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La investigación sobre la interpretación. Lo hecho y lo por hacer: El mediador oral en entredicho (II)

Lourdes Arencibia Rodríguez, 12 de abril de 2012

Ya adelantado el decenio de los 70 —precisamente, en 1977—, por iniciativa de los psicólogos Daniel Gerver y H. Wallace Sinaiko, en Venecia tiene lugar un encuentro que pretendió conciliar las corrientes investigativas que lideraban los especialistas de las ciencias lingüísticas y comportamentales con los criterios de la gente «del gremio», es decir, con los intérpretes. Como se sabe, tal entendimiento no se logró, y no solo eso, sino que por diez largos años se abrió una brecha entre ambas comunidades, que parecieron ignorarse mutuamente, y poco a poco el espacio fue conquistado por los docentes y los titulares de la profesión. Y aquí entra a jugar su papel la corriente fundamentalmente encaminada a estudiar la capacidad del mediador de reaccionar profesionalmente ante la situación comunicativa y, por ende, a tratar de dar respuesta a dos preguntas claves: ¿Se trata de una profesión que se adquiere?, y, en caso afirmativo, ¿cómo?

Puede decirse que, por entonces, la investigación entra en una nueva etapa que caracterizará los años siguientes.

Al ser, con creces, su campo de aplicación más importante y reconocido, la investigación sobre la formación profesional del intérprete había dado lugar, paralelamente, no solo a los estudios más antiguos sobre el tema —en su mayoría, generados en un marco académico (Rozan, 1956; Paneth, 1958)—, sino a la bibliografía más copiosa y al asunto de mayor presencia y perdurabilidad en textos y reuniones. A partir de los 80, la necesidad de entender mejor lo que se iba a enseñar recomendaba ir más allá de la teorización intuitiva

Por esos años, Danica Selescovich defiende el primer doctorado francés sobre el tema de la interpretación y crea, en la Escuela Superior de Intérpretes y Traductores (ESIT) de París, el primer programa doctoral sobre la traducción y la interpretación en Francia, que sentó cátedra con su célebre teoría del sentido y dio a la estampa múltiples trabajos suyos y de sus seguidores, que conocieron una gran difusión. De suerte que sus propuestas y aportes teóricos, basados en descripciones intuitivas extraídas de las observaciones del comportamiento de los alumnos y fundamentadas en la experiencia personal de sus autores, van a marcar de manera decisiva el período ulterior en el ámbito académico.

Nuevas escuelas se suman en Europa y en otros continentes, y se van abriendo paso, no sin trabajo, en un terreno que aspira a pasar de la reflexión «especulativa» a la investigación empírica.

Asimismo, en la mayoría de los nuevos centros de enseñanza se abre paso el criterio de que la formación es un tema lo suficientemente noble como para propiciar una flexibilidad muy grande en cuanto al componente teórico, sin menoscabo de la profundidad del análisis, señalaría que saltan a la vista algunos rasgos comunes:

  • repetición de temas y enfoques a partir de los mismos elementos de base;
  • carácter reflexivo y normativo;
  • expresión de la voluntad común de los centros de enseñanza y de la comunidad docente de dotar a la formación de elementos sólidos que sustenten la validez de su trabajo;
  • realización, fundamentalmente, desde los criterios de la profesión;
  • tendencia a uniformar las condiciones de selección y admisión, los parámetros de calidad, los métodos de formación, los ejercicios de aptitud, los métodos de evaluación de resultados, la cuantificación y análisis de las pérdidas de información; y a analizar los efectos de los mecanismos de apropiación del texto original, la escasa creatividad de la prestación por efectos de la repetición, la anticipación, el perfeccionamiento lingüístico, las modalidades conocidas: simultánea, consecutiva, susurrada, enlace, etc.

Pero si me atengo a las exigencias que rigen la investigación científica en un sentido ortodoxo, esto es, con miras a validar un método para la formulación de hipótesis sustentadas en la observación reiterada de una serie de hechos susceptibles de ser evaluados y comprobados sistemáticamente, la mayoría de estos aportes, si bien se basan en la observación de determinados rasgos tomados, como se dice, «a ojo de buen cubero», no se han sometido a mecanismos de comprobación y evaluación que les permita convertirse en premisas válidas o propiciar el control de sus resultados. Amén de que, en el ámbito académico, una buena parte de los trabajos animados por estas cátedras son resultado de investigaciones llevadas a cabo por los propios estudiantes, quienes no suelen tener un conocimiento profundo de los métodos de investigación científica.

