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La traducción de textos narrativos

Olga Sánchez Guevara, 24 de julio de 2012

Abundan en la literatura cubana los escritores y poetas que han alternado su labor escritural con la de traducción. Ejemplo, entre tantos, es Lino Novás Calvo, uno de nuestros cuentistas mayores, quien tradujo al español la novela El viejo y el mar, de Ernest Hemingway, en respetadísima versión que revisara el propio Hemingway y que fuera la única autorizada por él. Novás Calvo tradujo también a William Faulkner, Aldous Huxley y Robert Graves, y sin duda, merecen atención sus opiniones sobre el arte de traducir.

El traductor tropieza enseguida con múltiples dificultades. La unidad más simple de su instrumento –que es la palabra– empieza ya por resistírsele. Una palabra no es una pieza de máquina, sino un organismo vivo, que sufre múltiples modificaciones en su evolución por el tiempo y en el espacio. Es, pues, ya labor de mucho cuidado y de aguda sensibilidad hallar que las palabras –la original y la de la traducción– se correspondan siquiera aproximadamente, no sólo en su valor semántico aparente, aceptado, sino también en sus variables estados de ánimo y salud. Y eso no es más que el comienzo. Es casi el estado primario de la traducción. 1

Bien sabemos, por experiencia, que los equivalentes elegidos en el proceso de traducción no siempre garantizan al receptor la comunicación idónea. La deseada equivalencia entre los textos de partida y de llegada será siempre un resultado del dominio y comprensión de ambas lenguas, así como de amplios conocimientos de la gramática, sintaxis y semántica, de cada una por parte del traductor, quien deberá contar también con el talento necesario para elegir y emplear las más acertadas variantes y conseguir la óptima correspondencia en los planos semántico, morfológico y sintáctico. A todo ello debe añadirse cierta dosis de intuición, lo que los alemanes llaman Sprachgefühl, la capacidad de “sentir” el idioma. La intuición es don bienvenido en este oficio, pero, ¡ojo!, no podemos confiarnos solo a ella: siempre será indispensable la búsqueda en el diccionario y las oportunas consultas a obras de referencia.

Volvamos ahora a Novás Calvo:



La fidelidad en la traducción puede tener dos movimientos contrapuestos: Uno, para acercar el lector de la traducción al autor del original; otro, viceversa. (…) Desde luego, equivalencias perfectas, rara vez existen. (…) Lo esencial, a mi ver, para el traductor es distinguir bien, distinguir claramente la forma peculiar del autor y el efecto o reacción que procura suscitar en sus lectores. (…) Y con esto no estará sino a medio camino. A continuación tendrá que buscar o crear en su propio idioma las formas y combinaciones capaces de producir notas similares en los lectores para los cuales traduce.2


Los textos narrativos nos colocan ante problemas de traducción particulares que se relacionan con características específicas del género. En una época en que las fronteras entre géneros literarios han dejado de estar claramente delimitadas, intentaremos sin embargo, precisar qué es la narrativa: podemos llamar narración al resultado de de narrar, esto es, de referir una sucesión de hechos. Un texto narrativo posee una estructura interna donde predominan secuencias narrativas, construidas mediante el signo lingüístico.

Dado que una narración es, en principio, un encadenamiento de sucesos, las relaciones sintácticas fundamentales dentro de ella son de naturaleza causal y temporal: un hecho lleva a otro y, por lo tanto, existe (o debería existir) un fluir temporal. El traductor deberá mantener en el texto de llegada el ritmo de la narración original, y de los tiempos, modos y formas verbales empleados por el autor y, dentro de lo posible, las peculiaridades sintácticas relacionadas con los aspectos temporales del texto de partida.

Al emprender cualquier tipo de traducción, pero más aún la de textos literarios de cualquier género, lo primero que debe hacerse es una lectura detenida (mejor si se hace más de una). Se ha dicho alguna vez que el escritor va “descosiendo” las obras mientras lee; la frase es atribuida a Hemingway, pero sea suya o no, ese es precisamente el tipo de lectura que se necesita antes de comenzar a transcribir una obra literaria. Esta deberá ayudarnos a descubrir la tesis de la obra si la hay, el valor que le da el autor al lenguaje y el ritmo de la prosa, los diferentes planos y puntos de vista de la narración, el uso o no del diálogo, las características del estilo: en fin, nos proporcionará ese profundo conocimiento del texto de partida que es una de las claves para una buena traducción.

