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De edades, sombrillas y Manuel Cofiño

Alina Iglesias Regueyra, 03 de noviembre de 2012

Cuando estudiaba en la escuela primaria, conocí un texto que pronto se me hizo cercano. Primero sugerido y leído por la magnífica bibliotecaria que teníamos en nuestra escuela, Las viejitas de las sombrillas (Manuel Cofiño) fue luego buscado y releído por voluntad propia. Narraba o, más bien, describía la historia de siete ancianitas hermanas que vivían solas y juntas, formando un equipo, en una apartada casa. Cada una, con sus hábitos y costumbres, prefería un color que vestía a juego con su sombrilla.

Por una extraña similitud con mi entorno familiar de entonces, simpaticé con aquellos pintorescos personajes de caracteres tan bien perfilados. Afortunadamente, este título, que hace ya cuarenta años obtuvo el premio La Edad de Oro y, por ello, se publicó en su momento, fue reeditado el pasado año por la colección Ismaelillo, de Unión, en curiosa alianza con la Tesoro, de Gente Nueva. La edición corrió a cargo de Telma Jiménez Santos, mientras que la luminosa y colorida imagen de cubierta y las —quizás por problemas de impresión— oscuras ilustraciones interiores son de Yorlán Cabezas Padrón.

A Cofiño (La Habana, 1936) lo reconocemos como un escritor de obras de diversos géneros que plasmaron experiencias, a veces extremas, insertadas de manera profunda y conmovedora en el contexto de los cambios sociales, separaciones familiares y desgarramientos amorosos, inevitables en la Cuba revolucionaria e incluso en los años de lucha anteriores a 1959. Muy popular, décadas atrás, por sus relatos y novelas típicas del más perfilado realismo socialista, era extraño concebir en él tanta fantasía y proximidad hacia el público infantil.

Mas los extremos de la vida se tocan y pienso que no fue difícil para el autor lograr esa empatía entre abuelas y nietos, aun cuando apenas una de las ancianas descritas tuviera que ver directamente con la infancia. A partir de cada una de ellas, Cofiño nos guía por una filosofía de la vida con centro en el amor, el respeto, la sabiduría y la experiencia, la paciencia y la observación. Cada acápite dedicado a una de las protagonistas es introducido con un bellísimo pensamiento que manifiesta la anterior intención. Así, Alejandra de los Recuerdos es adornada con la frase: “Vivir es ir guardando recuerdos en un saquito”. Con Beatriz de los Sueños, Cofiño nos dice: “El que no sueña, no vive sus pedacitos de maravilla”. Ante Eduviges de los Bordados, enuncia: “La vida está hecha con hilos”. Otro pensamiento, más terrenal, es el que presenta a Damiana de los Remedios: “Mucha agua, mucho sol y mucho ejercicio”. Y para dar paso a Claribel de las Flores, expone: “Las flores son los besos de la naturaleza”. De esta manera, va dibujando el carácter y las peculiaridades de cada protagonista, nos las acerca y permite la identificación estética y humana en el curso de la lectura.

Un aspecto interesante es el tema de la supuesta “desaparición” final de las ancianas, quienes en el último capítulo son alzadas al cielo por un temporal, asidas a sus inseparables sombrillas. Y allá se quedan, en una nube, y lanzan los parasoles a tierra “para que, si alguien quería subir, le fuera fácil. Pero dicen que la gente ni tocó las sombrillas porque decían que al cielo se iba en globo, en dirigible, en avión o en una nave espacial, ¡pero en sombrillas! ¡No! ¡Nunca!”.

Aquí puede percibirse el tratamiento metafórico del tema de la muerte para los infantes. Quizás, desde nuestro punto de vista adulto, pudimos recordar cierta inexplicable tristeza, nostalgia o angustia experimentada en nuestra propia niñez al llegar a esta parte del relato. La acertada simbología empleada por el autor (tormenta: posible enfermedad o estado de desasosiego que produce el evento mismo; sombrilla: recuerdos y reliquias de la vida de las ancianas que dejan o quedan y que se pueden tomar; cielo: muerte; nube: existencia espiritual, evocativa) juega un papel importante en la interpretación figurada por parte del lector menudo, y le hace comprender sutilmente el significado de una desaparición física que podría manifestarse cercana. El talento y la maestría del autor se evidencian sobradamente en esta alegórica escena final.

Hace un cuarto de siglo, Manuel Cofiño realizó su propia travesía hacia ese mismo cielo cuando apenas cumplía 51 años y su plenitud literaria se revelaba constantemente. Su irrecuperable valor fue una sensible pérdida para la literatura cubana. Como las sombrillas de sus ancianitas, muchas de sus obras han quedado a manera de elementos de referencia para profesores y estudiantes de perfiles socioculturales, y han sido adaptadas a otros medios artísticos, como la radio y la televisión, donde, debido a su excelencia en el diseño dramatúrgico y en la definición consecuente y honda de sus personajes, ponen a prueba el tesón y el conocimiento de los equipos de realización.

Para la familia queda Las viejitas de las sombrillas, una belleza literaria que transpira sensibilidad, optimismo y nostalgia, a la vez que saluda a quienes peinan canas e invita a su cuidado y veneración.