La poesía de Alberto Serret Yéndez
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La poesía de Alberto Serret Yéndez es una de las más significativas de las surgidas en los años setenta. Hemos visto que ciertos desbalances se cultivan con sistematicidad entre nosotros —aunque nos imaginamos que debe ser así en todas partes. Para algunos espíritus, por su modo de enjuiciar o de callar, parece que no puede haber surgido ninguna poesía significativa en los años setenta, pues fue la época de apoteosis de una malhadada política cultural. Pero allí, entre esos desmanes, surgieron jóvenes poetas que con el tiempo se confirmaron como voces notables de la poesía escrita por nosotros en los últimos cincuenta años. La poesía no puede ser interrumpida por determinados programas institucionales, ni por la falta de crítica, ni por la ausencia de una justa jerarquización, ni por las malas lecturas y los olvidos conscientes. Ella se termina abriendo paso con sus incanjeables valores de la sustancia humana, más allá de las batallas estéticas y las demencias de cualquier política. Y entre las poesías sobrevivientes de aquel instante siempre contaremos con la poesía de Alberto Serret Yéndez. Juzgue el lector la calidad estética y humana intrínseca en los textos que presentamos a su desprejuiciada consideración.
ROBERTO MANZANO
ALBERTO SERRET YÉNDEZ (Santiago de Cuba, 1947-Quito, Ecuador, 2001). Poeta, narrador, guionista, escritor para niños y jóvenes. Fue merecedor, entre otros lauros, de la primera mención y el premio La Edad de Oro (poesía para niños, 1975 y 1979, respectivamente) y el de la Crítica (1988), así como las primeras menciones en los Concursos 26 de Julio (1976) y UNEAC (1977). En su bibliografía activa se destacan los volúmenes Figuras soñadas y cantadas (poesía, 1978), Jaula abierta (poesía para niños, 1980), Espacio abierto (cuento, 1983), Un día de otro planeta (cuento, 1986), Escrito para Osmani (cuento para niños, 1987), Cordeles de humo (poesía, 1987), Consultorio terrícola (cuento, 1986), En plena desnudez (poesía, 1988), Los asesinos las prefieren rubias (cuento, 1999) y Cuento para un ojo perdido (1993).
ÍCARO
Mi infancia huele a pan recién horneado,
a sahumerio de alumbre y a picuala.
Ícaro fui; cargué sobre las alas
un gallo muerto, un beso asesinado.
Con esa espuela hundida en el costado
me remonté, tan alto como pude,
y aún no hallo el milagro que me escude
del espacio común… Jugué a los dados
con el ángel más fiel de mis pilares,
el último en dormirse (sus impares
ojos fijos en mí), como azorado
de que no fuese yo tan mansa oveja.
Jugué y perdí: la deuda era muy vieja.
Por eso llevo un corazón prestado.
INMORTALIDAD DEL POSEÍDO
Soy amargo y ando rodeado de muertos.
Para llegar a mí hay que golpearlos,
echarlos a un lado con el pie,
machacarles los cráneos heréticos que todavía
gimen, blasfeman, sacan sus lenguas bífidas y rezan
con graznidos atroces y estrofas indecentes
y levantan un muro de cristales heridos
alrededor del hombre dolorido que soy.
Para llegar a mí hay que abatir el cerco
a puro escupitajo y golpes de machete.
Y aún así queda lo otro: ese sabor
de acíbar y zumo de limones,
ajíguaguao y sábila y hollejo de toronja.
Soy cualquier cosa, excepto
un fruto puro, intacto, o una luz asequible,
aún quitando mis cáscaras,
con las manos atadas y los ojos vendados…
Y lo mejor del caso es que nunca me acabo de morir.
(La Habana, 1987)
MARTIANA PRIMERA
Llegar… acaso se llega
por un atajo a la luna;
quizá se llegue a ninguna
parte a donde nadie llega
y el alma se quede ciega
de tanto llegar sin tino,
rodando, roja de vino,
de golpe en golpe de ceja,
cuando la noche nos deja
para mañana el camino.
Llegar… acaso se llegue
por naufragio adondequiera
y el náufrago quede afuera
porque la playa lo niegue.
Llegar… acaso se llegue;
pero a los pinos del monte
nadie llega (ni el sinsonte)
por un sendero cualquiera
ni llega todo el que quiera
como a cualquier horizonte.
