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Un brindis por la ciencia cubana: Tomás Romay, por Alcides Iznaga

Alina Iglesias Regueyra, 31 de agosto de 2012

Se aproxima el inicio del curso escolar. Docentes y alumnos se disponen a enfrentar nuevos retos académicos y, a propósito, les propongo este texto ─escrito por un gran maestro, además─ cuyo contenido resultará de extremo provecho para el estudio de cualquier asignatura relacionada con la ciencia cubana, así como para enriquecer el conocimiento general de profesores y discípulos.
 
Publicado en el año 2006, por la Editorial Gente Nueva, en su colección Biblioteca Escolar, cuenta con la edición de Yolanda Borlado Vázquez y la corrección de Ileana María Rodríguez, ambas extremadamente cuidadosas en el cuerpo de los acápites y en las notas al pie, que tanto ayudan a la comprensión de ciertos detalles históricos, sociales y biográficos. El diseño y la composición son de Caridad Sanabria de León y la cubierta es de Juan William Borrego Bustamante, quien recrea la imagen en sepia del ilustre sabio que tanto bien hizo a Cuba y al mundo, cual un evocador retrato de época.

El autor de esta obra, Alcides Iznaga, nació en Cienfuegos, el 19 de mayo de 1914. Estudió Filosofía y Letras, y acto seguido, la carrera de Pedagogía, en la Universidad de La Habana, de la cual se graduó en 1941. A partir de este año, ejerció el magisterio en una escuela rural de Matanzas y en su ciudad natal. Luego, en 1961, se trasladó a La Habana. Veinte años de práctica constante de la profesión que le valieron su experiencia y su capacidad de seducción a través de la palabra dirigida a jóvenes y adolescentes. 

Hasta 1966, trabajó como corrector y redactor en la Editorial Pedagógica del Ministerio de Educación, además, fue corrector de estilo en el periódico Granma. Tres años más tarde, ganaba el Premio de Novela del concurso UNEAC con la obra titulada Las cercas caminaban, aparecida en 1970.

Sin embargo, esta no era su primera publicación, pues en coautoría con Samuel Feijóo y Aldo Menéndez, había sacado a la luz el libro Concierto, en 1947. Posteriormente, escribe Los valedontes, novela publicada en 1953; el cuaderno de poemas El barrio y el hogar, y el volumen de cuentos Felipe y su piel, ambos de 1954; Hojas evasivas, poemas de 1956; Patria imperecedera, de 1959; y Tiempo erosivo, de 1960. Su antología poética La roca y la espuma, fue editada en La Habana en 1965.

Iznaga ha colaborado en las publicaciones de su terruño: El Comercio, La Correspondencia, Liberación, Ateje, Signos ─que dirigió junto a Aldo Menéndez─, y otras de alcance nacional, como las prestigiosas: Social, Orígenes, Bohemia, Hoy, Juventud Rebelde, Lunes de Revolución, y Orto de Manzanillo, en el Oriente cubano. Su pluma está presente, también, en las revistas latinoamericanas: Asonante, de Puerto Rico; Poesía de América, de México, e Idea, de Perú.
 
Tomás Romay es una interesantísima biografía narrada con la frescura de una clase de Historia excelentemente impartida. Incluye anécdotas, relatos familiares y sociales, cuestiones políticas y económicas, mas todo en un tono conversacional y desenfadado, sin precisar mucho de vocablos aparatosos y tecnicismos que complican la narración. Se emplean oraciones cortas y concisas, enemigas del aburrimiento que caracteriza a una gramática más profunda y ajena a edades escolares. Cada acápite está presidido por un subtítulo que resume la idea central de la lectura en cuestión. En muy pocos párrafos se condensa un tema. Por ejemplo, en la página 17, se dedican tres amenos párrafos al gobierno de Don Luis de las Casas y su importante relación con el científico, luego de un encuentro casual, que le valdría su apoyo, al igual que el de otras tantas personalidades y sociedades progresistas de la época, para la introducción en Cuba de la vacuna antivariólica, obtenida por Jenner hacía muy poco, tiempo en Inglaterra. Iznaga ubica a nuestro ilustre galeno como precursor de los estudios acerca de la transmisión de la fiebre amarilla o vómito negro, cuyo descubrimiento correspondería en un futuro próximo a otro eminente naturalista cubano: el doctor Carlos Juan Finlay.

Una lectura meritoria, esta que nos propone Alcides Iznaga, bien para conocer más de cerca la historia de la ciencia cubana, bien para profundizar en sutilezas temporales y curiosidades de interés; bien para acercarnos, humanamente, a través de sus tragedias y sacrificios personales y familiares, a ese gigante de Cuba que es don Tomás Romay.