En su ensayo “Los pobres traductores buenos”, Gabriel García Márquez identifica la traducción con el proceso de lectura exhaustiva que le está aparejado:



Hace unos años (…) tuve una enigmática experiencia de traductor. El conde Enrico Cicogna, que fue mi traductor al italiano hasta su muerte, estaba traduciendo en aquellas vacaciones la novela Paradiso del cubano José Lezama Lima. Soy un admirador devoto de su poesía, lo fui también de su rara personalidad, aunque tuve pocas ocasiones de verlo, y en aquel tiempo quería conocer mejor su novela hermética. De modo que ayudé un poco a Cicogna, más que en la traducción, en la dura tarea de descifrar la prosa. Entonces comprendí que, en efecto, traducir es la manera más profunda de leer. Entre otras cosas, encontramos una frase cuyo sujeto cambiaba de género y de número varias veces en menos de diez líneas, hasta el punto de que al final no era posible saber quién era, ni cuándo era ni dónde estaba. Conociendo a Lezama Lima, era posible que aquel desorden fuera deliberado, pero sólo él hubiera podido decirlo, y nunca pudimos preguntárselo. La pregunta que se hacía Cicogna era si el traductor debía respetar en italiano aquellos disparates de concordancia, o si debía verterlos con rigor académico. Mi opinión era que debía conservarlos, de modo que la obra pasara al otro idioma como era, no sólo con sus virtudes sino también con sus defectos. Era un deber de lealtad con el lector en el otro idioma. 3



Lamentablemente, cumplir con lo que García Márquez considera un deber de lealtad con los lectores, trae como consecuencia, en ocasiones, la crítica injustificada a quien traduce por parte de aquellos que desconocen la ética de nuestro oficio, donde es norma reproducir los textos tal cual los ha escrito el autor, sin cambiar ni tratar de aclarar nada. Así, muchas veces el traductor “paga los platos rotos” del autor.

Dentro de un texto narrativo se pueden ocultar “sorpresas” como referencias a clásicos, paralelismos con éstos, fragmentos poéticos, citas, intertextualidades, que implicarán también búsquedas bibliográficas y consultas en obras de referencia. Igualmente, se debe prestar atención a los posibles cambios de “narrador” dentro de la obra: se debe tener muy en cuenta que en algunos textos narrativos el emisor y el narrador no coinciden o, dicho con otras palabras, no son “la misma persona”.


Y del texto pasemos al contexto: también resulta imprescindible indagar las características de la cultura en que surge la obra, de la época en que se desarrollan los hechos narrados y, de ser posible, acercarse a reseñas, críticas y valoraciones, procurar datos biobibliográficos del autor, saber si ya se ha realizado alguna traducción del texto, explorar todas las facetas y posibilidades de la obra de partida para poder escribirla de nuevo en el idioma de llegada. El traductor solo estará en condiciones de realizar un buen trabajo, si antes ha obtenido una amplia información sobre la época, el texto ─si lo ha leído en su totalidad y a conciencia─, sobre el autor, si este vive, es importante contactar con él y, de ser posible, contar con su colaboración. Dice Gabriel García Márquez:  Es poco probable que un escritor quede satisfecho con la traducción de una obra suya. En cada palabra, en cada frase, en cada énfasis de una novela hay casi siempre una segunda intención secreta que sólo el autor conoce. Por eso es sin duda deseable que el propio escritor participe en la traducción, hasta donde le sea posible." 4


Otro problema primordial para el traductor de narrativa son los llamados realia, denominaciones cuya procedencia corresponde a las especificidades de una cultura determinada y que carecen de un equivalente contextual en otras. Como ejemplos podríamos mencionar objetos de la geografía física y de la meteorología: tsunami, estepa, taigá, tornado, fiordo, puszta; o relacionados con el entorno social: principado, condado, provincia, asamblea popular, sheriff, nobleza, liceo. La solución de traducción para los realia será siempre casuística.

Todos estos escollos y muchos más deberá sortear, mediador indispensable (como todo traductor) entre el autor y los lectores que pertenecen a otros ámbitos lingüísticos. Cerremos con las opiniones de dos escritores cuya obra ha sido profusamente traducida, laureados ambos con el Premio Nobel. García Márquez contrasta así los méritos del traductor Maurice-Edgar Coindreau con el famoso e infausto refrán: “Traduttore traditore”:


Sus traducciones al francés de los novelistas norteamericanos (…) no sólo son recreaciones magistrales, sino que introdujeron en Francia a una generación histórica cuya influencia entre sus contemporáneos europeos (incluidos Sartre y Camus) es más que evidente. De modo que Coindreau no fue un traidor, sino todo lo contrario, un cómplice genial. Como lo han sido los grandes traductores de todos los tiempos, cuyos aportes personales a la obra traducida suelen pasar inadvertidos, mientras se suelen magnificar sus defectos. 5


Por su parte, en el discurso por el 40 aniversario de la Editorial Alfaguara, José Saramago afirmó: "Los escritores hacen la literatura nacional, pero la literatura universal la hacen los traductores." 6

Sirvan estas dos opiniones y los elogios que contienen para que tomemos mayor conciencia de las implicaciones éticas y culturales de la traducción literaria, y de la responsabilidad del traductor como mediador entre culturas.

Notas:


 (1) Novás Calvo, Lino, Órbita de Lino Novás Calvo, Ediciones Unión, La Habana 2008, p.
 (2) Novás Calvo, Lino, ob. cit., p.
 (3) Gabriel García Márquez, “Los pobres traductores buenos”, en La soledad de América Latina, Editorial         
 Arte y Literatura, La Habana, 1990.
 4) Gabriel García Márquez, ob. cit.
 (5)Gabriel García Márquez, ob. cit.
 (6)José Saramago, discurso en la celebración del 40 aniversario de la Editorial Alfaguara. Versión digital.