La Siempreviva, una revista para lectores pacientes
Tengo en mis manos el número 13 de La Siempreviva, revista literaria de la Editorial José Martí. A primera vista, se advierte un predominio de textos extensos y con frecuencia, dentro de lo que pudiéramos llamar una línea “doctoral”, densa en ocasiones. Con ello, La Siempreviva presupone un lector especializado dentro de la especialización que de por sí contrae el concepto de “revista literaria”.
Bajo el título Ausencia no quiere decir olvido, se publican tres de las conferencias que integraran la segunda parte del ciclo Escritores olvidados de la República, entre noviembre de 2010 y enero de 2011. Antón Arrufat, Graziella Pogolotti y Cira Romero, leídos en conjunto, brindan al lector la posibilidad de extraer y sistematizar un grupo de datos para una arqueología de la no-trascendencia. El propio Arrufat nos ofrece su lista personal de quince razones para ser olvidado, mientras Graziella Pogolotti señala la utilidad de los proyectos literarios fallidos (de conocer «el rostro de los perdedores») para entender el clima literario y las tendencias dominantes de la época correspondiente. 
Otro signo común de los tres artículos sería el interés de los autores por explicar las trayectorias literarias y humanas de estos escritores “olvidados” a tenor de los acontecimientos sociales y personales que les tocó vivir. Se superponen literatura y realidad en la exposición.
Antón Arrufat nos revela a Armando Leyva a través de una semblanza pródiga en florituras y premeditadas digresiones, lo cual la convierte (todavía más) en un texto para gente interesada a priori en Armando Leyva.
Nos ilustra Arrufat que es en su escritura de imaginación (de ensueño) donde Leyva alcanza sus mejores registros: Las horas silenciosas, de 1920, con el cual cierra voluntariamente su devenir como escritor. Aunque no es uno de los grandes narradores cubanos y buena parte de sus textos carecen de interés actual, «merece un lugar en la historia de nuestra literatura (…) porque no todo está en Carpentier o en Lezama».
Anatomía de un proyecto literario fallido se titula la semblanza de Graziella Pogolotti sobre la camagüeyana Flora Díaz Parrado. Su obra, de influencia y filiación vanguardista, puede enmarcarse dentro de las búsquedas de impronta feminista que hicieron aparición en el pensamiento social cubano hacia los años 20 del siglo pasado.
Si bien «su narrativa no resiste una lectura contemporánea», Díaz Parrado logró algunas piezas teatrales atendibles. Su mayor legado al universo de las letras cubanas quizás sea el haber apuntado un grupo de intereses y procedimientos posibles que luego van a extenderse en la producción literaria nacional... de la mano de otros autores. O al menos eso se va desprendiendo la exposición de Pogolotti.
Cira Romero oficia el recordatorio de Jesús Castellanos, quizás el menos olvidado de los tres escritores, gracias a obras precursoras como La agonía de La Garza, La Manigua sentimental y La conjura.
Según Romero, Castellanos fue el escritor cubano de mayor sensibilidad en los años iniciales del siglo XX. Dueño de un «escepticismo naturalista», jugó un rol fundacional en el tratamiento de temas como el universo de los habitantes del medio rural, la posición social de la mujer o el papel del intelectual en su relación con el medio. Resulta especialmente interesante la valoración de Romero sobre su novela inconclusa Los argonautas, donde el autor revela cierto influjo nietzscheano.
En el apartado de reseñas, lo primero que llama la atención es el formato que La Siempreviva establece cuando dos autores comentan un mismo libro: puede entenderse como una de las marcas de identidad visual de la revista, pero dividir la plana en dos columnas y destinarle una a cada texto (durante varias páginas incluso) con una sutilísima diferencia cromática de fondo, puede desorientar al lector. En fin, es una apuesta de estilo donde también pudiera verse un sentido lúdico. Habrá quienes disfruten conjugar el acto de armar rompecabezas con el de leer reseñas, y habrá quienes prefiramos solamente una cosa a la vez.
