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Una máquina narrativa

Alberto Marrero, 13 de agosto de 2012

Acabo de leer una excelente entrevista realizada a Ahmel Echevarría (La Habana, 1974) por el crítico y periodista Leopoldo Luis, publicada en la revista digital Isliada. En ella, Ahmel revela algunas claves de su narrativa a propósito de los tres premios recibidos con sus novelas: Días de entrenamiento (Premio Frank Kafka, 2011), Búfalos camino al matadero (Premio José Soler Puig, 2012) y La noria (Premio Ítalo Calvino, 2012), las que sumadas a Inventario (Premio David 2004) y Esquirlas (Premio Pinos Nuevos 2005), y otros libros no menos esenciales, conforman un núcleo distintivo en el más reciente paisaje de la literatura cubana. Por el peso de lo que responde en esta entrevista, reproduzco un fragmento que, en mi opinión, ilumina zonas del quehacer de este joven autor, cuya singularidad ya podría ser objeto de un estudio más profundo de la crítica literaria.

… siento que en este siglo y milenio la novela se parece más a nosotros, a los tiempos que corren, y menos a lo que dicta o dictó el canon. No me refiero solo a la existencia de textos a mitad de camino entre el cuento y la novela, sino también a esos híbridos en los que hay de ficción y de ensayo, entre el testimonio y la ficción. Las mezclas pueden ser sorprendentes. Como mi formación es técnica —recuerda que soy graduado de Ingeniería Mecánica—, digamos que en mi caso apuesto por la pieza (una pieza narrativa) para lograr un mecanismo —o un conjunto de mecanismos— lo más eficiente posible (una máquina narrativa).

Hoy complazco a los lectores de Fabulaciones con dos cuentos breves —ya sabemos cómo los clasifica el propio Ahmel— pertenecientes a la novela Búfalos camino al matadero. En ambos hay una sugestiva manera de contar, sin ampulosidades ni  maromas verbales o estilísticas, donde predominan un lenguaje preciso y ágil, no pocas veces con aire de poema, todo lo cual permite que la trama se desenvuelva y avance hacia «supuestos» desenlaces.

Y digo así, porque es evidente que la historia no termina, que hay una continuidad más allá de lo expresado por el narrador. Tanto en «Guerreros» como en «Revolving Hotel Room», lo absurdo parece natural, algo cotidiano en la vida de los personajes, cuya angustia y descalabro existencial flotan en ambos textos a manera de gas contaminante.

El escenario no es la isla, es otro, donde las guerras fratricidas han marcado a más de una generación con el hierro caliente de la desesperanza y un vacío rayano en epidemia nacional, pero hay elementos que sitúan al ser humano en ciertos límites de semejanza, en zonas donde todo suele ser parte de una gran noria. El simbolismo de estos textos es otro de los rasgos que el lector apreciará sin mucho esfuerzo.

Los que hemos seguido con interés los libros de Ahmel sabemos que no se propone tan solo armar relatos ingeniosos, sino mover el pensamiento, explorar en la conducta del hombre y su circunstancia. Mi preocupación es no solo estética, sino también ética, al menos ética conmigo mismo, subrayó en el diálogo sostenido con Leopoldo Luis.

Como fragmentos de una máquina bien aceitada funcionan estas historias de Ahmel Echevarría, un escritor que se crece en cada entrega, con paso de mulo, sin nerviosismos banales, dueño de un pulso, de una afinación progresiva, con los ojos fijos en el trabajo persistente, en el atrevimiento que al final rinde sus frutos.
 
Alberto Marrero.



Guerreros

Ahmel Echevarría


Habíamos bebido medio litro de vodka Aboslut y zumo de naranjas mientras nos revolcábamos como perros. Janela estaba en suelo, acostada, los ojos entornados, sudada. Un leve chichón en la frente. Sus rizos de falso cabello rubio como lenguas de un fuego a punto de extinguirse.
    Era jazz lo que escuchábamos: Billie Holiday. El ritmo de los instrumentos y la cadencia de la voz de Lady Day nos fueron apaciguando. Yo dibujaba pájaros y torpes muñecos en el vientre de Janela. Sobre mi lomo, el rostro y mi pecho corrían las gotas de sudor.
   A través de las ventanas el sol acuchillaba el piso y las piernas de Janela.
   —Si tuviera óleo, pinceles, buena mano y un lienzo te pintara… Hubiera sido un buen retrato— dije.
   Esta mujer de largas uñas pintadas de rojo comenzó a reír. Me pidió un sorbo.
   —¿Te has vuelto loco, mi Diábolo? Creo que nunca has tenido una brocha en las manos. No te sienta bien estar encerrado y bebiendo.
   Le di un suave puntapié. Le pedí el vaso. Bebí.
   Tenía razón, necesitábamos tomar una ducha y respirar aire fresco. Al compás de varios discos había estado fluyendo en nuestras venas demasiado vodka y zumo de naranjas. Aquella mezcla nos sirvió de combustible, con placenteras y arduas combinaciones de nuestros cuerpos fuimos consumiendo el mediodía y la primera mitad de la tarde.

