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El magisterio de Camila Henríquez Ureña

Jesús Dueñas Becerra, 29 de abril de 2012

El maestro ha de llevar a sus discípulos ternura,
 que hace tanta falta y tanto bien a los hombres
                                                 José Martí


No tuve el inmenso privilegio de conocer personalmente a la doctora Camila Henríquez Ureña (1894-1973)1,  dominicana de nacimiento y cubana por decisión, ya que su lamentable deceso —pérdida irreparable para la educación superior y la cultura caribeñas— tuvo lugar casi un año antes de que el autor de esta crónica tomara por asalto la Ciudad de las Columnas.

No obstante, en mis inolvidables pláticas con la poetisa, escritora y periodista Mercedes Santos Moray2 me relató varias anécdotas protagonizadas por la también profesora titular de la Escuela de Artes y Letras de la Universidad de La Habana.

De ellas, hubo una, que yo imitaría más de dos décadas después, en pleno «período especial», cuando ejercía la docencia superior en la Facultad de Ciencias Médicas 10 de Octubre. Dicha anécdota, que quedó registrada —con letras indelebles— no solo en mi archivo mnémico, sino también en el centro mismo de mi yo pedagógico (al que nunca he renunciado ni renunciaré), la narró —no sin disimulado enojo— la doctora Mirta Aguirre (1912-1980):

En cierta ocasión, en que la población capitalina se disponía a recibir a un jefe de estado o gobierno de un país socialista este-europeo que oficialmente visitaría el país, Camila tenía que cubrir su habitual turno de clases, en horas de la tarde de ese día.

En ese preciso momento, no había transporte público ni auto de alquiler que —desde su hogar en el municipio de Playa— pudiera trasladarla hasta la escuela (hoy facultad) universitaria, radicada —todavía hoy— en el Edificio Juan M. Dihigo, donde debía impartir la asignatura (Literatura), que ella explicaba en ese contexto académico.

Ante esa compleja situación, la doctora Henríquez Ureña —sin pensarlo dos veces— echó a andar desde Playa hasta el Vedado para que sus discípulos/as no perdieran el turno de clases ni el programa de la asignatura se rezagara por su «culpa» (¿?).

En el trayecto hasta la Escuela de Letras, la interceptó la doctora Mirta Aguirre, su entrañable colega y amiga, quien le llamó enérgica, pero cariñosamente la atención, por lo que había hecho… sin detenerse a meditar en las consecuencias de esa descabellada acción, que —según la ilustre poetisa y ensayista— no tenía justificación alguna.

Entre otras cosas, le recordó que— al parecer— no tenía conciencia de que ella era una persona de edad avanzada y con afecciones crónicas que padecía desde hacía algún tiempo. Por consiguiente, no debió haber cometido —por la razón que fuere— ese mayúsculo disparate, que influiría, más temprano que tarde, en el equilibrio bio-psico-socio-cultural y espiritual en que se estructura la salud humana.

El «regaño» de Mirta, a quien no le faltaba un ápice de razón, suscitó una dulce respuesta en la interpelada: «Mirta, discúlpame por no pensar en mí ni en mi estado de salud, pero yo no podía permitir que mis alumnos/as perdieran clases ni que se atrasara el programa de mi asignatura».

Por otra parte, la doctora Mirian Rodríguez Betancourt3, califica a Camila como un imán de afecto, cariño. Era familiar, sociable, accesible; o para decirlo con otras palabras: conquistaba el corazón de sus discípulos/as, quienes —al decir del padre Félix Varela4 (1788-1853) —  hablan por boca de su venerada maestra.

No creo, honestamente, que haya una anécdota que caracterice mejor la carismática personalidad y sensibilidad humana de quien fuera profesora de Lengua y Literatura Españolas en la Escuela Normal para Maestros de la heroica ciudad de Santiago de Cuba y en el estadounidense Center College de Kentucky.

Camila se doctoró en Pedagogía y en Filosofía y Letras en nuestra querida Alma Mater, y cursó varios posgrados en las universidades de Minnesota y Columbia, en la patria de George Washington (1732-1799) y Abraham Lincoln (1809-1865), así como en la Universidad de París. 

