Diálogos con Rainer M. Rilke (IV)
Entrevista a Enrique Saínz
Infatigable lector de poesía, Enrique Saínz ha dedicado buena parte de su obra literaria a la divulgación de grandes poetas de todos los tiempos. Las ediciones cubanas de las obras de Jorge Manrique, San Juan de la Cruz y Francisco de Quevedo, entre otros, forman parte de
su haber como prologuista y recopilador, y su ensayismo crítico abarca un amplio espectro de autores y épocas (desde Garcilaso de la Vega hasta Virgilio Piñera), lo que hace de sus opiniones una oportuna referencia para cualquier trabajo relacionado con el universo literario. Esto nos motivó a solicitarle, para nuestros Diálogos con Rainer M. Rilke, una entrevista que, hasta donde sabemos, es la primera realizada a Saínz que se publica.
Nacido en 1941, Enrique Saínz de la Torriente se graduó de licenciado en Lenguas y Literaturas Clásicas por la Universidad de La Habana, en 1966. Desde 1967, ha colaborado como investigador literario en el Instituto de Literatura y Lingüística de la Academia de Ciencias de Cuba. Tuvo a su cargo la redacción (en coautoría) y la supervisión técnica del Diccionario de la Literatura Cubana (1980 y 1984), también la revisión estilística del tomo I de la Historia de la Literatura Cubana, y fue director del colectivo de autores en el tomo II de la misma obra. Ha publicado numerosos volúmenes de ensayo y crítica. Es miembro de la Academia Cubana de la Lengua y miembro correspondiente de la Española.
¿Qué lo motivó a publicar la antología de poesía de Rilke?
En primer lugar, mi grandísimo gusto por un poeta como Rilke. Lo conocí siendo yo muy joven, y me impresionaron su estatura de pensamiento, las preguntas, las inquietudes, el diálogo de ese poeta extraordinario con la realidad; me deslumbró de una manera tremenda, tanto que se convirtió en la figura preferida de mis lecturas, y eso fue la fuerza impulsora, digámoslo así, que me llevó a hacer una selección de su poesía, para que otros pudieran tener una experiencia similar, o una experiencia de otra naturaleza, pero que les permitiera encontrarse con un autor de esa talla, con una tradición tan rica de la cual él mismo formaba parte. Me pareció que era muy necesario para los lectores cubanos, ya conocedores de la obra de Rilke (porque a Rilke yo lo descubrí en Cuba, ya era lectura de primera línea de muchos importantes poetas nuestros, y también de personas que no escribían sino sencillamente eran buenos lectores), sentí la necesidad de hacer una edición que pusiera en manos de muchos lectores esos textos. Había conocido a Rilke a través de
Domenchina, pero los libros de Domenchina eran prácticamente reliquias, objetos de museo en las librerías cubanas y en las bibliotecas, y entonces, sentí que era una antología necesaria.
¿A través de qué traducción llegó usted a Rilke? ¿O tal vez tuvo acceso al original?
