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Heddy Villegas: actuar es amar y respetar lo que haces en las tablas  

Jesús Dueñas Becerra, 29 de agosto de 2012

La actriz Heddy Villegas accedió a conversar con los lectores de Retablo para revelarles cómo percibe y siente las artes escénicas, disciplina artística devenida fuente inagotable de ética, humanismo, cultura y espiritualidad, no sólo para el actor, sino también para el público y el crítico. Villegas trabaja, además, como directora asistente del grupo Mefisto Teatro, que dirige el dramaturgo Tony Díaz
        
Sin más dilación, dejemos que sea nuestra entrevistada quien nos hable de su vida, no sólo como actriz, sino también como mujer cubana de hoy y de siempre.

¿Podría hacer una síntesis de su fructífera trayectoria en el teatro cubano?

Tengo más de medio siglo de vida artística activa, de entrega en cuerpo, mente y alma al arte de las tablas. Comencé mi carrera como actriz en una época en que el teatro «viajaba» a los más apartados lugares de nuestra geografía insular.

Posteriormente, me incorporé a las compañías Bertolt Brecht y a la hoy cincuentenaria Rita Montaner, donde permanecí más de un cuarto de siglo. Esta excelente agrupación teatral ha dejado una impronta en mi memoria poética, porque ha sido una verdadera escuela para quien haya tenido el privilegio de integrar su elenco, caracterizado, en lo fundamental, por su excelencia artístico-profesional.

Por otra parte, me ha permitido establecer una relación estrecha y fluida con grandes maestros de la dramaturgia cubana contemporánea que han influido en mi formación como actriz… desde todo punto de vista.
   
Según su vasta experiencia, ¿qué es para usted actuar?

Actuar es transmitirle al auditorio las vivencias, pensamientos, emociones y sentimientos sobre los cuales se estructura el universo psicológico y espiritual del personaje, que el actor o actriz interpreta. Es hacer partícipe al espectador de algo que se sabe, se tiene; es descubrir, contagiar, convencer; es mucho más que dominar la técnica dramatúrgica y el lenguaje teatral (verbal y extra verbal). Es sentir, que no es otra cosa que liberar tu yo, el auténtico, el verdadero, para entregar en escena lo mejor y más puro de ti, no sólo como actriz, sino también como ser humano; es vivir, amar y respetar lo que haces… con naturalidad.

¿Qué personaje de los muchos a los cuales usted les ha prestado piel y alma ha dejado una huella indeleble en su yo artístico?
 
Uno de los personajes que más me impactó, no sólo desde el punto de vista artístico, sino también emocional, fue el de Enriqueta Favez, en Escándalo en la trapa, una obra bella, hermosa, cuyo mensaje subliminal, era una enérgica denuncia a la discriminación y la exclusión de que ha sido víctima la mujer en la historia de la humanidad, por el solo hecho de haber nacido mujer.

Tony Díaz, director artístico de esa puesta en escena, es una persona con vasta experiencia en el medio, que crea las condiciones ideales para que los actores y actrices puedan trabajar, crear y aportarle algo de su propia cosecha al personaje que interpretan.

Disfruté, como no son capaces de imaginar, la construcción y el diseño del personaje de Enriqueta Favez, ya anciana, sobre todo la escena en que ella, próxima a «seguir viaje», pide perdón por ser mujer…, pero ¿por qué pedir perdón si Dios me hizo mujer? Quien debe pedir perdón es esa sociedad decadente, donde la doble moral, el machismo, el doble discurso y la falsa religión mediatizan la existencia de hombres y mujeres; esa sociedad injusta que fue capaz de condenar a una mujer inocente, por el «gravísimo pecado» de ser mujer.

Escándalo…  es una denuncia contra las lacras sociales y humanas sobre las que se edifica una sociedad clasista, que condena al «otro diferente» por incurrir en supuestos vicios que sólo los poderosos pueden cometer con total impunidad. Ahora bien, las leyes, diseñadas en aquella época para castigar única y exclusivamente a los «excluidos» y «excluibles», no juzgan ni sentencian a esos señores por lo que en realidad son: enemigos de la humanidad desposeída, del progreso social y de la libertad de pensamiento y de espíritu, que es para José Martí la verdadera libertad.

¿Cómo percibe el futuro de la mujer en el teatro cubano?

Desde mi punto de vista, el futuro de la mujer en el teatro cubano es promisorio, ya que, en el último medio siglo, y mucho antes, se ha producido un giro de 180 grados. El papel desempeñado por el actor en la escena caribeña era preponderante, como consecuencia de la posición maniquea (damita joven, criadita con suerte, mujer seducida y abandonada), que los clásicos de la literatura universal les asignaban a las actrices. Pero ahora la mujer es quien marcha a la vanguardia, no sólo en el medio teatral y artístico en general, sino también en otros contextos profesionales u ocupacionales, donde desempeñamos una función decisiva. En Cuba, hay artistas de talla internacional: Alicia Alonso, Rosita Fornés, Esther Borja y muchísimas más, que harían interminable esta entrevista.

Por consiguiente, no me cabe la menor duda de que el futuro de la mujer en el teatro caribeño va por muy buen camino, y por ende, goza de una salud envidiable.

¿Desearía enviarles algún mensaje a los/as jóvenes que se inician en el apasionante campo de las artes escénicas?

Que amen el arte de las tablas con todas las fuerzas de su ser, porque esa manifestación artística les exige a quienes la cultivan entregarse a ella en cuerpo, mente y espíritu, darlo todo, y darlo con amor, sin esperar nada a cambio, sólo la satisfacción del deber cumplido y el sincero aplauso del público […] cuando lo merezcan.

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