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La única verdad de su existencia: el silencio. Entrevista a Ernesto Pérez Chang

Ángel Herrera Oviedo, 17 de julio de 2012

Ernesto Pérez Chang llega con retraso a nuestra cita en la librería Fayad Jamis. Se sienta y asume pose de quien está cómodo, pero no a sus anchas, tranquilo pero atento, como en guardia, dejando escapar cierto entusiasmo al comentar algunos temas. De pronto, su simpatía austera y humanidad sirven de inevitable puente para el diálogo.

La obra de este narrador y editor ha sido reconocida con numerosos premios nacionales e internacionales, además, sus cuentos se han incluido en numerosas antologías dentro y fuera de Cuba.

El arte de morir a solas fue el libro de cuentos premiado con el Alejo Carpentier 2011. ¿Los personajes son en realidad criaturas condenadas a descubrir y aceptar el aislamiento?

Una cosa es el aislamiento y otra la soledad. Hay grandes diferencias entre una y otra condición. El aislamiento no siempre implica soledad, ni esta última supone el primero. Hay un abismo entre las connotaciones físicas y las espirituales, y mis personajes son seres solitarios que solo en ocasiones recurren al aislamiento como aceptación o derrota. La soledad los precede, es una condición que no puede declinarse, pero esa soledad a priori no siempre genera angustia.

Es posible que el lector encuentre en mis páginas algún personaje que sea un sujeto feliz, que goza de su soledad o que convierte en una saga personal la búsqueda de esta en su naturaleza más pura, no sé. No todos los personajes de mi libro están condenados a descubrirse y aceptarse como solitarios o como seres aislados. Algunos de ellos obstinadamente ignoran como ejercicio y se rebelan en un acto suicida, no son capaces de ver los hilos que los mueven como a marionetas, porque no les es permitido ese descubrimiento, así como tampoco pueden escuchar la carcajada en off de un ser invisible que les ha mentido con el cuento del libre albedrío, de modo que su rebeldía, su lucha, además de inútil, termina por ser tonta. Creo que es un tema recurrente en mi obra narrativa, desde Últimas fotos de mamá desnuda hasta mi más reciente novela: Alicia bajo su propia sombra (Ediciones Unión, 2012), donde intento poner fin a un ciclo sobre la soledad y el silencio que ya me ha ocupado cuatro libros de relatos y dos novelas. En esta última, todos los personajes solitarios de mis libros anteriores (locos, prostitutas, asesinos, seres deformes, criaturas mediocres) están condenados al aislamiento en una isla olvidada.

¿Qué es lo principal que debe tener un escritor cuando escribe?

Podría responderte así de rápido: papel y lápiz, pero creo que tu intención es tenderme una trampa para que yo comience a teorizar y a dar consejos que no son mi especialidad. Pero en verdad, el escritor, el verdadero escritor, solo necesita papel y lápiz; y por supuesto que vida, muchas vidas, lo cual no se refiere ni a años cumplidos ni cantidades de libros publicados ni volúmenes cúbicos de  manuales de gramática y redacción indigestados ni bibliotecas devoradas. El escritor debe ser una especie de bestia capaz de vivir muchas vidas en muy corto tiempo, y vivir con todos y pelear contra todos y solo a favor de su autenticidad y de su sobrevivencia física y espiritual.

¿Qué representó para usted ganar el premio Alejo Carpentier?

Solo unos pocos amigos saben lo que representó para mí este premio, pero no todo debe ser revelado. Antón Arrufat, por ejemplo, tiene sus teorías y Jorge Ángel Pérez cree tener sus certezas. No me tomo muy en serio los premios y distinciones porque creo que no me tomo muy en serio nada. Lo cierto es que hoy, en Cuba, los premios como el Carpentier pueden salvar por un tiempo a un escritor como yo, que para sobrevivir tiene que desdoblarse en editor y corrector de cuanto sea susceptible de ser editado y corregido, en escritor de reseñas, guiones, manuales, prospectos y de cuanta cosa hecha con letras y palabras. He escrito todos mis libros jugándoles “cabeza” a mis jefes y sacando tiempo de donde no lo hay, y entonces vino el premio, y en consecuencia, de modo ingenuo, pensé que el monto me daría mucho más tiempo e independencia, pero no, mi año jubilar ha terminado y la vida del premiado es sueño y los sueños, sueños son.

¿Cómo ves nuestra producción literaria dentro del complejísimo cuerpo literario hispanoamericano y, específicamente, caribeño?

Casi no la veo. Y creo que casi nadie la ve. O vemos lo que quieren otros, quienes no son ni hispanoamericanos ni caribeños, y ni siquiera son escritores, pero tienen el poder de diseñar nuestro cuerpo literario “visible” con sus redes de distribución.