Yo estudié un poquito de alemán y me gustaba confrontar, ver qué soluciones yo podía vislumbrar, qué podía ver del trabajo de los traductores. A Rilke lo conocí en las traducciones de Domenchina, como ya señalé. Después empecé a buscar y fueron cayendo en mis manos otras versiones, como por ejemplo la de José María Valverde, la de Jaime Ferreiro Alemparte, publicada en Austral, donde vienen todas las Elegías, los Sonetos a Orfeo y una gran selección del resto de la obra. En la traducción de Valverde aparecían completos los Sonetos a Orfeo, mientras que en la de Ferreiro solo había una selección de ellos; así que utilicé para los Sonetos la de Valverde y para las Elegías, la de Ferreiro Alemparte, y algunos poemas traducidos por Yolando Pino Saavedra. La de Domenchina la deseché. Después conocí la versión de Torrente Ballester, y me enteré de que Juan Rulfo tenía pasión por las Elegías de Duino e hizo su propia versión, basándose en las de Domenchina y Ballester. Ese libro de las versiones de Rulfo lo conservo con mucha veneración, porque se trata de una figura muy notable, con un gran amor por Rilke, pero para mí, nada como la de Ferreiro Alemparte. Después Valverde hizo una segunda versión que me la recomendó Francisco Díaz por notablemente mejorada. Emil Cioran decía que había leído mucho a Rilke en su juventud, pero que ya después de viejo, no le interesaba. A mí nunca me ha dejado de interesar, aunque el Rilke que yo leo ahora no puede ser el mismo que cuando tenía 25 años, pero sigue teniendo una fuerza, una belleza extraordinarias, y me he ido enterando de que han aparecido muchas versiones, es un poeta inagotable, recientemente fue publicada en Altazor, Monte Ávila, una nueva versión de las Elegías. Es un poeta al que siempre se vuelve, van y vienen generaciones y siempre van a traducirlo, van dialogar, a traerlo a otro idioma, y cuando esto sucede es porque, primero, lo encuentran traducible; segundo, digno de ser traducido y tercero, digno de divulgarlo, en la medida en que es una figura ya universal, ajena a todo localismo. Olvidaba la muy reciente traducción de un psiquiatra chileno cuyo nombre no recuerdo, estudió en Alemania y tradujo las Elegías con un gran cuidado, con magníficas notas. Esa versión la leí hace poco para gran provecho espiritual.
¿Cuál de las traducciones que ha leído de Rilke considera que es la mejor?
Yo creo que la de Ferreiro Alemparte. Al margen de las fallas que pueda tener en la versión, en la interpretación de un término, o un giro, ahí hay una fuerza en español, él logra en castellano una comunicabilidad que te hace saber que Rilke no se entrega fácil. Hay otras versiones que van por caminos más sencillos, menos literarios, más comunicativos. Yo prefiero toda la oscuridad del mundo, siempre y cuando se esté más cerca del original, porque a mí no me interesa tanto entender, la poesía no hay que entenderla, hay que sentirla, es un viejo tema, no se trata de un relato, yo prefiero la cercanía al original antes que la nitidez intelectiva, el original en Rilke es denso, y eso lo veo más en Ferreiro Alemparte.
¿Y en cuanto a su relación con los originales en alemán?
Un amigo viajó, me preguntó: ¿qué quieres que te traiga? Y le pedí que me trajera una edición reciente de la poesía de Rilke, traducida por Valverde, que acababa de salir en la editorial Plaza Janés, el libro contenía poesía y prosa. Yo trabajaba en esa época en el Instituto de Literatura y Lingüística, y recuerdo que un 24 de noviembre, mi cumpleaños, llegué al trabajo y me encontré el libro sobre la mesa, ese día trabajé tan a gusto como no había trabajado en los días anteriores. A partir de ahí, empecé con mis precarios conocimientos, a confrontar las traducciones contra los textos originales, a ver qué soluciones había, si se aprovechaba la sonoridad del castellano en relación con la sonoridad del alemán, yo no me detenía demasiado en eso, porque mis conclusiones iban a ser imprecisas.
¿Y qué cree usted de la traducción de poesía y de la poesía traducida?
Se ha hablado mucho sobre eso, y efectivamente, es casi imposible verter en toda su fuerza y en toda su plenitud a un gran poeta. Tú lees una versión y estás leyendo lo que te dice el traductor que dice allí. Si tú supieras bien ese idioma tendrías una ventaja incuestionable, la de hacer tu versión. Pero se puede dar el caso, y no creo que sea infrecuente, de que el traductor te esté entregando la versión verdadera o una más fiel a la verdad que la que vas a hacer tú, si lo lees en el original, porque él tiene unas lecturas, un conocimiento del idioma, una experiencia, una visión del mundo que lo acercan más que lo que te puedes acercarte tú en diálogo directo con el poeta. Un buen traductor te puede revelar la significación de un verso que tú leíste en el original y no lo entendiste. Claro, si viviste 25 años en Alemania y te dedicaste a estudiar esas cosas sí lo vas a ver, pero si tú no posees esa experiencia, el traductor te puede ayudar, tú necesitas tener tu diálogo con el poeta y si lo puedes hacer en el original mejor, pero con una buena traducción, puede ser que haya pasajes oscuros que se te estén revelando mejor ahí.
