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S.O.S ternura: llamamiento urgente al amor y la comprensión
 

Jesús Dueñas Becerra, 08 de septiembre de 2012

Los niños saben más de lo que parece
José Martí



Estoy completamente seguro de que, al menos en nuestra lengua materna, no existe una frase que refleje —con mayor precisión y exactitud— el sentido del mensaje que le envía al lector el volumen S.O.S. ternura, publicado por Ediciones Extramuros, y que incluye una antología de mini-cuentos infantiles para adultos ─selección y prólogo de Dulce María Sotolongo y Lourdes Zayón Jomolca.

La lectura de esa antología de relatos cortos, escritos por niños y adolescentes cubanos, entre 9 y 14 años de edad, evoca en mi archivo mnémico mi época de estudiante en la Facultad de Educación de la Universidad Central Martha Abreu de Las Villas: en una clase de Didáctica de la enseñanza secundaria básica (ciclo: Letras), la profesora, doctora Antonia Digna Carbonell Céspedes (fallecida), nos pidió que reseñáramos, en solo cinco líneas, la obra literaria Casa de Muñecas, del dramaturgo noruego Henry Johan Ibsen (1828-1906). Recuerdo que, en esa competencia, resulté ganador, porque —según el criterio de la doctora Carbonell Céspedes— fui quien, con mayor economía de recursos lingüísticos, había resumido el contenido de esa joya de la literatura universal.

No obstante, cuando concluí de leer el texto no me quedó otra alternativa que admitir, no solo como crítico, sino también como ferviente admirador de lo bello, la gran capacidad de síntesis de los noveles narradores/as, con un futuro promisorio en el campo de las letras insulares. Por consiguiente, me inclino ante ellos/as.

Entonces, reitero la validez de la frase del escritor santiaguero José Soler Puig (Bertillón 166), cuando expresó, refiriéndose a los «príncipes enanos»: los « […] niños son viejos que sueñan», ya que los citados mini-cuentos, escapados del inconsciente freudiano (¿de dónde si no?), contienen mucha sabiduría, picardía y recursos estilístico-literarios que —en ocasiones— emplean los escritores adultos cuando desean comunicarle algo al prójimo.

En dicha obra, los pequeños autores demuestran —con creces— que conocen la regla de oro que mediatiza la acción de escribir: decir, en pocas palabras, lo que les brota del intelecto y el espíritu, y que les fluye como el agua cristalina que corre por los ríos subterráneos del alma humana.

Cuando se expresan, lo hacen con la inteligencia global y emocional necesaria para levantarse del ordenador o dejar descansar el lápiz o el bolígrafo que utilizaran en el acto de llevar a la página en blanco pensamientos, emociones, sentimientos, vivencias, experiencias, necesidades intelectuales y espirituales, insatisfacciones y frustraciones sobre las cuales se estructura la personalidad infanto-juvenil.

Los/as niños/as y adolescentes que escribieron esos relatos cortos —caracterizados, básicamente, por el candor y la ingenuidad que los/as identifican— sustentan criterios acerca del amor, la vida, la muerte, las guerras, la violencia social e intrafamiliar, la emigración ─ese mal que corroe a la nación cubana─, las relaciones íntimas entre personas de igual o diferentes sexos, el alcoholismo, las drogas y hasta sobre el controvertido reguetón (género musical defendido por unos y satanizado por otros)…, pero sin perder jamás el hálito mágico-poético que los/as rodea.

De acuerdo con Sotolongo Carrington y Zayón Jomolca, el mundo que describen esos mini-cuentos « […] no es otro que el del comienzo del siglo XXI, con problemas heredados de generaciones [precedentes], con la añadidura del presente […], donde el cambio, la violencia de todo género, el desamor, el reajuste de valores, la manera de afrontar la vida, el vertiginoso progreso en la forma de asimilar las enseñanzas, las nuevas y sorprendentes tecnologías [de punta] hacen de los niños y adolescentes testigos [excepcionales y hasta protagonistas] del universo en que vivimos […]». 1

Por curiosa asociación de ideas, mi archivo mnémico evoca un aforismo martiano para concluir este comentario: « […] las cualidades esenciales del carácter, lo original y enérgico de cada hombre [o mujer], se deja ver desde la infancia, en un acto, en una idea, en una mirada». 2

Notas:

1.    Sotolongo Carrington, Dulce María y Lourdes Zayón Jomolca. Sin perder la ternura, en S.O.S ternura. La Habana: Ediciones Extramuros, 2008: p. 5.
2.    Martí, José. Músicos, poetas y pintores, en La Edad de Oro. La Habana: Editorial Gente Nueva, 2004: pp. 128-129.