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Gritonas en la memoria del folclor cubano

Gerardo E. Chávez Spínola, 29 de agosto de 2012

Mujeres espectrales que gritan y lloran sus aflicciones en la oscuridad de la noche, tuvieron su apogeo entre las narraciones misteriosas de la campiña cubana, hasta poco más allá de mediados del siglo XX. Los cuentos de gritonas se han escuchado también por siglos, en casi todos los países de Latinoamérica. En muchas de estas regiones se les llamaba “lloronas”, y al igual que los gemelos, por las evocadoras asociaciones de las que son portadoras, tornaron rasgos de personajes concurrentes en los imaginarios colectivos de estos pueblos, que las citan con persistencia en sus narraciones folclóricas, para quedar establecida la figura, como un mitologema que ha tenido fuerte permanencia en esta parte del mundo.

Samuel Feijóo, uno de nuestros más fecundos investigadores del folclor cubano, clasifica al mencionado personaje entre los integrantes de lo que denominó, “Mitología cubana del misterio y el horror”, para destacar en su obra cumbre, Mitología cubana, como esta figura del imaginario popular criollo ha sido recogida hasta en la poesía culta, refiriéndose a La obra del intelectual Juan Marinello, en su poema "La vieja casa", donde dedica unas estrofas a “La Gritona”:

Recorro silencioso los portales,
los largos colgadizos, las estancias
abaciales, el amplio
traspatio, que mi infancia
poblaba por las noches
de trágicos fantasmas
(aquel caballo blanco,
la crin ensangrentada,
la desnuda mujer que empavorece
con un grito que hiela las entrañas
a los nocturnos carreteros
en las lejanas guardarrayas).

Insiste luego Feijóo en el fuerte arraigo de esta figura y demuestra su temprana permanencia dentro del ámbito poético, cuando reproduce el texto tal y como la recogiera José A. Martínez Fortún en Abril de 1879, en sus Anales y efemérides de San Juan de los remedios y su jurisdicción

Hubo un tiempo en que salía
en Remedios la gritona
y en consternación la zona
de “la laguna” ponía.
Una cadena se oía
en que un perro iba arrastrando,
una gallina cantando,
todo por la madrugada;
hoy se oye una cencerrada
y “duende y brujas” saltando.

Desde la época colonial con el correr del tiempo, las migraciones de aquellas familias del campo hacia los asentamientos poblacionales, también hicieron posible la aparición de las gritonas por las oscuras callejuelas adoquinadas, entre sombras y rincones de las primeras villas. Pero ya en la segunda mitad del siglo XX, con el advenimiento de los tiempos modernos, otros miedos más profundos, evidentes y tangibles, vinieron a posesionarse de aquellas almas sencillas. Nadie puede confirmar, si fue el ruido de los motores de tantos tractores y camiones que inundaron los caminos rurales, después del 1959; o la llegada de la electricidad a los lugares más intrincados y lejanos; o la posesión del conocimiento, al tener la oportunidad de leer y escribir, que antes siempre estuvo fuera del alcance del humilde campesino. Lo cierto es, que ya se han apagado los lamentos de las gritonas y poco queda hoy de aquel mundo imaginativo lleno de fantasías, que adornaba el imaginario de aquellos moradores de montes y sabanas.

Samuel Feijóo, José Seoane, Álvaro de la Iglesia, José A. Martínez Fortún, Manuel Martínez Moles, René Batista Moreno y otros aplicados ensayistas, afanosos investigadores y divulgadores de la mitología cubana, han relatado con maestría sobre la persistencia de esta fantástica aparición femenina, en la memoria del folclor de la Mayor de las Antillas. Lo que llega hoy a nosotros, ha sido extraído con pinzas de aquella fecunda y frágil memoria folclórica.

Gracias a ellos, podremos invitar a nuestros lectores, en pobrísima y limitada exposición, a un intento de aproximación al personaje de “la gritona”, según se contaba de bocas a oídos, hace mucho tiempo atrás, por los más antiguos habitantes de nuestros rurales contornos.

La gritona de San Ramón

Se trata de una mujer que tenía dos hijos, entre nueve y diez años de edad. Cerca de San Ramón de Guaniano (Buey Arriba, zona oriental de Cuba, actual provincia Granma), los soldados españoles, habían montado una emboscada, cuando sintieron que alguien venía. Les dispararon y mataron a estos niños. Luego, por temor al escándalo, enterraron los cadáveres en el monte. Al entrarse la madre, fue a reclamar sus cuerpos y los militares negaron que les hubieran matado. La mujer murió de tanto sufrimiento y poco después comenzaron a oírse sus lamentos por las noches, clamando por sus hijos. Eran gritos terribles y la gente se fue del lugar, para no escucharlos más. Dicen que han pasado muchos años y aun se podían escuchar.

