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Jesús David Curbelo y su obra: éxitos, desafíos, resistencias...

Oneidys Torres., 02 de octubre de 2012

Jesús David Curbelo (Camagüey, 1965) es sin duda, uno de los principales autores en el escenario de la literatura cubana contemporánea, desde finales de los años 80 hasta la actualidad.

Su trayectoria docente y literaria ha sido reconocida con diversos premios y numerosas publicaciones. En especial, destacan su obra poética, sus traducciones, sus trabajos críticos; su labor profesoral en temáticas de este género; su quehacer en Ediciones Unión; en el programa televisivo “A trasluz” y su actual desempeño, como director del Centro Cultural Dulce María Loynaz, todo lo cual se basa en su erudición apasionada, el sustento de una profunda vocación por la poesía.

En sus creaciones privilegia la búsqueda espiritual y la constante autoexigencia para lograr productos estéticos de valor. Sin embargo, considera que, su poética ha sido una sucesión de fracasos que le ha hecho atravesar sus “quebradas oscuras”, pero con el afán de quien sabe que viaja hacia la realización, la meta sagrada de mejorarse a sí mismo, a través de una voz lo más auténtica posible y con el instrumento que más ama en la vida: la literatura.

Por su habitual disposición al diálogo y la polémica, Curbelo accedió gentilmente, a ser entrevistado para este espacio:

Sobre esa tendencia a nombrar tus obras de manera semejante a otros grandes autores, principalmente las novelas (Inferno, Diario de un poeta recién cazado, Cuestiones de agua y tierra) me pregunto: ¿Se trata ante todo de un homenaje a tus ídolos? ¿Identificación, pero con tu manera personal de ver el mundo? ¿O más bien, un intento de expresar algo útil en tu tiempo, mezclado con pericia intertextual y deseo de trascendencia?

Se trata, creo, de todo eso a la vez. La intertextualidad per se ha sido un comodín en la época actual; muchos citan por citar, por demostrar una a veces dudosa erudición. Yo cito para subvertir, para parodiar, para releer, acciones en las que encuentro la auténtica utilidad de las referencias, de las reescrituras. En cuanto a homenaje, bueno, no siempre: Dante me apasiona, pero no me gusta demasiado Juan Ramón Jiménez, por ejemplo; usé una versión juguetona del título de un libro suyo porque era el más conveniente para expresar lo que mi cuenti-novela proponía. Nunca he tenido prejuicios con merodear en los textos ajenos hasta convertirlos en propios, es casi una manera que tengo de entender la literatura; de ahí mi constante preocupación por la traducción de poesía. También, el empleo de la interculturalidad sirve para recordar y recordarme que la literatura es una gran carrera de relevos, que cualquier escritor forma parte de ese inmenso tejido que es la literatura como un todo y que si bien tiene el derecho de usar los bienes de esa herencia, igual debe tener el deber de defenderlos y de hacerlos crecer si fuera posible.

¿Consideras ─como algunos especialistas─ que toda obra, además de ficcional, es también inevitablemente autobiográfica en alguna medida? ¿Hasta qué punto, según tu criterio, es posible ser honesto, equilibrado y responsable para revelar “la verdad de las mentiras”, sin que se pierda el valor literario y “técnico” de un texto? ¿En los tuyos, cómo y cuándo los ves más o menos logrados? ¿Qué no debe faltarles? ¿Satisfecho?

