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Poesía de Felipe Pichardo Moya

Tropos, 13 de abril de 2012

La poesía de Felipe Pichardo Moya actuó vivamente en su tiempo, moviéndose hacia direcciones productivas. El posmodernismo, la vanguardia, el negrismo, la poesía social —algunas de las principales directrices estéticas de su momento— atravesaron su breve producción lírica. Autor de piezas que no deben faltar en un florilegio de principios del siglo xx en Cuba, ilustra con vehemencia la búsqueda que caracteriza a los legítimos talentos. Creador de obra escasa y desigual, siempre exhibe un gran desembarazo estilístico e ingeniosidad en sus perspectivas temáticas. Cribada y bien apuntada críticamente, su obra poética merece ser más conocida por los lectores actuales. Aquí presentamos tres piezas básicas suyas, que ofrecen aristas muy interesantes de su creación. El último de los textos constituye uno de los más significativos de su época.

Roberto Manzano

Felipe Pichardo Moya (Camagüey, 1892-La Habana, 1957). Autor de las obras de teatro Alas que nacen. Farsa que quiere ser trágica (Cuba Contemporánea, La Habana, 32: 50-65, 1923), "Agüeibaná. Tragedia del tiempo de los indios taínos de Cuba" (Revista de Arqueología, La Habana, 3 (5): 26-66, 1941) y "La oración. Farsa de los viejos tiempos" (Revista Cubana, La Habana, 15: 108-136, 1941). Autor de la edición y el estudio crítico de Espejo de paciencia (1942), de Silvestre de Balboa, y del ensayo La cubanidad en nuestra poesía anterior a Heredia (1949). Considerado uno de los precursores de la poesía negrista en Cuba. Algunos libros de poesía suyos son: La ciudad de los espejos y otros poemas (Imprenta Gutenberg, Camagüey, 1925) y Canto de isla (Úcar, García, La Habana, 1942).


LA AMIGA MUERTA

Aquí, bajo esta losa, está su cuerpo. Breve
fue su vida, a manera de una vida de rosa.
Murió tranquilamente de una noche lluviosa:
veintiocho de agosto del novecientos nueve.

Me acuerdo de ella cuando constantemente llueve,
y de su noche última, tan larga y angustiosa:
Una fiebre que sube... Un sudor... Una cosa...
El cura...! Y una vida que se deshoja leve!

Así murió a mediados de una larga semana
y la enterramos un viernes por la mañana.
Aún llovía. Era un húmedo tiempo de luna nueva.

Dijimos todos: ¡Nunca, nunca la olvidaremos!
¡Tan buena como era...! Y para que hoy pensemos
en su vida y su muerte, es preciso que llueva.

LA GARZA

He matado una garza!
Lo confieso, Señor.
En el cristal del aire, toda blanca
y como transparente bajo el sol,
yo la vi que cruzaba
y la maté, Señor.

En el silencio de la tarde, alta,
muy alta, ella pasó.
Como una fina flecha se aguzaba
sabe Dios hacia dónde... ¡Sabe Dios!
Y sin saber por qué me eché a la cara
la escopeta sacrílega, Señor.
Y la carga de plomo fue a la garza,
y la garza cayó.

Cayó como el pañuelo de una amada
que nos dijese adiós...
Y luego, al acercarme adonde estaba
en la tierra cubierta de verdor,
rotas, con sangre, le encontré las alas
y una herida feroz
sobre las plumas blancas.
Era como una mueca de dolor...
Y fui yo quien mató a la garza!

¿Sabría ella que había sido yo?
Oh, dime, dime que no vio mi arma.
Oh, dímelo, Señor,
que yo le lavaré las plumas blancas,
le cerraré la herida del pulmón,
y en el silencio de las tardes claras
yo le pondré, Señor,
mis pensamientos a sus muertas alas
para que vaya adonde no llegó...
Mas dime, dime que no vio mi arma,
oh, dímelo, Señor:
yo te prometo que le daré a la garza
mi propio corazón!

EL POEMA DE LOS CAÑAVERALES


I

¡Oh rubia cabellera de los cañaverales
que llenáis de esperanzas la desnuda extensión;
desde mi ciudad, loca por las fiebres actuales,
os traigo mi canción!

II

Si fueron los insurrectos
invasores de maniguas
en las edades antiguas,
buscando tiempos más rectos,
ahora, en otros aspectos,
y tras penosas campañas,
sois invasores de extrañas
tierras vírgenes de amor:
¡Y vibra el himno invasor
en el vaivén de las cañas!

III

Cañaverales: vuestras mareas de esperanzas
inundan las maniguas y la loma y el llano,
y poco a poco alzáis al cielo vuestras lanzas
desde el pueblo naciente hasta el confín lejano.

Mientras corren los trenes ciegamente veloces
llena todo el paisaje vuestro mar de esmeralda:
¡Cañas viejas, crecidas; cañas nuevas, precoces;
cañas hacia los lados y al frente y a la espalda!

IV

Como tropel de lanzas
ante la visión absorta,
toda extensión es corta
para vuestras andanzas,
y tras penosas crianzas
inunda vuestro coro
la sabana, y sonoro
viento os mece y complace,
y amable el Sol os hace
un océano de oro.

V

La India os vio nacer. Sus arrozales
fueron vuestros hermanos. Mucho antes
de venir a estas tierras tropicales
tras vosotros pasaron los rumiantes
y velaron, quizás, los tigres reales
e iban los rebaños de elefantes
paciendo sobre los cañaverales
en las penosas siestas asfixiantes.

Mas, dejando la patria, vuestras lanzas
conquistaron las islas que los mares
circundan con sus grandes esperanzas:

Por Chipre, por Sicilia y por Madera
vinisteis a buscar nuestros palmares
para adorno de vuestra cabellera...

