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Nicolás Dorr: el teatro es parte de mi leyenda personal

Jesús Dueñas Becerra, 15 de septiembre de 2012

En la conferencia de prensa convocada por el Consejo Nacional de las Artes Escénicas, para dar a conocer los estrenos y las reposiciones de obras teatrales que tendrían lugar durante los meses veraniegos, pude interactuar con el multilaureado dramaturgo Nicolás Dorr (La Habana, 1947), una de las figuras emblemáticas de las tablas en Iberoamérica.

En ese contexto, me acerqué al también poeta y escritor con la solicitud de que me concediera unos minutos de su muy ocupado tiempo. Con la sencillez y la humildad que lo identifican, Dorr aceptó con naturalidad mi petición.

De ese encuentro rápido —cual relámpago en una noche de verano— evoco las respuestas que amablemente ofreciera el teatrista a mis interrogantes.

La necesaria relación emocional entrevistador-entrevistado se estableció de inmediato. En pocos minutos, surgió ese vínculo afectivo que se experimenta al conversar con una persona que conocemos desde hace mucho tiempo.

Según su apreciación, ¿cuál es el momento ideal para liberar la imaginación y dejar que vuele la fantasía hasta darle una forma definida a la obra de arte que le aguijonea el intelecto y el espíritu?


Soy un autor que prefiere la oscuridad de la noche para crear, o más exactamente: de la madrugada, durante la cual los «ángeles», «demonios» y «duendes» que los poetas, escritores y dramaturgos llevamos ocultos en los parajes más recónditos de la mente humana, se escapan —con permiso o sin él— de sus respectivos escondites.

Aunque usted no lo crea, escribo con tinta sobre papel. Ante la pantalla de un ordenador mis personajes se «bloquean» desde el punto de vista emocional.

El entramado psicológico que les insufla «vida» a mis personajes, lo mismo en las páginas de un libro que en el escenario de un teatro, requiere el uso de mis manos que mueven constantemente el bolígrafo y escriben tanto acostado, como en el piso o en el lugar que sea. Por ello, me autodefino como un “escritor horizontal”.

¿Podría reseñar los indicadores conceptuales y teórico-metodológicos que utiliza para escribir, por ejemplo, una obra teatral?

Ante todo, debo advertirle que no sigo esquemas tradicionales ni preconcebidos (sonríe con picardía). Durante toda mi vida los he roto y he lanzado al basurero. A propósito, permítame aclararle que no estoy para nada en contra de la academia, ya que desempeña una función básica indispensable en la formación integral que debe recibir, digamos, un actor, pero no permito que se convierta, al menos para mí, en una «camisa de fuerza» a la que hay que adaptarse […] o perecer en el intento.

“Buscar” y “crear”  son los verbos que no me canso, no solo de conjugar sino también, de jugar con ellos. Me he confabulado con ellos y he establecido algo así como un «pacto secreto» que no debo ni puedo revelar, porque me estaría traicionando a mí mismo.

Toda mi obra tiene un sello muy personal: soy un cubano ciento por ciento, irónico, dramático, sentimental, sensual, erótico (¿por qué no?).
 
¿Desde cuándo comenzó su vocación hacia el arte en general, y hacia las artes escénicas en particular?

Desde mi niñez. Matriculé en la Academia de Artes Dramáticas. Recuerdo que iba con mi familia a todos los teatros citadinos para ver puestas en escena dirigidas a los adultos. No sé todavía cómo me permitían entrar, pero lo hacía. Así vi actuar a los imprescindibles de la escena insular y un poco más allá de nuestras fronteras geográfico-culturales: Ana Lasalle, Adela Escartín, Enrique Almirante, Raquel Revuelta. Por lo tanto, no podía ser otra cosa que teatrista, porque esa manifestación artística forma parte indisoluble de mi leyenda personal.

En virtud de que, según sus propias palabras, no podía ser otra cosa que teatrista, ¿podría explicar qué significa para usted el teatro y en qué etapa de su ciclo vital comenzó a escribir?

El teatro me genera, en la mente y en el alma, niveles terribles de angustia, pero también de satisfacciones extraordinarias, las cuales no me atrevería a describir con palabras, porque estimo que, no obstante la riqueza de nuestra lengua materna, no reflejarían —con precisión y exactitud— el especial estado de ánimo que me alimenta el intelecto y acaricia el espíritu.

A los siete años de edad comencé escribiendo pequeños versos. En plena adolescencia, completé un libro de poemas que titulé «Tiempo Inquieto». No ha sido publicado, y creo que permanecerá inédito por los siglos de los siglos, pero en modo alguno lo subestimo o menosprecio, porque ese fue el inicio mágico de un niño poeta, al cual no he renunciado ni renunciaré jamás.

A mí nadie me enseñó a escribir. Esas cosas no se enseñan ni se aprenden por ósmosis. Son intuiciones a partir de la imaginación, la fantasía y el talento personal, el cual Dios y Madre Natura te otorgan o no. Si no lo tienes, puedes estudiar en la mejor universidad del mundo que nunca llegarás a ser un verdadero profesional.

Sin embargo, sí aprendí la técnica y los «secretos» de la actuación con mis inolvidables maestros Antonio Vázquez Gallo, Modesto Centeno y Julio Matas, en quienes descubrí los valores éticos, ideo-estéticos, culturales, humanos y espirituales que pautan —desde los primeros balbuceos— mi creación poético-literaria y dramatúrgica.

¿Cuáles son los autores que más han influido en usted a través de toda su vida profesional y a quienes les será fiel hasta el último aliento?

Federico García Lorca, Tenesse Williams, Moliere (Jean Baptiste Poquelín), y tantos otros, que nombrarlos a todos haría interminable esta entrevista.

Antes de concluir este fructífero diálogo, ¿me agradaría conocer cuál es su predilección por el empleo del método analítico en la elaboración psicológica de los personajes protagónicos y secundarios de sus obras teatrales?


Si usted me lo permite, le voy a contestar con unas palabras suyas, tomadas de una crónica que usted le dedicara a la puesta en escena de Juegos sucios en el sótano, estrenada hace algunos años en la sala Covarrubias del Teatro Nacional, y que salió al aire en la revista vespertino-dominical «Mundo 7», que se transmite por las ondas internacionales de Radio Habana Cuba.

En dicha crónica, usted explicó —desde la vertiente psicodinámica— el comportamiento morboso de la pareja de actores que protagonizaran dicha obra. Recuerdo perfectamente que usted escribió que mi predilección por el psicoanálisis freudiano se debía —en lo fundamental— a mi estancia en dos países del cono sur americano: Argentina y Venezuela, donde dicha doctrina, con orientación ortodoxa o lacaniana, crece silvestre como la hierba (¡y no precisamente la mala hierba!). ¿Satisfecho?