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La poesía de Isbel Díaz Torres

Tropos, 26 de octubre de 2012

La poesía de Isbel Díaz Torres tiene ya, a pesar de su juventud, varias estaciones, y cada una de ellas es tránsito y término. Término, porque se alcanzan cotas especiales, que luego se asimilan indirectamente; tránsito, porque ha sabido avanzar por cada fase como si fuesen peldaños de alguna escala invisible, cuya visualidad profunda es secreto suyo del que nos ha dejado contemplar solo las gradas más hermosas. Esta manera de metaforizar su camino tiene su correlato perfecto en su estimativa de la creación: el poeta considera que la poesía es una forma de relación con el mundo muy elevada y completa, y es por ello que en cada pieza se arriesga totalmente, con una dignidad vocacional muy encomiable. Cada libro suyo es también un continente nuevo, un horizonte marino de mayor altitud. Dada su juventud, esperamos de su obra nuevas expediciones, fundaciones más penetrantes del espíritu. Siempre lo ha caracterizado una fusión absoluta de la tradición y la ruptura, y no sabe de transgresiones baldías, de energías implosivas: su cosmovisión es ecológica, así como su actitud ambiental y social. No necesita desintegrar para relacionar, pero sí ama la perfección como el estado hacia el cual debe derivar todo acto o sentimiento humano. Todo esto lo dice su poesía, a través de las formas que a la poesía corresponden. Su verso es él mismo, en lo que es y en lo que quiere ser: para su creación el norte de la aspiración mayor es la belleza, como una de las formas en que se expresa la justicia.

ROBERTO MANZANO

Isbel Díaz Torres (Pinar del Río, 1976). Poeta. Licenciado en Biología por la Universidad de La Habana. Ha publicado, entre otros, los siguientes cuadernos poéticos: Pasaron sombras y otras cosas (Asociación Hermanos Saíz, 1994), y Oboe (Ediciones Extramuros, 2005). Décimas suyas aparecen en la antología Todos los astros sin paz (Editorial Imágenes, La Habana, 2004). Los textos que se presentan fueron antologados en Bienaventurado el árbol que camina, muestra del Diplomado de Historia y práctica de la creación poética, editado por Extramuros en el 2007.


INVOCACIÓN AL PADRE

Hijo:
Siempre partir es la encomienda.
PEDRO PÉGLEZ


¿En qué espira la encomienda
de partir, se hace retorno?
¿Qué auriga, Padre, soborno,
que me conduzca sin venda?

¡No hay sirgador!

La contienda
de este viaje está en mis remos.
He de templar los extremos
peligros.
Las Soledades.
Debemos bordear al Hades
mis remos y yo...
                          ¿podremos?

¡Ah, Padre, qué abismo el mar!
Sus espejos son infieles,
Dios no asoma ni con mieles,
                ni con cirios.
La Polar
sólo me obliga a bogar
con más demencia hacia el Norte
―la tormenta va de forte
a piano, de scherzo a adagio.
Céfiro empuja al naufragio
y el barco, a que el viaje aborte.

Ya no esperan Vellocinos,
ni griales, ni aladas ceras;
mas si regreso...
                        ¿me esperas?
No están Penélope... o Minos...
                Ya sé,
Padre, esos caminos
abandoné en mi partida.
¿Pero tú?
¿Estarás con vida
o a la mar habrás nombrado?
¿Estarás, Padre, a mi lado?
¿Me darás la bienvenida?

Ícaro soy (sin sus alas)
del Sol tornando vencido.
La distancia a mi hogar mido
y me parecen más ralas
             sus columnas.

Ruego a Palas
que me ayude a discernir.

Si el saber está en partir
¿debo remar hacia adentro?
¿O los tálamos del centro
están prontos a morir?

¿Debo olvidar la semilla
y poner proa al espacio
             excitante,
menos lacio,
que me aleja de la orilla?

¿O debo vencer la milla
que en mi garganta comienza?

¡Esta pregunta es inmensa!

Recuerdo al Paria perdido:
                       el laberinto es su nido
                       mas sólo en el plano piensa.



EN LOS MEANDROS NÍTIDOS DEL ORO


donde las palmas abruman fieles
la mirada, las viriles mieles
de la carne, el ave: yo demoro.
Yo la espantada sangre atesoro
en mi grial apenado, en mi verso,
y a la palabra entrego el reverso
de mi espacio total.

Permanente
es el miedo, las costras, la gente
que ansía escapar de este universo
por mí habitado en constante lucha.

Mas sus balsas en la noche miro,
que son del palmar espejo,
giro
           mortal para mi alma:
es pena mucha;
y como escriba quedo a la escucha
de aquellos irretornables remos.

―¿Dónde van? ¿Cómo hallarlos podremos
después, cuando los pífanos cedan?

