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Luisa Pérez de Zambrana: poesía más allá de la tragedia

Leonardo Depestre Catony, 28 de mayo de 2012

“Es Luisa Pérez pura criatura, a toda pena sensible y habituada a toda delicadeza y generosidad. Cubre el pelo negro en ondas sus abiertas sienes; hay en sus ojos grandes una inagotable fuerza de pasión delicada y de ternura; pudor perpetuo vela sus facciones puras y gallardas, y para sí hubiera querido Rafael el óvalo que encierra aquella cara noble, serena y distinguida. Cautiva con hablar, y con mirar inclina al cariño y al respeto”.

Así escribe José Martí desde México, con fecha 28 de agosto de 1875.

Doña Luisa, seguramente así debieron llamarla en su época, es una de las grandes figuras trágicas de las letras cubanas. Y además, una de las grandes líricas (lo cual debiera ir primero). Sin embargo, sucede que tanto como su verso nos retiene atado a su verso el conocimiento del dolor inmenso que para ella significó la viudez prematura, la pérdida, uno tras otro, de todos sus hijos, y su muerte —el 25 de mayo de 1922— en soledad y pobreza en el pueblo de Regla, provincia de La Habana, muy cerca del mar, donde se la recuerda y honra en una tarja que perpetúa su paso por aquella localidad ultramarina.

Nació el 25 de agosto, algunos biógrafos dicen que de 1835, otros que en 1837. Ello sucedió en las cercanías de El Cobre, en Santiago de Cuba, de padre isleño, de Canarias, y madre cubana, nombrada Justa Montes de Oca.

Escribe versos tempranamente y esa facilidad de la adolescente le da renombre local. “Tenía sorprendente e intuitiva aptitud para escandir los versos, sin el aprendizaje de inútiles y aburridas nomenclaturas de que hacían gala los tremebundos tratados de retórica y poética entonces en uso”, nos dice Max Henríquez Ureña.

En el periódico El Orden (Santiago, 1852), publica su primer poema. Ese año muere su padre y se traslada a Santiago de Cuba, donde afianza su relación con la intelectualidad oriental. Un primer libro aparece en 1856, titulado Poesías, y de él llega un ejemplar al doctor Ramón Zambrana, en La Habana. Él lo lee admirado y se suceden las cartas en uno y otro sentido, hasta que él la visita en agosto de 1858 y al mes siguiente, se casan.

Hasta aquí, la vida de Luisa Pérez tiene mucho de novela feliz. Embarca hacia La Habana, Luisa es conocida entre la sociedad capitalina, colabora en las publicaciones, ve la luz un segundo volumen de versos, conoce a Gertrudis Gómez de Avellaneda —quien prologa el libro. También pare cinco hijos: Angélica (1859), Dulce María (1860), Horacio (1862), Elodia (1864) y Jesús (1866). En esta última fecha muere de tuberculosis el esposo y cuanto de telenovela dichosa ha tenido la vida de Luisa, se torna en tragedia íntima, dolorosa, triste. Pero no deja de escribir.

Con túnica de nácar, pasa pura
una dulce, una espléndida figura
         más blanca que el jazmín.

Es un ángel con alas estrelladas,
un ángel celestial que lleva atadas
         las manos de marfil.

Tú eres esa beldad tierna y sombría
¡adorable y celeste Poesía!
         ¡prisionera inmortal!

¿Cuál es tu culpa, ¡oh cándida acusada?
-¡Sobre mi frente pálida y sagrada
          llevar la Libertad!

(“La poesía esclava”, dedicada a Aurelia Castillo)

Entre 1886 y 1898 mueren sus cinco hijos. Vive en gran pobreza y el desgarramiento que representan estas pérdidas incorpora aún mayor ternura y lirismo a su producción. El recuerdo de los que se han ido la lleva a escribir con sentida y artística autenticidad. En 1920, con prólogo de Enrique José Varona, sale una tercera edición de sus poesías.

Escribió, además, dos novelas de corte romántico: Angélica y Estrella, y La hija del verdugo, sin alcanzar en ellas los destellos de su producción poética.