Se produce también una falta de continuidad en la investigación, toda vez que, en este medio, la motivación surge de la necesidad de generar trabajos de grado o tesis doctorales, o de oposiciones para aspirar a una posición superior en el escalafón académico. Por lo regular, una vez logrado el objetivo, la motivación cesa y la investigación no se continúa. Otras veces, la conciencia de que la investigación, por lo regular, no trae aparejada ninguna ventaja financiera para quien la emprende, apaga cualquier iniciativa.

Es oportuno, pues, señalar algunas de las desmotivaciones que el investigador debe superar para realizar exitosamente su tarea:

  • La observación sistemática de hechos consumo tiempo, esfuerzos, medios técnicos e insumos relativamente importantes;
  • precisa de replicaciones, modelos de simulación, verificaciones múltiples;
  • tropieza con las incógnitas que dimanan de la complejidad del fenómeno estudiado;
  • el sujeto de investigación no resulta accesible;
  • en tiempo real, se desenvuelve en un entorno que no es favorable a la investigación;
  • la prestación se desarrolla en un periodo corto;
  • la observación se refiere al contenido de trabajo de una sola persona;
  • el proceso no es fácil de observar;
  • presenta una variabilidad considerable de situaciones;
  • no suele disponer de financiamiento que le permita medir los resultados de sus investigaciones en la comunidad internacional mediante su presentación en eventos y coloquios especializados. De manera que muchos de esos aportes suelen quedar como compartimentos estancos en las facultades en que han sido generados, prácticamente sin ninguna divulgación.

De suerte que, con excepción de algunos centros universitarios, por lo general, la investigación en materia de interpretación no ha encontrado un terreno muy favorable ni en los medios académicos, ni entre los profesionales en ejercicio, y carece de marco institucional (hay aún pocos centros de estudio dedicados a la investigación en materia de interpretación).

A ello se suma que, en muchas universidades, sobre todo en Europa, los hoy institutos de Lenguas y de Traducción que mantienen una fuerte vocación hacia la traducción de los géneros literarios —prácticamente ausentes de la interpretación—, son resultado de una evolución de las facultades de Filología y no ven todavía con muy buenos ojos a esta criatura extraña que es la interpretación; únicamente han empezado a ceder algo de terreno por razones del mercado de trabajo que, como se sabe, está deprimido en casi todas partes.

Consecuentemente —para cerrar el capítulo de lo hecho—, si fuese a clasificar, con atención a sus enfoques textuales, la relativamente copiosa bibliografía que, pese a todo, se ha generado a la altura del fin de siglo XX, cabría agruparla de la manera siguiente (y aquí me sirvo de la clasificación de Gile):

  • textos introductorios
  • textos anecdóticos
  • textos históricos
  • textos normativos
  • textos de reflexión
  • textos experimentales, de modelación

Ahora bien, en las últimas décadas del período que acabo de describir, se ha operado lo que ya constituye una neta transformación en el mercado de la interpretación, con una dinámica distinta: la aparición de nuevas modalidades —y, con ella, otra conformación de la demanda, determinada por la proliferación de organismos internacionales con una cierta programación de conferencias anuales de todo tipo en busca de respuestas a la situación social y económica mundial— y la incorporación de nuevas lenguas de trabajo —cual es el caso de las lenguas asiáticas, por ejemplo—; los movimientos no previstos en el comercio internacional de las economías llamadas «emergentes», que pone frente a frente a negociadores hablantes de lenguas diversas; la interpretación en las cortes, o en países con conflictos fronterizos entre comunidades plurilingües, o en aquellos donde la corriente migratoria, debido a su nueva conformación geopolítica y económica, ha dado lugar a procesos judiciales de toda índole y magnitud —como en las fronteras de Estados Unidos, Canadá y Méjico, las que dividen el Este y el Oeste de Europa, la antigua Yugoslavia—; por no hablar de los nuevos perfiles de la profesión, vinculados a los soportes técnicos que se han introducido en la comunicación —por ejemplo: las videoconferencias—.

Un primer resultado de esta estampida, especie de «sálvese quien pueda», es la falta de homogeneidad en los programas de formación, que ahora han de hacerse «a la medida», con la consiguiente desaparición de los estándares de la profesión. La industria de la interpretación se mueve en un terreno muy deslizante en lo que unos y otros entienden por nivel adecuado de competencia profesional a alcanzar para acceder a ese mercado.