Si nuestra literatura, es decir, toda la que se escribe ahora en Cuba y fuera de ella por cubanos, con toda la variedad y la riqueza expresiva que vislumbro tras la lectura de excelentes poetas y narradores, formara parte del cuerpo literario de algún lugar, deberá ser algo así como la lengua dormida de un zombi o un lunar hacia el fondo de un ombligo peludo.

Puedo entender que los sistemas editoriales en el mundo se rigen por otras leyes tal vez muy diferentes a las nuestras, pero es tiempo de que las editoriales cubanas y las agencias literarias (creo que tenemos una sola y muy poco efectiva y aún no del todo consciente de que deben trazarse estrategias radicales de vida o muerte) tengan en cuenta en sus planes el ir mucho más allá de la impresión de los libros para quedar bien con unos cuantos autores encolerizados, echar a un lado los compromisos con sujetos cuyo aval literario es solo un premio nacional que se agenció con los años cumplidos y con la muerte a las espaldas y no con el verdadero valor de su obra. Es tiempo de que nuestros editores sean auténticos expertos literarios que puedan intuir el valor de un autor desconocido y de que las personas que dirigen las instituciones culturales desempeñen su verdadero papel.

Con la publicación de la obra no termina la relación editorial-autor. Antes y después debe implementarse una estrategia de divulgación personalizada, inteligente. No todos los autores y obras pueden ser promovidos con los mismos instrumentos y bajo la misma norma. Los especialistas en promoción se limitan solo a enviar correos electrónicos con invitaciones y notas de prensa minimalistas a nuestros periódicos y revistas tan “jugosos” de páginas, el resto del trabajo queda en manos de los propios autores que deben tocar puerta por puerta para convocar a sus amigos a un simulacro de presentación en la que, si tienen suerte, habrá un periodista soñoliento y, al final, un brindis con una rara infusión criolla o con vinos y saladitos, en dependencia de la categoría que le hayan asignado ―donde al parecer se corta el bacalao― el grado de amistad con el dueño de la alacena o el aprecio o el miedo que le tengan.

En ese paisaje diabólico nuestra buena literatura marcha hacia la invisibilidad total, con la desidia lograremos el silencio absoluto que tanto añoraron Virginia Woolf y Musil, pero en nuestro caso bajo la marca de la nulidad.

En el acto inaugural de la 21 Feria del Libro, Ambrosio Fornet, en el discurso de agradecimiento, nos ilumina con grandes verdades. Fue preciso y oportuno como siempre lo ha sido. Recomiendo que lean sus palabras y, como decimos los cubanos, nos llamemos a contar de manera urgente.

Después de su salida como Jefe de Redacción de la revista Unión, ¿no cree que haya muchos resentimientos dormidos y daños por resarcir?

No soy un resentido. Debo revelarte una cosa: nunca me encariñé con la revista; soy perverso en mis amores pero no a ese extremo, además, no era mi sueño echar raíces allí.

Desde que llegué a la UNEAC en el 2008, y con los ecos del congreso aún resonando en mis oídos, sabía que una liebre saltaría por algún lado en cualquier momento. Me quedé porque me gustaba la incertidumbre de aquel paraje selvático, pleno de criaturas tenebrosas agazapadas. Era lo más parecido a un safari “culto”. Esos desafíos me atraen. No le temo a nada. El desamor de los extraños me estimula. Hice la revista hasta donde pude y, por qué no, hasta donde quise. No odio a nadie pero tampoco quiero a ninguno. No odio a las personas por sus defectos, porque reconozco que los tengo todos y, cada vez que me descubro uno más, crece mi amor por mí. Soy simplemente un sujeto que, ante la pacatería y la mala voluntad, a veces enmascara su escaso humor en actos de protesta. No obstante, cuando veo que alguien quiere “tirarme a mondongo” o se imagina que puedo ser el lado más débil de la cuerda entonces, chino al final de cuentas, saco mi abanico de las decapitaciones, lo abro y digo: “Flolamalilla, flolcololá, el chino que tenías delante, ahora lo tienes detlá”. Los detalles del escándalo por el número 69 de Unión son de conocimiento público. Fue obra de un grupito que obró con muy mala fe. El número era orgánico, culto y saludablemente impúdico. Ahora, distante de los sucesos, debo confesar que nos divertimos mucho haciéndolo, sabía que sería provocativo y revelador de una naturaleza humana invariable forjada desde mucho antes de Aretino. El ser se es y no puede ser declinado.

¿Por qué cree que esta nueva escritura que se está haciendo actualmente en Cuba es muy diferente de aquel estilo panfletario de pasadas décadas?