Esa materia que llamas mi obra es absolutamente ficcional y, a la vez, absolutamente autobiográfica. No hay verdad de la llamada vida real (si es que ese concepto existe) que, al convertirla (o intentar convertirla) en literatura, supere la prueba de la ficción. Inevitablemente, termina por convertirse en ficción. Hasta la Historia, que aparenta ser una ciencia, posee un componente ficcional extraordinario, según quien te la cuente, el vencedor o el vencido, el que está en el poder o el que está en la oposición. De ese modo, mi vida privada ha dejado de serlo (por suerte) para trastocarse en la vida de mis personajes, que es lo importante, al menos para mí. Siempre me ha llamado la atención, cómo la crítica (es decir, la escasa crítica que se ha ocupado de mis textos literarios) insiste en lo autobiográfico y en lo “realista” de algunas zonas de mi producción narrativa sobre todo, y deja de lado el fortísimo componente fantástico que hay en muchos de mis relatos (los libros Cuentos para adúlteros y Las (di)versiones de Eva están llenos de esas historias). En cuanto a la poesía, la trampa de la presunta confesionalidad lírica resulta, sin falta, engañosa; habría que fijarse también en la plurivocidad, en el dialogismo, en el empleo de las máscaras, de la narratividad, etc., para entender que mis poemas son, en el fondo, artefactos literarios híbridos que pretenden no entender los límites genéricos de la literatura ni las cortapisas preestablecidas entre realidad y ficción.

Por otra parte, nunca me siento satisfecho con un texto. Cada uno es lo mejor que pudo ser, una vez que me rendí a la evidencia de que ya no conseguiría intervenir en él sin afectarlo. No obstante, si volviera a escribirlos ahora lo haría de manera diferente, solo que no tengo el ánimo para comenzar de cero en una y otra oportunidad, y casi por comodidad prefiero dejarlos como están.

Tu erudición y talento en poesía contrastan con esa manera de valorar tu propia obra como una sucesión de fracasos. ¿Modestia? ¿O conciencia de las limitaciones? ¿Se trata solamente de reconocer la insuficiencia del lenguaje, los chascos filosóficos, económicos, comunicativos, políticos, cognoscitivos y emocionales de cualquier ser humano, por mucho que se lea y estudie? ¿O quizás un temprano darse cuenta que “no toda la hojarasca es alimento”?


No le veo a la poesía, hoy, otro sentido que el del fracaso. En una época donde ya es una verdad alucinante la muerte de Dios y de casi todos los dioses posibles, donde la ética ha sido desplazada por la economía y la estética por la política y la ideología, donde el arte (y aquí incluyo a la literatura) resulta regido por el mercado y parecen tener más valor artístico quienes más venden, y donde la disolución moral del individuo (y de la sociedad, claro) lo hace una marioneta en manos de los diversos instrumentos de dominación de las tecnocracias al uso, qué representa escribir y amar la poesía: Una utopía, en el mejor de los casos. Ya ni siquiera sirve, digamos, para enamorar a las muchachas. Cualquier muchacha prefiere hoy flirtear en el chat (si es cubana lo más probable será que el flirt lo sostenga con algún extranjero) a la emoción de que le regalen un poema de amor (propio o ajeno, da lo mismo). O sea, tal parece que la poesía no sirve para nada. Y si reflexionamos brevemente sobre la insuficiencia del lenguaje para comunicarnos y sobre los otros chascos a que aludes en tu pregunta, sería como para suicidarse, o enmudecer. Pero a mí me encanta fracasar, ir contra la corriente, equivocarme. Por eso he tratado de hacer de la poesía (no de mi poesía, esa construcción me suena pretenciosa y pueril) una suerte de religión que me permita seguir buscando un poder superior (al que a veces llamo Dios, para aprovechar la polisemia) que me ayude a sobrevivir las catástrofes y las quiebras propias de mi frágil condición humana. Tengo la esperanza de que hay otros muchos sobrevivientes que lo entienden de una manera similar, y por eso me anima la ilusión (y esta es una palabra importantísima para insistir en la poesía a despecho de las ciencias literarias y de las estadísticas mercantiles) de que del fracaso nazca una nueva posibilidad de reconstrucción del ser, no solo en su tan mal mirado, en ocasiones, perfil ontológico, sino también en el aspecto social y, sobre todo, ético.

