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En el centenario de Virgilio Piñera:
«Después del ciclón: Unión, La Gaceta, Lunes de Revolución»
 

Lourdes Beatriz Arencibia Rodríguez, 26 de mayo de 2012

Al  lector:


Decir algo nuevo en Cuba sobre Virgilio Piñera en el año de su centenario, es una aspiración que va haciéndose bien difícil de alcanzar. Máxime cuando sus más fieles albaceas y estudiosos, muchos de los cuales lo conocieron en vida, le están dedicando sus mejores páginas, se afanan desempolvando testimonios y documentos, rivalizan entre sí aguzando la memoria, afinando el decir, y el narrar.  Todos los espacios se han abierto para transmitir tan precioso legado.  Decenas  de admiradores y seguidores de diversas edades y aceras —cubanos y o extranjeros—, indiscutiblemente, con más talento y puntería al juzgar y oficio para escribir que esta modesta traductora, se han involucrado a fondo en las celebraciones organizadas a fin de destacar, como se debe, la singular efemérides, se aprestan a iluminar vida y obra de Virgilio desde todas las facetas; las  conocidas y  las develadas.  No es fácil hallar un tema, un entresijo, un quehacer, donde se haya movido el escritor latino nacional,  que no haya encontrado ya su ejemplar cronista. Enjuiciamientos, críticas, correspondencia, artículos, sueños, mediaciones, proyectos, tropezones, ilusiones, cabezazos, obra, todo ha sido recorrido, examinado, sopesado, propuesto, salpimentado, calibrado, elogiado o denostado. ¡Hasta la traducción, que suele ser la Cenicienta de la cultura, se ha probado la zapatilla!

Bueno, escojo entonces, no tan al azar, ámbitos no muy vapuleados, que los cronistas tocan menos porque quizás duelen, lastiman, escuecen. La idea me tienta y hurgo, el tema me gusta y me lanzo. Desde aquí, pido autorización, además de excusas a los compiladores y estudiosos que se han dado a la tarea de reproducir y publicar testimonios documentarios sobre los que cuales afinco mi trabajo.  Mi ánimo no ha sido aprovecharme de lo que han hecho;  todo lo contrario, al recurrir a ellos y citarlos expresamente,  rindo homenaje a su colosal esfuerzo investigativo con el convencimiento absoluto de que con su generosidad han consentido en  poner los resultados de su trabajo a la disposición y al alcance de otros, y les digo: gracias.  

En el repertorio Órbita de Virgilio Piñera —publicado en 2011 por ediciones Unión, para el centenario—, con selección, prólogo y notas de David Leyva,  aparece, en las páginas 341-342, una síntesis en pocas líneas sobre la trayectoria del traductor, que no precisa de cosméticos, incluso, más allá del ámbito que recorro en este artículo  que se centra en  sus colaboraciones,  únicamente para tres publicaciones  culturales cubanas seriadas, ulteriores a su experiencia con José Rodríguez Feo en Ciclón.  Por su concisión y claridad, el párrafo de Órbita  señala  lo esencial, apenas en una cuartilla,  debido a lo cual  no tiene caso que me empeñe  en modificarlo. Allí Leyva constata lo siguiente: 


Virgilio Piñera fue un incesante traductor. De los oficios del intelecto fue sin dudas su preferido, luego de la propia labor de hacer literatura. (.) La cronología mínima de Virgilio Piñera —aparecida en el cuaderno Los Piñera. Pinar del Río, ediciones Vitral— plantea que Virgilio ejerció de traductor de francés para la editorial Argos de Argentina, si bien resulta complicado reunir o cuantificar todas las traducciones hechas por él en aquel país. En la correspondencia de Piñera a José Rodríguez Feo se mencionan varios proyectos de traducciones en compañía del también cubano Humberto Rodríguez Tomeu, que no sabemos con exactitud si fueron terminadas o publicadas.  En este sentido sería muy útil revisar, además, la correspondencia de Piñera a Rodríguez Tomeu, que se encuentra en la biblioteca de la universidad de Princeton en Estados Unidos.


Hay dos trabajos que se consideran hitos en la labor mediadora  de Piñera, pero ninguno de ellos corresponde al ámbito que acota mi artículo: la traducción de la novela Ferdydurke, de Witold Gombrowicz, realizada colectivamente por un Comité de Traducción en Buenos Aires, lidereado por él, y  la legendaria traducción de Las Flores del Mal, de Charles Baudelaire, que le obsequió a Lezama,  desaparecida de la papelería de éste último y cuyo destino final se desconoce. Esta obra corrió una suerte parecida a la traducción  que hiciera José Martí de la balada  Lalla Rookh de Thomas Moore, que jamás se ha recuperado.

