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Tres duendes de la mitología cubana

Gerardo Enrique Chávez Spínola, 30 de mayo de 2012

Para las mitologías de los antiguos pueblos europeos, los gnomos (duendes) eran criaturas pequeñas de figura humana que generalmente habitaban en cuevas, bajo tierra, o en los troncos de los árboles del bosque. Su tamaño siempre era pequeño y en las múltiples versiones de los diferentes pueblos y regiones podía ser, desde unos pocos centímetros, hasta la estatura de un infante de pocos años. Estaban estos seres dotados de disímiles atributos mágicos y a veces, de una fuerza sobrenatural (1) 199.

Las tradiciones folclóricas de casi todos los rincones del mundo poseen estos personajes mitológicos enanos, aunque sus nombres y propiedades son tan variables como lo pueden ser su aspecto corporal, vestuario y actitudes. Unas veces aparecen como espíritus del bosque, otras como guardianes de algún tesoro subterráneo. Por ejemplo, entre las tradiciones mitopoéticas de los antiguos prusianos, bajo al árbol del saúco, habitan Puskaits y los gnomos Barzduki y Markopoli, que se encuentran a su servicio (1) 381.

El fértil e inagotable imaginario cubano, siempre ha tenido sus propios duendes. De todas las criaturas fantásticas del monte, hay tres que se han ganado el récord de permanencia en la memoria folclórica. Es posible que posean características comunes a las de algunos duendes europeos, pero conservan sus propias cualidades, atributos y conductas que les hacen poseedores de los más criollos rasgos.

Chicherecúes, babujales, y güijes, vienen a ser los tres tipos de duendes más conocidos que posee la mitología cubana, aunque en la actualidad mucha gente les confunde, porque tienen de común el color negro de la piel y la estatura pequeña. Pero son entidades diferentes y han venido a ocupar lugar de privilegio entre las criaturas fantásticas de la mitología cubana. Estuvieron reinando por siglos en montes, ríos, lagunas, cañadas y sabanas, donde el imaginario rural les brindó cobijo y rindió el más prolongado tributo recordatorio.

De las abundantes, peculiares y valiosas leyendas que fueran recogidas por nuestros más avezados investigadores y folcloristas, seleccionamos del Diccionario de Mitología Cubana, algunas de las más señaladas, con la intención de brindar una visión más completa de la variedad de tipologías que se atribuyen a dichas figuras del “fantasiario” popular.

Los chicherecúes

Eran negritos de escasa estatura, que generalmente aparecían de noche a los caminantes de las regiones rurales de Cuba. Cuentan que solían llegar en pareja (algunos les creen hermanos gemelos), para hacer maldades y asustar a quienes se atrevían a darle las doce vueltas a una ceiba, a media noche. Generalmente se ocupaban de hacer travesuras a quienes pernoctaban en el monte cubano. Aunque casi siempre eran relacionados con la ceiba y el monte.

Hay leyendas campesinas que tienen otra visión de los chicherecúes. En este caso, serían dos genios negritos venidos de la costa de Guinea (2) 99, hombre y mujer, pero siempre emparejados y sin ropas, cuyo único objetivo es el retozo con aquellos extraviados en el monte, introduciéndose bajo las enaguas de las mujeres, fisgoneando y golpeando con invisibles puños a los varones. En algunas regiones de Cuba, había quienes tenían la creencia, que los chicherecúes tenían el poder de lanzar encantos y maldiciones. De éstas, la  más temida  de todas, era la maldición que hacían de la cintura para abajo, quitándoles la potencia viril a los hombres por un tiempo determinado. (3) 120. Para muchos estudiosos, esta figura puede identificarse con el mitologema universal del trickster.

Los babujales

Eran duendes producto de la magia, dedicados específicamente para trabajos en rudas faenas. Sus pequeños y nerviosos cuerpos, siempre en movimiento, estaban especialmente adaptados para trabajar rápidamente y sin descanso por mucho tiempo. Era creído por cierto, en la época colonial, cuando se daba el caso de algún esclavo, que había heredado de sus ancestros la posibilidad de llamar a estos duendes por medio de conjuros secretos y ceremonias para que acudieran al sembradío a cortar la caña que se le había asignado a su dueño y señor. Para lo cual este esclavo, se ocultaba en la maleza y sin que nadie pudiese verlo ni escucharle, realizaba sus inviolables conjuros.