Al cayo de pinos verdes
se llega de un solo llego;
ahí te apeas, y luego
qué importa si en él te pierdes:
llevas adentro sus verdes,
eres de su misma savia.
¡Y que se muerda de rabia,
de puro celos, la oreja,
tu vieja sombra, tu vieja
sombra silenciosa o sabia!
Llegar… acaso se llega
con la nube o por el viento,
como en el nudo de un cuento
donde la suerte te juega;
pero en la lluvia que riega
los pinos nuevos del monte
nadie llega (ni el sinsonte)
si no es a pulso y derecho
por los caminos del pecho,
anchos como el horizonte.
COSAS QUE SE MUEVEN EN EL FONDO DE UN VASO
A Eliseo Diego
1
Enero cae a fondo. Su fermento se esparce
entre gárgolas, tejas y antiguos capiteles.
Santiago Apóstol sueña lujuriantes corceles
que remontan las horas con sus mil ojos de arce
por un bosque de abejas sedientas. El escarce-
o dulce de las nubes mordiéndose allá arriba
me da no sé qué blanda, perversa iniciativa,
qué lánguido descenso de cruces a una tumba.
Enero cae a fondo. Y en el silencio zumba
la muerte de los peces sobre la tierra viva.
2
En la más densa oscuridad habitan peces.
Son como filamentos de una existencia luminosa
más allá o más acá del mundo perceptible.
Peces navegando a ras de noche
por sobre las cúpulas y los basureros,
por sobre los ríos contaminados y las arboledas.
Peces que están ahí desde hace siglos
y se hunden en los ojos como batiscafos animales
y van de un lado a otro, hacia arriba, hacia abajo.
He sentido muy hondo el roce de esos peces:
un trémulo aletazo, un golpe de cola
instándome a dormir, a dormir y luego despertar.
Dormir y despertar, dormir y despertar,
dormir y despertar y volver a dormir
en ciclo interminable.
3
No hay que olvidar la muerte de los peces.
Salen a flote en densas pulsaciones de plata
como un gran desarraigo de edificios corales.
La luna los rebaña con su luz imprudente
(cadáveres, cadáveres, residuales de agallas,
ojos de pez que suben a mirarnos como en manso reproche).
Una secta abisal los empuja al suicidio;
entre las espeluncas y las bolsas de aire, un dios
de vida líquida y Biblia bajo el brazo
los fecunda y los mata. Peces muertos que llegan
a echar su pobre muerte junto a los botecitos
donde los pescadores tienden su red al agua.
¡Alertas!, marineros, delfines de la costa:
se pudren los pequeños animales del fondo.
Y ningún diario del mundo recoge
la auténtica razón de tamaña catástrofe;
las emisoras de radio se limitan a cubrir
con paños de silencio la noticia;
los aviones atrapan en sus cámaras negras
flotillas recubiertas con escamas de pez
y rumbos sepultados en la superficie.
¡Alertas! Las raíces humanas agonizan
a la luz de una luna tan sospechosamente
redonda y alumbrante como el ojo de un cíclope.
Nos estamos quedando sin el signo de Piscis,
sin el brillo incesante de sus constelaciones.
No hay que olvidar la muerte de los peces.
(Santiago de Cuba, diciembre de 1978
La Habana, enero de 1988)
INMIGRANTE
(UNO)
Ya no sé dónde estoy, a dónde he ido
que no me encuentro por ninguna parte.
Cuando menos lo esperas, algo parte
hacia quién sabe qué islas o qué olvido.
Se te va, y poco importa si lo tienes
bien agarrado al muro con cadenas:
Es como un ciego comodín de arena
que se escapa sin ti por donde vienes.
Ni da razón, ni avisa, ni se queja;
sólo te arroja ahí, desamparado,
con tus ganas de huir y tu hambre vieja.
Y sientes que ahora estás a tu costado
—y no dentro de ti, como debieras—
con esa rabia sorda de las fieras.
Sin saber hacia dónde, ni en qué lado.
(DOS)
Por el viento abatido: por el viento.
Por el viento inclemente devastado
como un pobre madero que han usado
y que lanzaron luego contra el firmamento.
Por el viento cosido y descosido,
rotos la fe y el alma y el pellejo.
Me busco y no me hallo en los espejos:
tuve que irme de mí y estoy perdido.
Perdido y a merced de cualquier racha
que desee arrojarme bocabajo
y tasajearme el cuerpo con sus hachas.