Pasamos a finales de la década de 1960, y durante todo el llamado «decenio gris», Virgilio está laborando ininterrumpidamente como traductor de francés, «de pan ganar», en el Instituto Cubano del Libro. En la obra Virgilio Piñera en persona, del critico e investigador nacido en Guisa y residente en Estados Unidos, Carlos Espinosa, se reproducen, por ejemplo, las opiniones de la húngara Eva Toth, encargada de cotejar la traducción  —que en ese período realizara Virgilio para el ICL— de La Tragedia del Hombre, de su coterránea Imre Madàch.  Los detalles e incidencias de esta colaboración son sumamente interesantes y merecen mayor divulgación para que no se pierdan en el cúmulo de datos, pero acá, simplemente los acoto para retomarlos en su momento.

Ya en trabajos precedentes, había llevado yo a cabo esporádicas  y limitadas constataciones parciales sobre la labor traductora de Piñera, las que desde luego, he ido completando a medida que he tenido acceso a nuevos datos. Una investigación no cierra nunca, ya eso se sabe; de suerte que haré ligera mención al lugar y a la fecha en que éstas fueron publicadas con anterioridad, pero con la  recomendación de que sean recibidas por el lector solo tomando en cuenta la declarada  conciencia  de sus insuficiencias.  Me refiero a «Los espacios para la traducción en las revistas culturales de la primera mitad del siglo XX en Cuba», publicado por la EAE (España/Alemania) en la cual, en la parte atinente a Orígenes y Ciclón, se hace referencia a la participación de Virgilio como traductor;  y a la colaboración recién enviada por la autora, a la revista Matanzas, con la voluntad de sumarme  al número monográfico de próxima aparición que preparan sus editores en ocasión del centenario del nacimiento de Piñera, cuyo título es: «El traductor Virgilio Piñera». Ambos trabajos abordan, parcialmente, y desde ángulos muy puntuales, el quehacer mediador de nuestro personaje.

Quizás ayudaría, entonces, para  ganar en visualización, separar de la obra traductora total referenciada de Piñera, la realizada  para las publicaciones Lunes de Revolución, Unión y La Gaceta,  toda vez que son estas colaboraciones lasque me propongo comentar, prioritariamente. Con relación a la labor de Piñera  para Lunes de Revolución, no hallo nada mejor que remitirme a la semblanza propuesta por su primer subdirector, el poeta y Premio Nacional de Literatura,  Pablo Armando Fernández. Tengo edad suficiente para haber leído de primera mano, a Lunes de Revolución, lo mismo que a Unión y La Gaceta, donde figuraron las versiones de Virgilio  desde los años sesenta, y antigüedad sobrada para haber sido colega de Piñera en su quehacer como traductor, independientemente de que nunca tuve ocasión de tratarle personalmente, pese a que, desde hace millones de años, resido en la esquina de 17 y G, y ha sido ese mi barrio toda la vida.   Virgilio era  silueta familiar de la cuadra, cuando calle arriba y calle abajo, «caía» por la UNEAC, de ida y vuelta a 23 y a N, rumbo al Malecón. En cambio, a Pablo Armando le conocí muy tempranamente hace ya más de medio siglo, recién llegado de Estados Unidos, como repatriado al triunfo de la Revolución. En esa época  yo trabajaba  en la oficina de Publicidad e Información adscrita al Palacio Presidencial, cuyas oficinas daban puerta con puerta con la iglesia del Ángel, en el barrio de Cecilia Valdés. Aquel ámbito criollo era tan peculiar,  aparte de su contexto periodístico, que hasta hoy, ambos nos regodeamos en evocarlo cada vez que nos hemos re-encontrado  a lo largo de estos años,  en que una amistad, anudada de inmediato entre nosotros, ha permanecido inconmovible, desde  entonces. En los comentarios que Pablo Armando hace para el tema en el citado libro de Espinosa, dice:

 

A los pocos meses del triunfo de la Revolución regresé de Nueva York. Se había creado ya el periódico Revolución y surgió entonces la idea de sacar un tabloide cultural. Se fundó así Lunes de Revolución, del cual fui nombrado subdirector. Por ese tiempo fue cuando conocí personalmente a Virgilio. (.) Tanto en Revolución como en Lunes, Virgilio trabajó asiduamente. El suplemento se preparaba los miércoles y se tiraba por la madrugada en la rotativa de Revolución. (...) Se le encomendó la sección "A partir de cero" Fue responsable de esa sección hasta que el semanario dejó de editarse. 


