Yamila Peñalver, una nueva voz en la narrativa cubana
Con saludable frecuencia asistimos a la incorporación de nuevas voces a la literatura del país. Llama la atención la cantidad y calidad de narradoras jóvenes que hoy escriben, muchas de ellas con premios y reconocimientos importantes. En esta oportunidad les traigo un cuento de Yamila Peñalver Rodríguez (La Habana, 1978), licenciada en Psicología y egresada del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso. Finalista del Concurso Nacional de minicuentos Casa Tomada (2006), y mención en el certamen Celestino de Cuento 2011 y 2012. Próximamente aparecerá publicado, en la colección Analekta de la Editorial La Luz, su cuaderno Menos de cien botellas, del cual seleccionamos el texto que presentamos.
Yamila exhibe pericia narrativa y agudeza, cualidades que le permiten utilizar —para armar su propio relato— situaciones y personajes de la conocida novela de Ena Lucía Portela, Cien botellas en la pared. De nuevo el loco Moisés hace de las suyas, pero esta vez desde la mirada de un nuevo narrador, o mejor narradora, que hilvana la historia a partir de elementos que, supuestamente, quedaron por decir en la obra citada. La escritora llega incluso a introducir en la trama, con evidentes referencias, a la propia Ena Lucía, aunque bajo otro nombre. Una recreación íntertextual, lúdica, temeraria, donde la autora pretende develar las claves anteriores. Lo real y lo fantástico se mezclan sin costuras (en general no se aprecia ningún tipo de puntada en el texto) en medio de situaciones disparatadas, no exentas de humor, y a la vez dolorosas.
En fin, para los que conocen la novela de Ena Lucía, el cuento de Yamila les resultará una sagaz apropiaciación, una muestra de su talento y singularidad como narradora; para los que no, auguro que les funcionará igualmente. Eso espero.
Alberto Marrero
Menos de cien botellas
Yamila Peñalver
Cien botellas en una pared,
cien botellas en una pared,
si una botella se ha de caer…
Tomó la decisión de espiarle una mañana al cruzar frente a su puerta y sentir aquellos gritos. Gritos de mujer. De mujer maltratada por un hombre. Un hombre que, entre golpe y golpe, a ratos, también la ofendía: ¡Cállate, estúpida! ¿Estás loca?
Pese a sus buenas costumbres pegó la oreja a la puerta y contuvo la respiración. Fue inútil. Del otro lado, cual si presintieran la presencia de intrusos, optaron por el silencio.
Otro día se lo tropezó en el parque camino del mercado, zarandeando a una gordita con cara de buena gente, y a paso rápido se alejó sin ser vista para ocupar un banco cercano. Nunca pudo contenerse ante las intimidades humanas. La gordita en cuestión intentaba escapar del agarre y el tipo la sacudía aún con más fuerza, e incluso le dio dos bofetadas, antes de dedicarse a la insólita tarea de desabotonarle la blusa. Por suerte no andaba casi nadie por los alrededores, sólo ella y un viejo que volvía de comprar el periódico (el pobre debió poner los ojos como platos al ver a aquel troglodita de barba blanca, todo desarrapado, sobándole los pezones a una gorda que se desgañitaba del dolor).
El troglodita se llamaba Moisés; aunque por su manera de caminar, los ojos inyectados en sangre bajo las gafas oscuras, la risa luciferina y ese olor peculiar mezcla de sudor, perfume caro de hombre y efluvios de alcohol con algún componente indefinible, cualquiera hubiera podido confundirlo con el propio anticristo. Sus apartamentos quedaban uno encima del otro, ella en el piso de arriba. Gracias a eso pudo informarse también sobre diversos asuntos antes de llegar a catalogarlo como una seria amenaza. Sabía, por ejemplo, que guardaba un rencor eterno, una rabia absoluta contra “ellos”, “los otros”, “canallas”, “estúpidos”, “bastardos representantes del género humano”, blanco indispensable de su odio mortal. Estaba convencida de que habría muerto de no poder denostar contra todos y todo lo existente; pero eso no le hacía especialmente peligroso en su opinión, así que apenas se preocupó (los primeros días luego de mudarse para el edificio), al escucharle despotricar, a horas tan sublimes como las que las personas utilizan para dormir, acerca de cualquier bazofia que le pareciera digna de interés. Debió, no obstante, acostumbrarse a permanecer despierta hasta que el tipo caía rendido por el exceso de alcohol, y muy pronto acabó por aficionarse a escribir de madrugada.