Me robaron la sombra y el sustento
y ya no sé hacia dónde ni en qué viajo:
como un ala arrancada por el viento.
(Quito, Ecuador, mayo de 1992)
NOCTURNO CON CHAGALL
Estoy en una noche de hace siglos.
Llueve. No es nada torrencial. Solo
el ruido enervante de los cerrojos al romperse,
el de los viejos candados al caer.
Las estrellas siguen siendo las mismas
aunque ya no se vean tan turbias como antes.
El futuro es más hondo, más rabioso incendiario.
En espejos que sé, detrás de esta dolencia primitiva,
han colgado figuras de uso: figuritas no-sidas,
cuerpos amantes cuerpos que odiaron su viudez,
imágenes ceñidas a la espesa materia.
Esta noche hay dos zanjas, dos rumbos a escoger
y una sola ventana tendida bajo el sol. Detrás,
la incandescencia de una lámpara muda como todas las lámparas;
los muebles, inservibles como todos los muebles.
Puedo saber de ti porque me acerco,
casi secretamente
flotando entre esas plantas de flores amarillas
o temblando en el núcleo de una esfera de vidrio.
Alguien ajeno a todo despedaza la corteza del agua,
y el espacio concluye en sus tres dimensiones
y el tiempo es sólo el tiempo, eso sólo, eso sólo...
Pero el amor, ¿no es algo que escapa a las raíces?
Tubos de seda oculta, vasos desorientados
sin forma permisible. Deserción sustancial de la sustancia.
No hay paredes ni techos en esta noche antigua del diluvio.
Sin embargo, toco entre dos estrellas polares tu calor.
¿O acaso es él quien toca? ¿O acaso es él quien toca
como un barco fantasma? ¿Es él quien se avecina
desde terreno íntimo donde nada por fin desaparece?
Aquí tienes la llave. Ahí la dejo. Mientras,
avisaré a los pájaros nocturnos enemigos
y esperaré, tranquilamente esperaré
tu llegada a mi cuerpo torreón emancipado.
No golpearás la sombra. No llames ni aparentes llegar antes del día;
porque estaré dispuesto, si has seguido mis huellas,
y sabré desde siempre que si no te abro pronto
bien pudiera la lluvia calarte hasta los huesos.
Déjame que te encubra, entonces, tras el muro de luz.
Toda piedra lanzada será como aerolito en el espacio ilímite.
¿Ves como nada puede separarnos?
Pero, si aún tienes dudas, pronuncia estas palabras en voz alta
y sentirás que el miedo se te evade del tronco,
que tus labios se agitan de pronto entre racimos,
y volverás a verme hecho una imagen ciega
flotando entre esas plantas de flores amarillas.
Mi cabeza apoyada en tu hombro, mi vientre apretado
contra el espacio inmenso de tu vientre
como montón de espigas cercado de violetas.
Estamos hace siglos en esta noche:
y es la noche del mundo,
la noche de los sueños eternos y las risas eternas,
la noche claroscuro sofisma universal, la noche noche
por donde va la lluvia bañando los tejidos viscerales.
Solamente tú y yo en la cristalina oscuridad, como mojados,
viendo que se derrumban los planetas,
que las estrellas fijas dejaron hace tiempo su fanático brillo;
que la secuela azul de los satélites y los gases se funden
vencidos por la piedra filosofal del alba.
No hay por qué tener miedo. No creas
en los múltiples rostros de la muerte.
La noche es siempre una, una sola, una misma.
Llueve... Pero no importa. No es nada torrencial.
Isla de Pinos, noviembre de 1979
LA TAZA HUMEANTE
Café, noche aromática que se apura de un trago;
fuego sordo y caliente quemándome los sesos,
la lengua, la costumbre, los múltiples excesos
que bebo con deleite; líquido que rehago
en mi garganta como en el bombín de un mago;
cayajabos pulidos disueltos en la taza
y que son el lejano discurrir de una casa
y una mujer que cuela café con aire vago;
fuente negra, azabache, petróleo que me inunda
como el cinto de cuero que daba aquellas tundas
con un amor de entonces o del que un día fue;
sorbo de amanecer que escancian mis hermanos,
ya para siempre ahumándome la memoria y las manos:
todo un largo, incesante minuto de café.
A LOS NIÑOS DEL LLANO Y DE LA SIERRA
A los niños del llano y de la sierra
que no vieron el mar (azul y espuma),
tragados de repente por la tierra,
excluidos del signo de la suma.