Y ya que hablamos de visualidad, valga notar también el hecho insólito (y en principio loable) de que La Siempreviva dedica pequeños espacios a la publicidad de otras revistas de arte y pensamiento. Una publicidad inocente hasta la ternura (La Letra del Escriba: una revista para lectores críticos), porque es como un jueguito. La excepción sería Criterios, que aprovecha al máximo su menos de cuarto de página. Se supone que no es La Siempreviva la que diseña estos deliciosos avisos de nuestra cotidiana impublicidad, sino que los recibe “ya hechos”.
Otro desmarque visual serían las citas o llamados en el borde de las páginas y no al pie de estas o al final del texto, como marca la tradición. Una variante agradable y funcional.
En lo tocante estrictamente a reseñistas y reseñados, pudieran destacarse los acercamientos de Ambrosio Fornet a Fragmentos de interior (Ed. Oriente, 2010) de Cira Romero, sobre Lino Novás Calvo; de Jorge Domingo Cuadriello a Guillermo Cabrera Infante, a través del volumen Sobre los pasos del cronista (UNIÓN, 2010), de Elizabeth Mirabal y Carlos Velazco; o de Maielis González a Las extrañas posibilidades de la Ciencia Ficción (Letras cubanas, 2010), de Rinaldo Acosta, por solo citar algunas.
En el contexto de publicaciones cubanas sobre literatura, La Siempreviva da la impresión de trascender esa función de complemento, de “algo más”, que a veces parecen darle otras revistas a las reseñas. Se percibe aquí un interés más sustantivo, y este pudiera ser otro de sus sellos distintivos.
Un acercamiento a la poesía de José Lezama Lima y Emilio Ballagas, firmado por Virgilio Piñera, ocupa la sección La página de ayer. El texto data de 1941 y fue publicado en Espuela de Plata. Con su reproducción, La Siempreviva no. 13 participa del “año Piñera”.
Otros materiales de interés dentro de este número son, El buen uso de las enfermedades, de Carlos Espinosa; Macedonio Fernández: un contínuo vivir, de Mario Goloboff, o el fragmento de novela Los herejes, de Leonardo Padura.
El buen uso de las enfermedades es un bien documentado recorrido de Carlos Espinosa por una serie de obras y autores que toman como centro las relaciones entre literatura y padecimiento físico, a partir de los significados sociales vinculados a este. El fuerte sustrato de estigmatización y marginación social que sufren (tanto en el plano real como en el simbólico) quienes padecen enfermedades irreversibles, y el consecuente cambio de perspectivas existenciales y de orden práctico a que se ven abocados, ha servido de motivación a no pocos escritores, y entre ellos, a varios que han llegado a conocer el problema... de primera mano. Enfermos ellos mismos.
El acercamiento del argentino Mario Goloboff a la figura de su compatriota Macedonio Fernández, pone especial atención en los usos y expectativas de este sobre su propia obra, y en su relación con el lector. A partir de fuentes bibliográficas como Jorge Luis Borges (un imitador confeso de Macedonio) y Néstor García Canclini, entre otros, Goloboff focaliza en la que, de haber llegado a publicarse, sería la obra cumbre de Macedonio, Museo de la novela de la eterna: «una novela en la que nada se cuenta y en la que (…) se intenta dar cuerpo a lo que bien se ha llamado “la novela futura”». Un libro, en palabras del propio Macedonio, «vacío y perfecto».
Y terminamos por el principio, pues este número de La Siempreviva empieza con un extracto de otra novela de Padura. Un vistazo a Los herejes permite ubicar la historia en un ambiente judío del siglo XVII, narrado tan prolija y sosegadamente como es posible. Se lee aquí a un Padura lentísimo, demasiado interesado en la profusión abusiva de antecedentes y detalles del mundo interior y las circunstancias inmediatas (inmediatísimas) del protagonista, el pintor en ciernes Elías Ambrosius. A la luz de estas pocas páginas, Los herejes, con su obligada cuota best-selleriana de erudición religiosa y perfume filosófico-existencial, parece ser una de esas novelas donde el lector no tendrá que cooperar demasiado. Solo escuchar, si le interesa el tema. O el autor.