Claro que muchas reuniones del CDR fueron convocadas (en cada cuadra un comité y en cada barrio Revolución); pero no dieron ningún resultado. Cierto que alguna que otra vez vino la policía y se lo llevó a dormir la mona tras las rejas; eso cuando le daban las tantas en su espectáculo y alguien con teléfono no los dejaba dormir a “ellos”, “los otros”, “los fianas”, y entonces no les quedaba más remedio que venir a buscarlo. Porque de la CÁRCEL, así con mayúscula, lo salvaba su abultada historia clínica, y de Mazorra, ese otro lugar hecho a su medida, el pequeño detalle de tener una familia que podía, según las instituciones pertinentes, hacerse cargo.
Pero estas cuestiones pasaron a ser secundarias cuando el tipo empezó a ponerse violento. Primero, la pateadura a aquella infeliz que tildaba de loca mientras la golpeaba; después las vejaciones a la pobre gordita a plena luz del día en medio de un parque. ¿Hasta dónde sería capaz de llegar? Escritora al fin, llegó a imaginar las más terribles historias. El juego a la postre le resultó tan divertido que decidió escribir una novela tomándolo como personaje.
Y de pronto, ¡zaz!, el asunto tomó un cariz imprevisto. De la noche a la mañana, la misma gordita buena gente acabó por enredarse en una absurda relación con el loco del vecino, pese a todas las señales que le auguraban un terrible desastre. ¿Cómo puede ser tan tonta?, pensaba nuestra flamante literata (comenzando a creer que quizás la inocente fuera la víctima de los párrafos iniciales de esta historia). ¿Cómo ayudarla? Ocurrió entonces otro suceso inesperado.
Resbalar con una cáscara de plátano, incidente manido, tanto en la televisión como en el cine, suele suceder a veces con más frecuencia de la que se cree; pero que le sucediera a ella, Eva Luz de La Portilla, resultaba inconcebible. Siempre se había fijado muy bien por dónde iba, so pena de tropezar y caer, en un mundo tan convulso como el nuestro. Debía reconocerlo sin embargo: resbaló, se cayó en plena calle (con gran estrépito incluso) y fue a dar, contra todo pronóstico, a los pies de Moisés.
No entendía nada ella, barruntó él en lo alto, que para eso de estarse cayendo las mujeres tenían el uno. Eran torpes, muy torpes casi siempre; mejor dicho, siempre, que ni su madre se salvaba del flagelo de la estolidez. Y es que había que ser estúpida, tarada, trozo de imbécil, para no ver una cascarita en el pavimento, y si esperaba que le hiciera el favor de ayudarla estaba muy jodida, que mucha preocupación traía ya con andar a la caza de los infames, tunantes y cuantas ratas apestosas pululaban por la ciudad.
Porque La Habana puede ser una ciudad muy sucia, ¿lo sabías?, continuó como si tal cosa, mientras Eva intentaba incorporarse ante la indiferencia de su mirada, el dolor recorriéndole cada parte del cuerpo (dolor y no vergüenza, que caer, lo que se dice caer, puede pasarle a cualquiera, incluso a una escritora de cierto éxito. Ya conocía ella a muchos que también habían caído y de alturas lamentables). Hay suciedad de muchos tipos, basura para todos los gustos, seguía Moisés. Es interesante la basura, permite conocer a la gente, hurgar en sus miserias, saber qué comió, cómo vive y hasta lo que piensa. Porque el hombre piensa como vive, eso lo dijo Marx; aunque seguro no lo sabes, las mujeres nunca saben nada. De todas formas ése era un farsante igual que los demás, con lo mal que vivía y mira sobre todas las cosas que tuvo tiempo de pensar. A otro con ese cuento...