¿Cómo ha sido el tránsito evolutivo de un sujeto lírico que ve morir o mata su parte angelical, pero sigue siendo un niño doliente en las fauces del tiempo, insomne, que es salvado por la danza y quiere dialogar con Dios, mendigando, o imitando al Padre, al lobo, al centauro, a Judas; luego arrepentido de dañar y dañarse, descansa en fragmentos de paraíso como los parques, integrando, buscando con insaciable hambre divina, preguntando hasta ceder la voz y callar, moribundo otra vez y testando ─como otro (s)─ el silencio? ¿Qué alimento te sostiene, hoy, hacia adelante? ¿Obras en proyecto?

Esto de algún modo lo respondí antes. Mi ejercicio poético ha sido, sospecho, el ejercicio de reconstruir ruinas: las ruinas de la poesía de Occidente posterior a la antedicha muerte de Dios, al holocausto fascista, a la elevación y posterior caída del muro de Berlín, a la globalización; las ruinas de mi personalidad infantil y juvenil; las ruinas de mis relaciones emocionales y sexuales; las ruinas del español de Cuba, cada vez más vernáculo y difícil de captar y aprovechar poéticamente; las ruinas de mi espiritualidad, en fin. Lo que he podido escribir ha sido, si acaso, un pobre testimonio de los avatares de esas reconstrucciones, y si tiene algún valor sería el de convocar a la resistencia, al rompecabezas de que el hombre contemporáneo tendrá que aprender a entenderse en la pluralidad y las diferencias porque los absolutismos, a la postre, no han servido de mucho, o sí, han servido para ponernos donde estamos hoy. Desde luego, si uno mira el panorama político y económico actual, no se sentiría muy optimista. No obstante, ¿qué decir de otros períodos de la historia de la estupidez humana? Y, por suerte, el individuo se repuso y siguió adelante. Eso me hace especular que ahora no será distinto y me enorgullece pensar que mi granito de aguante se sumará a la rebelión ética y estética de la poesía contra la banalización, la cosificación, la desidia y la pereza.


En una peña de la Casa de la poesía, donde fuiste invitado hace unos meses, afirmaste que el tema del individuo (o la soledad en compañía) es una de tus principales inquietudes en la actualidad, pero sin dar más detalles. ¿Nos comentas un poco al respecto, en esta ocasión?


El individuo (y aquí sí necesito destacar con mayúsculas a las individuas) es casi lo único que me interesa. De hecho, puede que sea lo único que me ha interesado siempre desde el punto de vista literario. La poesía, y por extensión toda la literatura, me parece una vía de conocimiento y reconstrucción de la condición humana, aparte, claro, de los tecnicismos necesarios para ejecutarla mejor, y, por ende, no me imagino de que otra cosa pudiera ocuparme que no fuera de intentar comprender las flaquezas del alma y tratar de añadir mis fracasos a la ya larga carrera de fracasos que otros acometieron antes que yo.

Actualmente, eres una autoridad como crítico y como director de un centro que tiene entre sus misiones principales la promoción literaria. Ya que has tenido oportunidad de interactuar directamente con muchos grandes autores, sobre todo poetas, cubanos y latinoamericanos, me surge la interrogante: ¿Cómo valoras el estado de salud o la calidad de nuestra poesía, y las tendencias actuales de la región? ¿Es cierto lo que algunos afirman, que existe un “boom” en la literatura cubana? ¿En qué sentido? ¿Pluralidad de voces y maneras de expresar, solamente? ¿Más tendencias evolucionistas o más lamentaciones por los fracasos de la humanidad, sin ver salidas posibles?

