo de periodismo propio: de ideas, de vocación esclarecedora y orientadora, de avanzada política, que encuentra seguidores ilustres entre revolucionarios de la época, como su cercano Pablo de la Torriente; figura relevante del nuevo periodismo cubano.

En su caso, hombre de agencia y compromiso social, fueron los encierros, exilios y clandestinidades políticas —prácticas represivas oficiales que lo apartaban de su acción cotidiana— contextos facilitadores por excelencia para sus más relevantes producciones literarias hasta el triunfo revolucionario de 1959.  En todas y cada una de estas experiencias que le relegaron una y otra vez de la batalla callejera, Marinello se dio el gusto, y lo confesaba, de hacer del encierro “una excelente oportunidad de trabajo. Contra esterilidad, fecundidad”.

La cárcel de Isla de Pinos en 1932, la primera de relativa extensión, no sólo determinó su alejamiento de la acción pública y la interrupción de su periodismo político, también aportó, aun en celda colectiva, el reposo necesario para la meditación. Fue este el momento que encontró para cumplir los compromisos contraídos con sus amigos Manuel Navarro Luna y Luís Felipe Rodríguez, para que prologara sus respectivos libros.  Hoy día son clásicos sus ensayos-prólogos “Americanismo y cubanismo literarios”, en Marcos Antilla. Relatos de cañaveral, de Luís Felipe Rodríguez y “Margen apasionado”, en Pulso y onda, de Manuel Navarro Luna. Este último incorporado después en el volumen Poética. Ensayos en entusiasmo, (Madrid, Espasa-Calpe, 1933); edición que el autor estructuró durante su posterior exilio mexicano incluyendo además, prólogos previos, como “Verbo y alusión” (Eugenio Florit, Trópico, 1930); “Inicial angélica” (Emilio Ballagas, Júbilo y fuga, 1931); y su ensayo crítico, “Poesía negra: Apuntes desde Guillén y Ballagas”.  

La reanudación de sus actividades políticas tras el regreso a Cuba, luego de la caída de Machado (1933), y una acusación por propaganda sediciosa, en 1935, le valió un segundo encierro de seis meses en el Castillo del Príncipe. La nueva interrupción de la tarea pública le aportó el reposo necesario para una también nueva etapa. En este momento trabajó intensamente el ensayo: “Una indagación sobre la novela americana”. Un estudio comparativo de Don Segundo sombra, La Vorágine y Doña Bárbara —conocido después como “Tres novelas ejemplares”—; un trabajo sobre Ecué-Yamba-O, de Carpentier, “desde los puntos de vista fijados en las dos anteriores”; también una segunda parte de su texto “Martí, hombre romántico”; y el proyecto, que entonces tituló, “Ausencia y presencia de México”.

Hasta fines de agosto de 1935 estuvo Marinello en prisión. Allí escribió ensayos trascendentales como: “Maceo, líder y masa. Notas polémicas”, texto solicitado por Leonardo Griñán Peralta y que acompañó, como epílogo, la primera edición de su Antonio Maceo. Análisis caracterológico, (Editorial Páginas, 1937); la primera versión de su clásico “Veinticinco años de poesía cubana”, y “Ciencia y aventura de Roberto Agramonte”, ambos para la revista Orto, y sostuvo su primera polémica en torno a José Martí, en las páginas del Repertorio Americano, en forma epistolar, motivada por su texto “Martí y Lenin”, aparecido originalmente en la revista Masas.

Igual que en el caso anterior, durante el segundo exilio mexicano que siguió a este encierro, le dio cuerpo a un nuevo volumen de ensayos, que como proyecto había concebido estando aun en prisión: Literatura Hispanoamericana. Hombres, meditaciones, de 1937,  publicado por la Universidad Nacional de México, en el que entre otros de la época de presidio (“Una novela cubana”, sobre Ecué Yamba-O; “Tres novelas ejemplares”, y la segunda versión de su “Veinticinco años de poesía cubana”) incluye, “Hazaña y triunfo americanos de Nicolás Guillén”, prólogo que acompaña la edición mexicana del poemario Cantos para soldados y sones para turistas, (México, Ed. Masas, 1937).          
         
Su casi inmediato viaje a España para participar en el II Congreso de intelectuales en defensa de la cultura (1937), celebrado en medio de la guerra civil que se libraba en aquel país, constituyó un tercer momento de relevancia para su obra ensayística. Esta inolvidable experiencia quedó apresada, en parte, en su Momento español, cuya primera edición viera la luz en Madrid, ese mismo año, y que enriquecida se reeditó en La Habana, en 1939. Entre otros, este volumen reúne “García Lorca, gracia y muerte”; “El alma por las alas: Gorki y Unamuno”; “Jorge Manrique vuelve al camino” y “Responso alegre por la voz de Antonio Machado”.


 i Ambrosio Fornet. Palabras pronunciadas durante la conferencia de prensa de la 21 Feria Internacional del Libro, Cuba, 2012.
 ii Virgilio López Lemus. Palabras de presentación del volumen Acercamientos y complicidades, de Ricardo Viñalet, publicado por Ediciones Unión, 2012.