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La poesía de Cleva Solís

Tropos, 01 de noviembre de 2012

 

La poesía de Cleva Solís viene de la orgullosa humildad del zarcillo, que siendo enteramente vegetal se sabe de oro divino: tiene la naturalidad de la espiral, de la escala que sube de la arcilla a la nube, con la fluidez sencilla del misterio. Como ama lo trascendente, y lo ama desde la verdad y la gracia, no se aparta jamás de su individualidad llena de sentido, pues lo óptimo se encuentra en cada partícula de destino. De la inflorescencia al silencio de la nave, del episodio aglutinado a la distancia que se reconoce, de lo dramático a lo angustioso ya reposado, su ojo interior capta el reino profundo del espíritu y lo testimonia con palabra precisa de bruma esculpida, de niebla asentada sobre pulcros bajíos. Su origenismo es de tierra adentro, adentro de la tierra original suena su címbalo, vibra como una tabla cerámica perfectamente quemada. Su simbolismo posee una rara compulsión, que arrastra al lector por escenas escorzadas donde se dirimen elevadísimos asuntos de lo humano, y se le siente descender hasta encontrar las nueces alumbradas del dolor. Feijosiana y lezamiana, entra, como mujer al fin, en espacios llenos de sustancias dramáticas, donde sobran todas las orlas y arcos voltaicos que pudieran tener sus modelos, y toca las facciones de Dios con dedos estremecidos. La poesía de Cleva Solís es una estación singular de nuestra poesía que no ha recibido todo el interés que se merece por la calidad comunicativa de su vivencia interior.

ROBERTO MANZANO

Cleva Solís (Cienfuegos, Las Villas, 14. 8. 1926-La Habana, 1997). En 1929 se trasladó con su familia a La Habana, donde cursó la primera enseñanza y el bachillerato. Fue correctora de pruebas del Diario de Sesiones del Senado (1950-1959). Siguió la carrera publicitaria en la Universidad Masónica José Martí (1951-1955). Cursó estudios de Biblioteconomía en la Sociedad Económica de Amigos del País (1957-1959) y en la Universidad de La Habana (1960). Después pasó a la Biblioteca Nacional, donde trabajó en el departamento de selección de libros y en el departamento metódico. Colaboró en Orígenes, Lunes de Revolución, Islas. Algunos de sus poemarios son: Vigilia (Úcar, García, La Habana, 1956); A nadie espera el tiempo (Imprenta Nacional de Cuba, La Habana, 1961) y Las mágicas distancias (Imprenta Nacional de Cuba, La Habana, 1961).



FESTEJOS PARA EL DOLOR


¡Allí —el martillo
golpea con furia
a través de los aposentos del cuerpo,
y entra en el temor de Dios
como el clavo del crucificado
en la madera del infinito!
La música de las lágrimas
procede de su diamante,
de la claridad sombría
del encendido carbón
de pinturas y barnices.

¿Quién se detiene a amar
el paisaje de un golpe?
¿Ni el encallecido lugar eterno?

El humo denso va aclarando
el utensilio de los signos.
Y el voraz incendio de su paladar
insiste en decorar sus llagas
para el infinito goce.

Sabed que sus reflejos todavía obedecen
los oscuros puntos
del largo río de la sangre,
y su penumbra a su penumbra.
Que la herencia de la piel
es ajena a su herencia,
y los labios no pueden pronunciar
el nombre de sus labios,
porque sus címbalos descansan
en los intermedios de la muerte,
y sus narcisos duermen paradisíacos
separados del cuerpo.

Entonces si la luz desciende
para mirarnos por fuera,
y él es el corazón de la luz;
si su carbón realiza los dibujos
de las hojas y el silencio,
el mar sufre también.
Y el cuerpo de la luz
quema sus vestidos en la zarza de su vigilia.

Porque siempre la flauta será
la tristeza de la melodía
para ser flauta.
       Y el aire helado
la sustancia sin nombre de la nada,
o el descender de un niño bajo tierra.
Pero ¿quién amanece
en sus puertas
y festeja sus tapices
con abejas y heliotropos?
¡Ni el antiguo clavo de su cabeza,
machacado,
sosteniendo la viga de la eternidad!

¿Quién aprecia el oficio de su teatro,
encendido por bermejos quinqués
y azules mariposas heladas,
y el verde ladrido de los perros
llenando el vino de sus bodegas?
¡Sabed cómo su fuerza
es el reino desconocido!

¡Cómo el dibujo de una rosa
expresa su primera caída,
y el agua se enciende
en su medida de cifra incalculable
bajo su vibradora
fuerza pulsadora!



VIGILIA


¡Hasta qué punto su solemnidad no es comprendida,
y la mortaja de su oscuridad
inconsciente los hace venerables!
¡Hasta qué punto es la más delicada
esta actitud de viajar las formas vaciadas
y devolver las vasijas llenas de sombra!