Efectuaban estos duendes enanos su labor con tanta rapidez y eficacia que, aquellos a quienes les estaba dado observar los resultados, quedaban atónitos y sorprendidos. Pues según contaban los más viejos esclavos, eran solo vistos por quienes les tenían asignados. Aseguraban que los babujales andaban generalmente en parejas y al aparecer, siempre llegaban ansiosos por trabajar, pues de inmediato preguntaban a su dueño con desespero: —¿Dónde pego?, ¿dónde pego?— (Pegar, sinónimo de trabajar en al argot popular cubano). Hasta que su amo les dijera: —¡Pega ahí!—. Era entonces, que realizaban sus proezas (3) 76, apelando a sus mágicas virtudes. Las cuales al final, parecen darle a estas figuras tantas cualidades de duendes, como de genios, al ser llamados mediante conjuros y obedecer sin reparos a la voluntad de quien les convoca.

Los güijes

Al decir del investigador y folclorista cubano Samuel Feijóo,  “el güije es la leyenda cubana más recia, constante y completa” de la mitología cubana (2) 89. La mayor parte de la población le conoce como el negrito pasudo que hace maldades inocentes a quienes pasan por sus dominios, pero este personaje abarca otras muchas facetas no muy difundidas, que lo alejan del estereotipo del pequeño enano risueño y juguetón de pasas revueltas.

Es sin lugar a dudas, un duende de las aguas, pues siempre estuvo enlazado con las charcas, ríos, lagunas y demás masas de este líquido elemento. Su verdadero origen en nuestras tierras debe remontarse a épocas precolombinas, cuando ya estaba presente en las narraciones aborígenes con el nombre de “jigüe”. Es de suponer que más tarde recibe esta figura las influencias de las narraciones mitopoéticas del esclavo africano (2) 89, para quedarse en la memoria colectiva con el apelativo de güije. Así en algunas regiones de nuestro archipiélago cubano, se le conocía como jigüe y en otras como güije. El inolvidable Samuel Feijóo, en su obra Mitologia cubana, aborda con mayor profundidad este tema (2) 91-98 de los dos nombres.

Otras caras del güije

La representación exacta de esta figura sería totalmente imposible, ya que se han reportado a investigadores y folcloristas las más disímiles formas y características, con variadas mañas y profusos comportamientos. Desde el habitual negrito de pasas revueltas, que solo se dedicaba a bromear y hacer maldades, hasta los más horrendos, monstruosos y maléficos güijes con garras y alas, capaces de raptar niñas y cometer las más crueles fechorías. Una pequeña muestra de anécdotas y leyendas sobre el mencionado personaje se muestra a continuación.

El güije del Yayabo

Este ser habita en el río Yayabo (provincia de Sancti Spíritus). Su forma es muy parecida a la de un cetáceo, pues tiene cabeza humana de negro y cola de pez. Según la fantasía popular, asiste ocultamente a los oficios de Semana Santa, siguiendo un canal subterráneo que, desde un espejo de agua  llamado “Charco del negrito”, va hacia el altar mayor de la iglesia, dejándose ver los jueves y viernes santos, según testigos que han ido a bañarse allí. Para este viaje al templo católico, se transforma tomando figura humana, ya sea de hombre o de mujer, con lo cual logra disimular su presencia (3) 207.

El güije monstruo del río Sagua

Cerca de uno de los recodos del río Sagua (provincia Holguín), está el aun denominado “Charco del Güije”, que según cuentan estuvo habitado por un monstruo mezcla de hombre y de mono, con garras muy poderosas, dientes afilados, piel lustrosa y sin pelo. Se le atribuye asesinar a todo aquel que se atreviese a introducirse en estas aguas (3) 207.