Cómo explicarles tanta geografía
a esos duendes que el humus atesora:
puertos, resaca, náufragos, bahías,
perlas que arroja al mar la misma mora...
Dónde ponerles Sésamo: una puerta
por donde huir al agua soterrada
donde no bate el sol ni el alga yerta
ni las huevas perennes del sargazo.
Cómo hacerlos volver desde su nada
y entregarles el mar. Sólo un pedazo:
un pedazo de mar, sólo un pedazo.
Santiago de Cuba, 1973
LAVANDERAS
Paleando ropa ajena en las orillas,
hechas de tos y fiebre, por sus ojos
pasan mil ríos mórbidos y rojos,
y el tiempo que erosiona las costillas.
Mareada bajo el sol, la palangana
llena de espuma y desazón, no abdica:
las sumerge en su furia y las salpica
con una fe sin rabia en el mañana.
Lavanderas del mundo, madres mías
que guardan entre el miedo y la agonía
la pulcritud del hombre en los pulmones:
Hay que lavar, lavar con energía.
¡Nos queda tanta mugre todavía
en los harapos y los corazones!
ORACIÓN A ELEGGUÁ
Ábreme la puerta, Baba,
pon delante de mí los múltiples caminos:
frente a mi pie, en mi pie, bajo mi pie.
Que el horizonte se abra
como una flor magnífica en mis manos,
y que siempre mis ojos puedan ver el tesoro
de mundos invisibles creados para aquel
que avanza sin recelo
en tu pie, con tu pie, bajo tu pie divino.
Ábreme la puerta, Baba,
y déjame pasar al hondo paraíso:
dame tu ala capaz de todos los orientes
y tu doble razón de pasado y futuro,
de día y noche, de infancia y vejez.
Quita todas las piedras, sopla a mis enemigos,
dispersa las intrigas que intenten detenerme.
Ábreme la puerta, Padre y Madre y Guardián, guerrero inmune,
eterno vencedor de las tantas batallas,
y llévame contigo a conquistar la luz:
en tu pie, con tu pie, junto a tu pie divino.
SHANGÓ Ó EL REPOSO DEL GUERRERO
Duerme el guerrero en brazos de su dama,
sobre sábanas tibias y almohadones crujientes.
El aliento se escurre, fragante, entre sus dientes,
y los robustos pies se salen de la cama.
Ahora hay paz en la mano que esgrimía el machete
o el fusil, y los sueños parecen apacibles.
Aunque, ayer no fue así. Todo el amor posible
se ahogaba entre los gritos y la rabia del fuete;
los tambores clamaban por sangre, el artillero
combatió al enemigo como rayo, certero,
y desafió la punta de la flecha y el plomo.
Su gran falo sangrante se sumaba al sonido
de bombas a rebato. Luego, calma y olvido,
y el vuelo victorioso de dos grises palomos.
Duerme la furia. El pecho de la dama es su nido.
LUCÍA YÉNDEZ
Mi madrina es un pez,
un pez en agonía.
Te miro desde aquí: madrina, mamá, te estoy mirando.
Llegué un minuto antes
o un minuto después.
Y soy la única persona que no tiene derecho
a acariciar tus manos y besarte porque
Puedes matarla —dicen—, está tan delicada
que debemos cuidarla de cualquier emoción.
Vine, madrina, al cabo de los años,
y —piensas bien— no hay un mísero plato de frijoles
esperando en tu mesa,
y no está la sazón sublime de esas manos
que conseguían que una simple ensalada de tomates
supiera a gloria, a luz, a turgencia imantada.
Te he traído un secreto: a cada rato
lo veo a él en sueños. Sabes de quién te hablo.
Lo veo: siempre de pie, vestido
con su dril-cien perfecto,
como un dios de añil almidonado
que te espera a sabiendas, estirando la sombra,
sumergiendo palabras en el caldo profundo de la noche.
Mi madrina es un pez,
un pez ajeno.
Yo la veo ondular por detrás del cristal que nos separa.
Un pez que me intuye en la distancia.
Vine, madrina, vine, al cabo de los años,
en el preciso instante,
ni antes ni después:
créeme, vine cuando fue necesario.
Mi madrina es un pez
muerto.
Y yo la veo irse por detrás del cristal
con mi infancia intacta en su regazo.
Santiago de Cuba, febrero de 1991