Porque el tiempo brevemente herido
comienza a estar allí
donde era Nemosine.
Ya el rostro ha quedado lejos
aunque está guardado en su presencia.
El frío sube
para sus ceremonias traslúcidas
y los va afilando
como una adolescencia de la muerte,
y el temor no se alimenta de sus inquietudes
y está echado como un perro detrás de las facciones.

Es entonces que los remotos jacintos comienzan a cantar
y van a hacerse grávidos,
y una flauta de orquestado silencio
arde debajo del cristal!
Y Ella está allí.
                         Ella.
                                 La única que sabe
macerarlos, y hacerlos absolutos!

La luz ya no tiene sentido
para esos párpados tranquilos,
ni esas cortinas que se mecen
como neblinas aturdidas.

¡Qué importa que el mediodía sea joven
y una música lejos
tenga una vida tan perfecta y fugaz!
Actores de otro escenario debajo de los pies:
ya no se sabe de sus triunfos!

Y he aquí la demacrada fuga precipitada y súbita.
Como la luz de la rosa
comienza a latir
y no agoniza la piel, y sigue su aventura!

Ya la corneta es vacía
porque la música cambia de posada.
Y el pelo rueda, rueda por el tiempo.
El pelo se incorpora a toneladas de vidrios.
Va borrando la música de sus miradas
y la seducción de sus manos!

Y es el frío el carpintero de oficios invisibles!
Zafa las cerraduras apagadas
y los echa a andar a oscuras
por las heladas calles tumecientes,
heladas calles de muros macilentos,
para ser los ignorados héroes
que viven en las agujas de las aguas verdinegras
y el musgo adherido de sus calaveras!

¡Ah! ¡Horror de esas alcantarillas
que estrenan sus flautas en la primavera!
De toda esa melodía estallante
como reses destilando sangre
en los crepúsculos de las tardes felices!
Y el sueño sigue.
El sueño de la piel por la piel,
del humo indeciso en el aire,
desintegrándose en tantas partículas
como la última función del árbol!

¡Oh, címbalos que nadie oye en la noche,
sordos gemidos, cantos breves
que a medir no alcanzan la esencia humana
que sorbo a sorbo el tiempo satisfizo.
Venero puro, sopor inaugurándose.
Dicha que debe ser recreo o justo lugar
de algún otro deseo más alto.

Porque el cielo habla
y la tierra escucha el latín azul que nadie entiende.
Después, después,
dudo que Dios pueda mejorar a la rosa,
ni el pliegue más fino de un sonido.
Que haya lugar para más misterio,
si el misterio es el cuerpo de Dios
y no es vacío el abismo!

Porque ya la doradilla y la hipomea
son el arco de los muertos
en nuestros violines.
Y cae el tiempo, goteando su vapor neblinoso
y su duda por los espejos!
Y la blancura más perfecta
se mira, y no es nada,
y siempre permanece
y no se le pone atención.
Que sus recuerdos son nuestros rehenes
y su triunfo
el haber perdido la categoría de las formas!

Porque somos nosotros los sin patria,
los extranjeros de nosotros mismos.
Nuestra patria es la circunstancia feliz, el azar.
Y puede la caída de una hoja
cambiar el curso de sus ruidos secretos,
pero no puede nadie ponerlos limpios,
porque su carroña es la luz de la sombra,
el cuerpo de la sombra.

Ahora se alimentan de la espera.
Y van marchando grises e indecisos,
en su oficio de repetir las hojas
y los ojos son carámbanos somnolientos,
apagado ruido que ha caído, y todavía
el eco del cuerpo tiene prendas hermosas
guardadas en los armarios.



CAÍN


I

En la oscuridad del follaje breves linternas de luciérnagas entran por el tejado vegetal. El cielo encarecidamente húmedo va rodeando los troncos a través de las ondas de sus letanías. Caen las hojas lentamente, llenando el suelo con las medidas de su entierro, crujiendo vacilantes.

II

Porque son los pasos de la Familia, que confirma su sentencia sobre el pretil del Tiempo. Oyen las cadenas aproximándose. Se han de crear de noche, de día, las cosas en esporádicos movimientos, circulando a su alrededor, estableciendo su misterioso sistema planetario de trabajar los cuerpos para alcanzar los suyos.

Quién viene? Es el principio del son eterno.

Pronto muy pronto será el vaciado de un molde justo. Y la primera alma alumbrará la noche del infinito con su lámpara.

Porque no será tan sólo el teñirse el suelo de su púrpura, sino el estruendo de su destrucción, de sus imágenes que van con él hasta el fin de los días, mientras una hoja estrenará la triste sonrisa.

III

Todo su ser fue despacio, de aposento en aposento, registrando los grabados de lo que podía ser, de las temperaturas del fuego que se quebró. Cruzó extraño con su poesía como una lámpara perdida dentro de la luz! Por eso dejaba que ésta muriera en su piel, al fin y al cabo se burlara de él. Dejaba que anduviera, porque sabía que la tomaría después, no cuando ella quisiera, sino cuando tornándose estrella volvería más fuerte que su hermano, entonces alumbraría su pájaro de blanco resplandor opalino, cuyas plumas siempre estarían cayendo durante todos los días y las noches, amontonándose en copos sobre el mundo.