Tras tomar una ducha invité a Janela al parque de diversiones. Aceptó. Sin dar rodeos fuimos a uno de los tenderetes donde puedes tirar al blanco —uno en donde solo había una escopeta y se cargaba con cartuchos de tinta.
   La fila de espera no era corta porque la diana era un hombre de poco más de sesenta años. Un negro de ojos mansos metido dentro de una armadura de caballero medieval. El que atendía el tenderete era otro viejo: un polaco.
   Janela prestaba demasiada atención a sus uñas. Y por eso fallaba. Justo cuando se olvidó de ellas  —ese momento en que se quebró la del índice al meterlo por quinta vez en el gatillo— hizo diana, dos veces, en el brazo y la pierna del negro. Aquel hombre nos miraba con sus ojos mansos desde el interior de la armadura. Agitaba los brazos tras cada disparo que chocaba contra su cuerpo.
   —Creo que no soy buena en esto —dijo—. ¿Y tú…? ¿Naciste para matar?
   Janela me cedió la escopeta e hizo una reverencia:
   —Es tu turno, mi Diábolo.
   Pero no es un simple juego cargar una escopeta con cartuchos de tinta aunque estés en un parque de diversiones, aunque el blanco sea un negro de poco más de sesenta años. No importa que ese viejo sonría y tenga ojos mansos. No importa que ese negro espere los disparos dentro de una armadura. No es un simple juego aunque se sienta una alegre música de fondo, y en los alrededores del tenderete haya un centenar de niños devorando grandes pompas de algodón de azúcar, o en la fila varios adolescentes bromeen y se besen mientras esperan su turno.
   Mientras cargaba la escopeta miré a Janela. Sonreía, también yo. Teníamos medio litro de vodka y zumo de naranjas hirviendo en las venas.
   Y miré fijamente a donde debían estar los mansos ojos del negro.
    En el tenderete, aquella vez me sequé el sudor de las manos y mentalmente fui silenciando la alegre música de los altavoces, el griterío de los chiquillos, las bromas de los adolescentes a la espera de su turno, y la voz de Janela.
    Aguanté la respiración. Apunté a la cabeza del negro. Tengo un solo ojo, este pequeño detalle facilita el disparo.
    Apreté el gatillo.
    Dos cartuchos de tinta reventaron en el corazón, otro en el estómago, con los dos últimos hice diana en la cabeza del negro.

    —Mi Diábolo, lo mataste cinco veces —dijo Janela—. Vámonos… esto no es un juego.
    El polaco que cobra el turno frente al caballero medieval lo sabe. Ese negro de ojos mansos también lo sabe.


    Janela propuso irnos al muelle:
    —Vamos por cervezas, perros calientes, papas fritas y caramelos de menta.
    Era un buen plan: brindis, tragos, comida, besos.
    Cargamos con un estuche de seis Heineken, dos perros calientes, dos sobres de papas fritas y caramelos de menta. Buscaríamos la puerta de salida que da al litoral y caminaríamos hasta el final del muelle. Nos sentaríamos de cara al mar para compartir la compra y un largo abrazo mentolado.

Era entrada la noche cuando apareció el negro. Caminaba despacio. Era alto, más alto y menos macilento de lo que imaginé. A pesar de la edad, bajo la luz de las farolas sus brazos parecían bastante recios.
    Aquel negro también había decidido sentarse en el muelle. Quizá era su costumbre sentarse, al final de cada jornada, en el mismo lugar en donde bebíamos y conversábamos Janela y yo. El negro de ojos mansos se detuvo a poco más de diez pasos de nosotros. Se encogió de hombros y se sentó en el borde opuesto.
    Lo vimos abrir su bolso. Sacó una botella de cerveza y una hamburguesa.
    De espalda a nosotros tragaba su hamburguesa y bebía una Corona —entre sorbos y mordidas usaba una pequeña toalla para borrar las trazas de tinte secas en el rostro, el cuello.
    Aquel negro de ojos mansos bebió dos cervezas claras. Un par de Coronas as bien entrada la noche, en silencio, frente al mar.