Los gritos que salían del río

Casi llegando a la zona de Picos Blancos (Manicaragua, actual prov. Villa Clara), una mujer soltera parió una criatura y dicen que para evitar el escándalo, botó el niño al río. Un tiempo después, cuentan que se veía al crío salir del agua volando, hasta llegar a casa de la madre y acostarse junto a ella. Entonces la mujer comenzaba a gritar con alaridos terribles.1

La gritona de Jibacoa

En tiempos de la Guerra contra los Españoles (1895), los soldados atraparon a una madre con su hija y las encerraron en una cueva por Jibacoa (Zona de Jibacoa, actual provincia Granma. Oriente cubano), porque los suyos se habían unido a los mambises (guerrilleros cubanos contra el colonialismo español). Dicen que allí murieron. Un tiempo después, los gritos de aquellas desdichadas seguían escuchándose. Cuentan los más viejos de esta región, que mucho tiempo después encontraron sus restos y les dieron cristiana sepultura. Después de hacerlo, muchos pensaron que los tétricos y angustiosos gritos no se iban a oír más. Pero no fue así. Aquellos alaridos espeluznantes que provenían de las lomas, continuaron escuchándose por muchos años.2

La gritona de la Loma del Seboruco

Cuentan que una noche, el tren mató al hijo de Micaela Pacheco. Sucedió, bajando al Loma “El seboruco”. Dicen que él regresaba de una parranda y estaba bastante pasado de tragos. La pobre Micaela, no logró reponerse de aquel fatídico acontecimiento. Murió a los pocos días, de plena tristeza y melancolía. Luego, la gente empezó a ver su “aparición”. Referían los vecinos de por aquellos lugares: como, cada vez que venía el tren, el fantasma de ella se aparecía gritando y corriendo desesperada hacia el mismo lugar donde se produjo aquel lamentable accidente.3

La gritona de La Yaya (Recopilado por Samuel Feijóo)

Dicen que en la Yaya (Montañas de Guamuaya, Escambray, provincia Villa Clara) vivía una mujer a la que mataron dos niñas en la guerra y como estaban sin bautizar, ella aparecía todas las noches al paso del río, gritando su dolor. Hasta que un valiente jinete vino a cruzar la franja de agua y preguntó cual era su problema. Ella contestó llorosa, que necesitaba bautizar a sus hijas. Aquel hombre de campo, que al parecer era no sentía ni pizca de miedo, se bajó del caballo y en las aguas del río, llevó a cabo la ceremonia con las dos criaturas. A partir de ese momento, dicen que nunca más volvió a salir.4

Existen algunas otras versiones sobre la gritona de la Yaya, que han sido recogidas por diversos autores a lo largo de muchos años. En la obra de Feijóo antes mencionada, hay una versión de esta gritona, recogida por Joaquín Díaz Marrero, donde: “un jinete solitario cabalgaba en la noche custodiando sus reses clavó espuelas a su caballo, dejando el ganado que transportaba, al encontrarse con la aparición, de la cual refería, mientras se alejaba al galope, escucharla gritar con desespero: ¡Bautíceme los hijos, que están judíos…!”; en otra adaptación, recogida por Manuel Pereira, en las montañas del Escambray (en la misma obra de Feijóo), data de cuando “La Yaya” era puro monte y un antiguo dueño de estas tierras, precisaba que los moradores abandonasen el lugar lo más rápido posible, por cuestiones de negocios con los terrenos. Cuenta que el susodicho convenció y pagó buen dinero a un inescrupuloso curandero de la zona, para que diera esos gritos y propagase el terror de la “aparición de la Gritona, entre los moradores de aquellos contornos, lo que por su puesto, ya podemos imaginar que diera los resultados esperados.

