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El laberinto de nuestra propia existencia

Alberto Marrero, 27 de septiembre de 2012

Como he venido anunciando en reseñas anteriores, nuevas voces se suman constantemente al coro de la narrativa cubana actual. El ejercicio de la literatura es benéfico, tanto para el espíritu de la nación como para el individuo. En la medida de mis posibilidades he tratado de ir promoviendo la obra de jóvenes que comienzan y de otros menos jóvenes, pero que exhiben una calidad literaria incuestionable en su quehacer, para que nuestros lectores puedan ir midiendo los latidos —sobre todo en el género del cuento, tan popular en los últimos veinte años— de lo que se viene escribiendo.

    Hoy les traigo dos textos de Roberto Viña (La Habana, 1982), estudiante de Dramaturgia del Instituto Superior de Arte y egresado del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso. No obstante a su corta trayectoria como escritor, Viña ha recibido importantes reconocimientos: segundo premio del Concurso Internacional Casa de Teatro 2011 (Santo Domingo, República Dominicana); Premio de ensayo Enrique Sosa 2010, de la revista cultural Videncia; Premio de teatro Fundación de la Ciudad de Matanzas 2010; primer Premio del Concurso Nacional de cuentos eróticos La Llama Doble 2008; Premio del Instituto Cubano de la Música, en el segundo Concurso Internacional de minicuentos El Dinosaurio 2007, entre otros.

      Los cuentos escogidos para esta sección son, «El viejo» y «Réquiem». El primero es un minicuento, o cuento ultracorto, como quieran llamarlo los estudiosos, y narra la historia de un oscuro héroe que padece de problemas urinarios, o prostático; órganos que hacen palidecer a los que rebasamos ya los cincuenta. En apariencias, todo se reduce a la agonía de un viejo que se levanta de madrugada y trata infructuosamente de orinar. Una rutina espeluznante, cargada de un seco dramatismo. Hombres desafiantes en ocasiones, o enrolados en peligros inauditos, ahora sufren en silencio la cercanía de una muerte que se desliza, amaga, y retiene la micción casi como un castigo. No digo más. Solo agregaría que la anécdota logra una atmósfera y tono adecuados y va más allá de lo contado, para que otros participen del desenlace al poner su imaginación en movimiento; para que lectores —como yo, por ejemplo— recuerden con amargura, historias semejantes de viejos que se fueron, rabiando de dolor, con o sin el último chorro de orine de su vida.

  «Réquiem», por otra parte, es un cuento extraordinario. A pesar de la dureza de algunos momentos, hay un intenso humanismo en esta historia nada complaciente y sin pretensiones lacrimógenas. Una suerte de alucinado sexual narra, en primera persona, sus peripecias en un hospital siquiátrico donde comparte habitación con Esteban, un ser silencioso, de una flojedad irritante, que es protegido por otros locos y una extraña y maternal enfermera. La historia toca yagas de la conducta humana. Se adentra en ese laberinto que tanto nos ha fascinado y continua fascinándonos, el laberinto de nuestra propia existencia.

     Los invito entonces a leer estas dos historias urdidas por un joven narrador que apunta lejos, sin dejar de mirar hacia una cercanía inquietante, o sencillamente desgarradora.