En otras épocas no se hizo jamás una literatura exclusivamente panfletaria, solo que aquella que no lo era estaba condenada a la invisibilidad.
Hoy en día también hay literatura panfletaria que, agazapada, siempre intentará una reinstalación, un acto reivindicatorio, pero los espacios culturales y políticos son otros, y creo que quienes la promovieron en su momento saben hoy que es un camino sin salida, una peligrosa moneda de doble valor. Hoy se hace una literatura plural, diversa, distinta y tan ruptural como las de otras épocas. Esa es la condición de toda obra cierta; lo demás es artesanía literaria.

Nuestra literatura no es mejor ni peor que la anterior, es nuestra literatura con nuestros experimentos y hallazgos formales y estilísticos propios. No obstante, un tipo de literatura reporteril se va imponiendo. El autor quiere ser el cronista atrevido y ocupar los espacios que él entiende que debe cubrir cierto tipo de periodismo. No veo mal esta tendencia pero advierto que tal estrategia no debe suponer una marca de “actualidad” ni se debe “educar” al lector en que una obra literaria escrita por un autor cubano siempre debe ser una especie de crónica social; es lo mismo que en un tiempo sucedió con el cine cubano que forzosamente debía ser humorístico y si un director deseaba ser popular debía cargar con el lastre de las escenas de “criollismo” que arrebataban al público. Con la literatura cubana está sucediendo algo parecido. Hay un lector de escasa información y malformado por los sistemas educativos y editoriales que solo busca en la narrativa cubana la crónica cuajada de color local, crítica social y sexo.
Hay que enseñar a leer, a degustar un texto, a disfrutar una obra sin buscar una parábola de actualidad, ni una enseñanza moral, o esperando a que te “comuniquen” algo. Por suerte, en Cuba, no todo anda por esa cuerda, y hay autores arriesgados, de fuerza, pero la mayoría son desconocidos que cargan con su obra bajo el brazo, que se leen entre ellos mismos y que han puesto todas sus esperanzas en una tirada de apenas mil libritos que lentamente llegan a manos de los amigos, o se amarillan en los estantes de las librerías o se vuelven comida para ratas en los almacenes… pero aun así tienen fe en el tiempo.

¿Qué criterios tiene sobre la Feria del Libro?

A veces no me parece una feria del libro, sobre todo cuando recorro las provincias y veo que no llegan ni la mitad de los títulos que uno ve en La Habana, donde tampoco los libros son suficientes.

Sé, porque soy editor, que las instituciones se esfuerzan por elevar la producción y satisfacer demandas pero, como te dije antes, parece que trabajáramos a ciegas porque una gran parte de nuestros editores no son intuitivos y no se trabaja en las editoriales bajo la guía de estudios serios sobre índices y calidad de la lectura, demanda en las librerías y de ese modo terminamos llevando a la Feria una producción que poco tiene que ver con la verdadera demanda y el verdadero objeto de una feria del libro que, creo, es promover la lectura y a los autores, la literatura. Parece una fiesta a propósito de algo posible en un futuro. He visto, por los días que visitaba Holguín y Santiago de Cuba, a los autores cargando con sus propios libros porque por un problema de distribución no podían llegar como debería ser: con un editor, un stand, una campaña de promoción precediendo al autor, un espacio y una persona profesional convenciendo al público de por qué es necesario leer ese libro por el cual el Estado ha arriesgado una parte valiosa de su erario, que bien podía haber invertido en la producción de huevos.

Repito que publicar, para las editoriales, no se debe convertir en el saldo de una deuda moral con un escritor que cree que debe ser publicado solo porque lo acostumbraron a que existe una especie de cuota nacional.

Si esa idea retorcida del objeto editorial cambia, cambiará la Feria del Libro, si las editoriales, desde una perspectiva no capitalista pero tampoco paternalista, asumen como objeto fundamental la importancia decisiva de la literatura, y se arriesgan con el escritor hasta sus últimas consecuencias, promoviéndolo seriamente, siempre que posea una obra de valor cierto, avalada por los criterios de un equipo editorial informado, actualizado, culto, sagaz, con sentido de pertenencia a una familia o un grupo que no solo debe sobrevivir sino imponerse, entonces el panorama de nuestras ferias será otro, y se distinguirá del resto de las ferias del mundo tan comerciales, tan desvirtuadas, pero efectivas en sus propósitos.

No obstante, es en las ferias del libro por las provincias donde descubro esa literatura que muchos se empeñan en ignorar. Autores valiosísimos escondidos en tímidas publicaciones territoriales pero desamparados por esos monstruos antiliterarios que son la ineficiente y morosa distribución, el desdén hacia los desconocidos y la enfermedad del estrellato literario de algunas “personalidades” que exigen que los aplaudan fuerte solo para ahogar con sus chillidos el canto de los nuevos.

