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Virgilio Piñera, tras el velo de la razón

Fernando Padilla González, 10 de agosto de 2012

Cuando el intenso calor estival abrace por estos días a todos los cubanos, estaremos rindiendo merecido tributo a la memoria y obra de un cubano universal. Tiempo hubo de transcurrir para que el velo de la razón descorriera el manto y mostrara con toda lucidez la controvertida personalidad de un hombre que, azotado por los temores de la conciencia, debió remar en aguas crispadas. Matizados por el constante celaje de su existencia y ante el influjo de aquellos fantasmas de la vida real, sus escritos alcanzaron una peculiar e íntima reflexión.

A cien años de su natalicio, las letras hispanas enaltecen la figura de Virgilio Piñera, genuino literato que se definía a sí mismo como una isla de tierra, mar, árboles, rosas y arena. Convergió en el ámbito creativo de la Mayor de las Antillas con personalidades que marcaron pautas en el derrotero artístico de la nación, entre ellos —quizás el de mayores lauros— José Lezama Lima.

Tierra de excelsos poetas, Matanzas fue la cuna que lo acogió en su seno el 4 de agosto de 1912. Corta sería la estancia en la ciudad que lo vio nacer. Apenas meses después, el párvulo realizó el primer viaje en brazos de su madre, ante la promesa de un buen empleo en La Habana para la familia. En la villa de Guanabacoa transcurrió la niñez y parte de la adolescencia, interrumpida por un nuevo viaje y destino, Camagüey. Al amparo del profesor Felipe Echemendía y el escritor Pichardo Moya surge la pasión literaria en el joven Virgilio, quien para entonces cursaba los estudios del bachillerato.

Conquistado por las más disímiles inquietudes intelectuales, deja atrás los buenos recuerdos en la urbe de los tinajones y marcha al encuentro de su destino. Sumergido en una precaria situación económica, solicita el ingreso, con carácter gratuito, a la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de La Habana. A estos tiempos debe el inicio de su traza exitosa en las letras cubanas. Publica “El grito mudo” en la antología La poesía cubana en 1936, declama e imparte conferencias en la prestigiosa Sociedad Lyceum, al tiempo que escribe la primera obra para teatro, Clamor en el penal, a la que seguirán Electra Garrigó, Aire frío y Dos viejos pánicos, esta última llevada a escena en varios países y merecedora del Premio Casa de las Américas en 1968. Colabora con Orígenes y Carteles, entre otras notorias revistas de su tiempo.

Alcanzada la plena madurez del arte poético, redacta su controvertido y extenso poema “La isla en peso”, compleja visión de la insularidad, divergente en todos los sentidos al ideario lírico de José Lezama Lima, Cintio Vitier, Gastón Baquero y Eliseo Diego. Persona tajante en cuanto a postulados, se negó a participar en las celebraciones por el Día del Poeta, bajo el argumento de, quien trabaja a conciencia el arte, quien estima la cultura, no como entretenimiento elegante sino como destino dignamente recibido, no puede aceptar tales comedias.

Quizás el primer contacto de Virgilio Piñera con el mar Caribe fue durante su viaje a Argentina. En tierras gauchas conoce e intercambia criterios con los más afamados escritores de esa nación suramericana, además de realizar una intensa vida cultural que incluyó la publicación de una buena cantidad de artículos en revistas como Anales de Buenos Aires, dirigida por Jorge Luis Borges. El mar será el puente que lleve a Virgilio al encuentro de otras culturas. Los lazos con Argentina se fortalecen, por lo que habrá de regresar en reiteradas ocasiones. Cruzará el océano Atlántico con destino a Bélgica, Praga, Milán y Francia.

Al partir, el 18 de octubre 1979, víctima de un infarto cardíaco, Virgilio Piñera era reconocido en el mundo intelectual como un destacado escritor de vasta obra poética, que supo incursionar con acierto en el teatro, la novela y el cuento. Aunque afirmaba que para él, escribir había sido siempre una verdadera tortura, de su ingenio peculiar nacieron obras como Natación, de la cual ofrecemos a los lectores algunos fragmentos:

«He aprendido a nadar en seco. Resulta más ventajoso que hacerlo en el agua. No hay temor a hundirse pues uno ya está en el fondo, y por la misma razón se está ahogando de antemano. También se evita que tengan que pescarnos a la luz de un farol o en la claridad deslumbrante de un hermoso día. Por último, la ausencia de agua evitará que nos hinchemos».

«No voy a negar que nadar en seco tiene algo de agónico. A primera vista se pensaría en los estertores de la muerte. Sin embargo, eso tiene de distinto con ella: que al par que se agoniza uno está bien vivo, bien alerta, escuchando la música que entra por la ventana […]».

«Al principio mis amigos censuraron esta decisión. Se hurtaban a mis miradas y sollozaban en los rincones. Felizmente, ya pasó la crisis. Ahora saben que me siento cómodo nadando en seco. De vez en cuando hundo mis manos en las losas de mármol y les entrego un pececillo que atrapo en las profundidades submarinas».1

 

1 Virgilio Piñera: Poesía y prosa, Ed. Serafín García, La Habana, 1944.