Alberto Marrero



E l   V i e j o


Roberto Viña



El viejo enciende la luz del baño. Las manos le tiemblan. Busca a tientas donde apoyarse. Arrastra las chancletas como si los pies le pesaran más de la cuenta. Varias veces carraspea la garganta. Intenta escupir, y de su boca sale un sonido hueco, agudo y restos de una saliva que no parece caer al inodoro. Se abre el pijama amarillento. Espera un chorro mínimo que no sale de su entrepierna. Desiste. Se sacude resignado. Hace el camino de regreso. En la puerta se detiene un instante. Baja despacio el escalón que franquea la entrada, y antes de apagar la luz, el bombillo del baño parpadea metálicamente hasta apagarse por completo. El viejo no se mueve. La oscuridad le hiere los sentidos. Se apoya en la pared para no perder el equilibrio, pero poco a poco le asaltan las primeras señales: el escozor del humo en los ojos, el olor del aire, que se enturbia y apesta. La carne quemada. Los dedos aprietan la tela del camisón, encontrándola áspera, húmeda al tacto; las manos pierden el temblor de minutos antes, escucha el compás acelerado de su respiración. El viejo estira los brazos, busca a ciegas cómo guiarse en el terreno. No puede desplazarse con rapidez, los pies le chocan a cada paso con bultos en el suelo. Donde antes estuviesen las lozas del piso, ahora encuentra una maleza tupida que se le pega a los pelos de las piernas. En su oído derecho, sordo desde hace años, empieza a escuchar
murmullos que no entiende, cada vez más nítidos, hasta que las voces dejan de ser un rumor alejado y se transforman en un grito colectivo. ¡Patria o muerte, cojones! Un silbido de disparos. Las voces se alargan hasta que parecen esfumarse y las balas siguen entonando una antigua sinfonía. El viejo cae de rodillas al suelo. Se tapa los oídos y con esto no puede dejar de reconocer el silencio de varios segundos que antecede lo inevitable. Un segundo más, cuenta, y la explosión. La tierra cae en su cuerpo como ceniza, se incrusta en la nariz el escozor del polvo. Quiere gritar pero la garganta se le hace un hueco, una abertura sorda. Entonces, se levanta y echa a correr. Da varios pasos como puede y con la creciente sensación de plomo en sus piernas, da un traspié y cae. Se arrastra con dificultad, raspando el pecho escuálido sobre la tierra inclemente. Apoya las manos sobre algo suave, piensa que es un cadáver pero al tratar de reconocer el cuerpo, percibe la tela de la sobrecama en sus dedos. Aprieta la baranda de la cabecera y se incorpora, con lentitud, para luego dejarse caer sobre los muelles del colchón que resuenan como un quejido. Ya está, pasó todo. La dificultad de respirar evidencia el ardor que tiene en el pecho. Recuesta la cabeza en la almohada y se da cuenta de que todo ha terminado una vez más. Llora de rabia, de miedo. El viejo es un sobreviviente de batallas que la historia no conoce. Se agarra el vientre y suspira aliviado. Un hilo de orina se escurre del pijama y resbala por sus piernas hasta formar un charco en el colchón.





Réquiem



Huir de los hombres es saciar un espíritu de venganza.
Baquílides de Ceos



A fin de cuentas, ingresé porque me dio la gana. Porque no quería perder el tiempo en preliminares sino ir al seguro, y también por eso de la voluntad propia. Pero lo dejé muy claro desde el inicio. Cuando quiera irme, cojo mis cosas y me largo. Porque ingresar es fácil, siempre te dejan, pero salir es lo complicado. Enseguida te encuentran razones por las cuales no debes hacerlo y todo es una jodedera que nunca termina. Así me pasó en los otros lugares, en las otras terapias de grupo, al principio, llegaba y desconfiaban enseguida, después se acostumbraban a verte y cuando ya te aburrías y querías irte, no podías abandonarlo porque todavía no estabas listo para enfrentarte a la sociedad, y eso deprimía a los enfermos y frustraba a los especialistas. Llegué aquí, porque ya no me quedaba sitio a dónde ir. He pasado por todos los lugares que nadie se imagina y siempre he salido más trastornado que como entré. Por eso, aquí, donde están los que no tienen remedio puedo ser rey, porque entre tanto perdido de la mollera, puedo hacer lo que me dé la gana. También miento si no dijese que entré porque estaba desesperado, más de tres meses sin probar una buena hembra es mucho tiempo, y el seso se reblandece más rápido con la falta de sexo. Por eso vine para acá, porque me dijeron que las locas del pabellón abren más rápido las piernas que las entendederas, y ese es el paraíso, mujeres a las que no les importa quién eres, ni cuál es tu nombre, mujeres que se entregan por el placer de no tener a nadie más y porque los demás que están aquí con ellas no las saben satisfacer como se merecen. Es verdad que la mayoría no está muy buena que digamos, pero yo no estoy ya para andar escogiendo, además, tampoco vine a un desfile de modelos, para lo necesario, tienen todo. Nadie se imagina lo gozadoras que son las locas; en la calle, tienen fuego puro allá abajo, y aquí dentro, eso no se les quita. Por eso vine, siguiendo la picazón de sus piernas, pero llegué y me pusieron en una cama al lado de un muchacho, un chiquillo lampiño que no tenía veinte años y que a la cara se veía que era más maricón que la paloma de la paz, uno de esos muchachos que no sabe todavía lo jodida que es la vida para alguien así, con el moco caído constantemente, y un susto en la cara que no se quita ni a trompones.

