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La traducción de la narrativa policiaca de autores africanos de expresión portuguesa:
Una literatura en busca de lectores

Lourdes Arencibia Rodríguez, 19 de octubre de 2012

Las más recientes entregas del Instituto Cubano del Libro, coincidentes con la pasada Feria del Libro ―dedicada a las literaturas de los pueblos del Caribe― y anticipatorias del venidero encuentro ―que rendirá homenaje a las producciones de autores del continente africano, con particular énfasis en Angola y los países de expresión portuguesa de ese continente―, han puesto en manos del lector cubano muestras muy logradas de un género sumamente atractivo y de muy asentada aceptación en Cuba: el policiaco, bastante más cultivado en África de lo que cabría imaginar, a juzgar por su pobre difusión.

A primera vista, podría pensarse que la novela Jaime Bunda y la muerte de un americano,1 escrita por Artur Carlos Mauricio Pestana dos Santos (1941) ―autor angolano nacido en Benguela y más conocido como Pepetela― y admirablemente llevada al español por la mano y el ingenio de Rodolfo Alpízar Castillo, es una muestra aislada de esta producción. En realidad, se trata de la segunda entrega cubana de la serie del detective, toda vez que la propia editorial Arte y Literatura ya había dado a la estampa, en 2010, Jaime Bunda, agente secreto ―también traducida por Alpízar, con singular maestría―. Y Bunda no ha muerto…, nos promete su autor. Algo de policiaco, nos advierte el traductor, tiene también El balcón del frangipani, novela del mozambicano Mia Couto que, sin embargo, no clasifica del todo en las premisas del género.

Los antecedentes remotos de las literaturas africanas de expresión portuguesa ―según los estudia Eduardo Javier Alonso Romo, profesor de la Universidad de Salamanca en cuya letra me inspiro2― hay que buscarlos en la expansión que Portugal llevó a cabo en el siglo XV a lo largo de las costas de África en busca de un camino hacia la India. Esta primera fase de mutuos reconocimientos dará paso a un largo período de colonización lusitana en aquel continente, con conexiones directas con el tráfico de esclavos, fundamental pero no exclusivamente hacia Brasil, su gran colonia en América, adonde llegó a instalarse la capital del imperio metropolitano. Varios idiomas portugueses, cuyas bases no solo se sustentaron en los aportes locales, sino que se retroalimentaron antes y lo siguen haciendo permanentemente ―lo mismo en Portugal que en Brasil―, intentan fundirse ahora vanamente en un único propósito, y uno de los retos mayores del traductor es encrisolarlos en una misma lengua de llegada.

En cada uno de los cinco países africanos de expresión portuguesa: Angola, Mozambique, Cabo Verde, Guinea Bissau, y Santo Tomé y Príncipe, el portugués ―idioma de unidad nacional― coexiste con las lenguas originarias de cada territorio, o con el criollo de base portuguesa, como ocurre en lo tres últimos casos. Por ende, entre los desafíos principales de los mediadores al español está llevar a la mínima expresión la arquetípica tensión del proceso creativo respecto del original, vale decir: hacer de la traducción el buque insignia de la acción de recreación cultural, proponiéndose trasladar exitosa y dignamente a nuestra lengua y a nuestra cultura, de base hispánica, la voluntad de los autores africanos que se sirven del portugués como instrumento de identidad y como caja de resonancia común para creaciones cuyas raíces se extienden por zona tan amplia. No por gusto, al final de la citada edición de Jaime Bunda y la muerte de un americano ―obra escogida para comentar más detalladamente―, el traductor se obliga a proponer un abarcador glosario de términos y localismos de las lenguas autóctonas, de obvias inequivalencias con el español.

A partir de la Conferencia de Berlín (1884-1885) ―señala Alonso Romo―, irán apareciendo una serie de publicaciones, ligadas al establecimiento de la imprenta, que inician y configuran un discurso literario propio. De este modo, periodismo y literatura se fueron conformando a un mismo tiempo. En una segunda etapa, se produce una singularización de cada una de las cinco nuevas literaturas, correspondientes con los jóvenes Estados surgidos a partir de 1974 como Países Africanos de Lengua Oficial Portuguesa (PALOP).

Separadas geográficamente y con una evolución histórica muy diversa ―apunta Alonso Romo―, cada una de estas literaturas, alimentada ya por una verdadera conciencia nacional, obedecerá a dinámicas históricas y sociales diferentes y formarán distintos sistemas literarios. La crítica al abuso de poder y al sistema político vigente en cada país, así como la desilusión ante los ideales revolucionarios traicionados, son temas predominantes en los escritores africanos de la generación posindependencia. A través de argumentos policiacos, alertan sobre la inconsciencia y el cinismo de élites corrompidas y alejadas del pueblo. Veamos el siguiente párrafo de la obra de Pepetela:

El Director General estaba ilocalizable, pero agarró al Director de Operaciones, más conocido por D.O., miembro de una de las grandes familias de Luanda. Explicó la situación. El interlocutor, lejos de la oficina, pescando en el sitio conocido por Buraco, del otro lado del Mussulo, luchaba en ese momento contra un pez espada mediano que lo hacía sudar. Dijo, quédese tranquilo, señor ministro, en cuanto pueda voy a ocuparme del asunto. Y continuó sosteniendo la caña con un solo brazo, haciendo señales a los compañeros del barco para que lo ayudaran, pues no podía luchar contra un pez espada y hablar con un ministro medio desesperado… [p. 18]

La literatura africana es una producción narrativa poderosa, de tradición oral y escrita rica en cuentos, leyendas y mitos, y su rescate a favor de un público más amplio implica una verdadera labor, no solo educativa, sino de preservación y difusión del valor patrimonial y memorístico de las tradiciones del continente. Y el policiaco africano del siglo XXI da un salto de modernidad y se cuela en las expectativas y los hábitos universales de lectura de la era de la información y la comunicación.

