Desapolillando al desapolillador
Guillermo Lagarde, nacido en 1915, desde los 23 años se dedicó al periodismo. En 1970 comenzó a publicar en el diario Juventud Rebelde la sección Desapolillando archivos donde, en una serie de estampas costumbristas, abordaba temas muy llamativos para el lector. En ellos trataba hechos que sucedieron durante el siglo XIX y la primera mitad del XX, tomando como fuentes algunas crónicas publicadas en aquella época.
El título de su sección, "Desapolillando archivos", resultó muy adecuado, en tanto reflejaba la idea de algo que fue recuperado en su esencia para conocimiento de ulteriores generaciones. Luego de llevar ocho años publicándose, aquellos artículos fueron antologados en libro de igual nombre editado por Letras Cubanas. Y antes de que mi ejemplar de tal obra, que yace desde hace casi 35 años en mi vetusto estante sea utilizado por las polillas para su acostumbrado manducar, quise usarlo como fuente principal para demostrar la inteligencia y profesionalidad de este autor, “el Desapolillador” por antonomasia, aunque para ello yo haya tenido que desapolillar su principal obra.
Curiosidades históricas
Son temas recurrentes de Lagarde aquellas particularidades de la cotidianeidad que nos sirven de referencia para saber cómo se fue construyendo nuestra capital desde el punto de vista arquitectónico. Por ejemplo, cuando se refiere a que en 1849 se inició la pavimentación de las primeras calles con adoquines de asperón de Barcelona y de granito de Boston. Leamos algunos fragmentos sobre este asunto: "Lo primero que se empedró fue la cuadra de la calle Aguiar entre Obispo y Obraría; otra de la calle de O´Reilly junto al templete y todo el muelle de Caballería. Los ediles, considerando que el gasto de traer aquellas piedras era algo serio, decidieron ensayar con los adoquines de las canteras de granito que poseía el señor Martiatu en el Cerro."
Un anuncio como punto de partida
A veces un anuncio clasificado podía servir a Lagarde para desarrollar su “Desapolillando” habitual, como el siguiente, publicado en un periódico habanero allá por el año de 1848 que expresaba textualmente:
Monsieur Samuel Rothkope, natural de Lyon, Francia, operador de callos, tiene el honor de anunciar al público que se ha hecho cargo de la extracción de callos de los pies de todas clases, como también de cualquier especie de carnosidad, entre los dedos, las uñas introducidas en las carnes, y llagas por muy rebeldes que sean por medio de un elíxir de su invención. La operación se hace en dos minutos, sin ningún dolor, pudiendo calzarse enseguida y caminar tan fácilmente como si jamás hubiera tenido callos. Monsieur Rothkope vive en la calle de Obrapía no. 20 entre Aguiar y Cuba.
Debajo Lagarde adiciona algunos comentarios de su cosecha: "Se dice que este anuncio provocó una verdadera concentración ante la residencia del quiropedista galo. Hubo que desviar el tránsito de coches y carretones, porque la humanidad doliente, callosa y ajuanetada, que pedía a gritos el alivio del maravilloso elixir, impedía el paso".
Hasta el Capitán General mandó a uno de sus ayudantes en busca del líquido maravilloso para exterminar aquel juanete atormentador y enemigo que se burlaba de las cruces y el entorchado del espadón peninsular.
Personajes relevantes y tipos populares
Otro tema socorrido del Desapolillador era el referente a los personajes reconocidos o conocidos o que aparecieron de improviso para poner una nota pintoresca en nuestro centro urbano. Y, por supuesto, buscándole a estos sus aristas más humorísticas o jocosas. A continuación les nombro algunos de ellos y una selección de párrafos que sobre los mismos escribió.
Mazzantini el torero
Luís Mazzantini y Egui era en efecto torero. Se distinguió por dos cosas, por su figura y por su valor. Era alto, buen mozo, simpático. Tenía un valor frío, sin alardes quijotescos. Vaya, que le pisaba las pezuñas a la bestia de tanto pegarse a los cuernos.
En la época de la colonia, cuando teníamos plaza de toros en la calle Belascoaín, estuvo aquí Mazzantini. Su éxito fue rotundo y se hizo extremadamente popular.
Así era Mazzantini, a quien podía verse vistiendo el traje de luces por las tardes en el redondel, y de frac por la noche en la ópera. Amigo fraterno del inventor del submarino Isaac del Peral, y hombre como pocos. Por eso ahí queda para la posteridad el dicho:
--¡Mejor no lo hace ni Mazzantini el torero! ¡Y Oleeeee!