El güije de Santa Clara colonial

Nos cuenta el folclorista Garófalo Mesa en sus “Leyendas y tradiciones villaclareñas”, sobre al güije del Caney (prov. Santiago de Cuba). Esta leyenda narra por boca de una negra vieja, que al decir de muchos jamás había mentido, sobre el día en que iba en busca de agua a un río cercano, cuando le salió una visión saltando sobre las piedras y los árboles. Era como un mono grande, que se asemejaba mucho a un hombre. Dicen que esta criatura acostumbraba a sentarse sobre alguna piedra del río, en las noches de luna llena. La misma noche en que se celebraban las fiestas del cabildo, frente a la iglesia del Buen Viaje, se apareció este güije saltando desde un tejado. El sacerdote le roció con agua bendita y aquello brincó sobre el techo de la iglesia, para  desaparecer de inmediato. Desde entonces, cuentan que en un rincón de aquel campanario de la iglesia, brotaron flores blancas en el tejado (3) 208.

El güije de La Bajada

En el curso del río La Bajada, en la provincia de Sancti Spíritus, hay algunas charcas que se mantienen casi todo el año. Una de ellas es conocida como “el Charco del Güije”. Se cuenta que aquí aparecía un negrito muy feo, de unas seis cuartas de alto, barbudo, dotado de fuerza extraordinaria y agilidad extrema. Salía de su madriguera durante las noches y hacía maldades a los vecinos de la zona. La noticia se extendió a toda la región y muy pronto se hizo famoso “el Güije de La Bajada”. Muchos intentaron atraparlo, pero nunca pudieron. La leyenda cuenta que cierta vez, apareció un manuscrito muy antiguo en las ruinas de lo que fuera una iglesia colonial, en el cual se brindaba un plan, que a decir del documento, era la única forma de poder atrapar un güije. Debían ir siete hombres primerizos1 llamados Juan, el día de San Juan, a las cuatro de la mañana. Un tiempo después se reunieron los juanes y armados de sogas, perros de caza, lazos corredizos y cadenas, lograron atrapar al negrito. Lo montaron en una carreta y lo llevaron al pueblo.

Iba el güije fuertemente atado de píes y manos. Los lugareños llenaron la calle principal de la villa, haciendo multitudes para verles pasar. La comitiva cruzaba frente a la iglesia, en el mismo momento que se estaba terminando la misa en la ermita. El oficiante mencionó entonces en voz alta: “Ite misa est”. Al oír esto, el güije dio un gran brinco en la carreta y cayó fuera, en la calle, ya desatado. Veloz como el viento y saltando endemoniadamente, huyó a toda velocidad. Dicen que algunos monteros le persiguieron a caballo, pero no pudieron atraparlo. Y por mucho que lo intentaron, nunca más lograron hacerlo. Actualmente, durante las fiestas sanjuaneras remedianas, se dramatiza esta farsa popular para complacencia, divertimento y alegría de la población asistente a estas fiestas folclóricas (3) 208.

Un güije pinareño

En San Juan y Martínez (municipio sureño de Pinar del Río), se hablaba de un misterioso ser que aparecía de noche ya muy tarde, en los cruces de los ríos y arroyos. Los mayores describían, unas veces esta criatura como un animal, otras veces como una persona indistintamente. Mas coincidían muchos en que, con solo aparecerse en la noche, su apariencia espantaba a los que se atrevían a cruzar esos lugares. Todos decían que no hacía daño, sólo asustaba. Cuentan que esto sucedía en casi todos los cruces del río San Juan y Martínez, con los caminos vecinales de la región. (3) 209.

El güije de Meyer

Este güije, del poblado espirituano, entre las montañas de Trinidad y Sancti Spíritus, Meyer, aparecía solamente en esta zona montañosa trinitaria. De mayor tamaño que todos los demás güijes y con enormes alas en las patas y manos; tenía pezuñas que le servían para sujetarse firmemente en la copa de los árboles y todo parece indicar, que era de malos instintos. Hace varios lustros, se contaba por los más viejos habitantes de esta región, que un Viernes Santo, una niña de doce años se encontraba tumbando mangos cerca del río que cruzaba próximo a su vivienda. La madre la llamaba varias veces preocupada, sin obtener respuesta. Cuando acudió al lugar, fue que vio como de lo alto de un árbol, saltó una rara figura que atrapó a su hija por la cintura y la condujo al río. Toda la familia salió acosando al güije con palos y piedras, hasta que este huyó. Desde entonces, en esa fecha los padres guardan a sus hijos por temor a que se repita el hecho (3) 209.
 