Pero se diluyen igual, vedan
el retorno al amnios:      los perdemos.



Este pan que el paladar afrenta
mientras la siguiente hogaza coce
                                                       el azar,
aunque el destino no se
halla más que en el ser,
en la cruenta
                     sombra que somos,
en la violenta
                     luz que despejar el cauce ansía:
este pan no me ama.
Es una vía
para atar las alas de mi embrión
y seguir obnubilado el son
del discurso que a los otros guía.

Cala en mi frente la costa oscura;
mas la guitarra, el rincón del musgo,
el céfiro lento que no juzgo
por enardecer mi prematura
faz provecta, otra y otra espesura
que recorrer agostando anhelos:
esos cardinales paralelos
de mi marcha y también de mi estadio,
fundan mi pirámide en el radio
en que costa es cuna ya sin velos.

La acequia donde los bueyes braman
sus arcadas torvas,
absolutos
               lazos para amarrarse a los lutos
que el día ostenta ante los que aman,
esos mismos monstruos aquí claman
por fulgir en los textos que asiento,
y ese brillo excarcela el aliento
en mis alvéolos oprimido:
yo no intento escapar, no,
yo pido
mesar el ojo cruel con el viento.

Viento de incertidumbre y de orilla,
pregunta amante en la gran matriz:
eso intento.
Yo capto el desliz
que humana el bordón, miro si brilla.
Protejo la víscera en la silla,
y canto el gallo que está en el lienzo

para limpiarme del indefenso
rostro que porta el perdón manchado:

No es que me quiera beber el lado
rompible del sol, pero lo pienso.



VENDIMIA


Desarropado, como un esparto inclinado al río,
a charcas espejeadas en pleno asfalto, hiriente y frágil,
laceras el tiempo de la vendimia, el vapor del pan parido,
clara lengüeta en el cielo que refresca la tarde.

Subes la escalinata diciendo tus hijos,
tus noches en jaurías tremendas por la hembra,
tu olor perdido en las orinas y los petróleos del pavimento
donde quemaste el pellejo en otra fecha.

Más que tempestades de estío, tu presencia celajes provoca
en las miradas, en las oscuras mechas
que aún por arder se ocultan tras los rostros
para desembocar en algún violento agravio.

Quien te hiere no es la pezuña del ogro
que prófugo de mitologías ha alcanzado tu flanco gris,
sino el que ha visto su alma en tu piel, el otro
vagabundo que no encuentra su pobreza real.

Seguido a tu grito: mordida al viento y la fiesta,
caes en desplome como quien entra ¿a qué sitio o mar?
¿a qué coronación posible de tu hermosura?
Es tu entraña, espejo sangrado, quien florece y deshace el mal.

A quien te hiere he de besar los ojos, ungiré sus pies y brazos
carentes de tus llagas y rocíos depuestos cada noche de ayuno;
porque su miedo es mayor castigo lo abrazaré a mi lado:
quien nada tiene, tiene perdones en sus silencios.

Loaré tu oficio esta tarde que has roto el claro
transcurrir de las horas, que te he visto ascender
con tu dolor por las festivas aceras de la vendimia,
mientras los transeúntes pujan por llegar, quedarse, volver.



DIATRIBA POR UN REINO


Puedo antorchas vehementes esgrimir
contra quien me pretende en la corteza,
contra quien esboza, mientras te besa
mi nombre, una burla con el reír.

Puedo igual figurar mi maldecir
en la maldición de quien escondido
agrieta la nieve, asimismo pido
para aquella decapitada alma:

                  perdón, una noticia alegre, palma
                  donde fundar un no robado nido.

La belleza imposible sea dicha
en recipientes armados,
de oros
han de ser los labios que canten coros
para no herir lo claro.
Si la ficha
es movida tenaz ya no hay desdicha
                                                       en la yerba,
la piedra que te envuelve
busca desdorada su haz y resuelve
que el templo, la jungla maravillada
se descobije intacta, y la mirada
cana entonces de la belleza vuelve.

No resiste mi espalda más injuria
                                                       ni más regalo,
ya no más resiste,
que el agua destilada se me embiste
y corrupta no es agua, sino furia
con sombra de voz y carne, lujuria
del pez castrado que de tarde en tarde
la piedra―mar fornica con alarde.
Siéntome y respiro.
Es esta la costa
que ampara ambos caldos, esta la imposta,
piélago de la isla que en mí arde.



TIERRA

La tierra como un incensario.
M. Gorki

Torsos como almácigos, o viceversa,
reptan por la vaporosa guardarraya en vespertino alarde,
fogueando al caminante que regresa,
seduciendo como un clavel lorquiano a punto de arder las hojas
mientras entre sus raíces se ovilla el caracol, la ninfa
se despoja de su cerco adherido
y Dios acontece en la terral humedad.