Es casi imposible traducir a un poeta, pero por algo toda la historia de la cultura está llena de traducciones, desde el mundo clásico, grecolatino, hasta hoy. Hay poetas más traducibles que otros, Eliot es más traducible que Yeats, un poeta más oscuro; Rimbaud, Paul Celan, son poetas muy traducibles, no quiere decir que lo sean del todo pero lo son más que otros, y tú te sientas por ejemplo con Rimbaud, si sabes muy buen francés no te hace falta la versión, pero cuando tú lo lees en español y después lo lees en francés, tú te das cuenta de que en español te está llegando Rimbaud, a pesar de que la sonoridad no es la misma, de que el ritmo no es el mismo. Desde luego, podrías, leyendo mucho y muy profundamente el original, encontrar consonancias, asonancias, músicas internas que no vas a encontrar en español. Pero a mí me parece que el Rimbaud que se te entrega en una buena traducción es suficiente para que tú sepas, realmente, quién es Rimbaud, no para que lo sepas y lo puedas explicar después, no es ese saber comunicable, es el saber de la espiritualidad, el saber profundo que no es un conocimiento factual, de hechos, sino el conocimiento de tu experiencia íntima, y el Rimbaud que te va a dar ese conocimiento de experiencias íntimas yo te diría que lo tienes en español, con la misma fuerza que en francés, teniendo en cuenta que el francés no es tu idioma materno. Eliot tiene reflexiones muy interesantes acerca de eso. Según él, por ejemplo, el escritor que lee una traducción la aprovecha más que un hablante común y corriente del idioma, la traducción te comunica en un alto grado con otro escritor.
¿Tú te imaginas lo que te pierdes si no lees la poesía japonesa, aunque sea traducida? Puedes decir: “No, si no es en el original no leo.” Bueno, pues, entonces, no puedes leer en más de dos o tres idiomas, o cuatro. Muchas literaturas no las puedes conocer más que por traducciones, la traducción te permite entrar en universos, en reflexiones, en conflictos, en diálogos con la realidad que no podrías conocer si no vas por una traducción. Yo creo que tiene una significación muy grande, y ahí está lo que hicieron los latinos con los griegos, y después lo que se ha hecho en el mundo contemporáneo con Homero, con los griegos y con los latinos. El Homero que conocemos hoy, es el Homero de Luis Segalá y Estalella, además de otras versiones excelentes y más actuales, pero ese es Homero, y si nos negamos porque no sabemos griego, nos perdemos algo extraordinario. La traducción te abre la posibilidad de establecer una relación personal, espiritual, en profundidad, con otros universos y visiones del mundo. Nuestros grandes novelistas latinoamericanos han sido lectores de traducciones, Rulfo, pongamos por caso, leyó a novelistas nórdicos en traducciones. ¿Te vas a perder a los escritores noruegos por no leer traducciones?, ¿el mundo de Ibsen, por ejemplo? La traducción siempre, aunque sea cuestionada, aunque sea una empresa, que sabemos de antemano, casi imposible, tiene tanta significación que se sigue haciendo y además te sigue comunicando.
¿En qué poetas cubanos ve usted influencia de Rilke o intertextualidad con su obra?