El enano Tomás Pulgar
Allá por el mes de enero de 1848, las más ricas y linajudas familias de esta villa de San Cristóbal de La Habana, se disputaban el honor de recibir en sus salones al personaje más importante del momento, el artista de moda, el enano Tomás Pulgar (traducción literal del Tom Thumb, Pulgarcito en inglés).
Se daba a sí mismo el título de General; era políglota, sabía bailar la polka, cantar en varios idiomas bellas romanzas sentimentales y su mayor éxito consistía en sus imitaciones de Napoleón, Federico el Grande y otros.
Pero hete aquí que, en medio de los éxitos del enano el propio Diario de la Marina anunciaba que en Cárdenas, “asegúrase como cosa positiva y por persona verídica”, había una enanita llamada Ritica, rubia, atractiva, con ademanes de gran señora, que vendría a La Habana para presentarse en los más exclusivos salones. Pero además, los empresarios de Ritica ya estaban pensando que sería una gran cosa si la casaban con el General.
Suponemos que Tomás Pulgar decidió recoger sus baúles e irse a una corte europea, no sólo porque había surgido una rival sino por la gran amenaza de que le iban a matrimoniar, cosa esta demasiado seria para un hombre, sea enano o no.
Eventos inusuales
Sabía buscar Guillermo Lagarde entre aquellos polvorientos diarios los sucesos que por raros o inverosímiles llamaron la atención de los habitantes de aquella época. Tal es el caso de los pajarillos de Spinetto, un señor que llegó a La Habana en 1850 y traía en sus maletas aves canoras de todas formas y tamaños los que además de cantar, podían hacer mil monerías. Veamos algunas notas de Lagarde al respecto.
Pero claro, al culto público habanero le parecía que eso de poner a cantar en escena a unos pajarillos en lugar de traer una buena compañía lírica, era una broma de mal gusto, o más que eso, una burla (…)
Y el gacetillero salía en defensa del maestro Spinetto, afirmando más o menos que para las compañías líricas que nos visitaban por aquella época, lo mismo daba una diva de 200 libras de peso y opulento pecho, que un canario amarillo con su pechuguita llena de trinos.
Y pluma en ristre afirmaba rotundo:
Contestando a estos amigos que nos interrogan y que tal piensan y que según estos indicios deben estar como los santos de Francia y andan más locos, rematados, les decimos, que los pajarillos del señor Spinetto no solamente cantan sino que también muestran sus habilidades en otras circunstancias que notaremos. Estas consisten en presentar diversos personajes históricos, hacer suertes variadísimas. Por ejemplo; varios pájaros representan la muerte del mariscal Ney, haciendo multitud de evoluciones y ejercicios al mando de sus dueños, otros pájaros vuelan entre arcos encendidos, otros bailan en la cuerda floja, arrastran carros y hacen en fin, mil suertes, que para un pájaro es cosa grande.
¡Por Belcebú! que eran mejores los pajarillos del señor Spinetto que la puesta en escena de La Traviata. ¡Rediez!
Increíble, pero cierto
Entresacando hilos asombrosos del tejido social, encontraba este autor sucesos inconcebibles, que luego ponía a disposición de sus lectores. Tal es el caso de la mula Cuca, la que tiraba de un carretón de repartir carbón y ayudaba a su amo Pancho, natural de Santa Marta de Mondoñedo cuando este bajaba del carro y se arrimaba a la bodega de su coterráneo Manolo para “meterle en la misma costura” al ron Peralta. Pero dejemos que sea Lagarde quien nos cuente la hazaña de la mula:
Era en ese momento cuando Cuca mostraba sus altas dotes intelectuales, su fidelidad a toda prueba. Cuando ya su amo andaba por el cuarto trago en plena morriña de la “miña terra”, la mula corría con el comercio de la negra mercancía.
Lo increíble es que ella sabía, sin equivocarse, las casas de los clientes, y en cada una de ellas se detenía. Aquello era una cosa tan normal que las amas de casa salían, tomaban el carbón y dejaban unas monedas en el carretón, bajo la mirada avizora y fiscalizadora de Cuca que no perdía un detalle de la transacción. Y así satisfacía las demandas de la clientela alrededor de dos manzanas. Terminada la venta regresaba al parqueo, frente a la bodega de Manolo hasta que su amo, dando tumbos, tiznado por fuera y borracho hasta la punta de la boina, subía al pescante en viaje de regreso.
Sí, quien vendía carbón en mi barrio no era Pancho, sino Cuca.