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La poesía de Isaida Viart Dihigo

Tropos, 24 de septiembre de 2012

La poesía de Isaida Viart Dihigo procede de las hondas fuentes populares. Qué sencillez profunda posee lo que se escribe en la misma fuente de las palabras. De adentro de esa fuente emana el vapor de lo permanente, la angustia que se sostiene frente al temporal, la gracia rápida que exhibe luego de pasada la vicisitud. El dolor del mundo genera en el pueblo una alegría sostenida, una sabiduría que acaba en grano de oro. Y la poesía, por su emocionalidad comprimida, encarna toda esa corriente interna, como un émbolo de andadura sin fin. En esta poesía la palabra vibra llena de nueces misteriosas, y se torna dehiscente como algunos frutos, que estallan en lo alto. No queda más remedio que ensartar la aguja, que dejar el tapiz esbozado, que armar la muralla invisible. Una crítica o comentario de la poesía que emana de esas hondas fuentes no puede prescindir de las imágenes, porque es el único modo digno de comentarlas o criticarlas. Un hermeneuta de París o un deconstructor de Nueva York puede poco aquí, porque aquí se habla de raíces y no de aeróstatos llenos de gas. La dignidad de esta poesía exhibe un apego tremendo a una de las categorías estéticas más elevadas: la autenticidad. Lea el lector estos versos de Isaida Viart Dihigo y sentirá el golpe sucinto y suscitador de la fuente de donde brota la poesía genuina.

Roberto Manzano

Isaida Viart Dihigo (Agramonte, Matanzas, 1939). Poeta. Profesora retirada. En el 2001 fue publicado su poemario Desde adentro por la Editorial La Tinta del Alcatraz, en Toluca, México. Ha escrito obras para niños y jóvenes. Obtuvo Mención La Muñeca Negra en el Concurso convocado por la Casa de la Cultura de Plaza de la Revolución. Sus poemas han sido divulgados por la radio. Ha realizado recitales en distintas instituciones culturales de la capital. Los textos que se presentan fueron antologados en Bienaventurado el árbol que camina, muestra del Diplomado de Historia y práctica de la creación poética, editado por Extramuros en el 2007.


MOMENTOS DE AMOR


1
Plenitud

Asisto a la despedida
del crepúsculo.
Y me arrebujo en ti,
para adentrarme
en los misterios de la noche.
Así,
sumisa,
me entrego.


2
Tu polvo

Amándote
entregué hasta el aceite
de mis huesos.
Sólo he guardado
el polvo
de tu recuerdo.


3
Estreno

Yo, ingenua y pávida,
en el debut.
Implacable y osado
estabas aquel día.


4
Remiendos

Zurzo mis sueños.
Están rotos de amarte.


6
Nada

Una ilusión desnuda
se recreó en mi sueño.
Apenas desperté,
despacio te fugabas.


7
Renovación

Pasaste cerca
del borde de mi vida.
Renovaste mi entorno.



ADENTRO DE LOS OJOS


1
Litoral
(Matanzas―La Habana)

Ojos tenaces. Entro
hacia la variedad de los paisajes.
Saltan al paso
atrevidos, violentos,
intransigentes.
Se saben únicos
desde su desafío.
No hay pincel ni palabra
que los describa.
¡Tan sólo contemplarlos!
Pero ni así seremos justos.


2
Almendares

Con tu espesura verde
la ciudad atraviesas.
Verte desde lo alto impresiona.
En su apuro, la brisa
te sacude, sacándote de la monotonía.
Umbrosa, fuerte soldadesca,
custodia tu pasar.
Acariciando las raíces, agradeces.
Cuchicheo entre ramas
que refresca el ambiente.
Yo, esté feliz o compungida,
acudo siempre a ti.
Te hago partícipe y me consuelo.


3
Vieja Habana

Sobre tu malecón
descansas, estirando las piernas.
Tus sudores y llantos
enjugas con la punta de tu enagua.
Abanicas las gastadas calles
con tu amplia saya.
Vieja de gusto,
el tabaco en tus dedos,
el humo hacia el ambiente.
En tus costillas el ron, la rumba…
Eufórica te sientes,
tu sexo se despierta.
Gran anciana de iglesias recogidas,
patios enormes de silencio y hoja.
Asomas imponente con tu encanto de abuela.