En una encuesta de Lunes…  (publicada en el No. 64 de julio 20 de 1960), sobre los diez títulos que Virgilio salvaría si su biblioteca se viera de repente impactada y destruida por una hecatombe,  respondió:

1-Memorias, de Saint Simon.
2-Almas muertas, de Nicolás Gogol.
3-Dombey e hijos, de Charles Dickens.
4-Comentarios reales, del Inca Garcilaso.
5.-Las Flores del mal, de Ch. Baudelaire (cuya traducción realizó y obsequió a
Lezama).
6-Estravagario, de Pablo Neruda.
7-América, de Franz Kafka.
8-En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust.
9-Moby Dick, de Herman Melville.
10-Vida del Buscón, de Quevedo.

Curiosamente, el traductor no salvaría ningún título cubano, tal vez considerando que le resultarían más viables reponer, en caso de irremisible pérdida.  Un año más tarde, en otra encuesta realizada en el propio Lunes de Revolución  (No. 216, octubre 9 de 1961) Virgilio se responde a un pensamiento que, como a mí, le debe haber pasado por la cabeza y escribe:



Los diez mejores libros cubanos. Después de pensarlo mucho me pareció justo que mi selección de diez o veinte libros cubanos valiosos la efectuara de acuerdo con su importancia histórica. Descontando el gusto personal no puede eludirse la contingencia histórica. A mi modo de ver, los libros (o simplemente una obra) que aparecen en mi selección han marcado un momento en nuestras letras. Desconocerlos sería desconocer la literatura y la historia de Cuba. Por otra parte, mi selección se limita a los escritores cubanos del presente siglo; los del XIX no necesitan ni aclaraciones ni encasillamientos. Por último, mi selección no implica necesariamente que todos estos libros sean los libros que yo preferiría. (.): En la novela: Hombres sin mujer, Carlos Montenegro; Los pasos perdidos, Alejo Carpentier.En el cuento: La luna nona y otros cuentos, Lino Novás Calvo; Así en la paz como en la guerra, Guillermo Cabrera Infante. En la historia: Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar, Fernando Ortiz, La historia me absolverá, Fidel Castro. En la poesía: Sóngoro Cosongo, Nicolás Guillén; Sabor eterno, Emilio Ballagas; Enemigo rumor, José Lezama Lima; Poesía, revolución del ser, José A. Baragaño; Libro de Rolando, Rolando T. Escardó. En el teatro: Tembladera, José Antonio Ramos; Medea en el espejo, José Triana; El robo del cochino, Abelardo Estorino.  

 

Entrando de lleno al tema de las traducciones, en el repertorio que establezco por catálogo, aparecen clasificadas por géneros, en conformidad con el orden de fechas en que se dieron a la estampa:

Ensayo: Roger Bastide, «El mito de África negra», Lunes de Revolución (4), 2-4, 13 abril. 1959. Henri Lefebvre, «La política marxista», Lunes de Revolución (7), 30 abril 1959. René  Depestre, «35 años de la vida revolucionaria del Viet Nam»,  Lunes de Revolución (116), 10-12, 31 de julio 1961. Ban Song, «El teatro vietnamita antes de la revolución de agosto de 1945», Lunes de Revolución (116), 30-31, 31 jul.1961.

Poesía: René Depestre,  «Oda a la memoria el gran músico chino Nieh Er», Lunes de Revolución (108), 19, 29 mayo 1961. Ho Chi Minh, «Poemas», Lunes de Revolución (116) 13, 31 julio, 1961. En el suplemento bajo ese título figuran : «El poeta Ho Chi Minh» (introd. de René Depestre). Contiene: «Encarcelado en la prisión de Tsing-Si».  «La flauta del forzado», «A sí mismo». «Partida en la noche, «Oyendo el canto del gallo», «Buen tiempo», «Después de la prisión, de nuevo las montañas». Cah Huy, «Ofrenda», Lunes de Revolución (116), 26, 31 jul. 1961. Nguyen Dinh Tin, «El canto del marinero vietnamita», Lunes de Revolución (116), 32 31 jul. 1961. Asimismo se publicaron fragmentos del «Poema de la mar negra», de Guillaume Apollinaire y «Pablo Picasso», Lunes de Revolución (129), 24, 6 nov. 1961.

Como sucedió también con Orígenes, no es primera vez que la acogida alcanzada por un rotativo o seriado genera un proyecto editorial. De tal suerte, Lunes de Revolución y Revolución, dan paso a Ediciones R. que por supuesto, también da cabida a las traducciones de Piñera, aquellas realizadas sobre el poemario del haitiano René Depestre, a la sazón en Cuba en calidad de exilado, donde colabora con numerosos periódicos,  revistas e instituciones. Piñera aborda la traducción al español del poemario en francés  Minerai noir con el título Mineral negro y lo da a la estampa para Eds R., en 1962.  La edición no es bilingüe y contiene las siguientes traducciones: «Mineral negro», «Se les reconoce», «Como un viento en alta mar», «Ternura del mundo», «Sueño antillano», «Nazim el invencible» «Dito», «¡De pie, mi corazón!», «Poema», «Haití en el alma», «Caídos en el campo de la claridad», «Noche de un linchador», «Bajo los puentes del amor», «En la alta mar de Edith», «Carta a mi madre», «Canto de aurora para Tran Thi Li», «Las armas de mi sangre», «África», «Adiós patria mía», «Oda a la memoria del gran músico chino Nieh Er» (publicado asimismo en el suplemento Lunes…), «Los vados del amor», «Mi contribución de primavera», «La lamparita en el mar», «¡Hojas tiernas, tiernas hojas!», «Grito del verano abrasador», «La última golondrina», «Poema de mi patria encadenada».