En primer lugar, Fayad Jamís, un poeta que lo leyó mucho. Lezama tenía un diálogo muy cercano con Rilke, se ve menos porque tenía tantas presencias y tantas lecturas, pero yo sé que fue una especie de padre tutelar para él. Cintio leyó mucho a Rilke en su juventud, Fina García Marruz también; Roberto Fernández Retamar en otra dimensión, porque ya la poética de Fernández Retamar marcó una separación importantísima con poéticas de raíz existencial, de raíz filosófica, de búsquedas metafísicas; pero también está en el subsuelo de la formación intelectual de Roberto Fernández Retamar. Creo que el poeta que más apasionadamente lo abrazó fue Fayad Jamís, en quien hay evidentes huellas suyas. Baquero tiene poemas que son versiones de Rilke, sin indicaciones. Yo le estuve mostrando a Francisco Díaz pasajes de Baquero en los que se veía la voz de Rilke, esa era la voz de Rilke. Yo te diría que tomó una versión y la incorporó a su propia poesía. Yo no sé si la hizo él, me extraña, yo creo que él no sabía alemán como para eso; pero está ahí, no recuerdo en qué libro está, pero no es difícil encontrarlo. Ustedes que son lectores de Rilke lo van a identificar. Ahí está la presencia. Él fue muy buen lector de Rilke. El grupo Orígenes, fue el núcleo fundamental de la cultura cubana de las décadas del 40 y el 50. El mundo de los origenistas tenía mucha afinidad con el mundo de Rilke, y la poética de Lezama, ni se diga. Todo lo que fuera grande y le fuera accesible, Lezama lo incorporaba con una pasión tremenda, pero en un plano diferente del de Fayad Jamís. En Fayad había más vivencia, en Lezama también, pero la poesía de Fayad tenía una raíz existencial muy grande y él vio en Rilke a un poeta de su propia sustancia.
Según nos ha dicho, ¿su acceso a la poesía de lenguas no hispanas ha sido sobre todo a través de traducciones?
Bueno, como te dije anteriormente, estudié un poquito de alemán y he leído bastante poesía en francés, el provecho no te lo podría delimitar, pero me he atrevido con propuestas importantes en francés, por ejemplo Baudelaire, poetas del siglo XX, ahí sí tengo más posibilidades de ir leyendo en las dos lenguas, en la versión y en el original. A veces hago lecturas largas en el original sin necesidad de mirar la versión y me formo un juicio más certero acerca de la calidad de la traducción por mi relación con el original. Y en francés me he encontrado desastres, traduciendo a Valéry, por ejemplo, me acuerdo de un disparate: Valéry dice textualmente, “hay que intentar vivir”, y lo que se traduce en aquella versión es: “es tentador vivir”. Yo no sé, es tan fácil saber qué dice el original que no puedo pensar que el traductor no supiera leer eso; y si no sabía leer eso, no sé cómo se atrevería con tanto francés. Para mí, es que él quiso dar esa solución. Pero hay obras muy bien traducidas del francés. Yo he podido leer a muchos poetas, que no han sido muy bien traducidos. Cuando tengo una traducción, primero voy a ella y después al original, porque cuando me enfrento al original traigo en la cabeza ya algunas traducciones; después vuelvo a la traducción y regreso al original, pero hay una primera relación que establezco con la traducción, es decir, yo conocí a Rimbaud en traducciones antes que en el original, pero he podido leer cartas de Rimbaud que no las conozco traducidas. He podido confrontar versiones de Mallarmé con cierto detenimiento. No me interesa mucho detenerme tanto porque yo no soy traductor. Entonces, yo no estoy buscando soluciones para llevarlas a un texto, las estoy buscando para mí. También he podido leer en ingles, en el original, algunas cosas relativamente largas, pero hay poetas que sí son indescifrables para mí, en inglés quiero decir. Tienen un léxico ya en desuso, muy amplio, pero, por suerte, han sido bastante bien traducidos al español. Además, para poder leer con verdadero provecho una lengua y una lectura, tienes que estar bien atento a la musicalidad, a los matices de las palabras, a las palabras que tienen doble significado, cuál es el preciso en ese momento. No es saber que mesa se dice table, o que camisa se dice shirt. Es mucho más que eso, no es una palabra por la otra, es buscar la que se parezca más al espíritu de la obra sin cambiar nada que nos diga algo importante.