4
Desde mi entorno
(Agramonte)

Absorta, en la floresta
salpicada del verde sabanero,
contemplo las casas.
Las techumbres de fibras
frente a caminos
de rojas pinceladas.
Allá, como cigarros gigantescos,
torres de humo dulzón que me marea
con éxtasis de mieles.
Siento el aire empujando nubes.
Corretean, tropiezan exhaustas,
sobre mí caen hasta empaparme.
Inmóvil quedo.
No quiero despertar.


5
Río San Juan

En su verde pasar
disfruta el chapoteo de sus aguas,
su música disuelta en la brisa,
su jolgorio de fiestas,
sus barcazas rasgando su manto.
Se extiende, complacido, en su lecho.
Campea sin temor bajo los puentes.
No se detiene.
Va a entregarse a un abrazo íntimo,
ineludible, que en el mar culmina.


6
Sin esperanza

Se vuelve blanda
mi calle. Tanto pisotear su lomo
la hace sufrir, y arrojar adoquines,
piedras, arcillas que en lejano tiempo
el asfalto cubrió.
Ahora, mero polvo, se acurruca
en los marcos, visillos y dinteles…
Observa
el dolor de sus baches.
Esas llagas que gritan de abandono.



EN MEDIO DEL CAMINO DE LA VIDA


1
En vano

Ilusión de otoño
en mis aristas.
Avidez tardía en mi apetito.


2
¿Y mi verdad?

Iracunda daba vueltas
en el espacio de mi pensamiento.
Descorrí doseles.
En la bruma,
encontré a mi verdad dormida.


3
Sigilo

Tumulto.
Mirada de fuego
me persigue.
Si me detengo,
¡cenizas!


4
Cansancio

Bajo la cobija
de mi piel
busco ripios de esperanza.
Heme aquí, agotada.


5
Limpieza

Iba hacia el final.
Estuve limpiando
lo malo de mi vida.
Me cansé.


6
Avalancha

Montañas arriba,
el cielo.
Búsqueda de sol, aire, paz
en oraciones.
Bajo mis plantas,
la tierra.
Avalancha hacia donde de bruces
me oyeron aclamarles.


7
Oficio

Vida,
sólo eres anfitriona de la muerte.
Acomodas los destinos.


8
Danza en el bosque

Desde arriba, se agitan las copas
danzando al compás
del aire que silba.
Abajo,
huyendo asustada
entre troncos y hojarasca,
la vereda busca amparo
en los caminos.


9
El llamado

Llorando estoy.
Tocan a mi puerta.
El nogal compadecido
no hace resistencia.
Y entra la alegría perdida.


10
Actitud

Nunca pedí milagros:
sólo necesitaba Vida.


TRÍPTICO DE LA EVOCACIÓN


1
Abuelita

Pequeña, dentro de sus pulsos,
sus argollas y arrugas, se movía.
De su conquistador aroma de cazuelas
ascendía cautivo el paladar.
Durante mucho tiempo acunó a Amor
hasta que lo dejó dormido
dentro de incoherencias súbitas.
Lloré bajito. Le auguré su adiós.
La igualé con un cofre deshecho.
La vi cuando salió tras sus alhajas,
y supe que no habría ya retorno.


2
La otra abuela

Muy seca, seria, dura. Quiso a pocos.
Limpia, eso sí: se restregaba hasta los huesos.
Vestía bata almidonada, tiesa como ella misma.
Todo lo revisaba, insatisfecha.
Aferrada vivía a su sombra larga y oscura.
A sus reumáticas protestas.
A su cardiopatía octogenaria.
Guardaba magia adentro de sus ollas.
Al destaparlas, se olfateaba su arte.
Le pregunté por qué no reía jamás,
y se puso mucho más seria aún.
El dolor de una hija perdida en primavera.
Y en una fecha que ya no recuerdo
murió la llama de su cuerpo de vela.


3
La mesa grande

Allí escribí mis madrugadas de pena,
lloré mi enamorada adolescencia,
intrascendentes versos recé.
Con risa de madera
recibió flores, hules y manteles.
Allí aprendí a comer correctamente,
las tablas, los quebrados,
las reglas ortográficas.
El cinto de mi padre se encargaba de ello.
Al transcurrir el tiempo, todos nos dispersamos.
No se necesitaba ya tanto espacio.
Se convirtió la mesa
en un triste crujido de maderas.