La gritona del río Ochoa

Acostumbraba esta gritona, a salir entre la línea norte y la carretera que enfila hacia Camajuaní, en la provincia de Villa Clara. En el mencionado trayecto se ubica una charca formada por el Río Ochoa, a la que llaman, “La charca de La llorona”; todos concuerdan que hace ya algunos años atrás, muchos temían cruzar por aquel lugar, debido a que allí se oía el grito de una mujer. Era tan horrendo aquello, que no pocos vecinos de las cercanías, tomaron la decisión de mudarse. Dicen que unos pescadores de camarones, una vez encontraron en medio de aquel espejo de agua, una muñeca confeccionada con crin de caballo, montada en una horqueta de madera y la sacaron hacia la orilla. Desde ese momento, aseguran que desaparecieron los tétricos gritos. Aunque siempre existió el comentario, que no hubo nunca tales gritos, sino que solo era el sonido que hacía un pájaro.5

La gritona de Seborucal

Viene a ser, una de las leyendas de apariciones femeninas más conocidas y de mayor persistencia en el fabulario cubano. Se cree que aterrorizó por espacio de dos siglos a las sencillas y crédulas gentes de la conocida villa de San Juan de los Remedios (provincia Villa Clara). Cuenta esta, sobre una muchacha que en tiempos coloniales, le fuera cortada la cabeza de un sablazo, al resistirse a las intenciones lujuriosas de un pirata. El tronco de la virgen tuvo fuerza suficiente para tomar en sus manos la ensangrentada cabeza, hasta ocultarse en una furnia cercana, donde volvió a ponérsela sobre los hombros.

Por mucho tiempo fue creencia firme: que se le permitía abandonar su refugio subterráneo cuatro veces al año: el primer viernes de enero, el Viernes de Dolores, el Viernes Santo y el viernes antes de la Natividad del Señor. A las doce de la noche, salía esta horrenda aparición y recorría las empedradas calles gritando su desgracia, con la cabeza en sus manos. Aseguraban que aquellos enfermos que oían sus alaridos, se agravaban o morían. Las mujeres en estado de gestación abortaban o parían jimaguas, y todo aquel que tenía la desgracia de verla, podía quedar muerto, tullido o ciego.6

Existe otra forma de esta leyenda, que viene a ser una versión extractada, tomada de la obra ya citada de J. A. Martínez Fortún, Anales y efemérides… (Tomo XIII. Apéndice V), en donde además se cuenta cómo, el personaje de “La gritona de Seborucal” a su paso terrorífico por la villa, arrojaba la cabeza, la tomaba en sus manos, hacía crecer su tronco ensangrentado, hasta alcanzar la altura de balcones y tejados, para luego descender hasta recobrar su tamaño natural.

Otro autor que este tema tratase de antaño, Don Antonio Iturriaga, en su obra “Crónica Remediana”, aseguraba que las patrullas de vigilantes cuyo deber era pagado por el cabildo para que diesen sus rondas diarias, no salían en las noches de los viernes, por miedo a encontrarse con esta horrenda aparición. Cuentan que al escucharse su espeluznante grito, “un hálito de tristeza, aprensión y pavor se apoderaba de los vecinos, de barriada en barriada: de San Salvador al Carmen, y de La Bermeja a La calle del Corojo”. Así es de imaginar, que todos cerraban puertas y ventanas sin ni siquiera atreverse a mirar, mientras con la vista extraviada del miedo y los ojos casi fuera de sus órbitas, susurraban aterrorizados y temblorosos: ¡Por ahí viene La gritonaaaa…!

De la misma forma se han recopilado algunas leyendas de lloronas, con las mismas características del personaje de La Gritona, como la recogida por el investigador José Seoane en la ciudad de Villaclara, conocida como la “Llorona  del Roble”, que cuenta como en la finca de este nombre, en las noches salía una mujer vestida de blanco, llorando y dando gritos con un niño en brazos; y “La llorona de la finca San Fernando”, la cual refieren salía dando voces de dolor, cada vez que había se cometía un crimen en aquella zona. Mas en esta versión no había visiones, ni formas, tan solo se escuchaban los llantos y lamentos.

Así también se consigna en la ya mencionada obra de Feijóo, “La llorona de Rebarcadero”, que él mismo recopilador denomina como “antimito”, ante los sucesos acontecidos en el barrio de este nombre, en Santa Clara, cuando a un isleño burlón que por allí vivía, tuvo la ocurrencia de dar tres gritos en la noche, como de llanto y luego se acostó, pensando en cuáles serían las consecuencias de tal acción. Repitió su gracia por varias noches, repleto de goces por el susto que se estaría dando la gente de aquellos contornos. Como disfrutaba mucho de estas consecuencias, se fue por varios lugares, repitiendo los mismos alaridos y sollozos. Pero entonces la reacción fue muy distinta. Un grupo de vecinos armados, había decidido salir a buscar aquella escandalosa “aparición” que nadie podía ver. Y todo parece indicar que aquel isleño tomó la decisión más sabia de su vida, pues “La llorona de Rebarcadero” no fue escuchada nunca más por aquellos lares.