Pero bueno, Engels lo mantenía precisamente para que pensara, se dijo sin dejar de observarlo, aún adolorida, en el momento en que tornaba a enfrascarse en otro complicado diálogo.
…que al final todos nos volvemos basura y de la peor clase, pútrida e insignificante, pasto de los gusanos y un sinfín de alimañas. La muerte es la magnificación de la basura, la basura en su más alta expresión, y la vida otro tanto, peor que peor… Y deja de mirarme de ese modo o tendré que espantarte un tortazo, no me gusta que me miren.
A ella le interesaba la violencia en cualquiera de sus manifestaciones; pero no estaba dispuesta a sufrirla en su persona, por eso, desde la posición en que se encontraba, se fue levantando como pudo, apoyando primero un pie (el izquierdo, para que no vayan a acusarla de supersticiosa) y después el otro, para volver a caerse en el acto.
¡Ahora sí!, parece que me torcí el tobillo y no hay un alma por todo esto. Porque no podía dejar de extrañarle (je, je) que a las tres en punto de la tarde aquella cuadra se encontrara tan repentinamente desierta, cosa que no ocurría ni siquiera muy temprano en la mañana.
Mire, le dijo tratando de ser amable, no puedo caminar y necesito llegar hasta mi apartamento, le ruego que me ayude, es en el tercer piso.
La miró con espanto y ella se preguntó si alguna vez habría sentido compasión por alguien, para responderse enseguida que si no lo hizo era inútil culparlo, pues estaba claro que nadie la sentía por él. Daba lástima, pero se cuidó mucho de decírselo no fuera a ser que en realidad le pegara, no le creía capaz de digerir una muestra semejante de afecto.
En fin, él la miró con espanto y luego se echó a reír con su risita diabólica, encendió un cigarro y continuó observándola, al parecer, analizando la situación. Puedo subirte, concedió por fin, ¿y tú qué me darías a cambio?
El colmo de la desfachatez. ¿Qué se pensaba ese loco? Eva volvió a pararse, apretando los dientes, y le dio la espalda en pos de la entrada del edificio. Cada salto le parecía una eternidad; de pronto sintió que la aferraban por detrás levantándola en peso, un brazo bajo su axila y el otro bajo las corvas.
No se detuvo hasta el segundo piso, donde sin mucho esfuerzo la apoyó contra la puerta (en ese momento le recordó al Viejo y, sin poder evitarlo, le vino a la mente también el Asesino) para sacar la llave y abrir.
A pesar del peligro que podía significar estar a solas con un tipo semejante, no se molestó en protestar: jamás pensó que alguna vez pudiera husmear en su guarida.
La casa resultaba tan o más desastrosa que el dueño, un paraíso de la mugre y el reguero más atroz. La dejó en la sala sobre una butaca desvencijada que olía muy mal y se perdió en una de las habitaciones (la cocina, quizás. No estaba segura con aquel desorden) para regresar con una botella que se empinó de golpe hasta quedar sin resuello. Volvió a encender un cigarro, dos, atiborró de humo la habitación, y entornó los ojos para observarla. Era muy fresca ella, le dijo por fin, mira que pedirle ayuda como si fueran viejos conocidos. Que ni le pasara por la cabeza tomarle el pelo, nadie lo había hecho en mucho tiempo. Que no dudara que podía eliminarla, desaparecerla, reducirla al sueño eterno; era cosa fácil eso, y después se iría él mismo a dormir de lo más tranquilo.