S¡Iba conociendo tantas cosas! Pero aconteció que supo era el humo el transparente corte de una parte suya, y tuvo miedo. Pero su voz se estremeció al contacto del tupido silencio y conoció el aliento que venía, desde hacía rato arrastrando su nombre: Abel, por la frotación que de las maderas de las palabras realizaba el hermano al encender el contenido de sus leños. De repente la luz cayó al campo como un pájaro sobre su presa, y él supo que no sería el padre, sino del hermano de donde se iba a cosechar la Muerte.

IV

Ahora ya su apagado canto dibuja en la oscuridad del drama un bello cisne, un cisne que flota entre las tres figuras, y riela en el abatimiento de la tarde. ¿Dónde está el lirio que cayó despacio, de espada delicada y fina? Oídlo, oídlo en los turbios tímpanos de la noche. Rompe la mudez para poner el aire triste y se hospeda en los nervios del hermano.

—¡Apura, apura este manjar extraño!— dice el padre a su único hijo.

—¿Quién viene? Es el silencio de mi hijo— dice la madre—. Fácil nos resultaba amar su bello rostro, sus alas cándidas, pero he aquí a su enemigo, al poder de tornarlo más bello aún, y contemplarlo como una música detrás de nosotros, que se separa y nos alumbra, llenándonos de resplandores.

Y he aquí los pecados dentro de la sangre, y los corderos naufragando en Mar Rojo.

—¡Misericordia para mí! De este arco de triunfo sube la primera sentencia de los muertos, yo te la ofrezco, madre.

—¡Ahora el Señor se precipita en mí! Y mis brazos le rodean el cuello. Lo escucho sonar cuando su infinito corazón registra el mío, y se pierde en mi ley inmensa— dice la madre.

Sea éste el primer bronce que se funda en el crisol de la retorta, son de campana despertando al Mundo de la ociosidad del crimen, del tranquilo estar, por primera vez, a los acordes de su hondo gemir. Mientras las telarañas tejen sus sueños blancos, y la ceniza de su voz resuena, resuena en su zona para llamar al hermano!

—¡Caín, Caín!, ¿dónde estoy? Su eco lejano y solo abate toda la noche con el viento la vivienda lacustre. Como una estrella se deja rodar por el tejido vegetal y brilla enjoyando los rincones más oscuros de su hermano.

—¡Bienaventurada la hoja que puede correr a su encuentro, porque ya mis brazos no lo contemplan! ¡Oh hijo, hijo mío!— dice la madre.

V

Un pez rojo cuelga de la puerta de hojas y plumas de ave. Y las redes a la luz se duermen clásicas ante el crepuscular designio. Simples mariposas vuelan lejanas, y el padre profetiza:

—¡No! No registréis más el manto de Abel. No lo traigan más a este plano, porque su figura ya se queda detrás y está dispersa. Dejen sus fondos al trasluz y su radiante oficio de merecerlo. No. No lo dejen desnudo. Porque él necesita sus sustancias ganadas, y estas mariposas que eran sus juguetes azules. Ahora, ¿sabéis?, ya no juega. Porque la tierra es grave, muy grave. Ella necesita su perfil, sus ojos y sus manos para realizar la religión de sus grabados. Desde ahora hay que contar con los muertos para hacer una flor!



LA POESÍA


Pero el ser y la nada comienzan a transferir los paños, añejados en milenarios asientos de códices, o de actas capitulares. El ser riega de pronto su sangre y entra a danzar, la danza en que el fuego y la tierra despejan la seducción de la carne, en el espectro, y donde todos los contornos se vuelven el deseo y el amor. Las esencias del tiempo acomodan las líneas de los rostros, que son la fidelidad a la tierra, y por el sello oscuro y vidente, se sabe si un caracol silbando en el bosque conoce la llave de la entrada a una piedra oráculo, en los arenales de la playa. Pero Él, el más impenetrable y duro por lo guardado de su custodia, aparentemente no se sabe, no se conoce nada. Pero sólo Él apacienta el genio y el odio de los hombres. La entrega del albedrío es el sello del rostro de cada hombre, ese secreto es el rostro del Universo, y es el más revelador. El Verbo es la audacia, la piedad, la hazaña, es la riqueza más poderosa, la que seduce al alma, pero hay que saber el silbo de sus destellos. De modo que su magisterio es enigmático, y su victoria es difícil de festejos.

La nada no existe. Es un brevísimo espacio entre la muerte y la vida, y es donde la poesía reclama su reino infinito.

17 de junio de 1993



LA MINA


Sudo, bajo,
me arrastro
escaleras arriba,
acarreo agua,
libro una batalla
que me llaga
la razón.
         
          Limpio de polvo
                                  los aposentos,
parece que cavo una mina.
Caigo.
       Me levanto.
                  Paleo.

Paleo
argamasa, de siglos.
           Sumergida
en la oscuridad
el rostro de una veta
vaga
en espera
de otro rostro que la rescate.
Estoy en vuelo
limpio,
buscando, buscando
el Rostro.