Apariencias |
  en  
Hoy es lunes, 9 de diciembre de 2019; 2:39 AM | Actualizado: 06 de diciembre de 2019
Búsqueda de artículos
título
autor
Artículos en esta sección: 241 | ver otros artículos en esta sección »
Página

Dos breves cuentos de Carlos Zamora

Alberto Marrero, 06 de junio de 2012

En esta ocasión el espacio Fabulaciones les propone dos breves cuentos del poeta y narrador Carlos L. Zamora (Matanzas, 1962). Ambos textos se adentran en las complejas y conflictivas relaciones de pareja; tema que no por recurrente resulta menos atractivo, filoso. Nada lo es cuando la mirada creadora del artista levanta capas de polvo para hallar nuevas vetas.

El primero, cuyo título proviene del film El amante de María, posee un aire de juego, de divertimento. Para armar la historia, Carlos —en la que interactúan un personaje real y uno ficticio— toma como referentes, a la afamada y sensual actriz norteamericana, nacida en Alemania, Nastassja Kinsky, y su personaje en el citado film. El lector deberá estar atento, pues lo que llamé «juego» puede llevarlo por falsos caminos. El lenguaje es poético, fluido. Sus imágenes deleitan, avivan el sentimiento erótico a la altura de la despampanante rubia que tanto cautiva a los cinéfilos, ora por sus desnudos, ora por la calidad de sus interpretaciones. El segundo aborda la cruel o incierta ruptura como clímax de actitudes degradantes en la pareja humana, cuyas consecuencias pueden ser impredecibles.

Resulta interesante la manera en que Carlos Zamora asume el arte de narrar. Nuestra selección no refleja, exactamente, cuentos ultracortos —aunque el segundo casi lo es—; no obstante, los ejemplos plasman algunas de sus características: la economía del lenguaje, los juegos de palabras, la hibridación genérica, ("Nastassja Kinsky está sentada al borde de la noche…"), según señalan los estudiosos del tema. Ambos cuentos nos revelan a un observador agudo y sensible, dueño de una prosa que no renuncia al simbolismo, a la imagen, al ritmo, a la revelación poética, como pilares de un discurso que bordea y sube como una espiral.

Carlos L. Zamora ha publicado Estación de las sombras (Poesía, Editorial San Lope, 2001), Cada día la eternidad (Unión, 2011), exitosa antología de poemas dedicados a José Martí. Su novela En la mañana viva o tan cerca hemos dormido, premio Guillermo Vidal del 2011, será publicada este año por la Editorial Unión.

 

Alberto Marrero

 


El amante de María

Carlos  Zamora

Nastassja Kinsky está sentada al borde de la noche con las manos vacías. Los adolescentes miran su entrepierna con ruborizada indiscreción y ella sonríe. Nadie se pregunta por qué están vacías las manos de Nastassja ni por qué la noche es cálida y sudan las estrellas una pálida luz. Nadie. Ni siquiera el camarógrafo, emboscado por orden mía entre los marpacíficos. Hay un silencio demasiado tendencioso. Y si los ventiladores no funcionan o a ella se le antoja, puede pasar lo peor: que comience a desnudarse sin razón. Que no me espere y salte al embudo de la noche convertida en pantera, por ejemplo.

A lo lejos pasa un tren. El silbato es el reencuentro. María pregunta qué hora es y busca mi asiento cercano, mi rostro entre los viajeros. Voy a La Habana sentado junto a Nastassja Kinsky, besándola dulce, delicadamente, no sea que se me deshaga como las flores secas de los libros.

La mano de María se desliza por mis brazos. Una mano finísima, sin más afeite que el rosado candor de la sangre, recorre mi rostro, me dibuja sin prisa. Cuando cree que se ha agotado la paleta, toca mis labios, busca algo de humedad y mi lengua le responde. Mira sus dedos mojados levemente y los paladea gustosa, sin dejar de mirarme. María está escudriñándome hasta el límite casi de la infancia y una mano suya pasea por mi espalda como por un césped amable... Nasty, Nasty, cómo resistirme.

Está inquieta. Mi padre la ha besado, para besar el recuerdo de su madre y ella sintió el deseo de su hijo, mi beso. María está sentada al borde de la noche con la inquietud de ser amada por todos los hombres de la tierra y sin una señal de que su amor le sea correspondido. Pobre. Quizás me llame por teléfono: Iván no está, señorita, él se fue a ver el mar. La guerra le ha afectado y para colmo la novia de sus sueños sale con un oficial...

María gusta de los anacronismos y la risa es para ella oxígeno. También reír como los esquimales. Supongo. Porque el cuerpo de Nastassja es hermoso como un valle —plano general, picada— y sueño con ella cada noche y cada vez debo evocarla para hacer el amor a mis amantes, y es a ella a quien amo y sólo a ella y perdonen las redundancias y los pleonasmos, pero si no puedo amar a María qué me importa.

Y lo peor es que espera, que está esperando al borde de la noche una explicación para el sueño maltrecho, para la esperanza rota: perdóname, Nastassja, yo no sé ser de ti, me fui a la guerra demasiado pronto y se coaguló el amor, soy un cadáver con la ilusión del fuego. Qué tontería ser amante de un muerto. No serás tú necrófila, María.

Nastassja acaricia sus piernas, la yerberilla rubia de sus muslos donde las manos de Iván se extraviaron definitivamente. Mira al cielo. Sus manos están vacías como la noche. Por el camino sólo pasa el silencio. Frente a ella los marpacíficos reciben la gracia de la luna espléndida. Imagina allí un gitano que quiere poseerla, que quiere ofrendarle toda la pasión que necesita. Lenta, como estudiadamente, camina hacia ellos dejando caer cada una de sus prendas. Desnuda, me ve llorar desde la pantalla con un nombre infiel entre los labios.
 



En el último instante



Ella abre la puerta confiada en la rutina, pero él la espera desde hace casi una hora. Dos abultados maletines y una caja de cartón bien amarrada son una prueba inequívoca.
A la mujer se le escapa un sollozo. Sus manos temblorosas intentan evitar que ocurra de nuevo pero es imposible.
Él habla despacio sobre la finitud y las ojeras denuncian su cansancio doloroso, amargo.
No suplica ella con palabras, sus ojos le conducen por todos los rincones de la casa y se detienen en las fotos de familia.
Él niega apretando los labios y retiene las lágrimas a duras penas.
––Piénsalo bien, por favor ––dice ella entonces.
––Lo siento ––responde él abriendo la puerta.
Falta más de una hora. Tiene tiempo aún para despedirse.
El amigo lo ve venir con el paso lento y le abraza levemente.
––¿Te vas en el tren?
––Sí. Ella se va conmigo
––¿Y tu mujer cómo quedó?
––Imagínate. Es duro. Los niños...
Los tragos se suceden; los minutos. Un abrazo final.
Desde la estación se puede ver el mar. La tristeza del pueblo se percibe en los claroscuros del atardecer y en la mirada descolorida de los viejos. El reloj marca la inquietud.
El teléfono de la estación no funciona y ella no pudo haberse confundido porque es el único tren.
Anuncian la salida.
Suda copiosamente y el peso del equipaje, que no se decide a dejar sobre el piso, le mortifica.
Una oleada de gente busca el andén y lo zarandea al pasar.
Él sólo mira, escruta cada una de las entradas.
El tren silba por última vez.

Elaine Vilar Madruga  , 2019-12-04
Elaine Vilar Madruga, 2019-11-22
Elaine Vilar Madruga, 2019-11-13
Alberto Marrero, 2016-08-15
Alberto Marrero  , 2016-07-04