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La profana familia: una pícara mirada al inconsciente freudiano

Jesús Dueñas Becerra, 22 de septiembre de 2012

La profana familia, Premio Ace de Dramaturgia en Nueva York, 2011, fue la obra que —como parte de la programación veraniega— el grupo teatral Nelson Dorr llevó a las tablas de la capitalina sala Adolfo Llauradó.

Tras varias temporadas de feliz acogida, dicha puesta en escena fue la más popular del pasado año, tanto por la asistencia del público como para la crítica especializada.

La trama de la obra gira en torno a una familia sui generis que prefiere vivir «a su manera», o sea, sin ley ni orden; y por otra parte, sin tener en cuenta que la comunidad donde interactúa la percibiera como lo que en realidad era: un núcleo familiar que se aparta de los cánones socio-culturales.

En ese ambiente hogareño prevalece la fiesta sin límites ni condiciones, hasta que una inesperada decisión, adoptada por la madre, genera un violento disturbio que hace peligrar el equilibrio familiar.

En La profana…, Nicolás Dorr mezcla —con una fórmula solo él conoce— el melodrama, el humor grotesco y el desenfado, en una obra teatral deliciosamente transgresora y de palpitante actualidad.

El elenco artístico estuvo integrado por actores y actrices, consagrados y noveles: Daisy Dorr, Idalmis Paula, Alejandro Rodríguez, Isaily Merino y Leonel Parra; este último hace su debut en las tablas y sale airoso de esa «prueba de fuego» para un novel actor.

Todos los actores y actrices supieron explorar —con la eficaz dirección de Nicolás Dorr— el inconsciente freudiano, donde yace lo peor del ser humano, y al final de esa búsqueda, lograron encontrar lo que acerca al hombre y a la mujer a la «bestia salvaje» oculta en los más enrevesados parajes de la psiquis humana.

En consecuencia, liberaron el ello, que —según el método psicoanalítico ortodoxo— responde íntegramente al principio del placer, y anula o paraliza la función desempeñada por el superyó; código ético-moral que mediatiza el comportamiento psicosocial del soberano de la creación.

No obstante, el superyó, aunque vencido en un principio, no se sintió derrotado y luchó tenazmente por hacer prevalecer y respetar ese código ético-moral, flagrantemente violado o pisoteado por los integrantes de dicha familia, y halló en la figura materna su mejor aliada para recuperar la posición que —por derecho propio— debe ocupar, y que estaba relegada a un plano secundario o terciario.

A partir de la súbita decisión de la progenitora, interpretada por la actriz Daisy Dorr, se desencadenó el combate entre el superyó y el ello, cuyo enfrentamiento colocó en grave conflicto la disparatada situación imperante, hasta ese momento, en el seno de tan controversial familia. Choque entre dos formaciones psíquicas sobre las cuales se estructura —según la teoría analítica clásica— la personalidad humana.

La interpretación personal y el final de esa «tormentosa tragedia familiar», que —como enuncié más arriba— hace reír a mandíbula batiente e incita a la reflexión, los dejo a la elección del lector, a quien invito a alimentar el intelecto y enriquecer el espíritu con esa divertida puesta en escena para que, al decir del colega Reinaldo Taladrid, «cada cual llegue a sus propias conclusiones».

Por último, cabría preguntarse ¿por qué el autor y director de La profana… eligió esa técnica, basada —desde el punto de vista teórico-conceptual— en el psicoanálisis freudiano, para concebir y diseñar la estructura de la obra, y consecuentemente, construir el entramado psicológico de los personajes que en ella participan?

La respuesta al parecer es sencilla: no cabe duda alguna de que, en el fructífero quehacer dramatúrgico de Nicolás Dorr en el exterior, fundamentalmente en Argentina y Venezuela, el prolífico creador caribeño recibió el influjo de la teoría psicodinámica, ya que el Psicoanálisis con orientación ortodoxa o lacaniana desempeña una función decisiva en la vida científica y cultural de los países del Cono Sur americano y crece silvestre como las flores en la campiña cubana, la pampa argentina o la llanura venezolana. 

Ahí está, a mi juicio, la respuesta a esa interrogante, que no solo me formulé como psicólogo con formación analítico-humanista, sino también como crítico teatral.      

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