Juana Borrero, rimas de una párvula aeda cubana
Lo efímero de una vida consagrada a la creación literaria y pictórica más el inconmensurable talento juvenil y una existencia matizada por el amor idílico que profesó al poeta y patriota cubano Carlos Pío Uhrbach, caracterizaron los apenas 18 años que vivió la joven poeta, Juana Borrero.
Nacida en la habanera vecindad de Santos Suárez, el 17 de mayo de 1877, Juana Borrero fue el feliz fruto de la unión entre Consuelo Pierra y Esteban Borrero Echeverría. Pronto despertaron en ella excepcionales actitudes para el dibujo, la pintura y la lírica. Apenas cumplidos los cinco años, y bajo el sugerente título de «Romeo y Julieta», la inspiración le motivó a representar un clavel y una rosa sobre la vastedad que suponía el pliego donde se perdían aquellas inquietas y gráciles manitos.
Dos años más tarde, el pincel sede paso a la pluma que, poseída por el talento, rubrica en trazos cuidados su primer poema. Desde el anonimato de su corta edad escudriña, con curiosidad ilimitada, cada opinión emitida por los reconocidos intelectuales de la época que asistían a las tertulias organizadas por Esteban Borrero, en la casa de Puentes Grandes.
La pureza y el equilibrio del arte clásico griego conquista a la pequeña Juana. Pertinaz en su descubrimiento del mundo circundante y del otro que aflora de una imaginación alimentada por los cuadernos de lectura más insospechados, plasma sobre el papel elementos iconográficos de la cultura helénica: al arpa pondrá alas y a la naturaleza muerta insuflará vida con el revolotear incesante de coloridas mariposas.
Tanto ímpetu artístico debe ser guiado por los cauces de la Academia de Dibujo y Pintura de San Alejandro, a la que ingresa con diez años de edad y donde comparte inquietudes estudiantiles con las también futuras pintoras Adriana Bellini y Elvira Martínez. Tendrá Juana el privilegio, en lo adelante, de fomentar la amistad del destacado artista Armando Menocal. Este sentimiento será compartido con otra insigne figura de nuestra literatura, su entrañable Julián del Casal, quien en una ocasión escribió: «Ella nos brindará después, en la concha de la rima, la perla de su ensueño, pálida unas veces y deslumbradora otras, pero siempre de inestimable valor. Así pasa los días de su infancia esta niña verdaderamente asombrosa, cuyo genio pictórico, a la vez que poético, promete ilustrar el nombre de la patria que la viera nacer».
La lira la lleva a cantar a la mañana, a los ecos del camino, al titilar de la diadema de luceros y al olor de los jazmines que, deshojados por el viento, caen peregrinos sobre el cristal del río. Introspecciones de una vida marcada por la búsqueda interior que se revierte en los poemas “Vespertino” y “Crepuscular”, publicados en los reconocidos rotativos La Habana Elegante y La Habana Literaria.
Los años iniciales de la década del noventa del siglo XIX estarán consagrados a los viajes que realiza la familia a bordo de los vapores Niágara y Saratoga. En la ciudad de Nueva York, Juana Borrero tendrá la dicha de conocer a José Martí y escuchar su portentosa oratoria en una velada en Chikering Hall. Visitará la Exposición Internacional de Chicago, ampliará los estudios de pintura y no cesará de enviar sus obras poéticas a El Fígaro, Gris y Azul y La Habana Elegante.
De regreso a la mayor de las Antillas, su padre recibe el poemario Gemelas de los hermanos matanceros Carlos Pío y Federico Uhrbach. Juana, en silencio, vibrará con la lectura de cada verso. Conmovida teme por una extraña sensación que recorre su cuerpo. Desde entonces, no descansará hasta conocer a Carlos, inicio de una pasión desenfrenada que tendrá en el género epistolar su más fiel evocación. Su poesía no queda exenta:
Yo he soñado en mis lúgubres noches,
en mis noches tristes de penas y lágrimas,
con un beso de amor imposible,
sin sed y sin fuego, sin fiebre y sin ansias.
Dame el beso soñado en mis noches,
en mis noches tristes de penas y lágrimas,
que me deje una estrella en los labios
y un tenue perfume de nardo en el alma.
La relación entre los dos jóvenes, no aprobada por Esteban Borrero, es interrumpida cuando la familia de Juana se ve obligada a emigrar a los Estados Unidos, al estar implicada en acciones de conspiración contra el yugo español, en los años iniciales de la gesta de 1895.
La distancia y finalmente su muerte impiden que los amantes vuelvan a verse. Numerosas y apasionadas cartas firmadas bajo el seudónimo de Yvone, cruzarán el Estrecho de La Florida para llenar de preciados instantes de afecto la existencia de la joven convaleciente y del patriota que, en los campos insurrectos, peleaba por la independencia de su patria.
El 9 de marzo de 1896, a solo dos meses de cumplir los 19 años de edad, fallece Juana Borrero en la ciudad norteamericana de Cayo Hueso. Llegaba a su fin una existencia que legó a la posteridad la fina estética de sus creaciones. Lienzos de su inspiración conforman hoy la pinacoteca del arte cubano que se exhibe en las salas del Museo Nacional de Bellas Artes.
Variado y fecundo fue el talento de Juana; palpable en su correspondencia, en sus poemas, en sus dibujos. Quienes la conocieron, y quienes han estudiado su obra, afirman que se trató de un temperamento melancólico, de un espíritu ardiente y decidido al mismo tiempo.
Al conocer la noticia del deceso, el hombre que despertó el hondo y más puro amor de Juana Borrero escribió: «Pero sí diré lo que valía, lo que era, lo que pudo ser, dónde le hubiera sido fácil llegar, porque sus alas eran poderosas para cernirse sobre las cimas maravillosas del arte, porque la estructura de su pecho no estaba constituida para respirar los miasmas de la tierra. Nadie más sedienta de idealidad que ella».