La muerte en su boca adquiría el significado del descanso, la tonalidad salvadora de los dioses, algo sin mucha complicación, el paso fugaz de un estado a otro, de la existencia a la nada (uy, qué miedo). Aunque mirándolo bien, no le pareció un asesino; al menos, no de los clásicos, de ésos que premeditan y calculan. Eran sólo un hombre y su delirio: violentos, descarnados; pero comunes a fin de cuentas. Le resultó entonces mucho más interesante que al principio. ¿Qué hizo para terminar de ese modo? ¿En qué momento decidió tirar su vida por la borda o qué extrañas circunstancias lo impulsaron a hacerlo?
Él, en tanto, continuaba expulsando humo, pródigas volutas grises que se deshacían con lentitud. Tiene muchos libros, le comentó Eva por decir algo, señalando el gigantesco estante que cubría toda una pared. Moisés enarcó las cejas. ¿Qué sabrás tú?, se burló. No poco, soy escritora. Bah, una profesión de mierda, en su mirada brilló el desprecio. ¿En serio?, ella pasó la vista sobre los gruesos tomos. En ese caso, ¿por qué los conserva? Porque me da la gana, y cállate de una vez.
Por lo pronto prefirió no enfurecerle y acogerse al silencio; poco después fue él quien habló: conservaba los libros porque no molestaban, no hacía falta vigilarlos, se estaban quietos en su lugar y punto. No eran complicados los libros; a lo sumo, extensos e incomprensibles sólo para los tontos. Nada que ver con los seres humanos, tanto ruido y al final, muy pocas, poquísimas nueces.
Interesante razonamiento, aunque fácil de rebatir para una interlocutora tan avezada: Es posible, pero los libros, al fin y al cabo, son obra de la inteligencia humana.
Definitivamente se había propuesto sacarlo de quicio. ¿Qué buscaba? ¿Sostener un debate interminable? ¿Confundirlo? Que se fuera olvidando de eso, jamás le haría tragar sus embustes. ¿Para qué me trajo entonces?, aprovechó Eva la oportunidad. ¿Su hija no viene hoy?
La última pregunta dio justo en el blanco. Furioso le increpó: ¿De qué hija hablas? ¿Estás loca? Daba risa, para Moisés, rey de los desequilibrados, todo el mundo parecía estarlo más que él. Esa muchacha que suele visitarlo, continuó ella como si tal cosa. No era su hija, sino apenas un incordio, un torpe remedo de mujer que se veía obligado a soportar. De buena gana la espantaría. ¿Y cuál es su nombre?, quiso saber Eva con impaciencia. Zeta… se llama Zeta, ¿puedes creerlo?
Ni siquiera perdió tiempo en cuestionarse el nombrecito (no iban por ahí quienes se hacían llamar Equis, Ele o Eme, ¿por qué una Zeta tendría que escandalizarla?). Y bien, insistió, ¿vendrá hoy a visitarlo? Eso no le importaba un carajo, ¿quién le dijo que podía ir por ahí metiéndose en los problemas ajenos como un vulgar policía?
Una, en todo caso, una vulgar policía, aunque sin dudas la comparación le gustaba. Más por lo de vulgar que por lo de… en fin, a ese ritmo iba a terminar orate igual que el tipo. Quizás lo mejor fuera hacer las cosas de otro modo.
Mire, le propongo un trato, lo miró de frente y le dirigió su más amable sonrisa, Empecemos de cero, ¿quiere? A fin de cuentas somos vecinos, tenemos que seguirnos viendo a diario… Me llamo Eva, Eva Luz de La Portilla, y le tendió una mano que él nunca llegó a estrechar.
Así que Eva…, rumió apenas por lo bajo y nuestra heroína, para su disgusto, alcanzó a notar que ahora la miraba de forma distinta. Al menos de su desprecio evidente se salvaba con la amable indiferencia de los que se saben superiores. Para su asombro repentino carecía de defensas. Queriendo salir del paso preguntó: Y a esa Zeta, ¿la conoce desde hace mucho?