Durante mucho tiempo yo desdeñé a los poetas hispanos, a la generación del 27, yo la desdeñé para dedicarme a lecturas de poetas franceses, me decían más, me daban más satisfacción que leer a Gerardo Diego, a Pedro Salinas o a Rabel Alberti. Cernuda, por ejemplo, a mí no me decía nada o me decía muy poco. Y hoy día Cernuda tampoco me dice mucho, bueno, te digo Cernuda porque es una figura muy notoria de la generación del 27. Lorca me dice más. Con Juan Ramón Jiménez nunca me pasó eso. Lo considero uno de los grandes de todos los tiempos y latitudes. Pero poetas míos, digamos así, de mi tradición, los relegué en busca de poetas de otras culturas, que en traducciones o directamente me decían más. Kavafis me decía mucho más que todos ellos. Por ese tiempo me dediqué a leer a esa gente. Como yo no tenía compromisos académicos, yo no era profesor de literatura española, no estaba obligado a leerlos. Yo podía darme el gusto de desecharlos, porque no tenía que dialogar después con nadie más. Si yo hubiera sido profesor, no hubiese podido decirles a los alumnos: “vamos a leer a Cernuda”, si yo no lo había leído, pero no tenía ese compromiso. Entonces, en vez de leer a Cernuda, leía a William Blake, o leía a poetas contemporáneos. Pasados los años me senté con esos poetas de la generación del 27 y los he leído detenidamente y he visto que sí, me gratifican grandemente, aunque no todos por igual, cosa comprensible, pero en realidad sé que hay en ellos una enorme riqueza de la que los hispanoparlantes podemos y debemos estar orgullosos.
En caso de disponer de varias traducciones de un mismo poeta, ¿en qué criterios se basaría para elegir una de ellas?
Bueno, el primero yo te diría que es la fidelidad al sentido. Si un poeta dice: “las estrellas fulguraban en la noche”, yo quiero que el traductor me diga: “las estrellas fulguraban en la noche”, no “el cielo estaba lleno de estrellas” o “las estrellas eran luminarias en la noche”. Por ejemplo, yo tengo ahí una antología de poesía china clásica. Una edición española muy respetada, Ediciones Cátedra. Tiene dos vertientes de trabajo: una de letras hispánicas, con ediciones de cubierta negra, preciosas, y otra de letras universales, donde vienen tragedias de Shakespeare, poesía china clásica, novelas alemanas, vienen las Elegías de Duino, entre infinidad de autores extraordinarios, clásicos. El traductor, al que tú supones un experto, porque esas ediciones son serias y cuando van a hacer eso buscan a la persona adecuada, te da un texto traducido por él y pone notas. Por ejemplo (estoy inventando), este pasaje: “la flor trajo belleza a la mañana”, en el original dice: “la flor dio su esplendor a la mañana”. ¿Por qué puso eso? ¿Por qué inventó una solución si lo que te dice el original es extraordinario? ¿Qué necesidad tenía de modificar lo que no era necesario modificar? Yo busco eso: la mayor fidelidad posible si no se crea un disparate en español. Comprendo que el poeta no siempre puede trasladar literalmente, porque cuando lo veas en español no te estará diciendo nada. Yo busco la fidelidad siempre y cuando la fidelidad sea realizable, posible. Cuando me doy cuenta de que no es posible, busco la mayor proximidad al sentido general. Y en tercer lugar, yo busco la musicalidad en mi idioma. España es un país que tiene una tradición de traducción de clásicos grecolatinos centenaria. Ellos están haciendo hace años unas ediciones que se llaman Alma Mater, de clásicos griegos y latinos, espléndidas, forradas en tela verde, con original y traducción y debajo un gran aparato de notas, tanto en el texto griego y latino como en el texto