     Esteban tenía eso, una rara mueca de víctima y un miedo entre tantos desequilibrados que no podía esconder por más que quisiera. Lo supe desde que lo vi, y después su llanto de niña abandonada por la noche, no hizo más que confirmarlo. Esteban y su flaqueza de chiquilla sin pechos no hacían más que enrarecer un ambiente, ya de por sí, bastante ilógico. También me di cuenta que las locas enseguida le cogieron cariño y lo besaban como si fuera el hijo de algunas y el amante de otras. Siempre arriba de él, siempre abrazándolo, molesto pero sin quitárselas de encima, sin protestar. Esteban al parecer no estaba acostumbrado a esas violentas muestras de atención, y les permitía aquellos retozos en silencio sólo esperando que se aburrieran de él. Las locas también son unas chismosas del carajo y no entendían que hacía allí, un muchacho como ese.

    Tampoco la enfermera Norma lo entendió. Traía las pastillas de todo el mundo, y al principio, con cierto temor se quedaba vigilando que se las tragara, cosa que hacía sin chistar; no como otros que con un poco de destreza y maña, las escondían bajo la lengua o entre las muelas para después escupirlas. A mí me gustaban las pastillas, me noqueaban algunas, y supe cuáles eran por el color. Cuando ninguna de las locas me hacía caso para encerrarnos en el almacén abandonado del fondo del pabellón, entonces, me tragaba las dos de la cuota y como un santico cerraba los ojos y a dormir la mona, sin sueños, sin cansancio, en una borrachera bien sonada, pero sin la resaca del día siguiente. Norma le abría la boca como dictaban las normas, pero con las semanas de verlo tan indefenso y poca cosa, se las daba en la mano, y se iba. Esteban siempre le dio las gracias, como si le estuviera haciendo un favor. No dejó de tomarlas, y se las tragaba para dormir más tranquilo. Norma después supo porque Esteban estaba aquí, entre tantos locos, también supo que yo no era como ellos, porque me cogía vigilándola, dándole una vacilada de campeonato, con la baba cayendo quijada abajo. Y me echaba una mirada que de milagro no me desintegraba, una mirada de rayo láser que me paraba hasta la vida. Esteban era más tierno, más inofensivo y más maricón; por eso ella se sentía segura a su lado. A mí, me daba el vasito con las pastillas y el agua y sólo me decía trágatela, como se le dice a una puta de diez pesos. Aquello la primera vez me encabronó, pero luego, le cogí el gusto y ella empezó a notarlo, por eso, le sacaba la lengua y decía frases descaradas; échamelas todas en la boca, dame lo que me toca cariño, siempre con una mirada en esas tetas que hubiesen curado a un impotente. Norma nunca se reía. Nunca le hizo gracia ninguno de mis piropos, lo que le gustaba era arropar al bebé del pabellón, pareciéndose otra loca más pero con bata de médico. Se acercaba con una cara de lástima que parecía un velorio, con miedo de tocarlo no fuera a romperse una plumita el tronco de maricón, o el maricón de tranca. Le hablaba suave, en un tono más estúpido que erótico, más maternal que de enfermera, y con una mentira lista para que el muchacho no sufriera. Esteban se encogía cada vez que ella se acercaba, parecía un animalito indefenso, un pajarito fuera del nido. Después que ella se marchaba, enseguida iba hasta a su cama y le decía que no comiera tanta mierda y se diera cuenta de lo buena que estaba la enfermera, de lo «puestecita» que estaba para él, y que con la sonsera que tenía no iba a llegar a ninguna parte. Esteban nunca habló, sólo se quedaba mirando la puerta por donde desaparecía Norma para luego quedarse en esa pose de mongólico. Aquello era el colmo de lo que podía aguantar. En verdad me daba lástima meterle, pero me molestaba tanta guanajería que terminaba por darle un pescozón, gaznatón contra el tronco de la oreja que ni lo inmutaba. Tampoco le daba tan duro, no era para tanto, sólo para despabilarlo. Pero de eso nada. Aún después de apagar las luces, podía ver sus dos grandes ojos de buey cansado esperando que se abriera la puerta del pabellón.