Revolving Hotel Room

Pensar un regalo especial. Poner los sesos a fuego lento por alguien que lo merece, como esa mujer de largas uñas pintadas de rojo y falso cabello rubio. Porque deseas ser una persona especial para alguien. Es por esa razón que alquilo mi alma a El Mexicano —un hijo de puta muy listo para los negocios—. Y ganar una buena suma en una noche cargando cajas para este tipo y otro tanto por manejarle su Ford Econoline 67 cargado con esas cajas.
    Pensar en un regalo especial: el Revolving Hotel Room. Una habitación en el Guggenheim.
    Janela enarcó las cejas:
    —Qué sorpresa, no conocía ese hotel.
    Preguntó si era nuevo y si el dueño era algún judío.
    No pude evitar la carcajada. Esta mujer es capaz de matarme con sus ocurrencias.
    —Esos judíos se las arreglan muy bien con los negocios. Y pensar que los trataron como a la mierda… Puede que alguna vez me haya arreglado el cabello con algún peine hecho de la tibia o el fémur de algún judío.
    Sonrió. Se desató la coleta, se batió el cabello.
    —Dicen que ahora son los dueños de la mitad del mundo— dijo.
    Tragué una gran bocanada de aire para contarle —a esta mujer que para su cumpleaños estrenaría vestido, cartera y tacones— que pasaríamos una noche
dentro de una obra de arte.
    Fue uno de mis amigos quien me ayudó a decidir. Estábamos en El Albatros.
    Ese pintor andaba de muy buen humor por haber vendido un par de piezas; tras ponerme el brazo en el hombro levantó la mano y pidió silencio. Era su noche; para fastidiarlo, uno de los músicos se adelantó con una fanfarria.
    Crucé los dedos, no estaba para bromas. Pero aquel pintor supuestamente tenía la solución a mi problema: “Como tienes dinero para el regalo de tu mujer, te recomiendo que vayas a este sitio”. Sacó un plegable del Guggenheim. Era la promoción de una obra de un artista belga. Revolving Hotel Room. La obra de un tal Carsten Höller. Era cierto, estaba en su mejor noche, vio mi rostro cuando leí la primera parte del plegable y dijo: “Paciencia, sigue leyendo, soldadito, y verás si tengo razón”.
    Me encogí de hombros y le di la vuelta al plegable.
    La obra era una habitación con estructuras y cama giratoria. Se podía rentar cuantas noches quisieras. Quien la alquilara podría dormir en su interior además de visitar el museo. Una habitación con minibar, baño, ducha.
    Miré a aquella banda de pintores y músicos. El de la fanfarria me pidió el plegable. Se lo di. Lo leyó un par de veces. La primera fue bien rápida y terminó sonriendo. Antes de hacer la segunda lectura se levantó, imitó el redoble de un tambor y en voz alta dijo: “Nuestro soldado llevará a su novia a un museo el día de su cumpleaños, escuchen…”
    El pintor me dio un codazo: “No le hagas caso, a ese maricón su marido lo ha dejado por un clarinetista de la Sinfónica. ¿Te parece bien mi propuesta?”
    Si a la fuerza los metes en un crisol consigues toneladas de mierda, pero con un poco de paciencia tienes a cambio valiosos gramos de información: nombres, estilos, la razón por la que algunos artistas nunca se alejan del desfiladero y su afición por la caída libre.
 
Le di el plegable a Janela:
    —Hay tipos como el tal Carsten Höller que corren con los ojos vendados y descalzos por el borde de un barranco.
    —¿Me llevarás a un museo?
    Pensar un regalo especial. Poner los sesos a fuego lento por alguien que lo merece.
    —¿Cómo crees que voy a celebrar mis treinta en un museo?
    Me dio un carterazo en la cara.
    —¡Y para colmo toda la noche!— dijo.
    Me dio un par de golpes en el pecho. Tenía los ojos inyectados de sangre, lágrimas en la comisura de sus labios por toda la rabia que, como un caballo salvaje, recorría su cuerpo.
    Entonces saqué mi pañuelo y se lo brindé.
    —Tendremos toda una noche con cama, ducha y minibar en una de las salas del museo— dije y la llamé Mi Reina para tratar de calmarla—. Te arrullaré y te besaré en una cama que gira cada dos horas, despacio… Estarás a tus anchas y de noche en el Guggenheim. Arte cinético y caricias— dije mientras intentaba besarla.
    Me volvió a golpear en el pecho pero esta vez muy suave.
    ¿Podrían morir de amor por mí las mujeres?
    Poner los sesos a fuego lento por alguien que lo merece. Como esta mujer de largas uñas pintadas de rojo. Y todo por hacer un regalo verdaderamente especial. Porque también deseas ser una persona especial para alguien.