castellano. Ahora hay otras ediciones que hacen eso mismo. Por ejemplo, las ediciones Gredos monolingües, en el idioma original, en griego o en latín, Gredos con texto original y traducción y Gredos con texto original, traducción literaria y traducción literal. Esa es muy buena para los estudiantes. Una de esas traducciones de las ediciones Alma Mater, la de poetas arcaicos griegos, la hizo un profesor que se llama Francisco Rodríguez Adrados, y los traductores subsiguientes comentan las de ese profesor como obras de una gran fidelidad. Y efectivamente, tú vas al original y vas a la traducción y es casi, casi exacto. Después vienen otros traductores que transforman eso, que te quitan eso. Te dan más el espíritu, te cambian un verso. Y a mí me interesa mucho más esa traducción que ellos llaman pedestre, pero fiel. Yo prefiero cierta rudeza en la traducción, pero que me sea fiel. Si aquí dice amanecer, traduce amanecer, no salida del sol. Neruda tradujo a Shakespeare pero yo prefiero no leer esa versión porque me parece que estoy leyendo añadidos y cambios. Para leer a Pablo Neruda, busco un libro suyo.
En esencia, ¿qué importancia le concede a la traducción de poesía?
Es lo que te comentaba anteriormente, la posibilidad de abrir a los lectores universos que les son desconocidos, y eso va a ocurrir en una determinada medida, sea bueno o mejor el traductor (si es pésimo no), sea un poeta de otra época o de ésta, te va a abrir siempre una visión del mundo, una realidad, un espacio, una naturaleza a la que tú no podrías acceder si no vas a la versión, y yo creo que sigue siendo fundamental. Por algo Octavio Paz, que sabía muy bien muchas cosas, se dedicó a traducir, ¿tú sabes el tiempo que eso le quita a un autor para la creación de su propia obra? Se dedicó a traducir a Basho con un japonés, porque él vio ahí la posibilidad de decirles a otros cómo veía Basho el mundo. Si Octavio Paz no hace eso con Basho yo no me entero. Por algo los grandes sinólogos ingleses se dedican a traducir al inglés lo que los chinos escribieron. Es una posibilidad de decir: la literatura no es solo como te la han dicho los autores que tú has leído en sus respectivas lenguas. La traducción te brinda la posibilidad de abrirte al mundo, de romper ciertos cánones provincianos, de romper ciertos límites idiomáticos, conductuales, de formación, informativos. Creo que es importante estar abiertos a escritores de otras culturas, crear espacios, visiones, inquietudes, anhelos, deseos, que te enriquezcan la existencia. Por ejemplo, a mí me dio durante un tiempo por leer buenos poetas suecos, y te puedo decir que ahí hay significativos rasgos caracterizadores, así no escriben Vicente Aleixandre, Nicolás Guillén, Luis Cernuda, Garcilaso ni Góngora, así escriben este o aquel gran poeta sueco; y me interesa mucho saber que aquello que uno quiere ha sido dicho en otras lenguas, soy enemigo de todo provincianismo, a mí no me interesa la literatura inglesa, la literatura francesa o alemana, a mí me interesan los escritores, qué me están diciendo esos escritores; si son noruegos, noruegos; si son suecos, suecos, si son hindúes, hindúes. No me interesan el espíritu francés, inglés, hispanoamericano, etc., me interesan Vallejo, Huidobro, Gabriela Mistral, Neruda; me interesan las personas que han visto la realidad de una manera dilatada. Me gustan mucho los poetas que piensan, como Lezama, Vitier, que quieren darnos una visión del mundo. Es verdad que nuestro idioma es rico, ahí están Quevedo, Góngora, está Garcilaso, ahí está el mundo, pero yo quiero romper con todo provincianismo, y voy en busca de lo diferente.