Dictó cursos de verano en Cuba y en el exterior, y se destacó como conferencista en centros de educación superior e instituciones culturales  de la nación norteña, México y otros países de Nuestra América.

De su fecunda obra intelectual habría que señalar que, en 1936, juntamente con el laureado poeta y escritor hispano Juan Ramón Jiménez (1881-1958), Premio Nobel de Literatura, y el doctor José María Chacón y Calvo (1892-1969), ex presidente de la Academia Cubana de la Lengua, compiló la antología La poesía en Cuba en 19365; texto que agrupa los textos poéticos de los grandes bardos, quienes —a través de su lírica intimista— ocuparon un lugar privilegiado en el seno de ese género literario, en la segunda mitad de la tercera década del siglo XX insular.

En México, D.F., laboró durante un año (1946-1947) como editora-consejera del Fondo de Cultura Económica, mientras que, en nuestro país, fue asesora técnica durante dos cursos escolares consecutivos (1960-1962) del Ministerio de Educación, cuyo primer titular —luego de la alborada revolucionaria de enero de 1959— fuera el doctor Armando Hart Dávalos (1930).

Fue miembro de la Comisión Nacional Cubana de la UNESCO y vicepresidenta del Pen Club6, fundado en 1945 por el doctor Jorge Mañach (1898-1961). 

La doctora Henríquez Ureña ejerció el periodismo literario en los siguientes medios de prensa: Revista de Instrucción Pública, Ultra, Revista Bimestre Cubana, Grafos, Isla, Revista Lyceum, Revista de la Biblioteca Nacional José Martí, Universidad de La Habana, La Gaceta de Cuba y Casa de las Américas.

Dio a la estampa los textos: Ideas pedagógicas de Eugenio María de Hostos (1932), Invitación a la lectura  (1954), Cervantes (1963), Texto de apreciación literaria (1964; dos tomos), Cantares de gesta (1971), Dante Alighieri (1971) y William Shakespeare (1972), entre otros que harían interminable esta relación.

Como excepcional prologuista, no debemos olvidar —en modo alguno— su documentado ensayo «Introducción. Goethe dramaturgo», escrito especialmente para el libro Fausto (1973), publicado por el Instituto Cubano del Libro.

No nos asiste la más mínima duda de que la profesora Henríquez Ureña  era una intelectual de gigantesca estatura, así como una maestra única e irrepetible, que satisfacía —con creces— los más disímiles intereses cognoscitivos de los jóvenes y no tan jóvenes estudiantes. Y por otra parte, los nutría con su enjundiosa sustancia espiritual, ya que comprendió —con meridiana claridad— que la labor pedagógica y psicológica del maestro no se limita a impartir conocimientos científico-técnicos y artístico-literarios, para ensanchar el horizonte cultural del/a discípulo/a, sino también percibirlo/a como a un encantador retoño, al que, mediante el ejemplo vivo, debe enseñársele a descubrir los sólidos valores éticos, intelectuales, humanos, patrióticos y espirituales sobre los cuales se sustenta —históricamente— la nación que la acogiera como a una hija.  
         
Notas
1. Camila Henríquez Ureña. Instituto de Literatura y Lingüística de la Academia de Ciencias de Cuba. Diccionario de la literatura cubana. La Habana: Editorial Letras Cubanas, 1980: pp. 427-429.
2. Dueñas Becerra, Jesús. Mercedes Santos Moray en mi memoria. www.uneac.org.cu (Columna de Autor).
3. -----. Doctora Miriam Rodríguez Betancourt: maestra de generaciones de periodistas cubanos. www.uneac.org.cu (Columna de Autor).
4. Cartaya Cotta, Perla. El hombre y su vocación. Mañach II. Palabra Nueva. 2011; XX (210): p. 62.
5. Varela, Félix. Obras. Comp. por Eduardo Torres-Cuevas, Jorge Ibarra Cuesta y Mercedes García Rodríguez. La Habana: Editorial Cultura Popular, 1997 (tres tomos).
6. Instituto de Literatura… Ob. Cit.: p. 427.