Un segundo resultado es que el boom de la demanda en algunos lugares ha traído aparejado que, de repente, personas que simplemente tenían conocimiento de dos lenguas, se consideren intérpretes profesionales. Estos casos se ven con frecuencia en los mediadores que intervienen en los conflictos fronterizos.

A consecuencia de esa neta visibilidad de la demanda aparecen, con perfiles más delineados, no solo los problemas derivados de la intervención de dos lenguas y dos polisistemas1 —que no son pocos—, sino los que emanan de las incidencias de las tres instancias que intervienen en el discurso: el enunciador, el mediador y el destinatario, lo que pone de inmediato sobre el tapete el carácter pactado de la prestación.

¿Qué quiere decir esto? Quiere decir que, si bien la enunciación del discurso original puede considerarse un acto espontáneo de habla, la interpretación es un acto pactado, es una suerte de negociación en la que el enunciador, por lo regular, sabe que va a ser re-enunciado y acepta someterse, al menos teóricamente, a una serie de restricciones formales en lo que podría considerarse, como lo denomina Diego Carrasco, profesor de la universidad de Alicante, un «contrato enunciativo» previo al acto de la enunciación y de la interpretación misma. Este pacto de interpretación encubre una serie de problemas que frecuentemente son identificados por los propios estudiantes y que requieren una explicación razonada.

Entre otras interrogantes, y sigo citando a mi colega alicantino, están las siguientes: ¿Cuál de las instancias es, en definitiva, la responsable del contenido formal de la enunciación del original? ¿Quién y cómo se determina lo que son los contenidos formales? ¿Qué se quita y qué se deja y con arreglo a qué criterios? ¿Son pactables esos criterios? ¿Tiene derecho el mediador a actuar como sujeto generador de su propia estrategia enunciativa? ¿Está dispuesto a asumir la responsabilidad enunciadora?

Estos y otros criterios, que tienen que ser establecidos antes de que se adquieran las técnicas y se automaticen los mecanismos, tampoco han sido lo suficientemente estudiados.

Entonces es un hecho que los resultados de la investigación aplicables en la formación no cubren ni dan respuesta a los requerimientos de la demanda actual. No hay suficiente versatilidad en los programas de formación a la disposición de los candidatos a intérpretes «de tercera generación». En otras palabras, la demanda nos ha agarrado a todos «movidos».

Ante esa emergencia, muchas agencias de contratación de intérpretes han organizado, de manera individual, sus propios programas de investigación, formación o reciclaje. Pero es evidente que los centros de estudios universitarios que disponen institucionalmente de todos los elementos y conocimientos para asumir profesionalmente esta enseñanza son los llamados a aceptar este reto y a prepararse para incorporar esos nuevos perfiles en los programas de formación.

La distancia entre «lo hecho» y «lo por hacer» en materia de investigación no debiera seguir agrandándose, de cara a los desafíos del milenio.

¿Qué cabría hacer para evitar que los esfuerzos se dispersen y que lo logrado no se convierta en un terreno baldío?

Es evidente que, en cada lugar concreto, el futuro de la investigación está muy asociado a la existencia de un mercado local de la interpretación que propicie la observación sobre el terreno de las diferentes situaciones comunicativas y la verificación de las hipótesis. Pero creo que se ganaría muchísimo, pues en nuestras universidades existe la voluntad para que funcionen grupos de profesores y especialistas capaces de fomentar esta tarea, de constituir bases factuales, mecanismos de comprobación de hipótesis, de propiciar los intercambios entre los diferentes grupos que investigan, facilitar la divulgación de los resultados, acoger en sus boletines y revistas artículos que traten estos temas, y abrirles un espacio mayor en sus reuniones y coloquios.

Y como en Cuba se siguen celebrando reuniones con las más disímiles temáticas, lo cual compulsa a una formación y recalificación permanente de nuestros especialistas de la mediación, cabría ganar el apoyo de otros institutos o fundaciones que disponen de fondos para la investigación, siempre que se les presenten proyectos pluridisciplinarios en los que puedan trabajar profesores, intérpretes, psicolingüistas, lingüistas, especialistas de las ciencias de la comunicación, aunando esfuerzos y saberes para lograr un resultado más coherente y provechoso, con una base científica sólida. En suma: separar la paja del trigo.

Nota:
1- Según entiende este concepto la escuela de Tel-Aviv, de Itamar Even-Zohar.