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De estrechos y de lunas, y de Jordi Sierra i Fabra

Alina Iglesias Regueyra, 25 de agosto de 2012

Ya conocidos y familiares me habían comentado de la obra …en un lugar llamado Tierra, pero yo no había podido conseguirla. A falta de ella, un buen amigo me facilitó Noche de luna en el Estrecho, otra increíble creación del mismo escritor e historiador catalán Jordi Sierra i Fabra, quien acaba de obtener, muy merecidamente, el llamado Cervantes chico, premio a la creatividad y al humanismo que despliega en su literatura, escrita fundamentalmente para adolescentes y jóvenes.

He de confesar que no me leí enseguida este libro, publicado por Gente Nueva en su Colección 21 del año 2009: lo imaginaba una novela de aventuras, según me sugería su título. Conjeturaba quizás ataques de piratas y flotas cargadas de tesoros en su interior.

¡Cuán equivocada me sentí al comenzar su lectura! Un drama humano de los más profundos se dibuja desde la primera línea. Una tragedia sensible que, por su naturaleza, evoca en cierta dolorosa manera y de modo paralelo, las historias de compatriotas, inmersos en insalvables carencias y dificultades económicas, quienes soñando construir un futuro mejor, más allá de la tierra conocida, perecieron en las aguas de otro estrecho, a la luz de la misma luna.

Asimismo, se narra la historia de Habib, adolescente marroquí de 17 años, enamorado y ansioso por formar un hogar ─temprano como sucede en aquellos lares─ quien sin embargo, debe trabajar arduamente para asegurar el pan diario a sí mismo y a sus familiares. También es la historia de Fátima, joven un poco mayor, casada con alguien que ya ha podido establecerse allende los mares, pero que a fuerza de lejanía espacial y temporal, ni siquiera recuerda. Este personaje secundario quedará como motivación, fuente de valentía y ánimo para su compañero de travesía; como una nube de ensueño será recordada y motivará preocupaciones de interés en el protagonista y en el lector.

El autor nos sumerge con escritura magistral, en el devenir diario de los marroquíes: seres humanos que alcanzan la mayoría de edad con lógicos proyectos de familia y bienestar, sin embargo, el entorno justo y legal apenas provee de lo mínimo necesario para la subsistencia. Solo quienes poseen emigrantes en el más cercano círculo familiar, alcanzan determinado status de comodidad, alimento y bienestar. El destino de los sueños se dirige entonces, hacia la cercana y desarrollada ─pero también racista─ Europa.

Muy jóvenes, casi niños, y hasta ancianos, se lanzan los personajes de este desgarrador relato, desesperadamente, a través de Gibraltar en pateras ─balsas frágiles siempre en inminente peligro de zozobra─ tras el compromiso de pagar, primero, las monedas costosas que invirtieron para llegar a la tierra de las promesas, fruto de empeños o tratos ilícitos. Deberán muchas veces olvidar los preceptos morales y religiosos inculcados en su más tierna infancia, en el seno de una muy tradicional y respetuosa familia; para buscar poco a poco, esa aparente riqueza que llevará mejores condiciones de vida a sus progenitores, hermanos y mujeres expectantes, a veces hasta hijos, quienes para bien, permanecerán lejos, apenas atisbando la verdadera y riesgosa existencia de sus seres queridos, devenidos auténticos héroes cotidianos.

Como en casos similares ocurridos en otras partes del mundo, con gran frecuencia los activos protagonistas serán víctimas de crueles engaños y delaciones de sus propios coterráneos, motivados por la codicia. Las mujeres no hallarán otro camino que el de la prostitución, y los muchachos, el tráfico y consumo de drogas y la mafia. Demasiado duro será el esfuerzo para conseguir el retorno a la honradez perdida, aunque a aquel estado de candidez previo, de confianza en los sueños, será imposible regresar.

La familia pasará a constituir el ansiado regazo de placer y descanso, con el que se fantasea constantemente: el encuentro posible será de los más añorados y caros deseos, la única ambición; siempre sabiendo que ya nunca más se podrá asentar en orilla alguna, pues la fuente de felicidad a los amores más entrañables de un lado, radica en el paso al otro: la rigurosa vida tras el Estrecho.

El texto no da margen al panfleto oportunista o al discurso sensiblero que podría significar para Jordi Sierra i Fabra, el sumarse a una corriente política o social en boga acerca del trato negativo o positivo a minorías étnicas en la Iberia donde vive el autor; no existen en él parrafadas aleccionadoras o cansinas, tampoco pretende convencer: su veracidad se basa en una dramaturgia que obedece al inmediato conocimiento de los hechos y a una honda inspiración literaria respaldada por la práctica constante de la profesión. Su edición por Yamilka Rabasa Fernández, y la corrección de Liz Álvarez Vega resultan labores excelentes, tanto como las ilustraciones de Alein Somonte Castillo, simbólicas en sus turbantes coronados de paisajes alegóricos al norte de África y los barcos en la lejanía, cuyos mástiles parecen hincar la luna enorme en el diseño de portada, donde las gaviotas evocan, quizás, la remota idea de la libertad ideal. También la cubierta, a cargo de Armando Quintana Gutiérrez, el diseño de María Elena Cicard Quintana y la composición de Ileana Fernández Alfonso hacen de este libro una imprescindible posesión literaria.

La historia está estructurada en una motivadora introducción o prólogo. Le siguen cuatro partes cuyos títulos ilustran los temas o esencias expuestos: Instinto, Pueblo, Viaje y Destino. El esclarecedor epílogo nos entrega la verdadera resolución existencial de Habib, cual un reportaje periodístico de primera mano.

Dicen que es incierto que haya libros transformadores de vidas, que solo las experiencias que percibimos en carne propia valen para nuestra historia personal. Este relato desmiente tal afirmación. Terminamos su lectura con la respiración entrecortada y un extraño temblor en el alma, deseando que todos los Habib y las Fátimas que hemos sido durante la lectura, no tengan que sacrificar más presentes y futuros en el intento de, simple y humanamente, existir en cualquier sitio del Planeta. Su creador, narrador omnipresente y a la vez íntimo cómplice del protagonista, logra la completa identificación estética sembrando en el lector el significado crucial de las palabras de otro grande, Ernest Hemingway, cuando dijo: “Nunca preguntes por quién doblan las campanas: doblan por ti”.