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Una irreverencia inteligente

Alberto Marrero, 07 de mayo de 2012

Supongo que a estas alturas de la vida en medio de tanta modernidad y tanta literatura mordaz, hierática, pagana, picaresca, desprejuiciada, satírica, o como quieren llamarla, siglos después de Marcial, Catulo, Boccaccio, Chaucer, el Arcipreste de Hita, Moliere, el marqués Sade, Fernández de Lizardi y muchos otros que no me vienen a la mente ahora, nadie se tire de los pelos ante un texto como el que hoy les presento en nuestro espacio Fabulaciones, cuyo autor es el reconocido poeta, narrador, ensayista y traductor Omar Pérez (La Habana, 1964).

   Sagaz, temerario, con humor abrasivo, Omar es un narrador que fabula con maestría, devalando zonas oscuras (a veces no tanto como pensamos) de la existencia; cuestionando no desde la insulsa moralina, sino desde el estremecimiento que nos atañe a todos, que nos hace protagonistas de errores, conflictos, paradojas, hipocresías infinitas. Entre lo filosófico y el discurso más terrenal, decontruye y pone en tela de juicio ciertos valores asumidos como eternos, inmutables. 

   Nada o muy poco escapa al ojo crítico de Omar; eso lo hace un escritor seguido y admirado por muchos lectores. He leído con deleite su poesía (Premio Nicolás Guillén con el poemario Crítica de la razón puta, 2009), algunos de sus breves relatos y también sus impecables traducciones que lo convierten, sin lugar a dudas, en uno de los mejores traductores de nuestro país. Detrás de cada palabra presiento que Omar propone un torrente de ideas que cautivan, y sobre todo,  invitan a la reflexión; al acto de la más meridiana autorreflexión, no solo en torno a la literatura sino a la vida misma, con su carga de iniquidades y sorpresas.

   Ese gas desagradable que expulsamos por el ano luego de la digestión, se convierte en el centro de una fábula, ora burlesca, ora muy seria, sobre los avatares, hábitos, trasgresiones y simulaciones del hombre. Apuesto a que muchos reirán con la historia del peo —o pedo, como aparece en el diccionario— y al mismo tiempo meditarán, gracias a la inteligente irreverencia de este escritor que no teme a expresarse con libertad, o mejor, con la sinceridad que debe ser siempre atributo de la mejor literatura.

                                                                                                                                                 Alberto Marrero


HISTORIA DEL PEO

Omar Pérez


La ciencia explica que el peo es una ventosidad que se expele desde el vientre por el ano y cumple así importante misión, el eliminar los desechos gaseosos que produce el organismo gracias a la digestión. Pocos saben, sin embargo, que no siempre el Peo tuvo las mismas características. Al principio del mundo, el Peo era inodoro e insonoro. Como nunca ha tenido color, era prácticamente irreconocible.

   A pesar de la importante función fisiológica que ya cumplía, no gozaba de ningún reconocimiento social. Se sentía triste e incomprendido, ignorado. Al igual que otras muchas criaturas, sobre todo en aquellos tiempos, fue a encontrarse con su creador de modo directo, como solo un peo sabe hacerlo.  

   Este lo hizo esperar un buen rato antes de atenderlo en el umbral divino. Pero entonces el Peo era aún paciente.

   —¿Qué puedo hacer por ti, amigo Peo?

   También Dios era entonces más gentil y solícito. No estaba enfadado todavía con sus creaciones.

   —Sufro de ser ignorado por todos. Como no tengo color, ni sonido ni olor, nadie me reconoce. Verdad que existo, cumplo una función. Te doy gracias por ello, pero es igual que si no existiera.

   —Ve a ver a la Trompetilla, y te enseñará algo del arte del sonido y así serás reconocido por todos.

   En aquellos tiempos, la señora Trompetilla no vivía lejos del señor Dios. El Peo no tuvo que caminar mucho, que lo que es hoy en día tendría que peregrinar muchos años para ir de uno a otro. Tanto se han distanciado.

     Sin muchos preámbulos se pusieron de acuerdo. La Trompetilla impartió al Peo un sustancioso taller de sonidos y al final de este, dominaba el Peo todo un repertorio. Al despedirse, la Trompetilla le dijo:

   —Has sido un buen discípulo, por eso, si no estás apurado, quiero invitarte a cenar con mis dos amigos Trueno y Chiflido.

   Bien se ve que en aquella época todavía el Peo sabía esperar. Muy tarde en la noche llegaron los amigos. Durante la cena, el Peo mostró sus recién adquiridas habilidades. El Trueno le enseñó otras, el Chiflido no quiso ser menos.

   De las consecuencias de su educación pudo disfrutar el Peo a la mañana siguiente. Al saludar a la Avestruz, esta salió corriendo a 60 km por hora y escondió su cabeza en la arena. La Lechuza, aterrada, se metió en el agujero de una ceiba, y no volvió a salir hasta por la noche. El más espantado fue el Macao, buscó un caracol y hasta hoy, se dice que hay que darle candela para que salga de ahí.

   Entre los seres humanos, los resultados fueron bien distintos. Pasado el primer susto, sintieron las humanas criaturas un enorme regocijo por aquella fiesta de ruidos. Pronto empezaron a imitarlos y a burlarse unos de otros. El Peo se sintió otra vez incomprendido.

   Dios, displicente, lo hizo pasar.

   —¿Qué quieres? He oído de tus hazañas, deberías estar satisfecho. El Peo pasó a contar su desdicha. 

   —Ve a ver al Jazmín— dijo Dios.

   El Peo salió de nuevo disparado y alegre, el Jazmín habría de prestarle algo de su olor. El Jazmín, que también entonces vivía cerca de Dios; sólo unas cuadras y la historia mundial habría sido distinta. Camino de la morada de la flor, el Peo se detuvo maravillado ante una forma ovalada de un color blanco brillante. Era el Huevo Duro que celebraba su cumpleaños en compañía de otros destacados amigos como el Frijol, la Col, el Guacamol y hasta el Anís que, al decir de los campesinos originarios del Edén, contribuye a liberar los gases.

   Embriagado, el Peo se tiró a dormir en una cuneta. Junto a él, dormía también una serpiente.

   Cuando despertó de la siesta, era tal su olor que el Jazmín no dejó lo siquiera atravesar el jardín. Se encerró y no volvió a abrir las puertas hasta la noche. Despechado, el Peo se infiltró entre la gente acompañado de su nueva amiga, la Vergüenza.

   Aun cuando algunas criaturas humanas, sobre todo en la infancia y adolescencia, rían ante la presencia del Peo, no es menos cierto que su nivel de aceptación social se ha visto modificado de manera radical.

   El Peo ha ido por última vez a conversar con Dios. Este no lo quiso recibir. Colmada su paciencia, el Peo ha decidido no saber esperar.

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