Las cicatrices de los conflictos de la cultura de la lengua de partida y de llegada no están tan alejadas entre sí como podría suceder si el transvase operara con otros polisistemas.3 El traductor a español ha de apostar al seguro en su versión y convertir sus propuestas traslativas en una verdadera exaltación del oficio. En la obra que traduce Alpizar, los diálogos de Pepetela hacen gala de un derroche imaginativo muy logrado, que el traductor transvasa con éxito:

–¿Supo si ya hicieron la autopsia?
–Negativo.
–¿Negativo qué?¿No sabe o no la hicieron?
–No sé. El jefe Aguinaldo Trinidade está ocupado, no pudo recibirme. Es el comandante de la policía, delegado del Ministerio del Interior y responsable directo de la indagación, no la pasó a nadie más. El policía que trabaja con él, el viejo Rosas, estaba en el terreno, nadie sabe dónde. Por eso no tengo más detalles, disculpe. Ah, ya lo olvidaba. El guardia de la casa fue detenido e interrogado, pero allá en la jefatura nadie me supo decir lo que resultó. Están con muchas reservas.
–¿Y ese comandante Aguinaldo?, ¿estaba ocupado o haciendo qué que no pudo recibirlo?
–Viendo televisión en casa. Están dando el juego que define el título de campeón de fútbol en Portugal… [p. 33]

A través de la trama y de sus personajes, el policiaco africano, en general, transmite una rebeldía irónica que le es muy propia, quizás para paliar la escasez de literatura heroica y trasladar a la figura del detective, quien logra restablecer los valores de la ley y el orden social, las virtudes del héroe nacional ausente en esta producción.4 Y lo hace sin desconocer los requerimientos del género; a partir de ellos, trata de resolver los conflictos entre el individuo y la sociedad, entre los derechos individuales y el deber público, profundizando en las particulares diferencias sociales y humanas de la región.

No hay que pasar por alto que estas sociedades se configuraron en la pasada centuria, en un contexto donde, durante años, la guerra colonial fue legando una herencia común a varias poblaciones limítrofes, lo cual, por supuesto, alcanzó una multifacética repercusión en su literatura. La lucha armada se inició en Angola en 1961 y continuó en Guinea-Bissau en 1963 y en Mozambique en 1964, seguida, en las décadas siguientes, por varias guerras civiles en el seno de las repúblicas pseudoindependientes. Asimismo, en estos países, hay un gran analfabetismo ―sobre todo, entre la población femenina―, lo cual incide en los altos índices de criminalidad. Estas realidades proporcionan una base temática, un sustrato natural para la trama policiaca. Cabe apuntar, además, que estamos hablando de naciones pobres, en enorme contraste con la riqueza y abundancia de sus recursos naturales.

La difusión de la literatura africana, en general, ha tropezado con la relativa escasez de imprentas y editoriales en el continente, lo cual la hace fuertemente dependiente de las posibilidades de divulgación en el extranjero. Estas jóvenes literaturas emergentes, surgidas del mestizaje, en buena medida se han dado a conocer gracias al vehículo privilegiado de las revistas y antologías (Presencia Africana, Orfeo Negro, Transición…), y a la voluntad regional de dotar de medios de difusión a un proyecto cultural y literario continental que pueda paliar las carencias locales.

Las literaturas de los países de expresión portuguesa en el continente son doblemente periféricas: primero, por africanas ―en claro contraste con las metropolitanas primermundistas―, y, además, porque utilizan el portugués, una lengua de menor difusión en comparación con las anglófonas o francófonas. De suerte que, sin subestimar el gancho que puedan tener géneros como el policíaco en los lectores de todas partes, en la última década los autores africanos ensayan afanosamente una mayor apertura hacia la universalidad, para que la africanidad deje de ser su único horizonte.

Notas:
1- Los párrafos que de esta obra se citan más adelante corresponden a la edición de la colección Dragón, Arte y Literatura, La Habana, 2011 (305 pp.).
2- Véase su artículo “Literatura africana en lengua portuguesa: una panorámica actualizada”, en el núm. 40 de Espéculo, revista de estudios literarios de la Universidad Complutense de Madrid. Aunque inspirados en el citado artículo, los breves párrafos que me sirven para encuadrar los antecedentes históricos de la literatura africana de expresión portuguesa han sido objeto de una ligera redacción por mi parte.
3- Utilizado el concepto de polisistema como lo entienden la Escuela de Tel Aviv y sus representantes Gedeon Toury e Itamar Even Zohar.
4- Salvando, tal vez, el caso de Chinua Achebe, el conocido autor nigeriano, de expresión inglesa, que inmortalizó en su obra al guerrero Okonkwo.