    Huir de los hombres es saciar un espíritu de venganza, yo me vengo, me vengo, me vengo… gritaba Lola mientras me la clavaba contra la pared en el cuartico de limpieza, la tarde en que Esteban, por su parte, armaba un escándalo a la madre porque quería irse y no aguantaba más. Al retintín gozador de Lola se sumó la gritería de Esteban que terminó por enloquecer a medio hospital. Los locos corrían de un lado a otro, con alaridos de: no es mi culpa, quiero irme, ya no quiero estar aquí; así, una y otra vez, e incluso alguna tarada, con un oído de tuberculosa, repetía como un disco rayado, yo me vengo, me vengo. Cuando la cosa estaba más caliente, salí del cuarto y empujé a Lola con su matraca en una cama vacía y ahí la dejé. No pude concentrarme. No sé si Lola terminó por su cuenta, pero si no lo gozó fue su problema. A fin de cuentas con la experiencia que tengo con mujeres de todo tipo puedo asegurar que la mayoría de ellas no se enteran ni cuando uno empieza ni cuando termina. Es algo raro, pero las mujeres tienen sus botones de desconectarse dejando a uno en su labor sin pedir nada a cambio. De borrachas a fumadoras, desde gordas a parapléjicas, incluso mongas y machonas, he estado con todo tipo de hembras y si es verdad que ninguna se ha quejado, también es cierto que a pocas les importó. Saben gritar, gemir, hasta aullar como una perra en celo, pero eso pareciera que lo tienen aprendido de niñas; son expertas en el goce ajeno, ahora, cómo gozan ellas mismas parece un misterio. He visto hasta videos pornos de esos con dos rubias rajando una fiesta de silicona entre ellas que es de infarto, y al final, aún entre expertas fingen como putas profesionales. Lola, es de esas, con lo atípico de que los gritos de: sí, machote, qué ricura, dame más papi, como me gustas, y esas locuras tan ricas al oído, ella las cambia por su estribillo rayado de bolero mexicano.

    Estando afuera, en medio del pasillo, pude ver como Esteban perseguía a su madre pidiéndole que lo sacara de allí. Seguía en sus trece, obstinado y sin nadie que pudiera convencerlo. Se arrastraba por el suelo. Lloraba como una magdalena. Fue la única vez que escuché bien su voz. Tanto alarido y rabieta dio que el doctor Vicente tuvo que venir a calmarlo. Con una inyección lo sedaron, pero no sería suficiente. Desde ese momento, Esteban se volvió un zombi repitiendo la misma cantaleta, ya ni siquiera esperaba a Norma, quien al enterarse de todo el escándalo del turno de la mañana quiso enseguida ayudarlo, pero no consiguió que el muchacho dijera una palabra. Esta vez se atrevió a más y puso su mano de cuarentona con uñas postizas sobre el pecho lampiño de Esteban, le pidió que se calmara, ya todo pasaría, que aguantara un poquito más. También le dijo que sabía que no era sonámbulo, que no tenía problemas de los nervios, pero que su mamá lo había internado por su bien. Aun cuando fuera mentira, Norma se lo dijo con esa cosa que tienen las madres, esa protección que el muchacho seguro terminó por creerle. Esteban se calló y volvió la cabeza hacia la pared hasta quedarse muy quieto, casi sin respirar. Norma no perdió tiempo y echándome un vistazo a ver si dormía, se acurrucó a su lado, y lo abrazó para cantarle una nana. Cuánto hubiese dado por una canción como esa, por un sueño arrullado entre sus tetas; cuánto me hubiese dejado drogar, darme hasta electroshocks, sólo por estar bajo el cuidado de esa mujer. Esteban ahora estaba mal, peor que antes y sin querer confirmaba la historia de sonambulismo y delirio que su madre y el doctor Vicente inventaron en su historia clínica para que el niño no fuese al Servicio Militar. Algo normal y lógico de entender, porque no es lo mismo tener de baja a un hijo por locura que por mariconería. Después de aquel incidente los locos del pabellón estuvieron quietos, no hizo falta que los medicarán. Casi siempre, luego de alguna crisis, tenían varios días de calma y ausencia, y todo asumía una normalidad rara para una sala de psiquiatría. Ese preciso ambiente fue el principio del fin. Ya ni Lola, ni las demás cabronas con fuego uterino me hacían caso, cada vez que me acercaba a una, salía huyendo como alma que lleva el diablo; y eso sólo quería decir una cosa, ya había quemado mi etapa de desquicie, ahora tendría que volver al ruedo, a buscar de nuevo la sabrosura en otra parte. Debía darme de baja. Pero Esteban me detuvo, no él directamente sino su depresión, todos estaban pendientes de una mejoría paulatina, así dijeron, pero de mejoría nada. Empezó por no salir de la cama, después dejó de comer. Sólo en las noches, Norma lograba empujarle las cucharadas de sopa casi hasta la garganta para que no vomitara. Con los días la cogió por arrancarse mechones de pelo, repitiendo siempre que quería irse. Las dosis de sedantes fueron aumentando, y aun así, no hubo forma de tranquilizarlo, y menos la posibilidad de darle el alta. Esteban se fue jodiendo el coco hasta volverse uno más. A fin de cuentas no me importaba, pero sé que Norma sufrió mucho con eso, hasta que no pudo aguantar y habló con el doctor Vicente, quien hizo oídos sordos a su amenaza de contarlo todo si no dejaba al muchacho irse. Con tal de no perder la ganancia de los dólares por sólo dos semanas de retención que necesitaba Esteban para cumplir los tres meses de ingreso reglamentarios para la baja militar, el doctor Vicente no sólo se cagó en el corazón de su madre, sino que con el encabronamiento, la quitó del puesto de jefa de turno de enfermeras. Por eso, Norma lo delató, dijo todo lo que sabía del negocio y no sirvió de nada. Esteban ya estaba más quemado que una cafetera, o tenía remedio, ni iría al servicio ni a ninguna parte. Y al doctor Vicente aunque no se le pudo probar nada, dio el rebote en un policlínico de provincia, por si acaso. Norma ahora debía tomarse unas vacaciones sino quería ser botada, situaciones como aquellas afectaban enormemente al hospital; por lo que debía atajarse cualquier situación de escándalo que le permitiera al enemigo insomne ejecutar alguna maniobra de difamación contra el sistema de la salud pública. De esto todo el mundo se enteró, pero nadie le dio importancia, ni los locos del pabellón, ellos vivían tan ajenos al mundo que cualquier cosa que sucediera, por muy mínima, podría parecerles un cuento de hadas. Dejé de tomar las pastillas, esperaba a que la enfermera se fuera, las sacaba debajo de la lengua y las metía entre el colchón y la tabla, allí, con el peso se hacían polvo, y luego, las regaba para que la negra de limpieza las barriera, siempre quejándose por la suciedad y el churre del piso.