    —¿Qué te parece el arte moderno?— dije.
    Se encogió de hombros. Sonrió.
    Luego de bebernos casi todo el minibar decidimos recorrer el museo.
    Andábamos en pijama por los pasillos del Guggenheim. Mirábamos las obras y le tocaba el culo. Comentábamos lo que nos parecía alguna pieza y Janela ponía su mano en mi entrepierna. Mi hueso, durísimo, estaba amordazado por la tela de mi pantalón. Creo que justo eso es el arte moderno. Una estampida, una verdadera estampida. Sospechar que los guardias de seguridad tendrían una noche movida tal como la tendríamos nosotros, porque en los corredores del museo nos estuvimos besando y tocándonos mientras intentábamos observar con detenimiento las obras. Creo que justo eso es el arte moderno.
    —Mi Rey, suficiente óleo e instalaciones por hoy.
    Janela me tomó del brazo y acercó sus labios a mi oído.
    Cómo no aceptar su propuesta. Entramos al Revolving Hotel Room.

—¿Esto es arte cinético, amor? —dijo cuando ya no quedaba nada en el minibar, cuando estábamos cuerpo contra cuerpo.
    Y la besé. Despacio abandoné la cama y busqué mi bolso.
    —Sorpresa… —dije y le mostré una botella sellada.
    Beberíamos en finos vasos la botella de Johnnie Walker —un pequeño impuesto que le cobré a El Mexicano.
    Comencé a tararear una vieja canción de Stevie Wonder.
    —Mi Reina, solo te llamaré para decirte que te amo…
    Sonrió. La besé. Nos desnudamos.

Gemidos. La cama girando. Mi carne, dura, embistió la carne abierta entre sus piernas. Y comencé a taladrarla. Despacio. Nuestros cuerpos girando. Óleos. Gemidos. El cuerpo de Janela bajo el mío. Esculturas. Gemidos. Instalaciones. Mi cuerpo dentro de Janela. El sudor en mi rostro, goteando en su pecho. Hilos de sudor mejilla abajo, en los brazos, mi espalda. Los dos girando. Despacio. Sus largas uñas se clavaron en mi espalda. La cama girando. Húmeda y tibia la piel de Janela. Embestidas. Gotas de sudor. Grito ahogado. Un largo y profundo silencio. Besos. Una sonrisa.
    Janela se sentó a mi lado. Había cerrado los ojos.
    —¿Qué tienes? —dije. Sequé mi rostro con una de las sábanas.
    Puso sus manos en la sien.
    —¿Qué pasa? —y la tomé por un brazo.
    Con un gesto brusco apartó mi mano.
    Bastaron un par de arcadas para que Janela largara un chorro de vómito sobre las sábanas y el minibar.
    —Creo que arruiné tu regalo —dijo.
    Mientras le brindaba una servilleta hice un gesto de negación.
    —No sé si es la habitación o si mi cabeza es la que da vueltas...
    Le propuse darnos una ducha, pero le pedí que se adelantara.
    —Lávate el cabello y los dientes. Usa bastante dentífrico.
   Tomé la funda de una almohada.
    —¿Crees que huelo muy mal?
    Asentí.
    Me cubrí la nariz, la boca. Alguien debía limpiar aquella lava ácida que había brotado de sus tripas.

Sentí unos golpecitos en mi frente. Abrí los ojos. Janela sonreía. Me había despertado con el tacón de sus zapatos. Tenía su rostro frente a mí, una lluvia de tirabuzones caían sobre mi cara, y enredado en la maraña de cabellos su aliento —una mezcla de Colgate y la mitad del alcohol que había en el minibar más buena parte de la botella de Johnnie Walker.
    —Mi Rey, ya amaneció… es ahora o nunca —dijo.
    Se levantó. Acomodó su cabello con un par de sacudidas. Y me tiró la muda de ropa. Miré el reloj.
    —¿Luzco bien?
    Qué decirle. Es bien difícil ocultar las marcas de la resaca.
    —Ahora o nunca —dijo.
    Sus tacones en las manos. Mi camisa a medio abrochar.
    Y salimos del Guggenheim en una rápida caminata.

—¿Eso era jugar con las percepciones, mi Rey?
    Janela se paró en el borde de la acera e hizo una seña. Un Ford Crown Victoria amarillo hizo una maniobra brusca y se estacionó frente a nosotros.
    —Vamos —dijo—, ahí está nuestro carruaje.
    Tan pronto abordamos el taxi pidió llegarnos a una cafetería.
    Era cierto, para comenzar el día necesitábamos algo bien ligero y frío.
    Terminé de atarme los zapatos y le di la dirección al chofer.
 

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