Gritonas, en la memoria folclórica del mundo

El término folclor (también folclore), es un neologismo creado a partir de las palabras anglosajonas folk (pueblo) y lore (sabiduría); folk-lore, sería entonces: el saber tradicional del pueblo. La concepción del término folklore, nos llega tal como salió de William John Thoms, en su carta titulada «Floklore», que firmada con el pseudónimo de Ambrosio Martin fuera publicada en el nº 982 de la revista Athenaeum del 22 de agosto de 1846, y trae implicaciones de un principio de dualidad: entre el sentido material y el sentido lógico del folklore. Lo que permitió desde sus inicios, acopiar dentro de tal concepto, las elucubraciones del imaginario popular e incorporarlas a este “saber del pueblo”.

Pero este “saber” no es algo pasajero. Se ha estudiado que, al presentar cierta carga emocional en la memoria autobiográfica, aquellos recuerdos pasan a desempeñar un papel clave en nuestra identidad personal­, en la medida en que se conviertan en sucesos de mayor significación social. Permanecen así por siglos, como acontecimientos especialmente significativos de la vida colectiva, que dejan su impronta en cada uno de los miembros de ese grupo social. Mas sucede con estas “figuras del imaginario” (como las gritonas), que la falta de fiabilidad, otorgada por ese carácter imaginativo llegado a la memoria episódica como recuerdo de sucesos concretos, funciona como un proceso de elaboración narrativa, que tiene el poder de maximizar la coherencia del episodio. De esta forma, a lo que estamos aquí llamando “memoria del folclor", es a esta dimensión social totalmente colectiva del recuerdo, que mantiene esa capacidad de “brindar matices de veracidad” a esta rememoración, por muy fantasiosa que fuese. Autentificación que está en relación muy directa, con esa dependencia de nuestra pertenencia al colectivo que se refiere, con el cual estamos íntimamente vinculados como miembros; y por su puesto, a los paradigmas de la época en que se crean aquellas “figuras del imaginario”. Así tenemos que, mientras más se alejan estos paradigmas de su época y evolucionan, aquella autentificación va perdiendo valores.

Lo más curioso de esta “memoria folclórica”, es que ha logrado aglutinar casi las mismas “figuras del imaginario”, para muchos de los países latinoamericanos. Si se busca con profundidad, esta identidad común puede extenderse a gran parte de Iberoamérica. Y tal vez, si dedicásemos más tiempo a buscar con afán, encontraríamos “gritonas” en algún que otro rincón de esta aldea global, que hasta hace poco llamábamos mundo.  Lo que podemos tomar como punto de partida para el reconocimiento “del otro”. Esa otredad de lo que siempre se nos presentó como “diferente”, y tener la oportunidad de confrontarnos unos a otros para ser reconocidos, también, como iguales.

Tal vez está llegando el momento en que tengamos necesidad de utilizar esa “memoria colectiva” de un modo más amplio y trascendente; o simplemente, tratar de despertar los usos sociales de aquella posible “memoria colectiva de todos los pueblos”. Desde esta visión de las cosas, se podría comenzar a pensar en la cuestión de una identidad social más cercana a lo universal. Quien sabe si es lo que han estado pidiendo a gritos, por siglos, las gritonas en la memoria del folclor de todos los pueblos del mundo.
 
Notas

1 René Batista Moreno: Cuentos de guajiros para pasar la noche, Ed. Letras Cubanas, 2007, p. 171.

2 René Batista Moreno: Cuentos de guajiros para pasar la noche, Ed. Letras Cubanas, 2007, p. 181.

3 René Batista Moreno: Cuentos de guajiros para pasar la noche, Ed. Letras Cubanas, 2007, p. 185.

4 Manuel Rivero Glean y Gerardo E. Chávez Spínola: Diccionario de mitología cubana, Ed. Aduana Vieja, Valencia, España, 2010, p. 192.

5 Idem.

6 Manuel Rivero Glean y Gerardo E. Chávez Spínola: Diccionario de mitología cubana, Ed. Aduana Vieja, Valencia, España, 2010, p. 191.