    A fin de cuentas no hice nada malo, sólo mirar, pero a veces, eso es suficiente. Me preguntaron no sé cuántas cosas, para al final decirme que no me podía ir. Tenía un caso serio de cuadro maníaco depresivo, esquizofrénico, y no sé cuántas mierdas que la voluntad propia de salida se fue al carajo. Luego lo otro vino a joderlo todo. Pero quién iba a creerme, después de varios meses encerrado en esa sala. Por eso en parte no dije nada, y también porque no valía la pena joder a Norma. A Esteban las noches empezaron asustarlo, se levantaba gritando y sudado como si hubiese corrido una maratón. Y Norma venía y le secaba la cara, para después abrazarlo evitando que siguiera con los gritos y despertara al resto. Una noche, luego de una tanda de gritos, Norma vino y le dio a tomar unas pastillas que él no quiso, pero que ella insistió que le haría bien y lo pondría a descansar. Luego, cuando ya se estaba quedando dormido, Norma le pidió que la perdonara pero que no podía seguir viéndolo así sin hacer nada, le dijo que todo estaría bien y que ella se encargaría de que no sufriera más. Casi al irse me descubrió espiándola, y al pasar por mi cama, me pidió que lo cuidara bien mientras no estuviera, y se acercó tanto para decírmelo que una de sus tetas por accidente rozó mi mano, mano abierta que en toda la extensión de la palma no le cupo semejante tetamen. Luego se marchó sin importarle si había entendido. Al otro día, cuando el turno entrante dio el desayuno, Esteban no despertó. Llamaron a varios médicos para que lo examinaran y todos estuvieron de acuerdo en que había caído en coma esa madrugada. Aquello pareció normal debido a su deterioro, porque a nadie pudo importarle menos. Vaciaron la cama, y su madre vino a recoger algunas cosas para trasladarlas a otra sala, a un cuarto privado. Cuando se apareció por el pabellón era un mar de lágrimas, parecía vieja y decrépita. No puedo decir que me dio lástima porque la verdad es que tenía un aspecto que más que alma en pena parecía una drogadicta. Ésta vez se veía más callada, más lenta, tan torpe como el hijo al principio. Arrastraba los pies con un peso que no era normal, y los demás locos la acompañaban en una procesión fúnebre. Antes de llegar a la puerta, Lola pudo alcanzarla por un costado, y echándole un brazo por encima, le dijo, no llores niña linda, porque huir de los hombres es saciar un espíritu de venganza. Véngate, te vengas, te vengas.
 

Elaine Vilar Madruga  , 2019-12-04
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