Hermanos del güije cubano

En estas narraciones y leyendas se nos muestran los típicos rasgos de comicidad, hipererotismo y a veces hasta demonismo, que  vinculan esta figura del güije cubano, con una de las más típicas de la mitología y el folclore de otras culturas del mundo, el trickster. Cuyos rasgos esenciales pueden identificarse igualmente: en el dios Loki, de la mitología germano-escandinava; en el personaje de Gongoloma-Sooké, en la cultura bambará; y de Legba en la dahomeyana. Este arquetipo también se aviene en parte al orisha Eleguá, de la mitología yoruba, con sus rasgos de travieso, juguetón, maldito, maquiavélico e intrigante. La mitología asturiana, presenta al personaje del Xanú, como un enano que vive en las aguas, el cual posee algunas de las características similares a nuestra versión más difundida güije negrito, aunque es blanco y posee una pequeña red, con la que atrapa a quienes vienen a perturbar sus espacios (3) 207. Pero también el güije cubano posee sus equivalentes en casi toda Latinoamérica. El folclor uruguayo les denomina “negros de agua” (2) 126; en Ecuador, “La Tunda”; en Paraguay, “Yacy Yaceré”; en Colombia, “Ribel”, Ribereño” o “Mohan”; en Brasil “Duende Sasy” (3) 209.

La otredad de estos duendes

Sin embargo, aun puede mostrarse una visión totalmente diferente de las aquí enunciadas, que brinda otro sentido a la existencia de estas criaturas fantásticas. Hay un punto de vista diferente, que acostumbra a percibir en lo que hoy solemos llamar las Leyes de la Naturaleza, una Gran Inteligencia, con capacidad para guiar y dirigir a seres mucho más elementales que los humanos, de acuerdo con ciertas reglas, para acelerar su evolución. Serían estos, los gnomos, duendes, hadas, elfos, ninfas y trasgos, que las más variadas mitologías generalmente sitúan en los vientos, lagunas, montañas, montes y ríos. Para los partidarios de ese modo de ver el mundo, éstas criaturas fantásticas serían diversas versiones de aquellos mismos seres elementales (representan o tienen relación con los cuatro elementos). Según esta visión de las cosas; el güije cubano, podría ser entonces un ser elemental de las aguas y el chicherecú, lo sería de la tierra, o de las plantas del monte, o de la criollísima ceiba. Así los babujales tendrían otra dimensión, tal vez como aquellos genios en las que se frotaba una lámpara maravillosa, o un anillo mágico, y aparecían deslumbrantes personajes dispuestos a conceder deseos a sus dueños.

Analogía estas, que de alguna manera nos lleva a especular sobre la posibilidad de lo que ocurriría, si pudiésemos remontarnos a las más sublimes creencias de nuestros primigenios ancestros, que en su época tuvieron otra visión mucho más cercana a la comprensión de la naturaleza. Tal vez podríamos observar mejor el mundo que nos rodea y darnos cuenta de cómo, la creación toda se constituye a partir de un código simbólico, en el cual, cada una de sus partes, están en la más estrecha relación con las otras. Mostrándonos en estas criaturas mitológicas, otra realidad oculta y misteriosa, que simplemente obviamos, al no tener ya la disposición con la cuales ejercer las capacidades para llegar a vislumbrarlas. Así estos relatos y leyendas, a más de brotar espontáneamente de un imaginario colectivo, como se supone actualmente, provendrían tal vez de una “memoria ancestral”. Quien sabe si aquella misma “Memoria Universal”, con la que cierta vez estuvimos enlazados los humanos al principio de los tiempos, y que hoy día, inmersos en esta embriagante materialidad que nos conquista y atrapa, hemos tenido a bien olvidar.

Bibliografía


1.- Toporov, Vladimir N. y otros: Árbol del Mundo. Diccionario de imágenes, símbolos y términos mitológicos.  Colección Criterios, Casa de la Américas, La Habana, 2002  ISBN: 959-260-055-4.

2.- Feijóo, Samuel: Mitología Cubana, Ed. Letras Cubanas, La Habana,
1986. ISBN: 011-08-07.

3.- Chávez Spínola, Gerardo E. y Manuel Rivero Glean: Diccionario de mitología cubana, Ed. Aduana Vieja, Grupo Publiberia. Valencia, España, 2010.
ISBN: 978-84-96846-47-0
web: www.publiberia.com