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Poemas de Thomas Bernhard

Olga Sánchez Guevara (Selección, traducción y presentación), 26 de abril de 2012

Célebre como novelista y autor dramático, el austriaco Thomas Bernhard (1931-1989) comenzó escribiendo poesía: su primer libro fue, precisamente, el poemario Auf der Erde und in der Hölle (En la tierra y en el infierno), publicado en 1957, al que siguieron otros dos: In hora mortis (1958) y Unter dem Eisen des Mondes (Bajo el hierro de la luna, 1958). De esta faceta suya, menos conocida, ofrecemos una pequeña muestra en la que aparecen algunos de los temas y preocupaciones constantes en su narrativa, como la desesperanza y la muerte; pero también, por momentos, un aliento de serenidad o identificación con la naturaleza.

Los poemas que aquí presentamos proceden del libro Gedichte (Poemas), Suhrkamp Verlag, Frankfurt am Main, 1999.

 

Ningún árbol y ningún cielo
te consolarán,
tampoco la rueda del molino
tras el crujir de maderas de abeto,
ni un ave agonizante,
ni el búho ni la enloquecida perdiz,

vasto es volver atrás,

no te protegerá ningún arbusto
contra frías estrellas
y sangrientas ramas,
ningún árbol y ningún cielo
te consolarán,
en las copas de inviernos que estallaron
crece tu muerte
con rígidos dedos
lejos de la hierba y la espesura
en las sentencias de la nieve recién caída.

***

Se precipitan en los montes las estrellas la lluvia atronadora
cuando rozas los labios de mi pobreza
y bajo el campanario
en el lecho invernal de bodas
predices el tañido del reloj que se quiebra.

Las bocas se solazan en el caudal del trigo,
sin ruido fulguran los arroyos
en las voces de la noche lunar
hacia la que se alzan, desde abandonados charcos,
mares sumergidos.

Esparce a las gaviotas la sal de tus ojos
pero
abre lo que en veranos nunca respirados
sofocaste
y ven a caer en la boca de mis heridas.

***

Tras el negro bosque
hago arder este fuego de mi alma
en que flamean el aliento de ciudades
y el mirlo del miedo.
Golpeo con las manos desnudas estas llamas
que levantan el aire hasta el cerebro
y en mi nombre tiemblan.
Como nube se alza mi corazón
sobre los techos
cerca de los ríos
hasta que, tardía lluvia, regreso
hondamente al otoño.

***

Preguntan siempre por mí.
Ya nadie sabe dónde estoy…
y hoy les digo:

Grande es para mí el canto de los bosques,
más grande aún el coro de las ciudades,
el negro coro de estas ciudades.

Y estoy en estos bosques,
en medio del río de los años,
cientos de miles han tomado consigo
mi débil alma.

Y estoy en estas ciudades,
en el dolor de los viaductos,
en el silencio de los canales,
y estoy en mis hijos,
con las cenizas de los muertos sueño
y con la noche bebida de un trago.

***

Poderoso tabernáculo del viento

Poderoso tabernáculo del viento,
escritura no para morir y no para ser leída,
escritura sobre hierba y sobre lechos mortuorios,
escritura sobre mí y escritura sobre ti,
escritura de mi frialdad inescrutable,
poderoso tabernáculo del viento.

***

Salzburgo

Ah claras torres en el alba diáfana,
tú viento tibio, tú árbol centenario.
La cúpula va en busca del espacio;
serena, sin fatiga, sombras lanza

sobre las calles y los capiteles.
Abunda el vino nuevo en quietas plazas;
la luz del sol mil veces se arrebata
en leve resonar de clara fuente.

Mana la luz sobre las azoteas,
destella fuego, en piedra se transforma.
Bebe el cáliz del sol la ciudad entera,

se regocija allá, en las verdes frondas
y, solitaria, va ascendiendo al cielo,
música en el fragor de las palomas.

Olga Sánchez Guevara (selección, traducción y presentación), 2014-08-22
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