VI

¡Sangre de África! ¡Sangre acaso
de venas reales! ¡Terror
del kral, donde la tribu,
abandonada de su Dios,
fue capturada en una razzia
del portugués o el español...!
¡Cadena viva que a la costa
se arrastra desde el interior,
atravesando los boscajes
y los desiertos bajo el Sol;
caravana de los esclavos,
negro rosario del dolor,
riqueza viva del negrero
camino de la exportación!
¡Ganado humano amontonado
en las bodegas y el pañol
y travesía inacabable,
vivos y muertos en montón...!
¡Sangre acaso de venas nobles,
voces que mandaron! ¡Terror
junto a los cortes de cañas
desde que el alba floreció!
Carne nostálgica de algo
que allá en la patria quedó:
rezos misteriosos y rezos
contra la cólera de Dios.
Vida acabada a latigazos
bajo la crueldad del Sol:
¡Mancha de sangre, patrimonio
de una y otra generación!
¡Sangre acaso de negros reyes!
¡Cabezas veneradas! Terror
en los trapiches de madera,
bajo el látigo feroz...
Quejas en lenguas primitivas,
ruegos quizás que nadie oyó...
¡Agonía de la molienda,
hecha de sangre y sudor!
¡Todo eso lo sabéis vosotros,
cañaverales! Bajo el Sol
oísteis cantar a los esclavos
extraños cantos de dolor,
cuentos de la tierra lejana,
donde la madre se quedó,
en una lengua misteriosa
que el blanco nunca conoció.
Todo eso sabéis vosotras,
¡oh cañas dulces! Y así por
eso tenéis manchas de sangre
algunas veces, y así son
vuestros murmullos a la brisa,
¡rezos que ruegan perdón!

VII

Desde remotos tiempos sobre nuestra sabana
veláis tal como una severa infantería.
El Sol os ve al nacer, y en la heredad lejana
ve también vuestras lanzas cuando se muere el día.

Visteis el alba rosa de la epopeya antigua
de aquellos cabecillas de cotoral donaire...
Os invadió en diez años de guerra la manigua
y temblasteis de gozo por el grito de Baire.

Y mil veces, de adentro de vuestro campo erecto,
al desfilar sonoro de la tropa española,
surgiera el inquietante tiroteo insurrecto
y entre ambos campos luego pusierais ígnea ola.

¡Por la Patria irredenta ofrendasteis la vida!
¡Vuestras llamas ardientes una noche quizás
salpicaron de sangre la silueta fornida
del invasor, y el fuego la agigantaba más!

¡Vuestras grises cenizas anunciaron de lejos
la triunfante llegada de la heroica invasión;
de tus vivos incendios, temiendo los reflejos,
en las viejas ciudades se acorraló el león!

Yo os amo. Os respeto. Vuestras líricas lanzas
se elevan hacia el cielo velando por nosotros...
¡Sois como un mar profundo, océano de esperanzas,
y por la Patria nuestra padecisteis vosotros!

VIII

¡Mar de esmeraldas, verde mar
creciendo siempre más y más;
siembras veladas con afán
y con celo paternal!
¡Os extendisteis en la paz
por la sabana y más allá,
en donde estuvo el manigual,
en donde se llegó a afirmar
que no habría siembra jamás!
¡Así crecisteis en la paz,
mar de esmeraldas, verde mar!

IX

Máquinas. Trapiches que vienen del Norte.
Los nombres antiguos sepulta el olvido.
Rubios ingenieros de atlético porte
y raras palabras dañando el oído...
El fiero machete que brilló en la guerra
en falsas políticas su acero corroe
y en tanto, acechando la inexperta tierra,
afila sus garras de acero Monroe!

X

¡Cañaverales, vuestra marea de esperanza
inunde de esperanzas todas las noches nuestras:
campos llenos de cañas y campos de labranza,
alejen los peligros de anexiones siniestras!

XI

Si la inexperiencia incuba
gérmenes anexionistas,
precursores de conquistas,
velad vosotros por Cuba!
Ambiciosos pesimistas,
mercaderes de esperanzas,
profetas de malandanzas
nos velan...! ¡Cañaverales,
a la invasión de los males
oponedle vuestras lanzas!

XII

¡Oh rubia cabellera de los cañaverales
que tembláis a la brisa como al influjo de una amorosa declaración!
¡Desde mi ciudad, loca por las fiebres actuales,
os traigo esta canción!

¡Desde el pueblo dormido hasta el batey lejano
donde tiemblan las máquinas como nerviosas de indignación,
sois la muestra viviente del prodigio cubano,
que tras de cada guerra
pone sobre la tierra
la nueva floración!
¡Que sea cual vosotras la Patria! ¡Que florezca
su rosal de esperanzas en cada nueva aurora
y que ante sus tropiezos su juventud se crezca
y hacia nuevos empeños encamine la prora!
En los tiempos actuales y en nuestros campos rudos
derramáis el encanto de las vidas antiguas,
y acaso si extrañáis los Términos barbudos
que os marcaron el límite de heredades contiguas...

¡Sobre los cortes vuestros pacientes bueyes pacen,
y siempre bien dispuestos para todo ideal
puras llamas de fuego vuestros campos se hacen
tan sólo con el beso del buen sol tropical!

Yo os amo. ¡Y porque alzáis al cielo vuestras lanzas,
porque sois verdes, porque habláis en español,
os dedico este canto de vida y esperanzas,
a pesar de Monroe, bajo mi claro sol!

¡Ya que vuestra riqueza nos atrae miradas
ambiciosas, que vele tal riqueza por nos!
¡Cañaverales! ¡Lanzas sobre Cuba clavadas:
Velad, y en vuestra brisa rogad por ella a Dios!