¿Tienes cierta preferencia por algún género literario?

La poesía, siempre la poesía. Soy incapaz de escribir un buen poema, por eso respeto tanto a los poetas buenos, leo sus libros una y otra vez y siempre con el deseo de poder llegar algún día a hacer algo parecido. Bajo la sombra de esas lecturas escribí mi único libro de poesía. De milagro gané una beca de La Gaceta de Cuba que celebré como si fuese el Nobel, no lo digo nunca pero es mi premio más querido. Mas, en serio, prefiero la poesía porque me descubre posibilidades lingüísticas infinitas y me dota de herramientas para desgranar la esencia de las cosas desde una mirada única, auténtica, profunda.

Cuando el poeta es bueno es capaz de cambiarte la visión del mundo, colocarte en resonancia con él, es decir, con el poeta. Es un acto místico. Muchos de mis cuentos y personajes están construidos a partir de la poesía, por eso algunos críticos han señalado la importancia decisiva de los experimentos con el lenguaje en mi obra. El verdadero poeta te enseña el valor de una palabra, el grado de significado, su pertinencia en un contexto. Cuando viajo a las provincias, durante las ferias, regreso a mi casa cargado de libros de poesía y me doy cuenta, más tarde, que no he comprado ni una novela ni un libro de cuentos, solo poesía.

¿Por qué ha incursionado menos en la novela que en el cuento?


¿Lo crees así? He escrito tres novelas pero solo dos están publicadas. Hay una cuarta novela en proceso de escritura. Tus ojos frente a la nada están, publicada en 2006 por Letras Cubanas, es una tomadura de pelo. Es como un libro de cuentos fragmentado. Al principio disfruté mucho construyéndola, después me agotó, me aburrió, la dejé engavetada y la retomé un año más tarde solo con el deseo de salir de ella, era como un demonio embotellado. No quería desecharla como la primera novela que escribí que, en un arrebato, eché a la basura porque no me complacía. La había enviado al premio UNEAC de novela y hasta obtuvo una Primera Mención, me propusieron publicarla pero, a la distancia, al releerla, me pareció ridícula. Solo quedó de ella un par de capítulos, uno de ellos se convirtió en Los fantasmas de Sade, mi relato más publicado y traducido, con el cual gané el Premio Iberoamericano de Cuentos Julio Cortázar en 2002. Ahora acaba de salir, por Ediciones Unión, Alicia bajo su propia sombra, disfruté mucho escribiéndola, reescribiéndola, y es la historia alucinante de un solitario atrapado en una isla devastada por la guerra y por los sujetos estrafalarios que la habitan, es una vuelta a aquel personaje niño de Últimas fotos de mamá desnuda que vemos marcharse porque “quería pasar transparente”, es decir, algo más allá de inadvertido, cuando descubre que la mujer desnuda de las fotos, el objeto de su deseo, era su madre, una prostituta, enloquecida, enferma, que la abuela ocultaba en el desván.

Ese niño, ahora nombrado Eugenio, ha crecido y Alicia, su alter ego, es una prostituta que quiere salir de la Isla donde está irremediablemente atrapada. Como puedes ver, he escrito algunas novelas, casi la misma cantidad de libros de cuentos, que ya van cuatro con El arte de morir a solas. En verdad no soy tan productivo y lo poco que logro terminar lo someto a un examen riguroso. Si no me convence, se va a la basura, no dejo rastros, quemo hasta los cuadernos de notas y los apuntes en hojas sueltas. No quiero que ni de casualidad llegue a manos de nadie. Solo lo que llegue a ser publicado con mi consentimiento será mi obra definitiva, lo que duerme en las gavetas de mi escritorio son solo las tretas de un demonio perverso; el camino a la imprenta es largo y difícil y me gusta que sea así.

Futuros proyectos literarios…

Hay una novela construyéndose pero, como te dije antes, no hay seguridad de que pase algún día a manos de un editor. No me apura publicar. Siempre escribo, todo el tiempo, y me gusta escribir cuentos, planearlos de principio a fin. Saber dónde empezar y dónde terminar… eso me da placer pero publicar es otra cosa. Ahí termina el goce de la escritura y comienza la vanidad. En ese instante no soy escritor soy un sujeto fatuo muy diferente a Ernesto Pérez Chang cuando escribe. No pienso en nada más allá de esa página que construyo, no hago planes futuros, construyo siempre en el presente y la distancia de solo dos meses me parece una eternidad, un futuro demasiado lejano, pudiera morir ahora y dejar todo inconcluso, perder el aliento, no puedo saber si escribiré mañana, es decir, dentro de menos de veinticuatro horas, tal vez no tenga el sentido que tiene en este instante en que te respondo, y ese acto que me parece sublime y místico me parezca ridículo, inútil.