Bebé y el Señor Don Pomposo ante el actual apremio y la sed de humanidad
José Martí, el Héroe Nacional cubano, siempre ofrece una lectura apreciada, necesaria y disfrutable, plena de belleza estética y una enseñanza oportuna, en su literatura escrita para la infancia. En esta etapa vacacional de verano, no es ocioso que nosotros: madres y padres, aprovechemos la unión hogareña para inculcar o reforzar valores en el seno familiar, y que los maestros más avezados y profesionales se valgan de la ocasión para ir seleccionando las nuevas lecturas que favorecerán el venidero proceso docente-educativo, con énfasis en esa última palabra , y todo el significado y la relevancia que entraña.
Fue una idea de las mejores —la de Editorial Gente Nueva— incluir en su colección “La Edad de Oro”, creada a comienzos de este siglo y con repetidas ediciones, los bolsilibros que contienen cada obra para niños recopilada en el libro homónimo; a su vez, antología de los cuatro números de aquella legendaria revista dedicada a todos “los que saben querer” en América, que saliera a la luz en 1879.
Los bolsilibros se producen en un formato de publicación muy cómodo para manitas pequeñas, muy manejables y adaptables a carteritas, carpetas y bolsos de diferentes tipos. Esto los hace muy cómodos de portar a cualquier sitio: parques, playas, consultas médicas, breves paseos ocasionales, viajes largos. Además, ofrecen una idea de síntesis y cortedad que inspira mayor confianza en el niño pequeño ante la lectura que se avecina; muy al contrario de un imponente volumen grueso y con letras diminutas: todo un reto para los más intranquilos del mundo.
En esta selección editorial martiana se tomaron obras trascendentales, como las excepcionales creaciones poéticas La perla de la mora y Los dos príncipes, y narraciones que funcionan a la perfección, cual libro para niños muy completo tal es el caso de Bebé y el señor Don Pomposo, una historia acerca de la generosidad de un pequeñuelo de rica cuna, hacia su primo pobre y huérfano ─bien visto, son sinónimos─, de nombre Raúl.
La historia en cuestión narra la visita de Bebé –sobrenombre común y siempre en boga para un niño hermoso─ a la ciudad de París, donde vive el tío de su madre, un hombre flaco y estirado ─de ahí el simbólico “Don Pomposo” con que lo bautiza el autor, aludiendo a su fatua pompa y su porte afectado─, quien se vale de su supuesta elegancia para agasajar al hijo de su sobrina rica con juguetes brillantes, como el sable dorado.
He aquí un importante punto de giro en la lectura. El momento es de pura expectación. Pero Bebé es un niño noble, que ha sido educado para compartirlo todo, y no es capaz de apropiarse de su presente al quedar paralizado ante la mirada de Raúl, ese primito que nunca iba a tener sables hermosos, porque ni madre tenía. Más que el hecho material, Bebé se siente lastimado ante la indiferencia que su tío muestra por Raúl: le trata cual si no existiese, apenas se dirige al pequeñuelo.
José Martí nos hace sentir todas las emociones que experimenta el niño en todo momento, y es interesante cómo ese monólogo interior ─que no es en primera persona, sino en tercera, pero con la suficiente intimidad como para sensibilizarnos y atraernos─ es guiado, paso a paso, ante cada situación que observa y vive aquel, con una maestría evidenciada en la focalización de los intereses infantiles, de las miradas propias de los pequeños, de las reacciones consecuentes en un infante con esas características. La narración goza de una perfección tal que, de desearse una adaptación para el medio radiofónico o televisivo, difícilmente podría quitársele siquiera una coma. Su creador no teme repetir sustantivos, preposiciones o conjunciones, pues así se expresan los infantes, y son ellos su público meta o primario, como diríamos en la actualidad. Martí nos cuenta de las travesuras que hace a la criada y de la preocupación del pequeño por la tos de su madre, causa por la cual visitan a médicos franceses. Ahora nos ofrece la visión de Bebé ante cada movimiento aparatoso del tío, largo y rebosante de avaricia, de quien percibe sus intereses mezquinos como niño inteligente y sagaz que es. En la noche, nos presenta a un pequeño perturbado por las vivencias del día, razones que le impiden conciliar el sueño. El tío se le asemeja a un sapo: su conducta no puede menos que merecer asco y repugnancia:
En cuanto entró en el cuarto el señor Don Pomposo le dio la mano, como se la dan los hombres a los papás; le puso el sombrerito en la cama, como si fuera una cosa santa y le dio muchos besos, unos besos feos que se le pegaban en la cara como si fueran manchas. (…) “Mira, mira, Bebé, lo que te tengo guardado: esto cuesta mucho dinero, Bebé: esto es para que quieras mucho a tu tío”.
Este momento de meditación es el clímax de la obra: esa desesperación que imaginamos, mientras mira a su primito dormir tristemente a su lado. A partir de los justos razonamientos de Bebé, comprendemos su actitud final de no transigir ante la injusticia: “ —¡oh, qué sable tan feo! ¡oh, qué tío tan malo!”. Sencillamente, es algo que no puede permitirse. Entonces, llega el desenlace magistral: para Bebé retornar a su estado de nobleza original que ese familiar diabólico le ha arrebatado con sentencias impasibles referidas a su nueva posesión ─y realmente Martí hace sentir aquel suceso como una especie de traición a esa correcta formación que ha nutrido la crianza de Bebé, incluso nos duele más allá: justo en la ingenuidad y la pureza de pensamientos del niño─, no hay otro camino que el del sacrificio. Bebé, en un acto de decisión, valentía, compromiso y generosidad, lleva su ofrenda de felicidad al primo Raúl: "…y ¿qué hace, qué hace Bebé? ¡Va riéndose, va riéndose el pícaro! Hasta que llega a la almohada de Raúl, y le pone el sable dorado en la almohada."
La conclusión abrupta y emotivamente triunfal del cuento no es vana, quizás nos remita a las contemporáneas obras abiertas, donde los autores dejan amplio margen de meditación al lector. Así, razonamos que Bebé ha cumplido con sus códigos de honor, de lealtad y de justicia, códigos que se aprenden desde la cuna a través de una esmerada educación.
Buen ejemplo este para que la familia del siglo XXI, la escuela, la sociedad, el mundo, recuperen con urgencia esos valores escondidos o perdidos que, apenas ya, nos sorprenden, con vistas a que las generaciones futuras de seres humanos logren ser profundamente superiores.