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Noche de reyes

Jesús Dueñas Becerra, 04 de abril de 2012

Hacer llorar puede lograrlo cualquier actor […], pero hacer
reir solo quien sea un verdadero profesional de la actuación 

                                         María de los Ángeles Santana



Teatro El Público, que jerarquiza el director Carlos Díaz, «rey midas de la escena cubana contemporánea», está presentando, en el capitalino teatro Trianón, la obra Noche de reyes (o la duodécima noche), del genial dramaturgo inglés William Shakespeare (1564-1616), con versión del talentoso poeta y ensayista Norge Espinosa.
 
Esa puesta en escena, estructurada en cinco actos, manifiesta —con meridiana claridad— el ajiaco multi-étnico-cultural y espiritual que, según el sabio don Fernando Ortiz, alimenta la personalidad básica de ese mestizo único e irrepetible que vive, ama, crea y sueña en esta bendita tierra, donde el salero y el gracejo criollo son las mejores credenciales de la auténtica cubanía.
 
Para varios de los críticos —contemporáneos del ilustre autor de Hamlet— Noche de Reyes… era una obra insulsa, devenida mero entretenimiento, y signada, en lo fundamental, por los equívocos y los enredos; coyuntura dramatúrgico-humorística que Shakespeare aprovechara para retomar el polémico tema de las identidades cambiadas, las máscaras (políticas y religiosas, al decir del padre Félix Varela y Morales), así como los disfraces, para meditar acerca de la verdadera influencia sobre el comportamiento humano de determinadas marcas: género, estatus socioeconómico u otras que establecen diferencias —en ocasiones, abismales— entre los seres humanos.

Para ese gigante de la cultura universal, una cosa es lo que es y otra muy diferente lo que parece ser. De acuerdo con esa línea de pensamiento shakesperiano, en las representaciones isabelinas los personajes femeninos eran interpretados por chicos y los masculinos por chicas, por lo que dichos cambios de identidades —por sí solos— convocaban a la más picante hilaridad.

El elenco actoral está bien equilibrado entre noveles y consagrados, quienes aportan la dosis exacta de osadía y sensualidad que distingue a Noche de reyes…, mientras que la música es interpretada por los propios actores, según la función desempeñada por ellos en cada momento u ocasión, para recrear el culto a la belleza, simbolizada por el despliegue de máscaras, vestuarios y desnudos, ya que la historia se apoya en una serie de situaciones caóticas generadas por una de las actrices, lo que —consecuentemente— origina una gran confusión de identidades, entre otros desatinos.

En la trama, habría que señalar la presencia de un humor más fino, más elaborado, o mejor, mucho más cercano a nuestra realidad insular. O sea, una alusión divertida, pero crítica en grado sumo, a ciertos aspectos de nuestra cotidianidad que quedan al desnudo (como se presenta ante el espectador una parte de los actores). Un exagerado y hasta escandaloso muestrario de las aventuras y desventuras que implica la acción misma de representar, de actuar.

Con la excelencia profesional que lo caracteriza, Carlos Díaz utiliza el argumento original de Noche de reyes… como pretexto —válido, desde luego— para armar esa descocada obra, en la que llega a ser difícil, con tanto barullo escénico, seguir el hilo conductor de la obra; idea rectora que el público y el crítico deben, por supuesto, intuir. De hecho, la historia narrada en ese contexto es lo que menos importa; por ende, resultan mucho más significativos los poco o muy sutiles problemas filosófico-antropológicos planteados por Shakespeare en el momento socio-histórico que le tocó vivir.

En cada suceso acaecido, se aprovecha la posibilidad para desdramatizarlo, o con otras palabras, despojarlo de esa vestimenta, ya sea desde el texto, que los actores interpretan con afectada simulación o desde la propia visualidad, que un colega de la prensa plana califica  como de óptima calidad; opinión con la que coincido desde todo punto de vista.

Por otra parte, dicha puesta constituye —sin ningún género de duda— un entramado resplandeciente, adornado con hermosas lentejuelas, no vacila un instante en llegar al bullicio con tal de llamar la atención del auditorio y de la crítica.

Se trata —ni más ni menos— que de otra relectura divertida de un clásico, al estilo de la que la emblemática compañía teatral hizo con La Celestina, cuya autoría se le atribuye al escritor hispano, don Fernando de Rojas (¿1470?-1541).

Noche de reyes…, en fin, me ha convencido de que toda regla tiene honrosas excepciones, y esa obra es una de ellas, ya que en vez de evocar a Tanatos (la muerte, en el lenguaje psicoanalítico ortodoxo), hace reír de buen grado primero, y reflexionar después.

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