Si algo no soportaba de las mujeres (si es que quedaba alguna cosa que soportara de ellas) era esa obstinación rayana en la imprudencia. ¿A qué venía tanto interés por semejante esperpento? ¿Qué podía importarle un ser tan insignificante, nimio, prescindible, baladí, insulso y falto de atractivo como aquél? Eva sonrió. En su modesto criterio, alguien en pleno uso de sus facultades mentales, pero tan ingenuo como para escoger entre todos los amantes posibles a un tipo casi esquizoide, sólo por encontrarlo sumamente apetitoso (entiéndase: bueno, buenísimo, tronco de macho), merecía sin dudas toda la atención del mundo. Me gustaría conocerla, comentó como al descuido. Moisés negó con la cabeza. ¿Por qué no? Mejor se tragaba la lengua de una puñetera vez o se la haría tragar él. Dejó la botella sobre el piso y se movió hacia la butaca con gesto amenazador. Ella de nuevo optó por callarse.
¿Es cierto que fue usted jurista?, volvió a la carga, sin embargo, al cabo de un rato. La mirada del hombre se mantuvo impasible mientras daba cuenta de los últimos restos de alcohol, terminó por hacer una mueca indefinida y contestó: Puedo ser lo que tú quieras, para eso eres la escritora. No le prestó mucha atención al énfasis puesto en la última palabra. ¿Por qué dejó de ejercer?, preguntó en cambio, para arrepentirse enseguida al verle recorrer la habitación a grandes trancos, deshaciéndose en escarnios a cual más peyorativo. La llamó retardada, taruga, mostrenca e infame, así, en orden ascendente. Mira que preguntarle eso. Ella, la miserable autora de sus días, la causa de todos sus problemas, que le endosaba compañías que nunca le pidió. Con qué derecho, a ver, ¿con qué derecho le inventó una vida tan absurda?
De La Portilla, como suele decirse, no salía de su asombro. Sólo atinaba a abrir más y más los ojos, como intentando atrapar una realidad empeñada en desvanecerse. Los pocos tornillos que le quedaban los acaba de perder, se dijo. ¿No comprendes?, seguía Moisés. Claro, qué vas a entender tú… Es cierto, gracias a ti fui un honorable jurista, alcancé incluso una magistratura en el Tribunal Supremo de la República, ¿y todo para qué? Pues para que un día se te ocurriera dejarme en la calle, sin trabajo, sin familia, convertido en un loco de mierda.
¿De qué diablos habla? Probablemente la estaba confundiendo con alguien.
Lo peor; sin embargo, fue descubrir el engaño, prosiguió él cada vez más descompuesto, la terrible farsa que nos hiciste vivir. El más grande embuste que se haya visto jamás.
Acabó por sentir miedo, era muy miedosa ella y, en su imprudencia, vino a parar a manos de aquel desquiciado, un lunático del que ahora no encontraba cómo librarse. Oiga, le dijo, cálmese un poco, le aseguro que…
¿No se daba cuenta?, Moisés la aferró por los pelos. Ninguno existía: Zeta, Linda, Alix, vivían confinados por siempre a las páginas de su última novela.
Entonces, quiso saber ella aturdida por el dolor y lo absurdo del incidente, ¿cómo podían coincidir los dos justo en ese momento en la misma habitación? ¿No eran reales acaso la suciedad, el desorden y aquel terrible arranque de ira?
Bienvenida al club, tonta, se burló él con desgano; se trata sólo de otra historia en manos de una aprendiz. De buena gana acabaría contigo; pero no puedo sin su consentimiento, en el fondo sospecho que quiere perdonarte y hasta podría jurar que te admira...
Eva por un momento deja de observarle concentrada en sí misma, luego comienza a repetir por lo bajo cierta tonadilla infantil. Una a una escucho las botellas estrellarse contra el piso, mientras la cuenta se reduce peligrosamente a cero.