Haciendo un análisis a vuelapluma de esta producción, cabe apuntar que por la cantidad y calidad de la selección de poesía de autores asiáticos, sobre todo vietnamitas,  no es exagerado decir que, gracias a la labor del traductor Piñera, los cubanos tuvimos un conocimiento, en la década de los sesenta, en torno a la creación oética, de un país asediado por la guerra, que de otro modo nos seguiría siendo desconocida. En el caso particular de Mineral negro, remito al lector a mi trabajo para la revista Matanzas, donde aparecen en original francés y traducción, sus versiones sobre los poemas  «Mineral negro» y «Se les reconoce», del libro de Depestre.  En agradecimiento por su excelencia, el haitiano le suscribe un ejemplar con la siguiente dedicatoria: «A Virgilio Piñera quien, lejos de traicionar mis versos, los ha dotado en su bella lengua de mejor vida, de una sangre más joven, en homenaje a su talento que constituye una parte luminosa del hombre, de sus sueños y conflictos, de sus dones y esperanzas. R.D».Cabe señalar también, que hubo concentración de traducciones de la poesía de autores vietnamitas en la tirada 116 de Lunes…,  fechada en  octubre de 1961, que al parecer les estuvo dedicada por entero, en tanto que las traducciones a autores occidentales, prácticamente todos francófonos,  ocuparon los números anteriores.
 
Paso ahora a referirme a la labor de Piñera para las revistas Unión y La Gaceta de la UNEAC. Las dos revistas tenían una tradición muy fuerte y sostenida, proclives a incluir siempre traducciones en sus números, una postura defendida por su fundador Nicolás Guillén, desde que La Gaceta del Caribe, la publicación antecesora de La Gaceta de Cuba,  era la publicación que daba cabida a la labor de los creadores que se estrenaban en la recién creada UNEAC.  Por sus páginas desfilaron las traducciones de nuestros mediadores con una prioridad señalada a producir las literaturas de los países socialistas, sin menoscabo de los autores de otras latitudes. Codo con codo, leímos al caribeño  Jacques Roumain y al griego Yannis Ritzos. De suerte, que Piñera dio allí continuidad a la divulgación de la literatura vietnamita traducida nuevamente en números monográficos y asumió las siguientes otras traducciones:Che-Lan-Vien: «La llama Morrison», Unión 6 (1), en-mar, 1967. Huy Can, «Caminando por la tierra de nuestros antepasados», Unión 6 (1), en -mar, 1967. Lou Trong Lu, «La muchacha del río Gianh», Unión 6 (1) 33-34, en-mar, 1967. Te Hanh, «El pozo a la entrada de la aldea», Unión 6 (1) 36-40, en-mar, 1967. René Depestre, «El que no tiene de congo», Unión 4 (2), 66-78 abr-jun, 1965. Robert Musil, «El mirlo», Unión 5 (1). 103-118, en-mar, 1966. Alphonse Allais, «Pobre Cesarine», Unión 55 (4) 116-121, oct-dic, 1966. Nguyen Truno Tranh, «En la selva», Unión 6 (1), 54´75, en-mar, 1967.Louis René Des Forets, «Una memoria demencial», Unión 9 (3) 152-170, sept 1970.

Para La Gaceta, en cambio, solo se registra una colaboración: Jean Paulhan, «Las causas célebres», La Gaceta de Cuba (84), 21, jul. 1970.

Hasta aquí mi recuento. Siempre habrá críticos insatisfechos, para lo que corte mi mocha, con relación a Virgilio: los convido y los respeto,  reivindicando por delante invariablemente mi propósito de ir consignando a mi aire, cuanto vaya hallando, con originalidad o no; después de todo, la tarea traductora de Virgilio fue la que fue, no me voy a topar aquí con Plotino ni con Aristóteles,   a sabiendas de que lo mejor, tocará decirlo a otros, pues ya todo está en blanco y negro.  Pero, como dijo alguien, cada escritor osado suele esperar que su texto se abra con curiosidad y se cierre con futuro. A mi eso me pasa también.