En primer término, discrepo de la opinión de que sea una autoridad como crítico. De hecho, me sentiría pésimo el día que me crea una autoridad en algo. Desconfío de las autoridades. Soy, por naturaleza, un disidente, un subversivo, alguien que siente alergia al adocenamiento, y que está seguro de que la investidura del liderazgo termina por enceguecer. No por gusto la soberbia encabeza la lista de los pecados capitales. El continuado ejercicio del poder conduce al anquilosamiento y nada me pesaría más que anquilosarme por mi propia mano. Tampoco ejerzo ningún poderío desde el puesto de director del Centro Cultural Dulce María Loynaz; por fortuna, la dirección del Instituto del Libro es bastante colegiada y eso evita de antemano el envanecimiento por los éxitos y la depresión por los errores. Esa resulta una de las virtudes del trabajo en equipo, y tanto mis subordinados del Loynaz, como mis iguales y superiores del Instituto han colaborado para que la maquinaria colectiva funcione lo mejor posible.

Mi actividad como crítico y ensayista, si algún mérito tuviere, sería el de pretender hurgar en las fisuras de nuestra historia literaria, el de intentar mover un poco las ideas para aspirar a salir de los ya trillados acercamientos sistémico-estructurales a la poesía, o de los igualmente un poco inoperantes modelos postestructuralistas y decontructivistas. Trato de proponer el uso de instrumentos personales que, aunque no ignoren ni subvaloren ninguno de los procedimientos antedichos, tampoco los sigan como coyundas. Ese termina por ser un trabajo lento y riesgoso (y bastante desagradecido, dicho sea de paso), pero me gusta ser responsable y tratar de tomarme en serio lo que hago.

Con respecto a la segunda parte de tu pregunta, voy a ser muy escueto. En Cuba hay un notable movimiento poético, pero, a mi juicio, no quedan muchos poetas mayores, de esos que piensan en grande su relación con la poesía como un todo desde sus orígenes hasta hoy. Tengo la certeza de que hay demasiada gente preocupada por epatar, por hacerse de una parcela en esa tierrita de Dios que es la historia de nuestra lírica, por agenciarse premios, viajes y otras zarandajas de la vanidad. Tampoco ha habido rigor en las casas editoriales cubanas; se ha perdido el respeto por la publicación de libros de poemas; casi podría decirse que cualquiera con un puñado de versos decentes (e incluso no tan decentes) puede hacerse de un librito con su nombre en la cubierta y reclamar los mismos merecimientos que el Dante en persona. En fin, que no soy tan optimista como otros críticos acerca de eso que llamas el estado de salud de nuestra poesía. Me parece que el principal problema de nuestros poetas es su limitación intelectual, que los conduce al sectarismo, a la negación a priori de las tendencias que no se avengan con sus maneras de entender la literatura; aunque también, paradójicamente, nos ha golpeado en demasía el complejo de querer ser más papistas que el Papa, que ha metido a muchos en aventuras calcadas de Estados Unidos y Europa que ni siquiera aparentan entender muy bien.

Desde luego, debe ser así en el resto del mundo. Los grandes poetas, por desgracia (o quien sabe si por fortuna), no se dan en los árboles, y es preciso que haya mucho caldo de cultivo para que nazcan, crezcan y se desarrollen. Tal vez, esta primera mitad del siglo XXI supere la fatiga de la segunda del XX y vuelvan a florecer nuestros lezamas, guillenes y piñeras, para bien de las letras hispanoamericanas.

¿Tus metas y aspiraciones como escritor, poeta, y como representante del movimiento literario cubano?

No me atrevería a considerarme representante de nada. Y ni siquiera creo que tenga metas o aspiraciones como escritor. Soy, sencillamente, un pobre tipo que lucha a brazo partido con la realidad y con el lenguaje y siempre tiene la incómoda sensación, la certeza, diría con mayor propiedad, no solo de que está perdiendo la pelea, sino de que le están propinando una paliza sin precedentes. Pero me encanta la resistencia. Y eso hago: resistir. Me repongo y sigo, no por falta de pudor sino por obstinación, porque, si ya he caminado hasta aquí, ¿qué sentido tendría ahora volver la espalda o bajar la guardia?