Con cuántas yerbas logra este suelo sin surcos atarme,
cuál olor requiere, para quebrarse, mi planta,
para amamantar su propio pedestal entre las lloviznas.
El oro asusta, digo, porque se retuerce en su lívida faz,
porque el estar tan debajo de las rodillas
lo convierte en sustancia navegable, tupida ¿cómo logra atarme?

Es que hay un retoño maldito en cada terrón
y en cada naranjo agonizante (imagen del olmo)
y en cada acequia,
de modo que la jornada es más que naciente, poniente, es más,
es un hoyo donde enterrar las alabardas
junto a los metales del transcurrir.

Ha de ser eyaculado este paisaje
cada noche en multitud, cada desolado mediodía
en las marchas que apisonan terribles la levedad del humus
y el ozono en el césped de la infancia.

Desde la altura el aura ave nos guarda, presumiblemente,
de la insolación y el aburrimiento,
mientras el pico árido ya no hunde en las vísceras de su historia,
sino que anuncia    
la miseria     la hermosa campiña del oro    las palmas reales.



ÉXODO

Voy a sacarlos de este país y a llevarlos
a una tierra grande y buena, donde
la leche y la miel corren como el agua.
Éxodo 3.8

De los naufragios conocerás,
de las artes como piras que consumen,
y no encuentro qué estrella darte en tu éxodo,
cómo empaquetar mi umbral ―madre para las lluvias―
entre tus colecciones y libros apuñalados.
Cuando Egipto dejes de respirar y sus arenas
en la espalda de algún amante encuentres,
cuando frente a un mar cualquiera nombres:
        Egipto, Ítaca, Colón,
ya no sabré dónde esconder la culpa:
esta tierra pequeña donde la leche y la miel escasean tanto
y tanto escasea el ala.
No existen pertrechos luminosos en este junco,
sus bordas, las aguas que corta,
son los desiertos de Shur, del Sinaí,
todas las arenas hasta Canaán marcándose en tus plantas.
Subirán soles forasteros hermanos de mi sol
que dejarán otras marcas en tu capa
y la sal cristales distintos formará en las cavernas
que alguna vez entreví,
cuando vomitabas tu desarraigo y tus flores y tu abuela-reina
que escaló también en mí, sí, con su voz
que eras tú sobre la cama de todos nosotros.
¿Cómo se despiden las aves, los cuadros de las paredes, las mantas?
Se miran en el silencio quizás, y sin romper nada zarpan hacia el tiempo,
como unos reyes elfos que desconocen la muerte,
como unas botellas vacías y sin filos.

Conocerás de los naufragios, entendámonos,
no habrán asideros mejores que tus versos hincando el suelo,
como hoy,
y esas bestias salvadoras habitarán siempre el país
que cargas a la espalda, con sus panes, pero con sus traiciones.
Soy uno de esos monstruos que te apoyan,
que salvan, cuando miras, el paisaje más despejado para tu frente,
pero me destierro sin moverme en este recinto,
como si quedaran átomos limpios en este espacio tras tu fuga.



EL SECRETO


…haber sentido el círculo del agua
en el secreto aljibe,
el olor del jazmín y la madreselva,
el silencio del pájaro dormido,
el arco del zaguán, la humedad.
J. L. Borges

Y sin embargo al otro hombro regresar con las manos,
las mismas, las que no encontraron la cruel altura
y adiós dicen como cavernas blandidas al aire,
las que regresan,
ornados fuegos que el rostro llagan al restañar el llanto
como si hubiera faros más níveos que esa pobreza de no encontrar,
después, incluso, de toda posible muerte.

Si penetrar al lauredal verdecido no responde al espíritu
como una nieve recién llorada sobre la nuca
sino que se excede, laureola recorrida en saliva que suena,
entonces no sirve,
es mejor oler jazmín y madreselva o fugarse al zaguán de siempre,
aunque allí también habiten silencios de madre
que definitivamente
no son el poema que queremos creer,
sino otra puerta, otra amable hostia que nos canta.

Cómo ascender el aljibe a otra altura que su secreta entrada de helechos
si no es palpando tierras de sus paredes frías en la montaña,
quedarse allí para ofrecer la leche a los hijos del verbo,
calentar al crisol del silencio escrituras acerca del vacío
y rendir con esos mismos ciscos los pernos que sostienen el alba
o el prisma donde el círculo de agua remansada se transforma.

Ayer la escarcha en el aire traía respuestas para cruzar
mientras ignoraba fiebres como un animal antediluviano,
este minuto es triste y debilita, como el minuto del regreso,
cuando el calor levanta su nido y accede
a que nuestra real imagen nos toque las sienes y nos duerma.